El
porqué de la concepción humana de un Dios, esa necesidad de hablar
de un ser superior que nos trasciende, continúa provocando debates
desde todas las disciplinas humanísticas. En este estudio nos hemos
planteado la relación que tiene el origen del concepto dios/dioses
con la Literatura.
A
todos ha podido llamarnos la atención la manera en que el origen del
mundo, e incluso de los dioses, queda siempre plasmado por los
distintos pueblos y civilizaciones de manera literaria. En este
sentido, no existen tratados de teología como tales hasta muy
avanzada la historia escrita y podemos fijarnos en cómo el ansia por
dotar de poesía lo teológico ha sido referencia común de todas las
culturas antiguas.
¿Podemos
afirmar sin más que se trata de una invención fantástica? No basta,
de ninguna manera. ¿Podemos defender que tanto la Historia como
muchas otras disciplinas han estado cargadas en las culturas antiguas
de Literatura? No basta, pues la mayoría los textos, jurídicos,
científicos e históricos han soportado mucha menos carga poética
que los religiosos (comparemos el Código de Hammurabi con el Enuma
Elish, sin ir más lejos).
Tras
muchas lecturas y discusiones, el tema ha requerido especial atención;
unas breves reflexiones y unas cuantas relecturas de algunos textos
fundamentales, han dado material suficiente para este artículo que,
aunque nunca dará respuestas definitivas, intentará abrir una vía
en forma de ensayo reflexivo que llegue a discutir consigo mismo y con
el lector.
El
proceso de reflexión parte de una intuición despertada por la
lectura de textos de distintas culturas anteriores al cristianismo.
Esta intuición quedaría resumida de la manera siguiente:
1.-
Asumimos la idea de religión como una forma de
conocimiento metafísico, por el cual un individuo se plantea sus
inquietudes vitales ante posibles realidades de explicación
metacientífica relacionadas con aspectos trascendentes de la
existencia.
2.- De
un modo similar, la expresión de este conocimiento metafísico se
plasma en forma de mitos de origen. No todos estos mitos de
origen han de mantener una relación estrecha con la religión,
pero sí es muy habitual.
3.- El
ensayo se plantea a partir de la concepción de la disciplina Literatura,
y en su extensión tanto física como conceptual de Arte,
como el lenguaje de dicha expresión mítico-religiosa, es decir,
el código en el que mito y religión se sustentan en las culturas
a las que hacemos referencia.
Guiado
por estas premisas, el método de trabajo ha sido el siguiente:
1.-
Lectura de estudios sobre el sentido de Dios. Elegimos dos
libros como muestra de dos posturas complementarias: una más
metafísica (DIEL, 1986), otra más pragmática (BOWKER,
1977).
2.-
Lectura de los textos a través de la mitocrítica y el mitoanálisis
(insistiendo en las clasificaciones por motivos y mitemas).
3.-
Estudio comparativo.
4.-
Conclusiones personales.
El
presente ensayo recoge sólo el punto 4, parte menos mecánica, por
resultar de los tres primeros puntos y por suponer una aportación
personal.
Como
acabamos de plantear, existen tres puntos de partida para este
estudio: los textos literarios, la teoría de los mitos y los estudios
(sociológicos, antropológicos, psicológicos, artísticos, teológicos)
sobre la necesidad humana de la existencia de la divinidad.
Respecto
a los estudios, defiende Bowker que no existe una única explicación
a la que podamos acudir para tratar el problema del origen de la idea
de dioses. Según el autor, no se pueden establecer leyes
universales sobre la conducta humana basándose en teorías simples,
como la de Freud (psicoanalítica), la de Durkheim (sociológica)...
que al final suponen un limitado reduccionismo cuando son propuestas
por separado sin un esfuerzo sintético de establecimiento de
relaciones. Las teorías han de ser tan complejas y exhaustivas como
lo es nuestra propia existencia.
No
por ello debemos rechazar teorías simples. Sin embargo, en vez de ser
observadas como opiniones opuestas, deberían sumarse al conjunto como
complementarias, para formar el complejo sistema exigido por Bowker;
él mismo acepta casi todas las teorías particulares sin
despreciarlas.
Una
de estas teorías, analizada por Bowker, enlaza perfectamente con
aspectos relacionados con los numerosos textos de diferentes culturas
acerca de los dioses que hemos estudiado. La teoría, defendida por Müller,
plantea un origen literario de la idea de Dios, por la cuallos
hombres expresan sus observaciones de la naturaleza de forma antropomórfica.
