Estudio del
comportamiento de los niños desde el nacimiento hasta la adolescencia, que
incluye sus características físicas, cognitivas, motoras, lingüísticas,
perceptivas, sociales y emocionales.
Los psicólogos infantiles
intentan explicar las semejanzas y las diferencias entre los niños, así como
su comportamiento y desarrollo, tanto normales como anormales. También
desarrollan métodos para tratar problemas sociales, emocionales y de
aprendizaje, aplicando terapias en consultas privadas y en escuelas, hospitales
y otras instituciones. Las dos
cuestiones críticas para los psicólogos infantiles son: primero, determinar cómo
las variables ambientales (el comportamiento de los padres, por ejemplo) y las
características biológicas (como las predisposiciones genéticas) interactúan
e influyen en el comportamiento; y segundo, entender cómo los distintos cambios
en el comportamiento se interrelacionan.
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Tanto Platón como Aristóteles
escribieron sobre la infancia. Platón sostenía que los niños nacen ya
dotados de habilidades específicas que su educación puede y debe potenciar.
Sus puntos de vista siguen hoy vigentes en la idea de las diferencias
individuales ante una misma educación. Aristóteles, por su parte, propuso métodos
de observación del comportamiento infantil, que fueron precursores de los que
hoy aplican los investigadores. Durante varios siglos
después, apenas hubo interés por el estudio del niño, al que se veía como un
adulto en miniatura, hasta que en el siglo XVIII el filósofo francés
Jean-Jacques Rousseau se hizo eco de las opiniones de Platón, postulando que
los niños deberían ser libres de expresar sus energías para desarrollar sus
talentos especiales. Esta perspectiva sugiere que el desarrollo normal
debe tener lugar en un ambiente no restrictivo, sino de apoyo, idea que hoy nos
resulta muy familiar.
El estudio científico
En el siglo XIX, la teoría de la evolución dio un
fuerte impulso al examen científico del desarrollo infantil. Darwin hizo
hincapié en el instinto de supervivencia de las distintas especies, lo que
provocó el interés por la observación de los niños y por conocer los
distintos modos de adaptación al entorno, como medio también de conocer
el peso de la herencia en el comportamiento humano. Estos estudios tuvieron un
valor científico limitado por su falta de objetividad e incapacidad para
describir adecuadamente los comportamientos observados, haciendo imposible su
validación.
La
investigación científica sobre el desarrollo infantil hizo grandes progresos a
comienzos del siglo XX. Uno de los mayores estímulos sería la introducción,
en 1916, por parte del psicólogo estadounidense Lewis Terman, del test de
inteligencia conocido hoy como test de Stanford-Binet, que condujo a una
serie de estudios sobre el desarrollo intelectual del niño. En la década
siguiente, un grupo de científicos estadounidenses comenzaron a realizar
observaciones de carácter longitudinal a gran escala de los niños y sus
familias: el mismo niño era seguido, observado y examinado durante un cierto
periodo de su desarrollo.
El psicólogo
estadounidense Arnold Gesell creó un instituto de investigación en la
Universidad de Yale con el único objetivo de estudiar a los niños,
analizando su comportamiento a través de filmaciones. Además de introducir
esta técnica, Gesell aplicó el método cruzado por secciones, en el que
distintos niños son observados a varias edades diferentes, planteando por vez
primera un desarrollo intelectual por etapas semejantes a las del desarrollo físico
infantil.
Los resultados reunidos durante
un periodo de veinte años ofrecieron información abundante sobre los esquemas
y las cifras claves en el desarrollo evolutivo, del que también se señalaron
pautas, según la edad, para una amplia variedad de comportamientos. Estas
normas serían empleadas tanto por los profesionales de la educación como por
los padres para valorar su desarrollo. El problema de estos estudios basados en
la observación fue que, al tomar como punto de partida la evolución y la genética,
no hicieron referencia en las variables ambientales, que fueron prácticamente
excluidas de los trabajos sobre la inteligencia.
