Análisis
obra: Los datos inmediatos de la consciencia (1889), de Henri Bergson
Por
Anónimo.
Henri
Bergson (1859-1941), filósofo francés, profesor del Collège de France, cabeza
representativa del vitalismoy
premio Nobel de Literatura en 1927. Su filosofía de la vida representó el
punto culminante de la metafísica francesa de comienzos de siglo. En Bergson,
el órgano de conocimiento de la metafísica es la intuición que nos introduce
en la “vida” de modo inmediato, mientras que el entendimiento y todo
pensamiento objetivador falsean la esencia vital del mundo y han de ser
rechazados. Bergson consideraba que el impulso que el impulso creador (èlan
vital) equivale a huir de la petrificación de la vida para emprender un
camino en el que dicho impulso no se detenga. El èlan vital, en cuanto
ímpetu original de vida, se opone a la materia y, como consecuencia de tal
enfrentamiento, origina distintos niveles de evolución. [1]. Esta teoría de la
evolución basada en la dimensión espiritual de la vida humana tuvo gran
influencia en múltiples disciplinas.
Con
Ensayo sobre los
datos inmediatos de la conciencia(1889),
inicia su planteamiento de los problemas que implican la libertad. La cuestión
de libertad enfrenta a dos opuestos sistemas filosóficos: el mecanicismoy el dinamismo, que sin ser dos corrientes opuestas, llegan a
concepciones distintas.
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de ellas se citaba autoría.
Examinando
los hechos de la actividad humana, a posteriori, resultan dos tipos de
determinismo, el físico y el psicológico. El determinismo físico está
asociado a teorías mecánicas o cinéticas de la materia y, por tanto, las
sensaciones, sentimientos e ideas que se suceden en el hombre se definen como
resultantes mecánicos de los movimientos internos y externos de átomos y moléculas;
este determinismo se basa en el principio de conservación de la fuerza/energía
y nos lleva al mecanicismo más radical. Por su parte, el determinismo psicológico
implica una concepción asociacionista de la mente, en el cual el estado de
conciencia actual viene condicionado por los estados de conciencia anteriores;
el yo es un conjunto de estados psíquicos jerarquizados donde el más fuerte
arrastra a los demás.
La
manifestación exterior de un estado interno es lo que llamamos acto libre, en
donde sólo el yo habrá sido el autor de éste. Ante la capacidad de elegir una
entre dos vías distintas, nos creemos libres, aunque quizás sólo fuese
posible una vía. Otra cuestión es que si conociendo los antecedentes podemos
prever el hecho final. El autor mantiene que, para aclarar estas cuestiones,
antes debemos dar respuesta a la pregunta de si el tiempo es espacio. Asimismo,
Bergson pone de relieve la distinción entre la duración psicológica del
tiempo concreto y su diferencia con el tiempo astronómico, ya que la conciencia
no percibe el tiempo como una suma de unidades de duración.
Los
deterministas afirman que los hechos de conciencia obedecen a leyes, como los
fenómenos de la naturaleza, y en su calidad de fenómenos, permanecen sometidos
a la ley de causalidad, en virtud de la cual, “las mismas causas producen los
mismos efectos”. Esto es así para la física, pero no en el campo de la
psicología, con lo que nos introducimos en un círculo vicioso.
El
autor considera, en síntesis, que la libertad es la relación del yo concreto
con el acto que realiza, en donde esta relación es indefinible, y que todo
intento de esclarecimiento en lo que respecta a la libertad nos lleva a la misma
pregunta: ¿puede representarse adecuadamente el tiempo y el espacio?. Bergson
responde afirmativamente, siempre que se trate del tiempo transcurrido, y aunque
el acto libre se produce en el tiempo que transcurre y no en el tiempo
transcurrido, la libertad es un hecho claro.