De este modo, en lugar de decir: es de noche, personifican como
Silene (la luna) ha dado a Endymion (el ocaso) un beso de sueño.
De
aquí, por pura literaturización, pueden ir apareciendo nuevos
dioses, nuevas acciones, nuevas relaciones... dando lugar a una
narración más o menos compleja: una mitología y, después, ¿una
religión? Según Müller, el mito es una enfermedad del lenguaje (BOWKER,
1977). Bajo esta premisa, se entiende el mito como una perversión del
lenguaje cotidiano, el cual ve alterados los significados de sus
elementos en función de las nuevas significaciones y relaciones
establecidas por el mito. El proceso se extiende a lo largo de las
distintas versiones del mito e incluso de las familias míticas que
van creándose. No basta este planteamiento para justificar el
nacimiento de los dioses, pero sí se nos presenta como un primer
acercamiento a las formas metafóricas de acercamiento mítico
aportadas por un individuo en un momento dado. Existe en el lenguaje,
por tanto, una tendencia a la literaturización de la realidad más
externa, un elemento en el que toda cultura se mueve con comodidad.
Esta
idea de enfermedad del lenguaje nos pareció muy vinculable con
la naturaleza del fenómeno literario tal y como aparece en los textos
arriba mencionados. De esta manera, releyendo éstos y analizando
otros, como los aztecas o los de la India, iniciamos el estudio que
nos llevaría a las siguientes conclusiones.
Desde
este punto de partida existía un factor que había despertado
especialmente nuestra curiosidad: como ya hemos apuntado, todos los
escritos que encontramos sobre los dioses son textos literarios, en el
sentido de que emplean elementos retóricos de todo tipo buscando un
efecto estético; desde la anáfora hasta la alegoría.
Resulta
fundamental preguntarse por qué se trata siempre de textos
literarios. Evidentemente puede existir un fin didáctico derivado de
las ansias por comunicar una idea. Estas ansias de comunicación
pueden deberse a la necesidad de enlazar una tradición a través de
las generaciones, rememorar los orígenes, crear unas señas sociales
de identidad que unan un determinado grupo o como esquemas éticos y
morales que ayuden a la supervivencia del grupo. Se centrarían por
tanto en dos metas:
-
Unión.
-
Supervivencia física.
Todas
estas ideas explicarían la causa de la necesidad de transmisión,
pero no exactamente el porqué del uso de la literatura para esta
transmisión. Pero la única manera de transmitir una idea no empíricamente
demostrable es mediante el pacto de ficción, que conlleva como
herramienta el mantenimiento de una verosimilitud. Esta verosimilitud
es la que hace posible, por otro lado, la aceptación del mensaje por
parte del receptor.
La
segunda herramienta la constituyen los símbolos. El símbolo
transmite la idea de una manera más intuitiva y profunda que otros
mecanismos de expresión. Es más comprensible decir una mujer
que un ente o un espíritu o un dios;
mujer=fertilidad. La literatura conlleva:
- Síntesis.
-
Comprensión.
-
Persuasión.
Es
curioso que, disponiendo de estas dos herramientas, no se centren los
textos en lo etéreo, sino en lo más físico. En estos primeros
textos teológico-literarios, la idea de Dios se centra en la
explicación material, no se habla mucho del mundo del primer origen,
el de los dioses ni de su esencia, sí se habla de la esencia de lo
material. Por lo general, no se explica qué es un dios; como mucho,
se usan figuras antropomórficas o, si acaso, animales y vegetales. No
se habla de su naturaleza abstracta. Los símbolos son muy básicos,
nada complicados. En la mayoría de los casos, no se nos habla de una
torta de maíz, ni de vasijas. Se habla de elementos de la naturaleza
muy cotidianos, enfrentados con acontecimientos poco normales
(diluvio, volcán...).
En
este contexto se revela el poder del lenguaje. Las palabras crean un
poder sobre las cosas, aquél que puede nombrar, domina lo nombrado.
El nombre da la esencia, la definición. La materia es amorfa y cuando
se nombra se vuelve individual y concreta. ¿Por qué?
1.-
Podríamos intuir que fonética y/o semánticamente debería
tener que ver el nombre con la esencia de lo nombrado. El
nombre dice lo que es lo nombrado, lo define, lo explica.
