Economía
de la solidaridad. Una introducción a sus diversas manifestaciones
teóricas
Por
Pablo
Guerra.
Universidad de la República y Universidad
Católica del Uruguay.
1. El protagonismo de la economía de la solidaridad
[1]
En los
últimos años el concepto de “Economía de la Solidaridad”
se ha vuelto protagónico en diversos ámbitos de las ciencias
sociales y de la reflexión sobre modelos de desarrollo, tanto desde
enfoques macro como micro económicos. Entre las muestras de tan
particular protagonismo, debemos citar la constitución de
numerosas Cátedras de Economía Solidaria en
varias Universidades del continente dando lugar a redes académicas,
como Unitrabalho, en Brasil; la adhesión de muchas organizaciones
sociales, sindicales y cooperativas al postulado de una Economía
Solidaria, desarrollando numerosos encuentros en la materia, entre
los cuáles destacan sin duda los desarrollados en el marco del Foro
Social Mundial; la penetración de este concepto en el seno de la
Iglesia Católica, fundamentalmente a través de sus Pastorales
Sociales; la presencia en algunos programas de gobierno del fomento
a la economía solidaria, como sucede en Rio Grande do Sul; o la
movilización por parte de ciudadanos de diversos países de América
para ver incluido en las Constituciones de sus respectivas
Naciones, la voluntad de apoyar las iniciativas provenientes de la
Economía Solidaria.
Más allá de las
diversas variantes, que veremos luego, la economía de la
solidaridad, o socioeconomía de la solidaridad como yo prefiero
llamarla, pretende dos grandes objetivos, uno de carácter práctico y
otro de carácter teórico. El primero, consiste en rescatar las
diversas experiencias de hacer economía en sus diversas fases
(producción, distribución, consumo y acumulación) caracterizadas por
vertebrarse en torno a valores solidarios.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Sociólogo/Profesor Universidad de la
República & Universidad Católica del Uruguay. Investigador Cuesta
Duarte, PIT CNT.
El segundo objetivo es
construir el herramental teórico necesario para dar correcta cuenta
de esas experiencias. Podríamos en tal sentido definir a la Economía
de la Solidaridad como un modo especial y distinto de hacer
economía, que por sus características propias consideramos
alternativas respecto de los modos capitalista y estatista
predominantes en los mercados determinados.
El término
“economía de la solidaridad”, más allá de los numerosos antecedentes
que no repasaremos en esta ocasión, nace en Latinoamérica a comienzo
de los años ochenta, siendo su más fino expositor el sociólogo
chileno Luis Razeto. Veamos a continuación cuáles serían las
características de esta economía:
En el plano de la
producción, el elemento sustancial definitorio de esta
particular racionalidad económica, está dado por la preeminencia del
factor trabajo por sobre el capital, pero sobre todo, por la
presencia central de los factores comunitarios, (factor C)
como categoría organizadora.
El factor C tiene
expresiones variadas. Como señala Razeto: se manifiesta en la
cooperación en el trabajo, que acrecienta la eficiencia de la fuerza
laboral; en el uso compartido de conocimientos e informaciones que
da lugar a un importante elemento de creatividad social; en la
adopción colectiva de decisiones, en una mejor integración funcional
de los distintos componentes funcionales de la empresa, que reduce
la conflictividad y los costos que de ésta derivan; en la
satisfacción de necesidades de convivencia y participación, que
implica que la operación de la empresa proporciona a sus integrantes
una serie de beneficios adicionales no contabilizables
monetariamente, pero reales y efectivos; en el desarrollo personal
de los sujetos involucrados en las empresas, derivados de la
comunicación e intercambio entre personalidades distintas, etc.[2]
En el plano de la
distribución, lo distintivo y definitorio de la economía
solidaria consiste en que los recursos productivos y los bienes y
servicios producidos, fluyen, se asignan y distribuyen, no solo por
medio de las relaciones de intercambio valoradas monetariamente
(como sucede en el sector más propiamente capitalista), sino también
mediante otras relaciones económicas que permiten una mayor
integración social, a saber: relaciones de reciprocidad,
redistribución, cooperación, donación, comensalidad, etc.