COMENTARIOS
Para
Bergson, la cuestión de la libertad enfrenta a dos opuestos sistemas de la
naturaleza: el mecanicismo y el dinamismo. El mecanicismo, término proveniente
del griego mechane y que significa máquina, es un sistema filosófico, en
virtud del cual, el universo es explicable en términos de procesos mecánicos;
puesto que estos procesos mecánicos se entienden mejor a través de sus
movimientos, el mecanicismo a menudo implica el intento por demostrar que el
universo no es más que un vasto sistema en movimiento. En este sentido general,
el mecanicismo es casi equivalente al materialismo; sin embargo, el término
mecanicismo se em0plea a menudo como sinónimo de naturalismo, doctrina filosófica
según la cual los fenómenos de la naturaleza no están regulados por una
inteligencia divina o supranatural, sino explicados de forma exacta por las
leyes mecánicas de la física y de la química. El dinamismo, por su parte, no
niega que la materia se rige por leyes necesarias, pero reconoce la existencia,
punto en el que rompe todo vínculo posible con el mecanicismo,ya que concede un cierto grado de libertad a la conciencia,
mientras que el segundo niega la posibilidad de que hayan actos voluntarios
llevados a cabo por la conciencia.
El
determinismo es una doctrina filosófica que afirma que cualquier
acontecimiento, mental o físico, responde a una causa, y así, una vez dada la
causa, el acontecimiento ha de seguirse sin posible variación. Esta teoría
niega cualquier posibilidad al azar o a la contingencia. Se opone con la misma
radicalidad al indeferntismo o indeterminismo, que mantiene que en aquellos fenómenos
relacionados con la voluntad humana, los acontecimientos precedentes no
determinan de un mido definitivo los subsiguientes.
Bergson distingue en su ensayo dos tipos de determinismo: el
físico y el psicológico, en virtud de si nuestras acciones estén determinadas
por las propiedades fundamentales de la materia y el principio de conservación
de la fuerza, ó de si, por otra parte, están determinadas por nuestras ideas,
sentimientos o estados de conciencia anteriores a la acción; el autor tratará
de demostrar que todo determinismo físico desemboca en un determinismo psicológico,
donde el yo es el elemento que tendrá una mayor trascendencia. En filosofía,
el yo significa la conciencia de uno mismo, la primera persona, lo que hizo que
filósofos como Descartes o Fichte lo consideraran como única base de una
realidad cuya existencia cierta es por lo demás, discutible (el hecho básico
de la realidades que uno mismo existe, con lo cual, el resto del universo
es una suposición a partir de la percepción personal); otros filósofos, como
Kant, propusieron dos modos de entender el yo: como objeto de los pensamientos y
las percepciones por un lado y como sujeto, el yo trascendental, por otro.
El
determinismo físico en época de Bergson estaba íntimamente ligado a las teorías
mecánicas o cinéticas de la materia. En este sistema, el universo está lleno
de materia que se descompone en moléculas y átomos que están en continuo
movimiento de todas clases; estos movimientos nos sirven para explicar fenómenos
físicos y cualidades de la materia cono son el calor, el sonido o la
electricidad. Pero esta teoría llega más allá, y supone que las sensaciones,
los sentimientos y las ideas que se producen en los seres humanos pueden
definirse por los resultantes mecánicos de los movimientos de los átomos y las
moléculas que el sistema nervioso recibe externa e internamente. Bergson
presenta el ejemplo de un matemático que conociera, en un momento dado, la
situación exacta de las moléculas y átomos de un organismo humano, así como
las posiciones y movimientos de átomos y moléculas del exterior que pudieran
influirle, para poder calcular de forma infalible las acciones pasadas,
presentes y futuras de este organismo.
Esta teoría
atómica está en estado de hipótesis, e incluso la existencia del átomo es
discutible; sin embargo, hay una teoría que se impone con independencia de esta
hipótesis y es el principio de conservación de la energía, en virtud del
cual, la materia que compone el universo está en continuo movimiento
determinado por fuerzas atractivas y repulsivas, cuyas intensidades dependen de
las distancias. La energía cenética es la suma de la cinética y la potencial;
esta relación muestra que la energía mecánica total de un sistema aislado,
sin interacción con otros sistemas, es constante a lo largo del tiempo, es
decir, que en el transcurso del mar, la energía cinética puede transformarse
en energía potencial y viceversa, sin que su suma cambie. Esta es la enunciación
del principio de conservación de la energía en mecánica clásica que,
actualmente, viene matizado por la teoría de la relatividad, donde existe una
equivalencia entre masa y energía, que pueden transformarse la una en la otra.
