Juan Manuel
Cuartas. Universidad del Valle (Cali).
ABSTRACT: From the philosophy of language
comes a new critical way: seeing global writing as a model of the
proper life. The philosopher of language must break the metaphysic
of phonocentrism and open up new avenues for reflection on names,
contexts, discourses, and signs.
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La importancia de la separación entre el nombre y la
cosa afecta, incluso, al surgimiento mismo de la filosofía. (H-G.
Gadamer).
El problema de los nombres propios debería ser fácil,
y a un cierto nivel creo que lo es (John R. Searle, Intencionalidad).
El nombre propio, que en un primer momento puede entenderse como la
promulgación de la "identidad" que delimita a los otros y
al Yo, comporta motivos que alcanzan hasta la última expresión
tanatográfica posible: aquí yace fulano de tal.
Y sin embargo el motivo principal que nos proponemos reflexionar no es
la génesis de los nombres o "teoría causal", relato
enmarcado en el interior de un relato sobre el nombre, porque decir: en el principio fue el nombre de
dio, o yo te
bautizo... no colma los objetivos de una indagación que se
proponga territorializar el nombre propio como espacio medular del Yo
en la cultura.
¿Está pues el principio de "propiedad" obligado a ser
el motivo predominante del nombre?, ¿señas de identidad aseguradas
en torno a un nombre: edad - sexo - ocupación - estado civil -
antecedentes, etc., como desmembramiento de datos referidos a un
centro? Mutatis mutandis el despliegue de ventanas de un software
que alegoriza la dinámica de la identidad referida al nombre, donde
discernir el principio de "propiedad" está más allá de la
simple identificación del nombre.
Siempre actualizable en la pregunta <<¿quién
es...?>>, el nombre propio responde a un complejo de señales
particulares, porque "propio" significa en primera instancia
"el mismo ser", donde el principio de ser es idéntico
al principio de conocer, que permiten hablar aquí de una
identidad estructural de funcionamiento entre el nombre y la realidad.
En las distintas consideraciones filosóficas que se han hecho del
nombre desde Heráclito y Platón hasta Russell, Searle, Kripke y
Derrida (teorías casual y descriptivista de los nombres), se ha
sobreentendido la existencia del Ser "portador" del nombre,
ésto es, el reconocimiento de que los nombres constituyen una esfera
sobrepuesta a la realidad, esfera añadida por el hombre como ser
pensante para efectos de su propio conocimiento. Este acuerdo, que no
es suficiente por sí mismo en la medida en que asistimos a un
imperialismo del nombre, simplifica el "principio de identificación"
o peculiaridad natural del nombre, el cual constituye más un
principio ético enmarcado en la problemática analítica del denotar
y el referir, de la que no le resulta fácil liberarse.
Debido a que Russell confundió significar con
mencionar -expone Peter F. Strawson-, pensó que si existen
expresiones que tienen un uso referencial individualizador -que son
lo que parecen ser (es decir, sujetos lógicos) y no otra cosa- su
significado debía ser el objeto particular al que se hacía
referencia al usarlas. De ahí la complicada mitología del nombre
propio en sentido lógico. (1)
En Derrida, como lo desarrollaremos más adelante, la problemática
del nombre representa la inadecuación del sentimiento de identidad
consigo mismo y con el discurso inscrito bajo la responsabilidad de la
firma; el nombre no designa "legítimamente" la realidad, en
cuanto el nombre es particular y la realidad es total, hipótesis que
requiere, sin embargo, ser investigada. Derrida considera que la
"tachadura" del nombre propio ha dado origen a la escritura,
en la medida en que lo propio del "sujeto" quedó elidido
por obra de la firma que asumió la escritura como forma de nueva
identidad; este planteamiento está en línea con algunas
prohibiciones relacionadas con el "correcto" uso del nombre
propio que se practican en algunas culturas, donde la promulgación
del nombre destituye la potestad "esencial" del sujeto,
convirtiéndolo en objeto de la opinión; al exhibir el nombre se
delega a la opinión el fuero de castigar en el nombre la
imposibilidad de conciliar con el "sujeto" de la realidad.