2.-
Por pura mnemotecnia, quizá sea más fácil recordar a través
de una narración que mediante otros procedimientos teóricos.
3.-
Según todo esto, nombrar a Dios es conocer lo que no
se conoce. Si a algo misterioso le ponemos nombre, deja de ser
misterioso, se vuelve familiar y cercano, se domina. No
podemos tener ningún control sobre algo que desconocemos, sí
podemos dominar de alguna manera aquello de lo que sabemos
cosas. Un hombre misterioso, un forastero, una leyenda, es
algo absolutamente irreconocible. Si se le pone un nombre, se
le puede reconocer, identificar incluso para futuros
contextos. Se puede trabajar con ello, reflexionar sobre él.
De este modo, de un solo nombre, por ejemplo Ra, puede nacer
toda una familia de mitos. No basta con el nombre, pero
nombrar permite distinguir, clasificar y aumentar los detalles
y la simbología.
Por
todo esto, podemos decir que con un dominio del lenguaje, muy
relacionado con la esencia de la disciplina literaria, puede
vincularse el desarrollo formal de los dioses. ¿También el
desarrollo esencial? Sí. Porque a través de este dominio, teología
y narración se unen en una misma cosa.
Los
antiguos intuyen o incluso quizá saben la importancia de este proceso
y lo plasman como parte fundamental de la explicación teológica de
la existencia. El dominio de la palabra implica el nacimiento de la
sabiduría, como podemos ver en los primeros versículos del Génesis.
Lo que era materia informe, puede taxonomizarse, clasificarse,
explicarse e incluso reinventarse. Por poner un ejemplo muy cercano y
que permita simbolizar el hecho desde otra perspectiva disciplinar,
podríamos recordar cómo el pintor Lucio Muñoz no concebía acabado
un cuadro hasta que le ponía un título, lo nombraba. Aquel acto
concretaba el acto, le otorgaba su última razón de ser. Creaba seres
de la misma manera mediante la cual los antiguos creaban dioses. De
este modo, podemos percibir la literatura como necesidad fundamental
para el origen y desarrollo de la idea del dios.
Los
mitos, tal y como los hemos leído, implican una serie de intereses
fundamentales que parecen haber guiado la formación de los mitos.
Estos
intereses giran en torno a unos puntos comunes:
1.-
Observamos cómo los mitos aztecas, por ejemplo, conceden gran
importancia a la existencia de una dualidad divina basada en creación
y destrucción. ¿Es sólo ética? No, es también alegoría. Con lo
cual, volvemos a caer en el fenómeno literario. Porque la explicación
de ciertas concepciones humanas trasciende las posibilidades del
lenguaje cotidiano, se hace preciso representarlas mediante esquemas
de mayor accesibilidad, como puede ser la identificación humanizada
por la alegoría.
2.-
No encontramos una distinción entre el bien y el mal, ni se establece
rígidamente una preferencia. Se exige el equilibrio. Los dioses no
suelen ser buenos ni malos, son casi alegorías de hechos reales que
ocurren sin que el hombre pueda intervenir. Lo cual no quiere decir
que no le afecten. La transformación literaria de las ideas en dioses
permite reflexionar sobre el carácter y la esencia de la existencia.
Si no se puede alegorizar, la esencia se pierde en las limitaciones
del lenguaje. Fuerzas dinámicas destructivas y creadoras constituyen
el universo. Sus encuentros y choques determinan el acaecer cósmico,
que se manifiesta por medio de la naturaleza. En esta lucha de fuerzas
antagónicas, el hombre perece. Ninguna conclusión moral se extrae
directamente de este contexto, si acaso conclusiones existenciales.
Todo lo que es se halla sometido a un constante proceso de
transformación. Lo único eterno es el propio proceso de transformación.
El lenguaje permite fijar por un momento instantes de la transformación.
En una lucha contra la eternidad dinámica, supone el abrazo del
instante presente, arrebatándolo de las garras de la mutabilidad,
como Monet hiciera con su pintura. Al quitarle la constante eterna, el
instante se eterniza, queda inmortalizado. Es una victoria del hombre
sobre lo inaprehensible. En este sentido, mediante la literatura, el
hombre aprisiona su realidad inmediata dándole el nombre de dios.
3.-
El dominio del lenguaje supone un poder de naturaleza antropológica.
