2.- Antecedentes de la Nika: el espacio circense, las facciones del hipódromo
y el poder imperial.
La
aparición en la escena socio-política de las facciones del hipódromo no es un
fenómeno novedoso del reinado de Justiniano, por el contrario, dichas facciones
ya jugaban un papel de primer orden en las controversias político-religiosas
(pues la religión y la política aparecen intrínsecamente unidas en la antigüedad
tardorromana) del Imperio cuando menos desde el reinado de Anastasio I
(491-518), por ello y para ver la relación de las facciones con el poder es
necesario acercarse a la evolución de las mismas, su presencia y significado en
la vida cotidiana de Constantinopla y su actuación política antes del
estallido de la Nika.
Una visión de la importancia del hipódromo -de parte de su papel- y de
su entorno -es decir, el demos-aparece en el siguiente fragmento de F.G. Maier:
"El
cuarto centro vital de Constantinopla era su Hipódromo, con una capacidad para
más de 40.000 espectadores. Las condiciones de vida de la clase inferior urbana
eran vejatorias, y ni los asilos y hospitales religiosos, ni la donación
oficial de pan lograron paliar tal situación. Las viviendas eran a menudo
construcciones primitivas de ladrillo, las calles estrechas, oscuras y llenas de
basura. No eran insólitos los incendios y las epidemias. Las luchas de
animales, carreras de carros, juegos de acrobacia y comedias en el Hipódromo
constituían para estos sectores de la población algo así como una necesidad
vital, y, junto con las cuestiones religiosas, el Hipódromo se convirtió en un
centro de enorme interés. Esta masa de carácter irritable, difícilmente
controlable y cautelosamente tratada por los emperadores dado el peligroso papel
que podía llegar a desempeñar en épocas de crisis, estaba organizada en dos
partidos circenses: los Azules y los Verdes, idénticos a los demos urbanos (que
también servían temporalmente como milicia ciudadana). Estas curiosas y
primitivas reliquias de libertad ciudadana y anarquía griega en el seno de un
estado absolutista no sólo aglutinaban a los apasionados partidarios de una
determinada cuadra o de celebridades del deporte, sino que al mismo tiempo eran
organizaciones de cierta influencia política y eclesiástica. Los Azules eran
tradicionalmente ortodoxos; los Verdes, monofisitas. La actitud de protesta y la
moda también corrían parejas en estos grupos"[1]
El texto anterior si bien indica la importancia del hipódromo y el marco social
en el que se desarrollan las facciones -así como su influencia política y
religiosa- cae en el “tópico circense”, es decir, en la contemplación
equivoca -al menos en parte- del papel del hipódromo de Constantinopla o del
circo romano, así se considera que se trata esencialmente de un
“entretenimiento para el populacho” -con toda la carga despectiva que para
un segmento social conlleva esa conceptualización- y que alrededor de esos
juegos se organiza desorganizadamente ese “populacho” -algo así como si el
circo fuese una forma de condensar físicamente al caos-, de hecho, las
consideraciones de Maier respecto a la relación hipódromo-demos parecen
sacadas de las más peyorativas de la historiografía senatorial respecto a la
relación circo-populus, es decir que el circo (o el hipódromo) no es más que
un entretenimiento más o menos sangriento para la masa (casi estúpida por
definición); en realidad ni el circo ni el hipódromo son eso, se trata por
encima de todo de un espacio de expresión política de una determinada capa
social: el pueblo; es, en definitiva, su espacio de actuación política (a
diferencia del foro, muy institucionalizado y patrimonio de la clase senatorial
y, en cualquier caso, de la ecuestre) y en ese espacio se ganaba o perdía