Estudios ambientales
Mientras la observación científica vivía sus
mejores momentos, otros investigadores escribían sobre la función del ambiente
en el desarrollo y comportamiento infantiles. Sigmund
Freud hizo hincapié en el efecto de las variables ambientales en el desarrollo,
e insistió especialmente en la importancia del comportamiento de los padres
durante la infancia, fundando toda una corriente y estableciendo una serie de
teorías básicas sobre el desarrollo de la personalidad que aún hoy influyen
en los psicólogos infantiles.
El psicólogo
estadounidense John B. Watson, uno de los fundadores y el principal
representante del conductismo, insistió también en la importancia de las
variables ambientales, en este caso analizadas como estímulos
progresivamente asociados por condicionamiento a diferentes respuestas, que se
aprenden y modelan al recibir refuerzos positivos (recompensas) o negativos
(castigos), o simplemente desaparecen por la ausencia de refuerzos tras su
ejecución.
Esta perspectiva, que tuvo en
la década de 1950 un gran impacto en las investigaciones, negaba casi
totalmente la influencia de variables biológicas o predisposiciones innatas. De
esta forma la mente del recién nacido era una especie de 'hoja en blanco' sobre
la que los diferentes comportamientos vendrían determinados por las
circunstancias ambientales de determinadas experiencias, por lo que las
diferencias entre los distintos individuos serían fruto únicamente de esas
distintas experiencias. La escuela conductista reforzó los estudios
experimentales e incorporó la psicología infantil a la corriente fundamental
de la psicología. No obstante, aunque sus contribuciones al estudio del
desarrollo fueron importantes, hoy su perspectiva se considera excesivamente
simplista.
A
comienzos de la década de 1960, la atención se volcó en los estudios del psicólogo
suizo Jean Piaget, quien desde los años veinte había escrito sobre el
desarrollo cognitivo del niño. Piaget denominaba a su ciencia como epistemología
genética (estudio del origen del conocimiento humano) y sus teorías dieron
lugar a trabajos más avanzados y profundos, con más entidad teórica en
psicología infantil. Estos trabajos utilizan tanto métodos de observación
como experimentales y, teniendo en cuenta el comportamiento, integran variables
biológicas y ambientales. Podemos afirmar que la actual psicología evolutiva
tiene sus orígenes en la teoría de la evolución darwiniana, pero también
incorpora las preocupaciones de Watson y los conductistas por las influencias
ambientales.
Teorías evolutivas o del
desarrollo
Una teoría del
desarrollo debe reflejar el intento de relacionar los cambios en el
comportamiento con la edad cronológica del sujeto; es decir, las distintas
características conductuales deben estar relacionadas con las etapas específicas
del crecimiento. Las leyes que regulan las transiciones entre estas
diferentes etapas del desarrollo también deben identificarse. Las principales
teorías evolutivas son la teoría freudiana de la personalidad y la de la
percepción y cognición de Piaget. Ambas explican el desarrollo humano en la
interactividad de las variables biológicas y ambientales.
La teoría de Freud sostiene
que una personalidad sana requiere satisfacer sus necesidades instintivas, a lo
que se oponen el principio de realidad y la conciencia moral, representados
desde una perspectiva estructural por las tres instancias de la personalidad: el
ello (fuente de los impulsos instintivos), el yo (instancia intermedia, que
trata de controlar las demandas del ello y las del superyó adaptándolas a la
realidad) y el superyó (representación de las reglas sociales incorporadas por
el sujeto, especie de conciencia moral).
El centro fisiológico de los
impulsos instintivos se modifica con la edad, y los periodos de los diferentes
centros se denominan etapas. El 'ello' de los recién nacidos, por ejemplo,
alcanza la máxima satisfacción al mamar, actitud que define la etapa oral,
primera etapa de las cuatro que permiten llegar a la sexualidad adulta. Freud
integró así en su teoría las variables biológicas y las ambientales.