En esta suerte de "prohibición" no inhibitoria, el nombre
propio plantea el juego de la "autenticidad", en el que los
individuos que se someten a la legislación de una comunidad al
aceptar un nombre, abrigan el designio de argüir en él su condición
más rotunda: "identidad sin sujeto presente".
Para Derrida, confesiones autobiográficas como las de San Agustín
y Rousseau son una forma de darse un nombre, un nuevo nombre
que por otra parte sólo se recibirá cuando el "otro", el
lector, lo refrende y otorgue; Derrida plantea en Psyché.
Inventions de l'autre (1987) que hay un devenir común del
nombre propio que le permite estar ligado en cierto modo a una lengua
(perteneciendo sin pertenecer a esa lengua); así, un motivo del
nombre consistirá en operar como huella (negación de la
presencia del cuerpo), porque el nombre propio puede ser, en este
sentido, propiamente la afirmación de la presencia
"negada". La huella niega aislando la referencia,
como lo hace el nombre propio resumiendo la presencia, pues ya en la
asignación del nombre propio se pone de manifiesto el mito de la
proclamación de la identidad; poniéndose en funcionamiento además
una clasificación, una acumulación y retención de huellas
que serán suscritas a la escritura y a la vida como improntas.
(...) como si fuera necesario a la vez salvar el
nombre -comenta Derrida- y salvar todo excepto el nombre, salvo
el nombre, como si fuera necesario perder el nombre para salvar
lo que lleva el nombre, o aquello hacia lo cual lleva uno a través
del nombre. Pero perder el nombre no es confrontarlo, destruirlo o
herirlo. Al contrario, es simplemente respetarlo: como nombre. Es
decir pronunciarlo, lo que equivale a atravesarlo hacia el otro, que
él nombra y que lo lleva. (2)
La "autoridad" del nombre propio significa el Ser, o su
escenificación en el discurso, aunque dicha "autoridad"
marca ante todo una diferencia, un reconocimiento perentorio y
jurisdiccional; el nombre propio ampara una historia y una ética; su
"autoridad" es la presuposición que lo asiste en el entorno
del lenguaje. "Autoridad" del nombre propio, finalmente,
como afirmación, como territorialización de la existencia motivada
del Ser y del nombrar, como tienen autoridad los dioses siendo sólo
acto nombrado, diferenciado, negado.
"Autoridad del nombre propio" hemos
dicho, y nos
permitiremos un paréntesis, porque de este motivo del nombre, de esta
instancia refleja se perfilan dos vertientes:
a) El nombre propio podría ser, como en épocas antiguas, el
anonimato, el no ser nadie con nombre por encima del único nombre
posible de dios; como en el "no ser" hamletiano, un no
aparecer, ni pertenecer; un hueco de la cultura, una ilegalidad sin
nombre.
b) El deseo de nombre, como el deseo de dios; deseo del nombre de
dios, de la irrealidad apofántica de dios, tal como la presenta
Derrida en Des Tours de Babel, donde recuerda que el nombre
de dios, Yahvé, evoca confusamente la palabra hebrea que
significa "confusión". Así, testimoniar el deseo de
dios, nombrarlo inequívocamente y reemplazar en el alma un vacío
con su nombre, y luego en el nombre experimentar el tránsito de su
posesión, tal es la teología negativa.
En resumen, dos apófasis: una, el deseo del nombre de dios; otra,
la extrañeza de su nombre, porque más allá de la presencia o de la
ausencia está el nombre; nombrar a dios es conocerlo y poseerlo, como
es también poseído y manipulado en la santería y otras prácticas,
donde dios es una sustancia nominal dispuesta a ser aprehendida de la
voz que lo nombra e infunde. ¿A partir de qué deseamos a dios
entonces?, a partir de su nombre, de su posesión derivada en el
nombre, de la tentativa de dominio sobre sus claves y sus símbolos.
Cerrado el paréntesis, convenimos en que antes del nombre está el
compromiso de nombrar (describir, según se aprende de la teoría del
nombre propio como descripciones abreviadas, según Russell). Con el
nombre se invierte la dinámica del Ser; se articulan en el lenguaje
las presencias "negadas" de la realidad: al evocar el Ser en
esa conspicua ceremonia del nombrar, sentimos su presencia, porque
recibir, como dar el nombre son "deberes", principios éticos
para acceder a la comunicación. Dar y recibir el nombre, es además
devenir en busca de la tradición, instancia que se resume propiamente
en un saber motivado de la lengua desde donde nombrar es decidir la
presencia bajo la potestad misma del nombrar.