incluso la popularidad imperial: “la
popularidad de un Emperador dependía de un factor humano: la actitud que sabía
adoptar entre la masa”[2];
la importancia política del espacio circense es algo que se puede entrever
incluso en los textos de los mismos detractores de ese pueblo, así autores nada
sospechosos de adulación popular como Suetonio o Tácito dan claras
indicaciones de este papel de los juegos, Tácito muestra que actitud sigue
Vitelio para granjearse el apoyo del populus
romano: “procuró hacerse propicios
los comentarios de la plebe vil, en el teatro como espectador y adhiriéndose a
ella en el circo”[3]y Vitelio es un emperador
populista (es decir, que de los dos estamentos tradicionales de la vida política
romana -el senatus y el populus-,
optan por buscar el apoyo del populus
para su gobierno) cuya línea política es pro-neroniana; todavía más
claramente en Suetonio aparece el papel político del circo, así lo muestra
cuando describe como Tito lo utilizaba para deshacerse de enemigos políticos: “se
mostró duro y violento; haciendo perecer sin vacilar a cuantos le eran
sospechosos, apostando en el teatro... gentes que, como a nombre de todos, pedían
en voz alta su castigo”[4],
aquí se observa como se manipula el espacio político del pueblo (el circo o el
teatro) para los fines del soberano; por otro lado y muy significativamente la
totalidad de los emperadores que quisieron basar su política y su autoridad en
el apoyo del pueblo aparecen, invariablemente, ligados al circo, al anfiteatro o
al teatro (así lo hacen Nerón, Domiciano o Cómodo, entre otros) y también
invariablemente son denostados por los historiadores de la clase senatorial; o
bien determinadas medidas en otros emperadores muestran el trasfondo político
de los espacios circenses, en ese sentido es paradigmática la medida de
Vespasiano al levantar el Anfiteatro Flavio (el Coliseo), Vespasiano había
resultado ganador en la guerra civil del año 69 (tras el fin de los
Julio-Claudios), y lo había hecho representando una línea política
determinada (la “augustea”, es decir, reafirma el sistema del principado dinástico,
como tal principado no como dominado, y busca la colaboración del senado en el
gobierno -si bien no su coparticipación en el mismo- y el asentimiento del
pueblo), una de las primeras medidas urbanísticas que adopta -de claro valor
simbólico- es la construcción del Anfiteatro Flavio en parte de los terrenos
que había ocupado la Domus Áurea de
Nerón, con ello logra diversas cosas: por un lado realiza un gesto hacia el
senado (Nerón había sido un emperador anti-senatorial y populista, su palacio
-la Domus Áurea- quedaba como un símbolo de su política y como tal se
entendía; Vespasiano al derribarlo marca claras distancias con esa línea política
y “demuestra” al senado su carácter anti-neroniano), por otro lado realiza
un gesto hacia el pueblo (construyendo un anfiteatro, espacio popular por
excelencia; con lo que además borra posibles susceptibilidades del populus
hacia el gesto anti-neroniano) y, finalmente, aparece como un “segundo
Augusto” (su modelo de gobierno), ya que dicho anfiteatro no es más que la
recuperación de un viejo proyecto urbanístico de...Augusto.
La importancia de los juegos en el mundo romano queda reflejada en el
siguiente texto de J.N. Robert:
"
Los
juegos constituían un placer colectivo al que el pueblo tenía derecho;
representaban un servicio público. Si el entusiasmo popular por los juegos fue
tan grande, es porque constituían el único lujo (junto con las termas) de que
disponían los pobres. La historia ha demostrado, por otra parte, que el olvido
de unos juegos arrastraba más desórdenes sociales que una hambruna pasajera.