Por su parte,
Piaget
basa sus teorías sobre el supuesto de que desde el nacimiento los seres humanos
aprenden activamente, aún sin incentivos exteriores. Durante todo ese
aprendizaje el desarrollo cognitivo pasa por cuatro etapas bien diferenciadas en
función del tipo de operaciones lógicas que se puedan o no realizar:
En la
primera
etapa, la de la inteligencia sensomotriz (del nacimiento a los 2 años
aproximadamente), el niño pasa de realizar movimientos reflejos inconexos al
comportamiento coordinado, pero aún carece de la formación de ideas o de la
capacidad para operar con símbolos.
En la
segunda
etapa, del pensamiento preoperacional (de los 2 a los 7 años
aproximadamente), el niño es capaz ya de formar y manejar símbolos, pero aún
fracasa en el intento de operar lógicamente con ellos, como probó Piaget
mediante una serie de experimentos.
En la
tercera etapa, la de las operaciones intelectuales concretas (de los 7 a
los 11 años aproximadamente), comienza a ser capaz de manejar las operaciones lógicas
esenciales, pero siempre que los elementos con los que se realicen sean
referentes concretos (no símbolos de segundo orden, entidades abstractas como
las algebraicas, carentes de una secuencia directa con el objeto).
Por último, en la
etapa
de las operaciones formales o abstractas (desde los 12 años en adelante,
aunque, como Piaget determinó, la escolarización puede adelantar este momento
hasta los 10 años incluso), el sujeto se caracteriza por su capacidad de
desarrollar hipótesis y deducir nuevos conceptos, manejando representaciones
simbólicas abstractas sin referentes reales, con las que realiza correctamente
operaciones lógicas.
Desarrollo infantil
Los diversos aspectos del desarrollo del niño
abarcan el crecimiento físico, los cambios psicológicos y emocionales, y la
adaptación social. Muchos determinantes condicionan las pautas de desarrollo y
sus diferentes ritmos de implantación.
¿Herencia o ambiente?
Todos están de acuerdo en que las pautas del
desarrollo del niño están determinadas conjuntamente por condiciones genéticas
y circunstancias ambientales, aunque subsisten vehementes discrepancias sobre la
importancia relativa de las predisposiciones genéticas de un individuo.
La investigación de este problema ha sido abordada varias veces a través del
estudio comparativo de las semejanzas y diferencias entre gemelos monocigóticos
(univitelinos), que crecen en ambientes distintos, y gemelos que han crecido
juntos.
La hipótesis subyacente a
estos estudios es que si la carga genética es determinante, los gemelos que han
sido separados serán tan similares en la mayoría de los aspectos medidos como
los que han vivido juntos. Esta hipótesis asume la existencia de una clara
diferencia entre los ambientes de los gemelos separados, algo que parece
bastante cuestionable. Excepto en algún caso en el que el entorno sea
especialmente hostil, las pautas y las medidas del desarrollo físico y motor
parecen estar genéticamente controladas, pero las investigaciones también
indican que ambas variables, genéticas y ambientales, contribuyen al
comportamiento intelectual.
También existe un componente
genético en los caracteres de la personalidad como la introversión/extroversión,
nivel de actividad o predisposición a las psicosis. Con relación a este último
aspecto, debemos señalar que, aunque se ha avanzado bastante en la identificación
de las causas genéticas de los trastornos mentales, aún es necesaria una mayor
investigación para comprender mejor cómo actúan los condicionantes genéticos
en los niños normales.
Crecimiento físico
Por lo general, un recién nacido pesa 3,4 kilos, mide
53 centímetros y presenta un tamaño de cabeza desproporcionadamente mayor que
el resto del cuerpo.
