ABSTRACT:
A
partir de lo establecido por Jorm, en su libro La Epidemiología de la
Enfermedad de Alzheimer y otros trastornos afines, este texto se
centra en el análisis en los factores de riesgo de esta enfermedad
planteados en el libro, y trata de recoger otros estudios realizados
posteriormente.
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Félix
Bermejo (1993) señala que en la actualidad se investiga la relación entre
nivel cultural (analfabetismo) y deterioro mental y demencia, existiendo
datos contrapuestos (Katzman et al, 1988,Fratligione et
al, 1991, Beard et al, 1992)
Jorm
(1994), llega a la conclusión de que
hay una asociación entre el ESE y la incidencia de demencia en un estudio
donde relaciona las alteraciones cognitivas con el estatus socioeconómico
y nivel de educación.
Evans et
al.
(1997) sobre una muestra de 642 personas llegaron a la conclusión de que
los marcadores de ESE bajo, predecían el riesgo de desarrollar la demencia
de Alzheimer; Indicó cuáles eran esos marcadores: educación, prestigio
profesional e ingresos, siendo el factor más significativo el de la
educación. Aclara que estos marcadores no son en sí mismos la causa
directa de la enfermedad sino factores que determinan unos estilos de
vida ( hábitos alimentarios, ambiente de alta o baja estimulación, etc..)
que a lo largo de la vida harán más o menos vulnerables al deterioro las
capacidades cognitivas.
El factor educativo.
Jorm,
(1994), ya mencionado anteriormente relaciona la incidencia de demencia
con el nivel de educación.
Kondo
et al. (1990) investigaron 60 casos y Bidzan Ussorowska ( 1995)
en otro estudio de 90 casos de enfermos de Alzheimer, aportaban igualmente
el bajo nivel educativo añadido a otros elementos psicosociales como
factor de riesgo.
Moritz y Petiti (1993) estudiaron 1658 casos de Alzheimer
señalando que la asociación entre un grado más severo de la enfermedad y
un nivel bajo de educación además del hecho de tener un pobre nivel
educativo conllevaría el descubrimiento más tardío de la enfermedad.
Otto
et al. (1995), en un estudio realizado por la Universidad de Rótterdam
en una muestra de 7.528 personas concluyeron que el riesgo de contraer la
enfermedad de Alzheimer es inversamente proporcional al nivel educativo,
estableciendo que las personas que no han pasado por la enseñanza primaria
tienen un riesgo cuatro veces mayor que las que han cursado estudios
universitarios.
Snwdon et al.
(1996), en un polémico estudio sobre 93 personas señalan que la poca
habilidad lingüística en períodos anteriores, (media de 23 años en los
estudios autobiográficos) era un predictor de una pobre función cognitiva
y de enfermedad de Alzheimer en los períodos avanzados de la vida.
Teri
et al. (1997), enfatizan que para un buen envejecimiento es preciso
mantener un buen nivel en el ejercicio de las capacidades cognitivas que
va a permitir a las personas actuar recíprocamente de forma efectiva y
apropiada con el ambiente.
También encontramos datos contrapuestos en cuanto al nivel educativo en
Ochoa (1996) que se pronuncia en el sentido de no considerar factores de
riesgo de padecer la Enfermedad de Alzheimer entre otros, el nivel
educativo.
GRADO
DE ACTIVIDAD Y RELACIÓN SOCIAL
El
grado de actividad y relación social. Y los intereses vitales que una
persona manifiesta, han sido objeto de estudio como factores de riesgo.
En
los estudios anteriores Kondo et al. (1990) y Bidzan Ussorowska (
1995) correlacionan un menor grado de relación y actividad social con un
mayor riesgo de demencia de Alzheimer.
Igualmente Bauer et al. (1995) que estudiaron las biografías de 21
pacientes con enfermedad de Alzheimer, señalan la pérdida de contactos
sociales y la pérdida de motivación como elementos premórbidos en estos
enfermos.