El artista hace consciente lo inconsciente, lo saca a la luz, lo
domina. Ese mecanismo de iluminación se lleva a cabo mediante símbolos.
El símbolo es el poder abstracto del hombre sobre lo que no domina en
la realidad material. De este modo, el árbol es símbolo del cielo
restaurado para los aztecas. Para los germanos, el árbol es símbolo
del universo, ya que representa los tres reinos del mundo: inframundo
(raíces), la Tierra (el tronco), el Cielo (la copa). Las
connotaciones acerca de las fases de la vida del árbol, de la
naturaleza de cada fase, despiertan intuiciones acerca de la
naturaleza del universo; de este modo, el hombre gana la partida a lo
inaprehensible. Pero el símbolo no se elige por su forma o por
asociación de ideas. Lo elige la colectividad por sus cualidades en
la vida del hombre y por metonimias. Por ejemplo, el humo es metonimia
de la fuerza vital hecha visible desde el fuego y el tabaco; éste último
tiene un papel fundamental en la vida indígena americana.
4.-
Por todo esto el hombre busca las causas de que todo cambie. No cree
que sean físicas, por lo que a lo inmaterial le pone el nombre de
demonios, espíritus o deidades. Como explica Paul Diel (DIEL, 1986),
el misterio (lo inaprehensible) no se puede pensar, sólo se puede
sentir intuitivamente. Está más allá de la explicación lógica. El
mito no debe destruirse porque de su destrucción no nace idea alguna,
se vuelve al mundo de la lógica. El conocimiento de lo inaprehensible
sólo es alcanzable en esa frontera de inmaterialidad, de equilibrio
entre razón e intuición, a la que Diel llama misterio. Para hablar
correctamente del misterio, sin destruirlo, existe el mito. El hombre
ve a través del mito, como el arte pretende también descubrir la
verdadera naturaleza de las cosas a través del misterio. De este
modo, el mito es el único camino posible antes de la llegada del
arte. Y así podríamos afirmar que el mito es la primera forma de
arte, desplazada por los distintos desarrollos que forman lo que ahora
conocemos como artes. El arte permite la existencia del
misterio, pero al mismo tiempo lo explica. Uno se acerca a una obra de
arte tratando de captar algo que la obra sugiere, pero que no se ve a
simple vista. El proceso de decodificación supone desentrañar ese
misterio, pero jamás de una manera absoluta, puesto que la propia
esencia de la obra lo impide. Siempre queda algo misterioso en toda
obra, que es lo que nos motiva a seguir contemplándola. No se basa en
algo lógico, porque la realidad escapa de lo lógico, sino que
participa de la esencia misteriosa de lo inaprehensible. Permite la
dialéctica sin destruirla.
5.-
El terror ante el misterio existencial, el vértigo ante lo
desconocido, se salva mediante la obra de arte. Es un acercamiento
indirecto que familiariza y acerca por el mero proceso de decodificación.
Esta familiaridad de la que ya habíamos hablado se alza sobre nuestra
reticencia a penetrar en lo inaprehensible.
6.-
Todo ello permite extraer conclusiones acerca de la vida cotidiana,
que es la base simbólica por la que nos acercamos al misterio. Al
escapar el mito de cualquier superficialidad, por su carácter simbólico,
se puede profundizar en verdades vetadas en la vida cotidiana. El mito
se involucra a través de la literatura (por placer, mnemotecnia,
explicación...) en la propia vida.
7.-
Cuanto hemos visto se relaciona con los sueños, como explica Freud,
una parte de la vida que no se puede explicar. Los sueños aportan
lenguaje simbólico, realidades ilógicas que mantienen una relación
productiva y receptiva al mismo tiempo:
Los
artistas repiten imágenes recurrentes en los sueños. Motivos típicamente
soñados aparecen en cuentos y leyendas. El sueño es algo
inconsciente, que pertenece al subconsciente. La paradoja implícita
es:
1.-
El sueño sustituye a una emoción, nos la expresa y de alguna
manera la explica, pues la revela.
2.- El
sueño impide conocer del todo esa emoción, pues la disfraza.
Observamos
pues que los sueños se comportan de la misma manera que los
mitos y que el arte. Los sueños son, desde el punto de vista
de nuestro estudio, metáfora de lo inaprehensible. Más
profundamente que los sueños se encuentran las verdades
existenciales. Como el arte explica los sueños llamándolo cuentos
o cuadros, los mitos explican lo profundo misterioso
llamándolo dios.