En los tres primeros años el aumento de peso es muy
rápido, después se mantiene relativamente constante hasta la adolescencia,
momento en el que se da el 'estirón' final, menor, no obstante, que el de la
infancia. Los estudios realizados muestran que la altura y el peso del niño
dependen de su salud, disminuyendo durante las enfermedades para acelerarse de
nuevo al restablecerse la salud, hasta alcanzar la altura y el peso apropiados.
Actividad motora
Entre el nacimiento y los 2 años tienen lugar los
cambios más drásticos en este terreno.
El niño pasa de los movimientos
descoordinados del recién nacido, en el que predomina la actividad refleja,
(por ejemplo, el reflejo de prensión, que si se roza provoca el cierre
involuntario de los dedos de la mano formando un puño), a la coordinación
motora del adulto a través de una serie de pautas de desarrollo complejas. Por
ejemplo, el caminar, que suele dominarse entre los 13 y los 15 primeros meses,
surge de una secuencia de catorce etapas previas.
La investigación muestra que
la velocidad de adquisición de las capacidades motoras es determinada de forma
congénita, y que en su aprendizaje no influye la práctica. No obstante, si el
sujeto es sometido a restricciones motoras severas, se alterarán tanto la
secuencia como la velocidad de este proceso.
Después de adquirir las
capacidades motoras básicas, el niño aprende a integrar sus movimientos con
otras capacidades perceptivas, especialmente la espacial. Ello es crucial para
lograr la coordinación ojo/mano, así como para lograr el alto nivel de
destreza que muchas actividades deportivas requieren.
Lenguaje
La capacidad para comprender y utilizar el lenguaje es
uno de los principales logros de la especie humana. Una característica
asombrosa del desarrollo del lenguaje es su velocidad de adquisición: la
primera palabra se aprende hacia los 12 meses,
y a los 2 años de edad la
mayoría de los niños tienen ya un vocabulario de unas 270 palabras, que llegan
a las 2.600 a la edad de 6 años. Es casi imposible determinar el número de
construcciones posibles dentro del lenguaje individual. No obstante, los niños
construyen frases sintácticamente correctas a los 3 años y construcciones
verbales muy complejas a los 5 años.
Este extraordinario fenómeno
no puede explicarse simplemente desde la teoría del aprendizaje, lo que ha
llevado a establecer otras hipótesis. La más destacada es, posiblemente, la
del lingüista estadounidense Noam Chomsky, quien planteó que el cerebro humano
está especialmente estructurado para comprender y reproducir el lenguaje, por
lo que no requiere aprendizaje formal, y se desarrolla al entrar el niño en
contacto con él. Aunque los psicolingüistas del desarrollo no están de
acuerdo con todos los conceptos de Chomsky, sí aceptan los sistemas lingüísticos
mentales especiales. Aún hoy, los teóricos del lenguaje especulan con la
relación entre el desarrollo cognitivo y el lenguaje, asumiendo que éste
refleja los conceptos del niño y se desarrolla al mismo tiempo que sus
conceptos son más profundos.
Formación de la
personalidad
Las teorías de la personalidad intentan describir cómo se comportan las
personas para satisfacer sus necesidades físicas y fisiológicas. La
incapacidad para satisfacer tales necesidades crea conflictos personales. En la
formación de la personalidad los niños aprenden a evitar estos conflictos y a
manejarlos cuando inevitablemente ocurren. Los padres excesivamente estrictos o
permisivos limitan las posibilidades de los niños al evitar o controlar esos
conflictos.
Una respuesta normal para las
situaciones conflictivas es recurrir a los mecanismos de defensa, como la
racionalización o la negación (por ejemplo, rechazando haber tenido alguna vez
una meta u objetivo específico, aunque sea obvio que se tuvo). Aunque todos
hemos empleado mecanismos de defensa, debemos evitar convertirlos en el único
medio de enfrentarnos a los conflictos. Un niño con una personalidad
equilibrada, integrada, se siente aceptado y querido, lo que le permite aprender
una serie de mecanismos apropiados para manejarse en situaciones conflictivas.