En el proceso de
consumo la solidaridad se verifica en una particular forma de
consumir que se apoya en una cultura diferente a la predominante en
cuanto satisfacción de las necesidades. Algunos rasgos distintivos
en la materia son la preferencia por el consumo comunitario sobre el
individual; la integridad en la satisfacción de las necesidades de
distinto tipo; en algunas formas populares de economía solidaria se
destaca la proximidad entre producción y consumo; y finalmente,
debemos señalar que en estos casos el consumo tiende
cualitativamente a la simplicidad y austeridad. Incluso esto lleva a
una valoración mucho mayor de los "problemas ecológicos".
Como se
comprenderá, la noción de economía de la solidaridad es mucho más
compleja y amplia que otras, como es el caso de la economía social,
economía cooperativa, economía autogestionaria o incluso economías
alternativas, para citar a algunas de las de mayor receptividad
bibliográfica
2. Las corrientes
latinoamericanas y europeas.
De acuerdo a
nuestros estudios[3],
podemos decir que existen dos vertientes teóricas con respecto a la
economía de la solidaridad: la latinoamericana y la europea,
aunque con variantes cada una de ellas.
Es en América
Latina que se acuña el término, en un sentido específico y con
fundamentos teóricos, sobre principios de los años ochenta. En esa
década, Razeto, entonces profesor e investigador del Programa de
Economía del Trabajo (Pet), de Chile, escribiría su obra "Economía
de la Solidaridad y Mercado Democrático", en tres volúmenes, (sobre
fines del 2000 culmina su obra con un cuarto volumen). La obra de Razeto ha tenido especial cabida en el ámbito de las organizaciones
económicas populares, así como en diversas instancias de la Iglesia
Católica del continente. Es un secreto a voces, que el llamado de
Juan Pablo II a "construir una economía de la solidaridad", con
motivo de su visita a la sede de la Conferencia Económica para
América Latina (Cepal) en 1987, se hizo en obvia referencia a los
escritos del autor chileno.
Sin embargo,
desde otras tiendas también se ha comenzado a insistir en la
necesidad de construir economías solidarias. Es así que se pueden
distinguir otros focos de divulgación en el continente. Uno de ellos
lo constituyen los escritos del entorno de la Confederación
Latinoamericana de Cooperativas de Trabajadores (Colacot), con sede
en Colombia. El mérito de la Colacot reside en haber divulgado estas
temáticas en ambientes cooperativistas y laborales (Colacot es un
organismo funcional de la Central Latinoamericana de Trabajadores -Clat-
que optó en su X Congreso, por la construcción de una economía de la
solidaridad en su estrategia de desarrollo), y haber realizado
numerosos encuentros en la materia, desde fines de los ochenta. Sin
embargo, es obvio que no ha habido un intento acabado por parte de
esta organización, en elaborar una teoría comprensiva que explique
las principales características del sector. Salta a la vista, en tal
sentido, una intención más militante que analítica en estas materias
más allá de esfuerzos como el de la elaboración de un ambicioso
programa de planificación macroeconómica de largo plazo conducente a
llevar al sector solidario de la economía desde una incidencia del
5.2% del PBI, hacia el 33.6% en ocho años[4].
En un intento por mostrar la valía del quantum de la economía
solidaria en el continente, estiman que el sector está integrado por
sesenta mil empresas y 60 millones de asociados en América Latina,
con incidencia sobre un total de 300 millones de latinoamericanos[5].
La tercera fuente
latinoamericana es la que proviene de Brasil[6].
En este coloso del continente, la irrupción del término es más
tardía. Recién sobre mediados de los noventa, empieza a divulgarse
la idea de la economía de la solidaridad, por parte de algunas ONGs.
y diversas organizaciones populares, e incluso sindicales como es el
caso de la primera central de trabajadores, la Cut, que constituyó
un programa de trabajo en ese sentido, que de alguna manera se
parapeta como vanguardista en materia de modernas políticas
sindicales[7].