Bergson se propone demostrar que la universalidad de este principio de
conservación de la energía sólo puede admitirse en virtud de alguna hipótesis
psicológica porque, aún suponiendo que conozcamos todos los detalles de cada
átomo de la materia cerebral, éstos no pueden suponerse como los responsables
de nuestra vida psicológica.
Pero cualquiera que sea la imagen a que nos
referimos, no se demuestra, no se demostrará jamás que el hecho psicológico
esté determinado necesariamente por el movimiento molecular. Pues en un
movimiento se hallará la razón de otro movimiento, más no la de un estado de
conciencia.
La creencia en
la determinación de los hechos de conciencia, unos por otros, es defendida por
el determinismo asociacionista que no posee aún rigor científico, aunque es un
hecho demostrado que la mayoría de las sensaciones están ligadas a ciertos
movimientos moleculares. Vemos que este determinismo físico al que llegamos no
es otra cosa que un determinismo psicológico que pretende verificarse a sí
mismo apelando a las leyes de la naturaleza. Bergson reconoce, sin embargo, que
si aplicásemos de forma rigurosa el principio de conservación de la energía,
nuestra libertad es muy reducida. William Cecil Dampier se expresa en términos
muy parejos en su libro “Historia de la ciencia y sus relaciones con la
filosofía y la religión”, donde nos dice que el principio de conservación
de la energía no hizo sino acrecentar el valor científico de posturas
deterministas y del mecanicismo filosófico. Bergson, por su parte, cree que
este principio pueda implicar una teoría psicológica; explica este punto
aduciendo que la materia está en un continuo presente, mientras que para los
cuerpos vivos, y más aún para los conscientes, el pasado es una realidad. Así
pues, en virtud del principio de conservación de la energía, en un experimento
podremos, al menos en teoría, una vez que sus componentes hayan variado, hacer
que vuelvan a su situación original. Esto hace que el tiempo transcurrido no le
afecte, aunque no puede ocurrir en un ser viviente o en un estado de conciencia,
porque la idea de restablecer una situación una vez un fenómeno le ha afectado
resulta absurda; por lo tanto, y siempre según este pensador, “el principio de conservación de la fuerza se aplicará a la
totalidad de los fenómenos mientras los hechos psicológicos no le quiten la
razón”.
Para Bergson
todo determinismo físico se reduce en el fondo a un determinismo psicológico,
el cual actualmente implica una concepción asociacionista de la mente; esta
concepción determina que un estado de conciencia actual viene condicionado por
estados de conciencia anteriores, queque nos resulte difícil afirmarlo de forma
absoluta. En el determinismo asociacionista se representa el yo, dice el autor,
como un conjunto de estados psíquicos, en el cual, el más fuerte predomina y
arrastra a los demás. Pero para Bergson es esta errónea concepción del yo está
el error del asociacionismo, porque al reducir el yo a un conjunto de
sensaciones, sentimientos e ideas, confunde la explicación de un hecho con el
hecho mismo. Al intentar definir el yo nos adentramos en terreno metafísico
porque, ¿podemos afirmar que ese yo, el alma, la mente interna o, como se le
quiera llamar, existe realmente?, ¿ó será por el contrario un conglomerado de
sensaciones, percepciones y recuerdos como supone la psicología asociacionista?
Además, aún suponiendo la existencia del yo, ¿es un mero epifenómeno del
cerebro o posee una unidad superior? Esta cuestión apriorística es la base
para poder sistematizar un sistema filosófico; para Bergson, no hay duda de la
existencia del yo, separado del cerebro . Sólo el yo podrá manifestar hacia el
exterior, según el autor lo que llamamos un acto libre, quitándole a éste el
carácter absoluto de libertad que difiere del espiritualismo, doctrina que
reconoce la existencia del espíritu (yo, alma, mente), como realidad superior a
la materia y anterior a ella.