Inteligencia y aprendizaje
La inteligencia podría definirse como la capacidad para operar eficazmente
con conceptos verbales abstractos. Esta definición se refleja en las preguntas
de los tests de inteligencia infantiles. Dos de los más conocidos, el Stanford-Binet
y el Weschler Intelligence Scale for Children (más conocido por WISC, versión
infantil de la WAIS -Weschler Adult Intelligence Scale-, la prueba individual de
inteligencia más famosa) se usan tanto para medir el desarrollo intelectual del
niño como para predecir sus resultados académicos. Debido a que el aprendizaje
escolar depende, al parecer, de la capacidad de razonamiento verbal, el
contenido de estos tests es muy apropiado, como demuestra la relación que hay
entre los resultados de los tests de inteligencia y el éxito escolar. Sin
embargo, las predicciones basadas exclusivamente en los tests de este tipo
resultan imperfectas, porque no miden la motivación y el conocimiento sobre las
capacidades necesarias para el éxito escolar es incompleto. Por otro lado, se
ha cuestionado que los tests de inteligencia sean apropiados para niños de
minorías étnicas, que pueden no responder adecuadamente a ciertos ítems
debido a diferencias culturales o a la falta de comprensión del lenguaje
empleado, más que por una deficiencia intelectual. Por ello, los tests de
inteligencia deben interpretarse con sumo cuidado, dentro de un proceso de
evaluación psicológica completo y profesional, y nunca de forma aislada, con
capacidad explicativa y/o predictiva absoluta.
Relaciones familiares
Las actitudes, valores y
conducta de los padres influyen sin duda en el desarrollo de los hijos, al igual
que las características específicas de éstos influyen en el comportamiento y
actitud de los padres.
Numerosas investigaciones han
llegado a la conclusión de que el comportamiento y actitudes de los padres
hacia los hijos es muy variada, y abarca desde la educación más estricta hasta
la extrema permisividad, de la calidez a la hostilidad, o de la implicación
ansiosa a la más serena despreocupación.
Estas variaciones en las
actitudes originan muy distintos tipos de relaciones familiares. La hostilidad
paterna o la total permisividad, por ejemplo, suelen relacionarse con niños muy
agresivos y rebeldes, mientras que una actitud cálida y restrictiva por parte
de los padres suele motivar en los hijos un comportamiento educado y obediente.
Los sistemas de castigo también influyen en el comportamiento. Por ejemplo, los
padres que abusan del castigo físico tienden a generar hijos que se exceden en
el uso de la agresión física, ya que precisamente uno de los modos más
frecuentes de adquisición de pautas de comportamiento es por imitación de las
pautas paternas (aprendizaje por modelado).
Relaciones sociales Las relaciones sociales infantiles suponen interacción y coordinación de
los intereses mutuos, en las que el niño adquiere pautas de comportamiento
social a través de los juegos, especialmente dentro de lo que se conoce como su
'grupo de pares' (niños de la misma edad y aproximadamente el mismo estatus
social, con los que comparte tiempo, espacio físico y actividades comunes). De
esta manera pasan, desde los años previos a su escolarización hasta su
adolescencia, por sistemas sociales progresivamente más sofisticados que
influirán en sus valores y en su comportamiento futuro. La transición hacia el
mundo social adulto es apoyada por los fenómenos de liderazgo dentro del grupo
de iguales, donde se atribuyen roles distintos a los diferentes miembros en
función de su fuerza o debilidad. Además, el niño aprende a sentir la
necesidad de comportarse de forma cooperativa, a conseguir objetivos colectivos
y a resolver conflictos entre individuos. La conformidad (acatamiento de las
normas del grupo social) con este grupo de pares alcanzará su cota máxima
cuando el niño llegue a la pubertad, a los 12 años aproximadamente, y nunca
desaparecerá del comportamiento social del individuo, aunque sus
manifestaciones entre los adultos sean menos obvias.