Los términos que más han prendido en estos años en Brasil han sido
los de economía popular de la solidaridad, economía
solidaria, e incluso socioeconomía de la solidaridad. A
diferencia de otros países de América Latina, la economía de la
solidaridad en Brasil, ha sido retomada por muchas Universidades, e
incluso se ha creado una Red de Universidades con líneas de
investigación en la materia (Unitrabalho). Además, algunos gobiernos
estaduales, como es el caso del Gobierno de Rio Grande do Sul, han
organizado diversos seminarios e instaurado programas sociales para
desarrollar las experiencias de economía popular solidarias.
Deberíamos agregar finalmente, que en el esquema de la Iglesia
latinoamericana, ha sido la de Brasil la más activa en estos
asuntos: la labor de la Cáritas brasilera en este ámbito viene
precedida de la consecución de sus “Proyectos Alternativos Comunitários” (PACs), surgidos a inicio de la década de los ochenta
como instrumento de acción de Cáritas para hacer frente a la
exclusión. En los años noventa es que se hace un giro hacia la
economía de la solidaridad, de manera que la “economía popular de
la solidaridad” pasa a ser un elemento vertebral en sus Líneas de
Acción 2000 – 2004[8].
No hay en Brasil,
sin embargo, escuelas propias, en el sentido de corrientes que hayan
desarrollado una concepción determinada de este fenómeno con
respaldo científico. Más bien, las investigaciones cuentan con una
amplia gama de orientaciones tanto bibliográficas como de paradigmas
teóricos. Los esfuerzos de construcción teórica, en tal sentido,
provienen por lo que hemos podido advertir, de tres principales
ambientes: la Unisinos, la Universidad Jesuíta más grande del mundo,
con sede en el Estado de Río Grande y que cuenta con un programa de
economía popular solidaria, luego acompañado por otro programa
desarrollado por la Universidad Federal de Río Grande do Sul; los
trabajos de Paul Singer, Profesor de Economía en la Universidad de
Sâo Paulo e integrante de la Asociación Nacional de trabajadores en
empresas de Autogestión y Participación Accionaria (Anteag); y los
trabajos del Instituto Políticas Alternativas para el Cono Sur (PACS)
con sede en Río de Janeiro, dirigido por Marcos Arruda, un
incansable promotor de estas ideas.
Sin intención de
ignorar las diferencias que encontramos en sus posturas, podríamos
decir que les une a cada una de ellas, la lectura especialmente
crítica que hacen de las estructuras económicas contemporáneas, y
el rescate de la autogestión y el asociacionismo en las clases
populares. En ese sentido, la economía de la solidaridad adquiere
características más radicales que las que se encuentran en otros
contextos, y con un discurso marcadamente más político. Claramente,
sus defensores ubican esta corriente y sus experiencias, como contrareferentes al neoliberalismo, e incluso al capitalismo. Veamos
como se refieren en este sentido, las diversas organizaciones
participantes del Encuentro Brasilero de Cultura y Socioeconomía
Solidaria:
Partimos de
una crítica vehemente al capitalismo, sobre todo en su forma
neoliberal que ha propiciado una producción cada vez más rápida de
bienes junto a una intensa concentración de tierras, riqueza,
control de recursos, poder y saber en la mano de un número siempre
menor de grandes banqueros, empresarios, latifundistas y
especuladores[9].
Por su parte,
Paul Singer señalaba en la exposición sobre economía solidaria que
tuvo lugar en el Foro Social Mundial de Porto Alegre (con un público
récord de 1500 participantes):
La autogestión
es una opción profundamente revolucionaria, anticapitalista, porque
ella exige la integración de cada uno de los individuos en un
colectivo libremente escogido /.../ Estamos construyendo en medio de
contradicciones, en las fallas del capitalismo, un nuevo tipo de
sociedad y de economía. Es difícil, más no imposible...[10].
Dando un nuevo paso, sostendrá en otro artículo que las experiencias
de economía de solidaridad no solo son anti – capitalistas, sino
también, expresiones socialistas: Yo creo que cualquier empresa
democrática, igualitaria y autogestionaria –cooperativa o no- ya es
socialista. Es una experiencia socialista, aunque sea puntual...[11].