La cólera del pueblo en estas ocasiones podía poner en peligro la autoridad
imperial y favorecer un golpe de Estado. Paradójicamente, aun cuando las sumas
asombrosas gastadas para estos juegos hubiesen podido remediar muchas miserias,
los pobres preferían seguir siendo pobres y asistir colectivamente a juegos
suntuosos. Tiberio, a quien apenas le gustaban los juegos y había reducido los
gastos dedicados a los espectáculos, era poco amado por el pueblo, y una anécdota
referida por Tácito nos dice que la gente se precipitaba a los anfiteatros
cuando se ofrecían juegos. No vacilaban en hacer varios kilómetros a pie. Fue
así como en Fidenes, ciudad sabina situada a cinco kilómetros de Roma, cuando
hubo juegos de gladiadores, acudió una tal multitud <<ávida de espectáculos
y falta de placeres bajo un príncipe como Tiberio>>, de los alrededores,
que el anfiteatro, construido en madera, se deshizo y se hundió, causando
numerosas víctimas. ¡Se contaron cincuenta mil entre muertos y heridos! Este
pueblo pobre tenía derecho a su placer y sabía exigir calidad. de ordinario
totalmente impotente ante el poder político, sabía expresar sin indulgencia
sus críticas, no vacilando en abuchear al que le ofrecía los juegos, aunque
fuese el emperador en persona, y obligándole incluso a abandonar el circo"[5].
Aquí, casi sin darse
cuenta pues abundan los tópicos (“preferían
seguir siendo pobres y asistir... a juegos suntuosos”, etc.), J.N. Robert
da unas ciertas claves del significado profundo de los juegos: sobre todo
significan un espacio de expresión política (y no política) del pueblo; y es
ese derecho a la expresión de una voluntad lo que se defiende (en cuanto a las
preferencias, probablemente se era muy consciente que los fondos destinados a
los juegos, o bien se dedicaban a éstos o bien se quedaban en las arcas
imperiales, pero que nunca iban a ser destinados a “remediar miserias”) mucho más que el disfrute de un placer; y
el ejercicio de esa expresión podía dar lugar a “propiciar un golpe de Estado” o bien a obligar al emperador a
“abandonar el circo”; en ese
sentido, aparecen claras indicaciones de esta significación de protesta política
en autores de la época, así Suetonio explica que Caligúla expresó que “el
pueblo-rey honraba más a un gladiador por un fútil motivo que la sagrada
memoria de los césares, en la misma presencia del emperador”, o bien
cuando “enfurecido, viendo a la multitud
favorecer en el Circo a un partido al que era él contrario, exclamó: ¡Lástima
que no tenga el pueblo romano una sola cabeza!”[6]
(evidentemente, para poderla cortar); también en Suetonio se habla de una
petición política a Domiciano realizada por el pueblo con ocasión de unos
juegos: “En los juegos Capitolinos le
fue solicitada por todo el concurso la rehabilitación de Palfurio Sura”[7](un
ex-senador pro-neroniano, borrado de la lista del Senado por Vespasiano).
Igualmente, en un autor posterior, Herodiano, aparece una evidencia del
aprovechamiento de las concentraciones en los espectáculos para manifestaciones
de tipo político, así Herodiano explica como el pueblo manifiesta su oposición
al Prefecto Pretoriano del emperador Cómodo, Cleandro, cuando dice que “los
romanos lo odiaban, lo hacían responsable de sus desgracias y detestaban la
insaciabilidad de su codicia. Primero, en el teatro, se organizaron en grupos
numerosos para insultarlo y, después, cuando Cómodo vivía en las afueras, se
presentaron en masa y le pidieron a gritos la muerte de Cleandro”[8];
aquí se observa como el pueblo organiza su acción primero en el teatro -un
espacio equiparable, en términos políticos, al circo o al anfiteatro- y, desde
allí, se canaliza su actuación contra el ministro imperial. Igualmente, el
mismo Herodiano, menciona otro incidente que pone de manifiesto la característica
política del espacio circense, se trata de la reacción del pueblo de Roma al
enterarse de la muerte del emperador Maximino (235-238): “Gente de todas las edades se dirigió corriendo hacia altares y
templos, y nadie permaneció en su casa. Circulaban como poseso felicitándose
mutuamente y corriendo todos juntos hacia el circo como si se hubiera convocado
allí una asamblea”[9],
la naturaleza política de la reacción del pueblo (es decir, el dirigirse al
circo) en este episodio queda confirmada por otra fuente, la Historia
Augusta, en ella se dice que: “todos
corrieron al punto a cumplimentar sus prácticas religiosas y, desde allí, los
príncipes marcharon al senado, y el pueblo a la asamblea”[10],
en otras palabras, el lugar de las asambleas políticas del populus era el circo.