El autor cree
que el acto libre admite grados y será más libre en tanto más se identifique
con el yo. Asociamos impresiones e ideas recibidas del exterior que provocan
acciones y movimientos voluntarios, e incluso inteligentes, que ejecutamos de
forma mecánica. Cuando ejecutamos una acción buscamos las razones por las
cuales decidimos hacerla, descubriéndonos en muchas ocasiones incapaces de
advertirla. Para Bergson el hombre no elige sin motivo, aunque aparentemente así
lo parezca, sino que siempre son sentimientos, pensamientos y aspiraciones más
íntimas que las que nos conducen a actuar de una determinada manera.
Si se conviene en llamar libre a todo acto que
emana del yo y sólo de él, el acto que lleva la marca de nuestra persona es
verdaderamente libre, pues sólo nuestro yo reclamará la paternidad de él. La
tesis de la libertad de hallaría así verificada si se consintiera en no buscar
esta libertad más que en un cierto carácter de la decisión tomada, en el acto
libre, en una palabra.
Podemos
definir el libre albedrío como el poder ó capacidad del individuo para elegir
una línea de acción o tomar una decisión sin estar sujeto a limitaciones
impuestas por causas antecedentes, por la necesidad, o por la predeterminación
divina. Un acto libre en sí mismo es una causa y no un efecto y, por tanto, está
fuera de la secuencia causal o de la ley de la causalidad.
Bergson toma
la definición de libre arbitrio del inglés Stuart Mill, uno de los
fundadores del asociacionismo psicológico, el cual mantiene que “tener
conciencia del libre arbitrio significa tener conciencia, antes de haber
elegido, de haber podido elegir de otro modo”. Esta postura es aceptada
por quienes defienden la libertad. Contrariamente, el determinismo dice que,
aunque hubiese varias posibilidades, sólo una acción era posible que se
efectuase. Hay una cuestión de carácter metafísico que ambos, deterministas y
sus contrarios, resuelven mediante su razonamiento deductivo sin apelar a la
experiencia, es decir, a priori. Los primeros afirman que, dados varios
antecedentes, sólo un acto es posible. Los segundos, por el contrario, que de
la misma serie de antecedentes, varios actos podían llevarse a cabo. Bergson
ejemplificará esta cuestión con dos acciones posibles: x e y. Pero tanto
deterministas como defensores del libre albedrío darán argumentaciones
partidistas. “Si los dos caminos eran
igualmente posibles, ¿cómo se ha elegido? ; y, si sólo uno de ellos era
posible, ¿porqué nos creemos libres?. Y no se ve que esta doble cuestión
viene a ser siempre esta otra: ¿el tiempo es espacio?”. Sobre esta
pregunta, que subyace en toda la obra de Bergson, nos ocuparemos de forma
extensa al final de este comentario.
El autor
analiza si el conocimiento de los antecedentes de una acción haría su predicción
verdadera, en donde distingue entre un predicción probable y otra infalible. En
el segundo caso se comete un círculo vicioso porque obtenemos la acción final
que tratamos de prever, con el valor de los antecedentes. Y se vuelve a insistir
en que para contestar a la pregunta sobre la previsión de un acto, antes hay
que responder a esta otra: ¿el tiempo es espacio? .
Un hecho que
emane de la actividad libre no puede predecirse como un fenómeno astronómico,
porque no guarda con éste ninguna analogía. La conciencia no percibe el tiempo
como suma de unidades de duración. Por tanto, sólo una acción de la
conciencia podría ser prevista si le pudiésemos asignar el tiempo de las
ciencias exactas.
Sólo le queda
entonces al determinista decir que, incluso los hechos de conciencia obedecen a
leyes como los fenómenos de la naturaleza. Sin embargo, en esta alegación no
se entra de lleno en los fenómenos o en los contenidos de conciencia, por la
dificultad que estriba su definición. Pero incluso estos fenómenos parecen
estar sometidos al principio de causalidad, es decir, “que las mismas causas producen los mismos efectos”. Pero esto
no vale en la conciencia porque los elementos psicológicos que la componen
nunca se dan dos veces, es decir, no hallaremos nunca dos iguales, aparte de su
intensidad, porque el tiempo en el cual se den, siempre será distinto. Por
tanto, al no existir nunca las mismas causas, se transgrede el principio de
causalidad que, si se produce en los fenómenos psíquicos, ha de ser de forma
distinta que en los fenómenos físicos.