8.-
En este sentido, podemos afirmar que lo inaprehensible podría
definirse como preconceptual, en la medida en que constituye
todo aquello para lo cual no poseemos razón lógica que puedea
definirlo. El lenguaje lógico ordena y en su organización deja fuera
realidades, salvadas por los mitos y el arte. El lenguaje, como afirma
Derrida, es conceptual y no da fe de lo preconceptual.
9.-
Pero no nos confundamos. El mito no es realidad. No es mímesis.
Pretende ir más allá de la apariencia de las cosas. El arte y el
mito ni siquiera son mímesis de la realidad profunda, del último
porqué, que no puede resumirse en una presencia física. La realidad
abstracta precisa de la proyección abstracta que produce el mito. El
mito es la parte material necesaria para alcanzar al menos parte de la
esencia de las realidades abstractas.
10.-
Como se puede ver en los mitos aztecas y en los de la India en
general, toda abstracción proyecta ideas de sublimidad y de perversión,
de las que depende el valor del hombre. Para acercarlo a éste se antropomorfizan las ideas míticas pudiendo, si lo exige la comunidad,
profundizar en las ideas morales humanas desde la abstracción ética.
El hecho de que Yahvé no pueda ser contemplado, simboliza en su
pureza la naturaleza abstracta de lo preconceptual. En este sentido,
Yahvé es una metáfora del propio misterio, que quema los ojos de
Moisés cuando se observa tan siquiera su sombra.
11.-
Por último, al partir de ideas abstractas y al proyectar ideas
abstractas, el mito pone en funcionamiento mecanismos subjetivos de
decodificación que se singularizan en ilimitadas interpretaciones
individuales según la conciencia del sujeto y se evita al mismo
tiempo el juicio acerca de lo narrado. Nadie puede juzgar a Afrodita
del mismo modo que a una prima o a un hermano. Esto permite discurrir
acerca de cuestiones prohibidas, acerca de tabúes.
La
religión es un texto literario que ha llegado a dogmatizarse. ¿O es
el texto literario la única manera de crear religión y, en
consecuencia, ésta se lo ha apropiado como lenguaje natural? Existen
innumerables textos literarios que podrían haberse considerado religión
y no han llegado. Otro estudio podría tratar si los textos que han
llegado a ser religión poseen algo esencial (¿universales antropológicos?)
o no. En nuestra opinión, y sin haber analizado en profundidad, todo
texto literario que haya influido de una manera u otra en cualquier
disciplina de la experiencia humana, establece mecanismos de
experiencia estética paralelos a los de los textos religiosos, pero
que por sus propias características actúan de diferente manera en la
vida cotidiana. El Quijote está dogmatizado de una manera muy
similar a la de los textos religiosos, pero su campo de acción en la
vida cotidiana implica un uso diferente.
Esta
reflexión que acabamos de realizar no sólo es intuitiva, sino que
encuentra su principal enemigo en la formación del canon hebreo de la
Biblia, por el cual no parece existir una estrecha vinculación
Literatura-proyección de lo inaprehensible. Nos referimos a esta
formación en cuanto a los motivos por los cuales ciertos textos de
escasa "religiosidad" como el Cantar de los Cantares
han entrado en el corpus, mientras que otros de larga tradición como
el ciclo de Enoch quedaron fuera de él. No importa, sólo habría
que matizar esta teoría con circunstancias históricas de todo tipo.
O incluso, como en el ejemplo propuesto, por necesidades narrativas.
En
base a este último punto, podemos afirmar también que resulta
demasiado complejo superar a filósofos y antropólogos y descubrir el
sentido de Dios para la naturaleza humana en un artículo de extensión
tan reducida: la subjetividad, las necesidades éticas, las vivencias
propias de cada cultura y época, así como aspectos desconocidos
acerca de nuestra propia esencia, excluyen una teoría absoluta.
Además,
como afirma con cautela John Bowker, incluso la misma existencia del
objeto puede explicar el que hablemos de él (BOWKER, 1977). No debe
excluirse tal posibilidad y, de confirmarse, ¿influiría en el
planteamiento arriba señalado? En nuestra opinión, poco importa que
exista o que no exista una divinidad a la hora de expresar cuanto
abarcaría su esencia.
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