Shimamura et al. (1998) que estudian los factores medioambientales
para la demencia de Alzheimer, indican que están entre otros, la menor
relación con los vecinos, la menor participación en actividades de la
comunidad, los cambios de domicilio, el aislamiento, el vivir en familia
sin niños.
En
otro estudio en China, Shen Y (1998) con 126 casos diagnosticados de
Alzheimer, cita que tener pocos intereses vitales es un factor de riesgo.
Jorm,
(1994), indica que la inactividad física en los diez años precedentes al
estudio es, probablemente un signo prodrómico de enfermedad de Alhzeimer.
También figuran un menor grado de actividad física como factor de riesgo
en estudios como el de Henderson et al. (1992) y los citados de
Kondo et al. (1990) y Shimamura et al. (1998).
Los eventos vitales como factor premórbido
Los eventos vitales.
Jorm(1991), no halló en su estudio asociación entre la enfermedad y tres eventos de la
vida de los mayores: muerte de cónyuge, muerte de hijos y divorcio.
Hagnell et al.
(1992), en un estudio con 2.612 personas sólo detectaron factores
relacionados con la personalidad pero no encontraron datos
significativos estadísticamente relacionados con el
medioambiente.
Pecina(1993) en su estudio sobre 73 enfermos describe las crisis
psicológicas familiares como un elemento importante en la
etiología del Alzheimer.
Bauer
et al. (1995) , Shen Y (1998) y Shimamura et al. (1998),
anteriormente mencionados, confirman la presencia de acontecimientos
vitales negativos previos a la aparición de la enfermedad.
La
personalidad premórbida como factor de riesgo
En
unos estudios se señala el cambio producido cuando aparece la enfermedad y
otros marcan las líneas de continuidad en los aspectos básicos de la
personalidad. Aunque tocan aspectos diferentes no tienen que ser
contradictorios. El principal escollo está en si continúan o no las
alteraciones graves entre los estados previos y posteriores a la
enfermedad.
Petry
et al (1988), concluían que los enfermos de Alzheimer llegan a ser
más pasivos, más toscos y menos espontáneos como resultado de la
enfermedad.
Bozzola et al (1992), sobre una muestra de 80 pacientes constataban
la disminución de la iniciativa-crecimiento de la apatía en un 66,3 %, el
abandono de aficiones en un 55 % y el aumento de la rigidez en un 41,3
%, como rasgos más destacables del cambio.
Costa
PT, Mc Crae (1995), utilizando el NEO-PI (Personality Inventory Manual),
sobre cinco dominios básicos de la personalidad, da unos resultados
parecidos en sus investigaciones. Los cambios se resumen en: aumento del
neuroticismo y disminución de la extroversión y el orden-responsabilidad.
Los otros dominios, apertura y amabilidad, presentan disminución
pero no siempre significativa.
Otros
autores tienden a poner de manifiesto la continuidad de los perfiles pre y
postmórbidos, como Petry et al (1988), que al mismo tiempo que
señalan los cambios constatan la continuidad de los perfiles básicos de
la personalidad premórbida.
Kolanowski et al (1996), en una revisión sobre los estudios de los
cambios de personalidad concluyen que aunque aparecen cambios
sistemáticos de personalidad en las personas con demencia , éstas parecen
mantener sus rasgos de personalidad premórbida.y parecen reflejar modelos
de adaptación que tuvieron en el pasado presentando una correspondencia
entre su conducta pre y posmórbida.
Montani, (1994), en un estudio longitudinal sobre 26 enfermos no encuentra
antecedentes psicológicos pero sí la personalidad básica en las
manifestaciones de demencia, como alucinaciones, tendencias
interpretativas, imitaciones verbales,... que conectan con lo que queda
de las potencialidades y defensas de los pacientes.
Chaterjee et al (1992), en un estudio sobre la aparición de
trastornos graves de conducta de la personalidad confirman que
determinados rasgos de la personalidad premórbida predisponen a tener los
síntomas psiquiátricos subsiguientes en la enfermedad de Alzheimer.