El nombre es la "exclusividad del Ser", y como tal su
dominio; salvo el nombre, el Ser acepta ser deplorado o
traicionado; al nombre en cambio se le rinde pleitesía, y se le
transfiere de su no espacialidad hacia designaciones nuevas.
Refrendar, de otro lado, la escritura con la firma es declarar la
vigencia del nombre que sirve de referencia legitimante: la del lugar
que, como el nombre, no es nunca objeto de renuncia, que se habita
siempre en una suerte de instancia profunda que transfiere un
porvenir. La firma (del nombre) refrenda en la escritura la posición
individual del hombre de hoy, quien se confiere el nombre a través de
la firma y es universal en el Yo, en el acto (de la firma), en la
imagen y en la escritura.
Atendiendo al intercambio referencial que se efectúa entre el
nombre propio y la vida, desde Descartes, como desde el primer hombre
que se auto-proclamó dándose, orondo, golpes en el pecho, el
nombrarse a sí mismo recae en una "exclusividad" del Yo, en
un ilímite de asombro e ilusión: "pensar" (luego existir)
en el caso de Descartes, "ser" (luego poder) en el del
primitivo. Así, desde muchas perspectivas, la formas de representación
del Yo, lo exhiben e inauguran, predican acerca de sí; liberan (o
enardecen) el tabú más antiguo que ha cargado de sí: contemplarse
en el nombre.
La consideración del nombre propio como "una parte de sí
mismo", asciende con el tiempo al auto-conferimiento de la
identidad a través del culto al nombre; el nombre propio juega así
el papel de la más duradera huella; resguardar el nombre, evitar ser
nombrado impunemente alivia el acoso cruel de la auto-definición. Una
problemática indiscutiblemente moral media en este conflicto: la
frontera entre la vida y el nombre propio no es una simple convención
sin repercusiones, sino una normativa estricta de delimitación de los
planos real y nominal de la que dependen la perpetuación y el fomento
de la propia vida; realizar transgresiones en el orden nominal, es
conceder la manipulación del nombre propio, concediendo al mismo
tiempo la decadencia como situación indefectible del "no ser
(nadie)".
Derrida reconoce en Otobiographies. l'enseignement de Nietzsche
et la politique du nom propre (1984), que el sistema
clasificatorio de los nombre propios oculta un entramado ideológico
que es preciso despejar: <<Yo me habré dado un nombre -dice- y
un "poder", entendido en el sentido de poder-firmar por
delegación de firma.>> (3) Yo y
el nombre propio son entonces la elocuencia que trasciende el
realizado designio: <<soy...>>. Del lado del nombre, la
clasificación, la asignación del Yo a esa suerte de impostura que
constituye el nombrar y ser nombrado. Del lado del Yo, el cuerpo (corpus
- sustancia orgánica o inorgánica) traza su historia difícil y
contínua.
Cuerpo y nombre son en adelante el Yo que reconocerán los demás: una
clasificación que casi excluye por obvios los atributos del Yo, un Yo
que luchará desde la aurora hasta el instante límite del epitafio y
la muerte.
Último motivo del nombre, el problema del
doble origen del
Yo, respuesta diferida a la pregunta: "¿quién soy
yo?" Nombre heredado de otros dos nombres, el del padre y el de
la madre, nombres constitutivos del nuevo grupo de familia donde dos
esferas se despliegan en el nombre de principio a fin, conciliables en
su tránsito a través del cultivo del discurso sobre el nombre, pero
irrecomponibles en una pieza única y duradera que interceda ante el
mundo bajo el concurso del nombre. O se acepta el nombre, el concurso
del nombre, y con él la impostura mancomunada del padre y de la
madre, o se oculta el tabú del doble origen del Yo,
problema per se del nombre propio que en los primeros momentos
de la vida es la comunicación misma con la madre que al dar un nombre
instituye y confiere una esencia, pero que en corto tiempo determina y
exterioriza su máscara (o su diferencia). Motivo decisivo del nombre,
la rotunda diferencia del doble origen del Yo.