Los miembros de los grupos de
pares cambian con la edad, tendiendo a ser homogéneos (del mismo sexo, de la
misma zona) antes de la adolescencia. Después pasan a depender más de las
relaciones de intereses y valores compartidos, formándose grupos más heterogéneos.
Socialización El proceso mediante el cual los niños aprenden a diferenciar lo aceptable
(positivo) de lo inaceptable (negativo) en su comportamiento se llama
socialización. Se espera que los niños aprendan, por ejemplo, que las
agresiones físicas, el robo y el engaño son negativos, y que la cooperación,
la honestidad y el compartir son positivos. Algunas teorías sugieren que la
socialización sólo se aprende a través de la imitación o a través de un
proceso de premios y castigos. Sin embargo, las teorías más recientes destacan
el papel de las variables cognitivas y perceptivas, del pensamiento y el
conocimiento, y sostienen que la madurez social exige la comprensión explícita
o implícita de las reglas del comportamiento social aplicadas en las diferentes
situaciones tipo.
La socialización también
incluye la comprensión del concepto de moralidad. El psicólogo estadounidense
Lawrence Kohlberghas demostró que el pensamiento moral tiene tres niveles: en
el inferior las reglas se cumplen sólo para evitar el castigo (nivel característico
de los niños más pequeños), y en el superior el individuo comprende
racionalmente los principios morales universales necesarios para la
supervivencia social. Hay que tener en cuenta que la comprensión de la
moralidad a menudo es incoherente con el comportamiento real, por lo que, como
han mostrado algunas investigaciones empíricas, el comportamiento moral varía
en cada situación y es impredecible.
Tendencias actuales
Los psicólogos
infantiles continúan interesados en la interacción de los condicionantes biológicos
y las circunstancias ambientales que influyen en el comportamiento y su
desarrollo, en el papel de las variables cognitivas en la socialización,
especialmente en la adopción del rol sexual correspondiente, y en la comprensión
misma de los procesos cognitivos, su adquisición y evolución. Actualmente, los
psicólogos están de acuerdo en que determinados factores biológicos de
riesgo, como el peso escaso en el momento del nacimiento, la falta de oxígeno
antes o durante el mismo y otras desventajas físicas o fisiológicas son
importantes en el desarrollo y en el comportamiento posterior del individuo.
Diversos estudios longitudinales tratan de determinar cómo los factores de
riesgo afectan a las experiencias infantiles, y cómo las diferencias en estas
experiencias afectan a su comportamiento. Estas investigaciones aportarán
nuevos métodos de ayuda a los niños con factores de riesgo para un mejor
desarrollo.
Por otro
lado, la función de las variables cognitivas en el aprendizaje de los roles
sexuales y los estereotipos sobre las diferencias sexuales entre los niños están
en proceso de investigación, aunque sólo se han localizado pequeñas
diferencias: por ejemplo, las niñas suelen ser mejores en las actividades que
requieren capacidades verbales, y los niños en las que dependen de
capacidades matemáticas; tampoco está claro cómo interactúan las condiciones
innatas con las circunstancias ambientales para producir tales diferencias. Los
roles sexuales se han definido nítidamente en nuestra cultura, pero la presión
favorable para el cambio de estas pautas está rompiendo poco a poco los
estereotipos, permitiendo que un individuo, con independencia de su sexo, cambie
o adapte su comportamiento a las exigencias de las situaciones específicas con
las que se enfrenta.
Gran
parte de las investigaciones actuales en psicología del desarrollo o evolutiva
tratan de identificar los componentes cognitivos (la memoria o la capacidad de
atención) empleados en la resolución de problemas. Algunos psicólogos
estudian la identificación de los procesos que se presentan durante la transición
de un nivel de pensamiento a otro en el desarrollo del individuo. Otras áreas
de investigación hacen referencia a los componentes cognitivos de la lectura y
el cálculo.
Se espera que todas estas
investigaciones mejoren los métodos de enseñanza escolar y de educación
especial.