Baker
et al (1991), realizaron un estudio con 122 enfermos y encontraron
que 39 de ellos tenían un historial psiquiátrico en los años anteriores a
la manifestación de la enfermedad.
Burns
et al (1990), sin embargo no
encuentran la relación cuando compara un grupo de enfermos de Alzheimer y
otro de Corea de Huntington con un parecido estado de irritabilidad,
observaron que este rasgo premórbido de irritabilidad era válido para los
enfermos de Huntington pero no para los enfermos de Alhzeimer.
De la
misma manera Rosen y Zubenko (1991), con un estudio longitudinal con 32
pacientes establecían que la aparición de psicosis y depresión mayor en el
transcurso de la enfermedad no tenía antecedentes previos a la eclosión de
la enfermedad. Presentaban psicosis el 47 % y depresión mayor el 22 %.
La depresión como factor de riesgo.
Jorm
(1991), encontró más historias de depresión asociada en casos más tardíos.
En el
libro de Jorm (1994) se señalan cuatro estudios caso-control en los que se
constataba que la depresión era más común en los casos de Alzheimer que en
los controles y puntualizaba que esos síntomas podían confundirse con las
primeras manifestaciones de la demencia que suelen cursar con depresión:
Barclay et al (1985), French et al (1987), Salta et al
(1987) y Broe et al (1990).
Otros
estudios posteriores señalan la importancia de la depresión como factor
premórbido.
Kokmen et al (1994), encontraron que la depresión y los desórdenes
de personalidad eran significativos entre 20 factores de riesgo.
Van
Duijin et al (1994), en un estudio con 814 sujetos y Tsolaki et
al (1995) con 65 encontraron datos de depresión significativos.
Chatterjee et al (1995), confirmaban que en la personalidad
premórbida de los pacientes de Alheimer había más rasgos depresivos
En conclusión parece que la historia de depresión constituye un rasgo
premórbido bien por haberla padecido personalmente, bien por historia
familiar, por lo que se considera un factor de riesgo.
Otros factores de riesgo en la personalidad
premórbida.
En tres importantes estudios
se señala la existencia de factores de riesgo de la personalidad:
El primero de Hagnell et al
(1992), realizado sobre una población de 2612 personas realizando un
ensayo con un intervalo de 15 años. Aunque no detectaron factores
medioambientales relacionados con la enfermedad de Alzheiemr, sí detectaron factores de fondo de
la personalidad de forma significativa.
El segundo estudio es de Bauer et al (1995), donde se
analizaron las biografías de 21 pacientes de Alzheimer contrastándolas
con 12 pacientes de edad similar que padecían
demencia vascular, que sirvieron como sujetos de grupo control. En
los perfiles de personalidad premórbida de los enfermos de Alzheimer
predominaban rasgos con “tendencia a la
evitación-sumisión” con tendencia al tutelaje y con relaciones y trato
social reducido. Por el contrario, los rasgos de personalidad premórbida,
en los enfermos de demencia vascular, ran asertivos y dominantes.
El tercer estudio de Malinchoc et al (1997) sobre 13 casos de
enfermos de Alzheimer y 16 casos control con un intervalo de 13 años
entre el estudio de la enfermedad y la eclosión de la enfermedad en los
casos de Alzheimer, los enfermos de Alzheimer presentaban tasas más
altas de introversión social y pesimismo respecto a la referencia
normativa del test MMPI. Comparándolos con el grupo control esta tasa era
significativamente más alta.
Conde (1996) defiende la hipótesis de que las características de la
personalidad premórbida actuaría como factor de riesgo para la demencia
de Alzheimer y las sitúa en el campo de lo emocional: relación
simbiótica, con otro, falta de energía yoica, fragilidad de la identidad
personal, insuficiencia de la capacidad de elaboración contra lo que
conlleva el propio proceso del envejecimiento.
EXPECTATIVAS DE
PREVENCIÓN EN EL CAMPO DE LA MEDICINA. ÚLTIMOS AVANCES.