Vemos que en
las tres formas de argumentar utilizadas por los deterministas, se comete una
petición de principio, en opinión de Bergson y, que para nuestra conciencia, sólo
será válido el principio de identidad, en virtud del cual, “lo
que es pensado es pensado en el momento en que se lo piensa”. Sin embargo,
se podría alegar que Bergson comete en sus afirmaciones la misma petición de
principio que comete el determinismo porque, si bien es verdad que el principio
de identidad, el único valido realmente, no es aplicable a los estados de
conciencia, tampoco es aplicable, si lo
hacemos rigurosamente, a las
leyes físicas en las que intervenga la variable tiempo. En la ciencia moderna
se prescinde de esta variable, y la acepta como constante, de manera que no
influya en un sistema determinado y poder así elaborar teorías. El ejemplo más
claro es la teoría de la relatividad de Einstein, en la que tiempo y espacio
son relativos pero se toman como constantes para así poder cuantificarlos. Pero
la obra de Bergson es treinta años anterior y, por tanto, no podía conocer la
tesis relativista.
Posteriormente,
el autor nos muestra ejemplos de la aplicación y el desarrollo del principio de
causalidad en autores como Descartes, Spinoza, y científicos coetáneos al
autor, como William Thomson. Todos ellos tendrán la misma preocupación, la de
establecer una relación de necesidad lógica entre causa y efecto, en donde
acaban confundiendo la causalidad con la identidad, cayendo así en un
mecanicismo matemático.
Otra concepción
de la relación causal dirá que el efecto no está contenido en la causa y, por
tanto, la relación de determinación necesaria no existe. Aquí todo será
meramente posible y no será del todo inaccesible a nuestra conciencia, ya que
entre ésta y el mundo físico existiría entonces una cierta analogía. Esta
concepción atribuye al universo cierta autonomía, cierta personalidad, sin que
se pueda identificar con una conciencia. A grandes rasgos, nos encontramos en un
sistema hilozoista, antigua teoría que atribuía al universo una voluntad
consciente. Leibniz representará esta concepción de la causalidad, al igual
que Spinoza la anterior. Estas dos concepciones del principio de causalidad nos
traen dos formas contradictorias de entender la duración. En el caso de Leibniz,
tanto los fenómenos psíquicos como los psicológicos durarán lo mismo, lo que
establezca nuestra conciencia. En el caso de Spinoza se tendrá que admitir, una
“preexistencia matemática del porvenir
en el presente”. En cualquier caso, vemos como el problema de la libertad
está conectado con el principio de causalidad. Si creemos que la causalidad es
un concepto a priori, su validez no dependerá de la ciencia. Pero si, por otra
parte, creemos que la causalidad se prueba empíricamente, vemos que sólo se ha
comprobado en ciertos casos y, aunque no hay pruebas en contra de ello, no la
podremos considerar como ley universal; por tanto, no podremos concluir que la
causalidad controle las voliciones humanas, porque son de naturaleza distinta a
los fenómenos en los que impera la ley de la causalidad. Este argumento está
perfectamente desarrollado en la obra de Bertrand Russell “Nuestro
conocimiento del mundo externo”.
Para Bergson
estas dos hipótesis de la causalidad no son incompatibles con la libertad
humana pues, la que propone Leibniz, pondría la contingencia hasta en los fenómenos
de la naturaleza y en la de, entre otros, Spinoza, al atribuir la determinación
necesaria de los fenómenos físicos, los cuales no duran como nosotros, hacemos
del yo una auténtica fuerza libre; “por eso toda concepción clara de la causalidad y en la que uno se
entiende consigo mismo conduce a la idea de la libertad humana como a una
consecuencia natural”. No podemos entender la causalidad como idea de
nuestras voliciones y deseos, pero aunque así fuese, al estar nuestra mente de
acuerdo con la causa de nuestros actos, queda salvaguardada la libertad.