He pensado, finalmente, en el nombre que simplemente sobrevive a su
mentor, que reinicia con él desde un palmo de cultura una manera de
señalar y referir; se emplaza en él como una manera del ser que
habita en las palabras, que se programa en los listados y que liquida post-scriptum.
Pienso en ese nombre que tiene ya de femenino o de masculino, que se
mueve libremente en los marcos de una lengua y no de otra(s), que los
demás a su manera, tienen una forma de pronunciar, un nombre sin
defectos, idealización desde el principio del uno, no del otro.
Pienso que sin embargo muy tarde el sujeto y el nombre efectúan su
primera entrevista, que son historias encontradas que podrían errar
sin confundirse, pienso que aquella connivencia, que no se sabe de qué
forma pueda erlo, realiza, como cada palabra, una violación sin
preterición, porque como a cada cosa que nombro le proclamo denotación
y referencia, asimismo al nombre propio, que por lo pronto es
impropio.
Pienso, de otro lado, en la superación de la anonimia, cuya
primera raíz (an) significa "anulación", como en anorexia
(anulación del propio cuerpo). Pienso que puede haber nombres
hermosos, ¿quién lo niega?, como los de las flores que sutilmente se
deslizan en las mujeres que uno ama. Pero pienso también que no dejaría,
sin embargo, de crear cierto recelo académico (si no social)
cuestionar la "ley del nombre", como otras leyes, nunca
enunciada; ley de las potestades del lenguaje, que ante nuestra
condición de seres claros y distintos, contribuye con la base de
datos, con el inventario de segmentos, condición renunciable por pura hipostación.
Trocar el nombre, hacerse pasar, constituye una difícil transgresión
del proceder con el nombre que nos pone ante uno y muchos límites que
hemos tratado de reflexionar, de poner en relación con el devenir
del nombre (la parte central de esta historia). Pero la "ley
del nombre" acusa un recurso ético que es justo develar: el
sujeto ennoblece el nombre, por principio, y por principio le teme al
arte de la difamación y el desprestigio; el ascenso del sujeto es el
ascenso de su nombre, y su descenso la amenaza de que le sea
apabullado como a un preso. En Las brujas de Salem de Arthur
Miller, para ir a un ejemplo, un personaje muestra sufrir en el nombre
la vergüenza de aceptar la delación, y prefiere entregarse a la
horca antes que tolerar la defección de su nombre,
"perpetuando" así la genealogía de hombres para quienes
perecer sólo es posible como acto de inflamación del nombre.
Pienso también que quizás no sea el único lugar Madrid donde las
calles tienen nombre; nombres proscritos de la historia que aún
figuran en la esfera de lo cotidiano sin cuerpo de sujeto, nombres
repetidos, nomenclaturas, cifras que perviven, sin embargo, como
nombres o celebración de nombres. Madrid, una ciudad llena y acosada
de nombres, ciudad imborrable, indeleble, incapaz de anonimato alguno.
A la ciudad se ha trasladado entonces esa imperiosa voluntad del
nombre, en ella ha hecho altar y en loor suyo se sacrifica el diario
ir y venir.
Sólo el nombre -finalmente- en esa suerte de tránsito que le
concede la opinión, habrá decidido en cada ausencia la muerte del
sujeto. El devenir del nombre como compromiso con el corpus,
para que esta reflexión filosófica haya implicado una vez más la
ardiente polémica Frege - Russell - Strawson sobre el denotar y el
referir. Pero, intraducible, continúa el nombre guardando sus
secretos...
NOTAS
(1) STRAWSON, Peter F. <<Sobre el referir>>, en VARIOS
AUTORES. Semántica filosófica. Siglo XXI Argentina editores
S.A. Buenos Aires. 1973, pp. 57-86.
(2) DERRIDA, Jacques. Sauf le Nom. Editions
Galilée. Paris.
1993, p. 61. La traducción es nuestra.
(3) DERRIDA, Jacques. Otobiographies. l'enseignement de
Nietzsche et la Politique du Nom Propre. Editions Galilée. Paris.
1984, p. 22. La traducción es nuestra.