El carácter político del espacio circense se plasma en la facilidad y
capacidad de expresión de la voluntad del populus
que este espacio proporciona, facilidades entre las que se encuentran la
capacidad de reunión multitudinaria en un determinado lugar, las facilidades de
expresión que presta el anonimato (que las mismas características del circo o
el anfiteatro proporcionan) y el sentimiento de fuerza que otorga la propia
reunión del populus; esta capacidad
política se muestra claramente en los minutos previos al comienzo del espectáculo,
así:
“en tiempos de la República, estos
minutos de espera, aprovechados por los políticos más importantes de la ciudad
para hacer su entrada en el recinto, daban ocasión al pueblo para que éste
manifestara sus sentimientos respecto a ellos; y el pueblo no se privaba en
absoluto de ello: la aparición de tal o cual personaje en las graderías podía
desencadenar un gran entusiasmo o un gran alboroto. En ocasiones, ante el
anuncio de un senadoconsulto (decreto) particularmente grato a los ojos de la
opinión, todo el público estallaba en aplausos dirigidos al Senado; las
ovaciones se hacían más estruendosas a medida que iban entrando en el recinto
los senadores y, cuando por fin, aparecía el cónsul que ofrecía aquel día
los juegos, se ponían todos en pie y le aclamaban con las manos extendidas
hacia él. Claudio, en cambio, llegaba a los juegos por calles apartadas,
entraba a escondidas en el Coliseo y asomaba la cabeza entre la multitud como un
espectador que intenta colarse sin billete: en cuanto le veían, los abucheos
eran tan grandes que sobresaltaban a los gladiadores, y los caballos,
despavoridos relinchaban...”
“Se dieron casos en que algún prohombre que
había caído en desgracia fue literalmente expulsado por los espectadores; era
también corriente que una especie de <<claque>>, mediante silbidos,
proyectiles diversos, o aplausos pagados, trataran de arrastrar al público
hacia manifestaciones de este tipo.
Con el
Imperio, lo único que se producía eran aplausos: la claque se había
convertido, por así decirlo, en una institución oficial. Se dieron algunos
casos de manifestaciones hostiles al Poder, pero, dígase lo que se diga, fueron
excepcionales”[11],pese a la excepcionalidad que R. Auguet da a las muestras hostiles hacia
el poder imperial, de hecho, lo importante es que éstas se producen(se pueden citar diversas bajo el Imperio y posteriormente, si bien no
tan espectaculares como la Nika, por ejemplo, en Roma en el 509 se produce también
una sublevación contra el gobierno con participación de Azules y Verdes), y se
producen siguiendo las pautas de la época republicana, así la señal del
comienzo de la Nika es el diálogo establecido entre el orador de los Verdes y
el heraldo del emperador (justo en los minutos previos al comienzo de las
carreras), igualmenteel emperador
es -parafraseando a Auguet- “literalmente
expulsado por los espectadores” (y el de Justiniano no es el único caso,
también Anastasio I lo fue anteriormente) mediante silbidos, abucheos y
lanzamiento de proyectiles; de hecho, tanto el mantenimiento de la pauta como el
del lugar es una muestra que también se mantiene intacta -sea o no utilizada-
la importancia política para el pueblo del espacio circense durante todo el
Imperio (y que, por diversas indicaciones, puede verse en la historiografía de
toda la época imperial), es precisamente ese mantenimiento lo que facilita que
el hipódromo sea el punto de partida de la Nika.