Las referencias
contrarias al neoliberalismo se suceden en numerosos artículos sobre
el tema, recurriendo para ello a múltiples factores, no solo
estructurales sino también de corte ético:Hablar de economía
popular solidaria es resignificar la propia economía en el sentido
de recuperar su dimensión ética, flagrantemente negada por las
posiciones neo - clásicas de matriz liberal y de alguna forma
también por las posiciones marxistas ortodoxas.[12]
Desde estas posturas, sin embargo, no se pierden los referentes
revolucionarios de la propuesta:
Lo
revolucionario de la organización de la economía popular solidaria
está en mezclarse en la estructura productiva, contraponiéndose al
sistema capitalista por la construcción en su seno de condiciones
para su superación, por la organización social de productores y
consumidores, recuperando de alguna forma todo el sentido de los
socialistas utópicos[13].
Como podemos
observar, más allá de los paradigmas teóricos manejados por los
autores, suele primar a la hora de esgrimir argumentos a favor de la
economía solidaria, un discurso fuertemente opositor al capitalismo
neoliberal. Armando de Melo Lisboa, por ejemplo, señala que la
economía solidaria "busca superar la sociedad de mercado a través
del propio mercado". Para ello, distingue una sociedad de mercado
con respecto a una sociedad con mercado; y luego explica que mercado
y capitalismo no son sinónimos. El desafío de la economía de la
solidaridad consiste entonces en superar esa sociedad de mercado sin
renegar de los mecanismos mercantiles: ello solo será posible por
medio de la "construcción de circuitos de intercambios solidarios
entre emprendimientos, de forma de ir configurando otro mercado"[14].
Estas posturas
propias de una cultura de izquierda no son solo patrimonio de las
elaboraciones del Brasil. Algunos autores centroamericanos, desde
posiciones que podríamos vincular a un marxismo heterodoxo, también
recurren a este nuevo paradigma para hacer frente a la hegemonía
neoliberal[15].
En Europa,
el desarrollo que ha tenido el concepto de economía de la
solidaridad ha sido distinto. Con una tradición mucho más rica en
otras variantes, como es el caso de cooperativismo y economía
social, los europeos recién comienzan a manejar este término sobre
fines de los ochenta. Aquí deberíamos hacer referencia a dos niveles
distintos en los que se manejan estos temas. Un primer nivel es el
teórico, desarrollado por académicos; y otro es el nivel práctico,
desarrollado fundamentalmente por ONGs, que trabajan en el área de
la llamada economía de la inserción.
A nivel teórico,
debemos mencionar el aporte de Jean Louis Laville. Este sociólogo
francés parte al igual que nosotros del esquema de Polanyi, para dar
cuenta de la pluralidad de formas que adquiere la economía. En ese
sentido, hace referencia a la importancia que tuvo el siglo XIX en
la materia, admitiendo diversos principios y prácticas distintas a
las del mercado, desde posturas más centralistas (Cabet y Blanc)
hasta otras más comunitarias (Fourier, De Bonnard). Los últimos años
del Siglo XX, son testigos de prácticas similares a las del siglo
anterior, aunque con características muy diversas entre sí. Algunas
de ellas han sido motivo de análisis particulares por parte de
Laville y su equipo de colaboradores, caso de las experiencias de
inserción, las experiencias comunitarias de Quebec, las
organizaciones populares de Chile, o el sistema de intercambios de
bienes y servicios conocido como Sel, etc.:
A pesar de las
diferencias, dichas prácticas comparten características que permiten
establecer paralelismos: todas ellas intentan introducir la noción
de solidaridad en las actividades económicas, abogando de esta
manera por una economía solidaria[16].
Ahora bien, el
hincapié que hace el autor al momento de situar lo específico de la
economía solidaria, es sobre las "dimensiones no monetarias" de las
prestaciones económicas, ya que partiendo del esquema de Polanyi,
reserva las actividades de intercambio al sector capitalista, las de
redistribución al estado, quedándole al sector solidario las propias
de la reciprocidad, también llamado polo relacional por Nyssens y
Larraechea[17].
Las experiencias
solidarias de la moderna economía del trueque, son especialmente
significativas para el investigador del CNRS de Francia:
Sin
mistificarla, la existencia de un componente no monetario en
determinadas actividades económicas puede ayudar a superar la
despersonalización inherente a la economía monetaria[18].