En el
diario EL PAÍS (domingo 6 de Agosto de
2000), que entre otras cosas enfatiza la ejercitación de la
memoria como prevención del Alzheimer, según conclusiones del Congreso
Internacional sobre el Alzheimer, que se acababa de clausurar en esos
días, añade además la noticia de la creación de una vacuna que está en la
fase I de experimentación (Dale Schenk, 1999) y que está dando buenos
resultados en enfermos de Alzheimer. Esta vacuna actúa sobre la proteína
amiloide que es la responsable de la formación de placas en el cerebro.
En siete años, cuando
las fases de experimentación culminen y logren hacerlo con éxito, puede
ser una realidad la prevención de esta enfermedad que afecta en el mundo,
en la actualidad, a doce millones de personas de las cuales medio millón
son españolas.
CONCLUSIÓN
Es
importante seguir avanzando en los factores de riesgo de la enfermedad de
Alzheimer para llegar a conclusiones etiológicas que ayuden a comprender
la enfermedad.
Aquí se ha hecho una
profundización de la teoría medioambiental, que, junto a las cuatro
restantes que se revisa en el libro de Jorm (1994 ) dan un amplio espectro
de los factores que confluyen en el desarrollo de esta enfermedad.
Ll. Tárraga (1996)
señala que:
es necesario mantener la actividad como sea posible, si bien
hay que adecuarla a la progresiva disminución. Es en este marco donde la
intervención cognitiva global ha de actuar como tratamiento no
farmacológico en el caso del enfermo de Alzheimer .
Finalmente, se invita a la reflexión como profesionales y
corresponsables de la visión y tratamiento que hoy por hoy se tiene de la
vejez en general, sin tratar de obviar el entender que las necesidades y
dependencia de las personas mayores es un fenómeno, como otros muchos,
complejo, que admite muchas vías de intervención, como las habituales
referidas a las prestaciones sociales más clásicas que tienden a suplir la
ausencia de autonomía en la vida diaria facilitándole servicios y
asistencia que palian tales carencias. Pero también se hacen
imprescindibles otras intervenciones cuando las conductas de dependencia
son el resultado de una conformidad con los estereotipos, una
subestimación de los recursos propios, de las contingencias ambientales o
de un ambiente físico no facilitador.
Betty
Friedan (1994) crítica la imagen persistente que se hace de los ancianos
como enfermos y desvalidos, como una carga para nuestros hospitales y
diferentes sistemas de apoyo sanitarios, sin tener en cuenta que hay una
probabilidad menor en personas de más de sesenta y cinco años de tener
enfermedades agudas que otras más jóvenes, que requieren hospitalización
y enfatiza la crítica en el empeño político por atender y asistir a los
ancianos, creando centros que tienden a su segregación aumentando su
dependencia creando a su vez la imagen de la vejez como algo decrépito e
inútil. Se pregunta por qué los gerontólogos no tienen en cuenta las
valiosas aptitudes y facultades que permanecen en hombres y mujeres para
dedicarse a otras actividades alternativas en los últimos años de la vida,
aptitudes mucho más extendidas de lo que habitualmente se cree.
Valorar las consecuencias de las políticas de prejubilación, concienciar
antes de la jubilación en la necesidad de no bajar el nivel de
participación social. Esas y otras medidas que conlleven a una verdadera
prevención del deterioro en la vejez, ayudando a los
mayores en la consecución de una mayor calidad de vida y no una vida
larga pero con una calidad y auto percepción lastimosas.
BIBLIOGRAFÍA.
Félix Bermejo. Nivel de salud y deterioro cognitivo en los ancianos. SG Editores 1993
Jorm AF. La
epidemiología de la enfermedad de Alzheimer y trastornos afines. SG
Editores 1994
Diario EL PAÍS, domingo 6 de Agosto de 2000.
Lluís Conde. Revista multidisciplinar de Gerontología
1999, 9. 200-205
Betty
Friedan. La fuente de la edad. 1994. Editorial Planeta
E. F.
Ochoa. Enfermedad de Alzheimer Una guía práctica. Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. 1996