En la conclusión
de este texto Bergson dice que se llama libertad a “a
relación del yo concreto con el acto que realiza en donde esa relación no es
posible definirla precisamente porque somos libres. Si aún así intentásemos
definirla, ésta nos llevaría a convertir el tiempo en espacio, la duración en
extensión y, por tanto, el hecho sólo podrá darse ya como realizado y esto
nos conduce al determinismo. Por medio de la noción de causa, tampoco podremos
definir la libertad, aún aceptando que los fenómenos psíquicos puedan
repetirse, porque también nos lleva a la identidad de la duración con su
representación espacial, y esto, como acabamos de ver, nos conduce al
determinismo.
El hecho de que el tiempo y el espacio coincidan
podemos conceptualizarlo, pero difícilmente entenderlo en toda su extensión.
Como ha sido demostrado, conceptos como longitud, espacio o tiempo no son
absolutos. Sus valores físicos, establecidos por el hombre, nos lo indican las
mediciones que hagamos de ellos. Ahora bien, el hecho de que estos valores no
sean los mismos para todos demuestra que sólo se les puede definir con relación
a un observador concreto. Esto hace que conceptos como espacio ó tiempo
absolutos sean conceptos metafísicos que escapan a la observación y la
experimentación. Bergson da una importancia primordial al tiempo que medimos,
al tiempo en el que vivimos. El tiempo y el espacio tomados como realidad
concreta e individual son cantidades relativas que dependen de la posición del
observador. Por eso, cuando Bergson pregunta allector si el tiempo es espacio, si pueden coincidir
adecuadamente, lo hace de forma retórica, porque no hay más que una sola
respuesta, no porque sea totalmente inconcebible. De esta forma, Bergson cree
salvar el libre albedrío que trata de defender en toda su obra, pero que en
realidad no queda salvado por la no adecuación del tiempo y el espacio, sino
por la no adecuación de los hechos físicos con los psicológicos, postura que,
dicho sea de paso, es originariamente suya.
Por lo tanto, Bergson, jugando con el lector,
concluye con que la libertad, siendo un acto claro, permanece indefinible
mientras tiempo y espacio no se demuestre que coinciden, lo que es
susceptible de ser sometido a crítica.
CONCLUSIONES
Es
un hecho refutable que sobre un tema con tanta trascendencia y sobre el que
tanto se ha escrito, como es la libertad, difícilmente se puede ser original.
Es más, hay tantas obras, tantos autores y tantas alusiones a la libertad que,
a la hora de documentarme para elaborar este trabajo, me he visto desbordado por
tanto material y, a sabiendas de limitar los contenidos de este trabajo, he
concentrado mi atención a varios manuales generales de filosofía. Es probable
que todo lo que vaya a expresar aquí ya haya sido expresado por otros autores,
al igual que soy consciente de que la crítica a una teoría es siempre más fácil
que su construcción. Por tanto, ni si quiera una crítica negativa al texto de
Bergson puede cambiar el gran mérito y la documentada elaboración de su obra.
Antes
de comenzar propiamente, tengo que resaltar una posible errata terminológica de
Bergson respecto al principio de conservación de la fuerza, ya que en una breve
investigación por mi parte, no he encontrado ningún dato respecto a este
principio. Existen perfectamente formulados el principio de conservación de la
energía, de la materia ó masa, y del movimiento. Obviamente, podremos
enunciar, relacionado con los anteriores, un principio de conservación de la
fuerza, siempre que en una fórmula igualemos en los dos miembros de una ecuación
el valor numérico de la fuerza. Sin embargo, lo que realmente ocurre en el
texto es que se asocian y confunden el principio de conservación de la energía
y el principio de conservación de la fuerza. Pero esto último no me ha sido
posible verificarlo y, por tanto, me inclino a creer que la nomenclatura física
francesa contemple la posibilidad de nombrar de dos formas al mismo principio.
Aquí
nos proponemos ofrecer una visión crítica del capítulo III de la primera obra
de Henri Bergson,Ensayos sobre los
datos inmediatos de la conciencia que, a mi modo de ver, es una obra
compleja, de difícil lectura y muy documentada. En realidad, es una refutación
de cualquier argumento y doctrina que niegue el libre albedrío humano. Esta
posición adoptada por Bergson es, cuanto menos, cómoda ya que, sólo nos
propondrá una definición del libre albedrío negando su contrario, el
determinismo, dejando así indefinible, y formulando sólo abstracismos, de lo
que realmente se propone definir, la libertad humana.