Como se comprenderá, este perfil no monetarista que rescatan los
autores franceses, es el que hace distanciar sus esquemas con el de
la escuela latinoamericana.
Otros autores, también de Francia,
circunscriben la economía solidaria a la economía informal. Philippe
Adair, por ejemplo, señala que los tres componentes de la economía
informal son la economía subterránea, la economía doméstica y la
economía solidaria. Esta última se caracteriza por producir bienes y
servicios no monetarios que circulan en ámbitos de sociabilidad
según los principios de reciprocidad y redistribución
El periódico
Le Monde[19]tuvo
mucha importancia en la divulgación de estos conceptos en Francia y
otros países del entorno. De hecho, por iniciativa del citado medio,
se constituyó en 1997 una red de economía solidaria, conocida por la
sigla Ires, de militante actividad en la búsqueda de
fórmulas que no imiten las del mercado ni las del estado.
Desde el nivel de
las prácticas, la economía de la solidaridad ha adquirido status
propio, sobre todo con el desarrollo de la nueva economía de
inserción[20]
y los llamados “servicios de proximidad”. En España, por ejemplo, se
han creado redes como la Red de Economía Alternativa y Solidaria
(Reas), la Asociación Española de Recuperadores de Economía Social y
Solidaria (Aeress), o la Red de Promoción e Inserción Laboral (Repris),
encargadas de la Revista Imagina, y vinculadas con unas 300 empresas
de inserción. Desde este punto de vista, la economía de la
solidaridad quedaría recluida a experiencias de trabajo muy
concretas en el marco de las nuevas políticas sociales
gubernamentales practicadas en el viejo continente luego de la
crisis del modelo más clásico de estado benefactor.
Otras
conceptualizaciones comunes son las que equiparan a la economía de
la solidaridad con la economía social, integrando a las
cooperativas, mutuales, fondos de empleados, empresas comunitarias y
demás formas organizativas de propiedad y gestión de los
trabajadores[21].
Una conceptualización de este tipo, sin embargo, no integra las
experiencias que justamente Laville ubica en el polo de la
reciprocidad, o las que Adair cataloga como integrando el sector
informal.
Justamente allí
radica la riqueza del concepto de economía de solidaridad en
relación a otros: pretende dar cuenta de comportamientos solidarios
en cualquiera de las fases de la economía. De esa manera es
factible incluir desde el cooperativismo tradicional nucleado en la
ACI (cuyo paradigma es Mondragón), hasta las experiencias
comunitarias de trabajo analizadas por la ICSA (cuyo paradigma es el
sistema de los kibbutzim); pero también los casos de las comunidades
nativas, el comercio justo, las tiendas solidarias, los sistemas de
trueque y moneda social, los bancos éticos, las corrientes de
austeridad voluntaria, de consumo ético y responsable, etc.
Justamente en
tal pluralidad de comportamientos alternativos y solidarios de
producción, distribución, consumo y acumulación, reside la fuerza y
potencialidad de este nuevo paradigma.
NOTAS
[1]
Texto publicado
originalmente en el semanario uruguayo Brecha. Junio. 2002
[2]
Específicamente sobre el factor C, Cfr. Razeto, L. “El factor C y
la economía de la solidaridad”, Serie Cuadernos de Educación No.1,
Montevideo, Cofac, Mayo de 1998.
[3]
Cfr. Guerra, P.: Teoría y prácticas de la socioeconomía de la
solidaridad. Alternativas a la globalización capitalista,
Montevideo, Tesis Doctoral Ucudal, 2001.
[4]
Cfr. Bernal, A. y Bernal, L.: “El desarrollo del sector solidario.
Hacia un modelo alternativo de la economía nacional”, ponencia
presentada en el VI Congreso de la Asociación de Economistas de
América Latina y el Caribe, La Habana, junio de 1997.
[5]
Cfr. Verano Paez, L.: “La economía solidaria: una alternativa
frente al neoliberalismo”, paper presentado en el Foro
Latinoamericano sobre Economía solidaria, cooperativismo,
mutualismo y sindicalismo frente a los retos del siglo XXI, Santa
Fé de Bogotá, Colombia, Agosto de 1997.