Bergson
plantea que todo determinismo físico o mecanicista nos lleva
incuestionablemente a un determinismo psicológico, argumento que admite ciertas
dudas por mi parte, porque no es descabellado pensar que un determinismo físico
nos venga dado a partir de un deteminismo psicológico. Es decir, que la condición
de mi estado actual de conciencia, que viene precedido por mis estados de
conciencia anteriores, estén causados por la posición determinada de mis átomos
y moléculas. Esto haría que este determinismo mecanicista provocase en
nosotros la sensación de determinación psicológica.
Con
esta argumentación no pretendo defender posturas deterministas, sino refutar la
posición bergsoniana sobre la implicación de todo determinismo físico en
psicologia. Aún más, a mi parecer, cualquier tipo de determinismo radical se
me presenta como absurdo y en especial el determinismo mecanicista. Este
determinismo, ya definido en este trabajo afirma que el universo está lleno de
materia, a su vez formada por las partículas más pequeñas posibles, las moléculas,
y en última instancia, los átomos, que están continuamente en movimiento. Según
esta teoría, las sensaciones, ideas, y estados de conciencia, son resultado de
los movimientos internos y externos de los átomos y moléculas que
interaccionan entre sí en un organismo humano. Este determinismo se me presenta
inviable a la razón porque, como Bergson dice en el texto, la existencia del átomo
es hipotética. De hecho, su propia definición niega su existencia porque la
materia es susceptible de infinitas divisiones, y no es posible concebir la partícula
más pequeña imaginable, ya estemos hablando de átomos, neutrones, protones ó,
como recientemente descubiertos, de quarks.
Y, en fin, nada más problemático
que la existencia del átomo mismo. A juzgar por las propiedades cada vez más
numerosas de que ha sido preciso enriquecerlo, estaríamos bastante inclinados a
ver en el átomo, no una cosa real, sino el residuo materializado de las
explicaciones mecánicas.
Es
un hecho incuestionable que exista un orden en la naturaleza, en sus procesos físico-químicos,
y que la existencia de este orden no implica ningún tipo de determinismo físico,
al igual que existen determinadas leyes en los procesos mentales del ser humano,
que tampoco implican un determinismo psicológico. Porque el libre albedrío,
que a mi modo de ver es condición esencial de lo humano, debe basarse en este
orden, ya que no hay nada más tirano y opresor que estar sometido a un azar
caprichoso e impredecible. Para ser libre hay que poder elegir y conocer lo que
se elige. Y si este objeto o hecho que hemos elegido, pudiese ser o no ser
nuestro objeto ó hecho de elección, no seríamos libres de elegir algo
concreto, sólo de elegir. Por tanto, debe haber ciertas leyes, que nos aseguren
nuestro conocimiento exterior e interior, sean o no absolutas.
La
libertad, como concepto absoluto, no admite grados, porque es susceptible de
serle aplicado el “principio del tercio excluso”, que aplicado al concepto
en cuestión, se enunciaría como que entre la libertad y la ausencia de ella,
no es posible un término medio;o eres
libre o no eres libre, no se puede ser medio libre. Bergson si admite
grados, aunque no lo exprese abiertamente sino por la utilización de adverbios
de cantidad “mas” y “menos”. Pero esta gradación es producto de las
sensaciones, percepciones ó sentimientos internos de un organismo. El filósofo
vitalista alemán Friedrich Nietzsche en su obra “El crepúsculo de los ídolos”,
también distingue grados de la libertad; ¿Con
qué se mide la libertad en los pueblos? Con la resistencia que es preciso
superar, con las dificultades que es preciso salvar para llegar arriba. El tipo
más elevado de hombre libre debe buscarse allí donde deba vencerse
constantemente la resistencia más fuerte, a cinco pasos de la tiranía, en el
propio umbral del peligro de servidumbre. Aquí Nietzsche, al igual que
Bergson, confunde el hecho en sí de la libertad, del término absoluto, con el
sentimiento interno que despierta en nosotros. Asimismo, podemos observar que en
un concepto tan trascendente e importante para la vida del ser humano, es fácil
henchirse y despertar los más altos sentimientos de autodeterminación, en
cuanto es expresado de forma sublime y metafórica como muestra la lectura de
este filósofo alemán.
Otra
teoría, en mi opinión, brillante e inteligente, la recoge Erich Fromm en su
ensayo Miedo a la libertad, en el cual analiza el concepto de libertad
desde una dimensión social, y a su vez, más real, aspecto que no es tratado en
el texto de Bergson. Fromm pone de manifiesto la ambigüedad de la libertad
humana. En el individuo aislado es donde se produce el acto de libertad, pero, a
su vez, este individuo se siente impelido a adentrarse en la sociedad, creándose
vínculos y obligaciones que coartarán su propia libertad; “el hombre, cuanto más gana en libertad..., y cuanto más se
transforma en <<individuo>>, tanto más se ve en la disyuntiva de
unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de
buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su
libertad y la integridad de su yo individual”. Esta visión, y otras
tantas, que nos alejan de nuestro análisis original, ponen de manifiesto
aspectos de la libertad que Bergson no aborda en su libro, pero que por ello no
dejan de tener relevancia.
En
definitiva, considero que Bergson defiende tácitamente, a través de su forma
de argumentar, un espiritualismo moderado, no exento de cientificidad, y que
atisba en el siguiente texto:“Pero si
el movimiento molecular puede crear sensación con una nada de conciencia, ¿porqué
la conciencia no habría de crear, a su vez, movimiento, sea con una nada de
energía cinética y potencial, o sea utilizando esta energía a sumanera. Aquí Bergson concede a la conciencia, al acto mental, no
sólo una primacía de ésta sobre la materia, sino capacidad de influir sobre
la misma. Este espiritualismo, pobremente conceptualizado, tiene su origen en
distintas manifestaciones religiosas orientales, y actualmente, desde mediados
del siglo XX, ha ido emergiendo progresivamente en nuestra cultura occidental,
tratando de concederle un cierto carácter científico. Tal es el punto que,
actualmente, recién comenzado el nuevo milenio, observamos que esta capacidad
de la mente de influir en la materia, es comúnmente aceptada, sin que sigamos
teniendo pruebas fidedignas de su cientificidad. Y consecuentemente todo intento
de demostración científica ha versado, no sobre su definición directa, sino
sobre la negación de su contrario.
Intentar
definir un concepto tan sumamente amplio y vasto como la libertad constituye una
ardua y compleja tarea, en la que el mayor riesgo viene dado por la posibilidad
de caer en abstracismos; y es precisamente aquí, en este punto, donde reside mi
mayor crítica al autor de este texto, así como a su constante pregunta de si
se puede representar adecuadamente el tiempo y el espacio. Esto, no sólo es un
planteamiento abstracto, sino también absurdo, y Bergson es consciente de ello,
por lo que, al asociar la coincidencia del tiempo y del espacio con el
determinismo, pone de manifiesto la incongruencia de ambas manifestaciones. Con
este planteamiento Bergson cree destacar la inviabilidad de mantener una posición
determinista que, a su vez, le excusa de definir de forma clara el concepto de
libertad .
Al
margen del texto de Bergson, de cuyo estudio me he ocupado en el presente
trabajo me gustaría, para finalizar, exponer mi propia concepción de la
libertad humana.
Ésta, a mi parecer, es, o al
menos quiero creer que es, incuestionable, porque la sola idea de verme forzado
a obrar por una fuerza extraña, en contra de mi voluntad, produce en mí un
sentimiento de rechazo y desasosiego con el cual no podría vivir. En el
presente intento de definición cometo una petición de principio, ya que defino
la libertad mediante un supuesto “sentimiento de libertad”, innato a mí.
Por tanto, todo intento de conceptualizar la libertad, únicamente podrá
hacerse, no sólo desde una posición antropológica, sino también desde una
perspectiva emotivista.
BIBLIOGRAFÍA
Bergson, Henri: “Ensayos sobre los datos inmediatos de la conciencia”.1889.
Ediciones Sígueme. Salamanca,
1999.
Dampier, William Cecil: “Historia de la ciencia y sus relaciones con la
filosofía y la religión”.Editorial Tecnos. Madrid, 1992.
Logos 2000. Círculo de Lectores.
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