[6]
Con esto no queremos decir que en otros países del continente no
se hayan realizado avances en estas materias. Son de rescatar, por
ejemplo, diferentes movimientos originados en Ecuador, donde la
Constitución recoge el concepto de economía de la solidaridad, o
Venezuela dónde experiencias populares como las Ferias de consumo
de Barquisimeto se han analizado desde este marco teórico, o Perú,
donde se ha creado una coordinadora de economías solidarias
liderada por Humberto Ortiz, o incluso Argentina con una
interesante labor de Cáritas, y Uruguay, dónde hemos empezado a
desarrollar estas ideas desde el año 1995. Sin embargo, en materia
de grandes líneas de trabajo, creo que con las tendencias
señaladas es suficiente.
[7]
Cfr. Cut: “Sindicalismo e economia solidária. Reflexôes sobre o
projeto da Cut”, Sâo Paulo, Cut, Setembro 2000.
[8]
Para un análisis de la Economía Popular de la Solidaridad en el
marco de las Líneas de Acción de Cáritas Brasil, Cfr. Cáritas
Brasilera: “Relatorio Geral de Sistematizacâo. Uma trajetória da
Cáritas Brasilera: Projetos Alternativos Comunitarios, Economia
Popular Solidária e Desenvolvimento Sustentável”, Paper, maio de
2001.
[9]
Cfr. Encontro Brasileiro de Cultura e Socioeconomía Solidárias:
“Carta de Mendes”, RJ, 11 al 18 de Junho de 2000, O Girasol Ano
1, No. 1, Janeiro de 2001.
[10]
Cfr. Autogestào No. 6, fevereiro 2001, pág. 9.
[11]
Cfr. Singer, P.: “Possibilidade da Economia Solidaria no Brasil”,
en CUT, Op. Cit., p. 54.
[12]
Cfr. Carbonari, P.: "Economía Popular Solidária: possibilidades e
Limites", paper presentado en el Seminario Regional Passo Fundo de
Trabalho e Economia Popular e Solidaria, Passo Fundo, 1 y 2 de
Dezembro de 1999, p. 1.
[14]
Cfr. de Melo Lisboa, A.: "Economia Solidária: similia, similibus
curentur", en
www.milenio.com.br/ifil/res/bblioteca/lisboa1.htm, p. 1.
También véase Geiger, L.: “As microexperiências populares: novas
malhas de um tecido social?”, en Tempo e Presença Nro. 282,
Brasil, 1995.
[15]
Para el desarrollo de estas y otras corrientes de la economía
solidaria, Cfr. Guerra, P.: Op. Cit.
[16]
Cfr. Laville, J.L.: "Economie et Solidarité: esquisse d´une
problématique", en Laville, J.L.: L´economie solidaire. Une
perspective internationel, París, Desclée de Brouwer, 1994.
[17]
Cfr. Nyssens, M.: "El germen de una economía solidaria: otra
visión de la economía popular. El caso de Santiago de Chile", en
Ciriec No. 25, Madrid, 1997. También Cfr. Nyssens, M. y
Larraechea, I.: “L´économie solidaire: un autre regard sur
l´économie populaire au Chili", en Laville, J. (1994) Op. Cit. El
marco teórico de estos autores, sin embargo, y tal como se
desprende del título de los artículos, es básicamente el de Razeto.
[18]
Cfr. Laville, J.L.: "Cohesión social y empleo: las nuevas
relaciones entre economía social y el Estado de Bienestar", en
Ciriec No. 25, Madrid, Abril de 1997.
[19]
Cfr. Adair, P.: "L´economie informelle en France:économie
alternative ou socété civile?", en VVAA: L´autre economie. Una
économie alternative?, Quebec, Presses de l´Université du
Quebec, 1989.
[20]
Para un completo análisis de este fenómeno en Europa, Cfr.
Defourny, J. Favreu, L. y Laville, J.: Inserción y nueva
economía social, Madrid, MTSS y Ciriec, 1997.
[21]
Cfr. García Müller, A.: "Distribución de competencias en las
empresas solidarias", en Anuarios de Estudios Cooperativos de
1997, Bilbao, Universidad de Deusto, 1998.