La insurrección de la Nika es, ante todo, un ataque al poder
imperial; es un ataque frontal al sistema del dominado tal y como se había ido
perfilando a lo largo del siglo III, sentado sus bases durante la tetrarquía
de Diocleciano y formulado definitivamente durante el reinado de Constantino I
(306-337); efectivamente, el dominado -del cual Justiniano es una buena muestra-
postula que la única autorictas se
encuentra en manos del emperador y, además, por deseo divino -en realidad
importa poco que la divinidad sea el Sol
Invictus de Aureliano, el Júpiter de Diocleciano o el Dios Cristiano de
Constantino-, lo que importa es que el emperador es el elgido por la divinidad y
el único capaz de transmitir esa característica divina (ya sea por adopción de
su sucesor, ya sea por la sangre); de hecho el dominado intenta desvincular el
ejercicio del poder -que se concentra en manos del emperador por expreso deseo
de la divinidad y, en consecuencia, sólo ante ésta responde- con el origen de
ese poder -del cual siempre se tuvo conciencia de su procedencia: el senado y
pueblo romanos, es decir, unas entidades políticas concretas y en absoluto
divinas-.
Ésta es la formulación teórica del dominado, pero esa
formulación (básicamente aceptada por el ejército y que, de hecho, es una
sofisticación y una teorización, también una forma de respuesta y de
legitimación, de la práctica y frente a la práctica de hacerse con el poder
por la fuerza) tuvo sus resistencias, tanto entre el elemento senatorial, como
en el populus o el demos (ambos urbanos); las resistencias senatoriales se
pueden ejemplificar perfectamente en un personaje como Símmaco, consúl de Roma
y cabeza visible del Senado romano a finales del siglo IV, resistencia en lo
religioso -es un defensor del paganismo- y en lo político -encabeza la
“oposición” senatorial, ciertamente muy moderada y absolutamente
respetuosa, al emperador-; la resistencia del populus
urbano o del demos urbano se centra en
los espacios circenses -es el centro de su poder, el catalizador de la acción
política del pueblo-, se trata de una resistencia que va creciendo sorda y
paulatinamente -completamente ignorada, o presentada en el mayor de los
desprecios, por la historiografía senatorial- y que tiene un carácter muchísimo más dinámico, frontal y violento que las tímidas acciones
senatoriales; de hecho, el pueblo es el único que logrará generar un elemento
de contrapoder, centrado en las facciones circenses -alrededor, pues, de su
espacio político, de su espacio de reunión y de “cosmovisión”-,
contrapoder que alcanzará su cumbre en el siglo VI, germinando durante el
reinado de Anastasio y explotando durante el reinado de Justiniano.
El pueblo niega absolutamente el carácter divino del ejercicio del
poder imperial, o, mejor aún, se declara sacer[1]a sí mismo -es decir, el depositario del poder por expreso deseo de la
divinidad es el pueblo, y éste es quién decide que emperador debe ejercer
un poder, que si bien es divino, no reside en sus manos sino en las del pueblo-
y éste es un planteamiento que se remonta a los mismos días en los que la
expresión “Senatus Populusque Romanorum”
tenía un significado real, cuando se estableció que el pueblo y el senado eran
estamentos separados de una misma sociedad pero que ambos eran sagrados y,
ambos, eran los depositarios del poder y la legitimidad (naturalmente, en teoría,
en la práctica no hubó la menor armonia y la República romana esta salpicada
de luchas sociales entre el Senado, que trata de monopolizar el poder, y el
pueblo que se resiste a ello y reivindica sus derechos). Ciertamente el Senado
había terminado por abandonar, en la práctica, la idea del ejercicio del
poder, no así el pueblo; éste, de hecho, no sólo reclama su carácter sacer,
sino que proclama abiertamente un concepto que -para el emperador- es
subversivo: proclama su propia Maiestas Imperial; y lo hace de un modo gráfico y simbólico. En
ese sentido, Procopio explica que los miembros de las facciones utilizaban la púrpura
(el mismo indica que indebidamente) en sus vestiduras, no es una simple cuestión
de moda, pues la púrpura no es otra cosa que el símbolo del poder imperial:
“La encarnación visible de la idea imperial fue envuelta en los relucientes
tintes de la más fina seda purpúrea -cuya utilización estaba celosamente
limitada al emperador y sus más próximos colaboradores- bordada con hilos de
oro para captar la luz del sol. La simbología del status supremo tenía
igualmente un valor práctico, puesto que la combinación del esplendor de la púrpura
y del brillo del oro lograba que todos los ojos se dirigieran inmediatamente,
incluso en nutrido cortejo, a la figura central. No nos debe extrañar que se
hayan detectado ecos de una antigua ideología solar en las implicaciones
eruditas del ceremonial imperial y que Miguel Pselo, cortesano e intelectual del
siglo XI, imaginara la vuelta anticipada del emperador de una campaña militar
como la <<aurora>> que sus súbditos esperaban.
La púrpura era el color imperial por excelencia. Con ella se teñían
sus más solemnes documentos diplomáticos; marcas purpúreas en el suelo
coordinaban los movimientos de los participantes en el complejo ballet de las
audiencias imperiales; los agentes del emperador ataban cuerdas purpúreas a las
propiedades confiscadas. Los emperadores legítimos nacían literalmente en la púrpura:
la cámara del Gran Palacio en la que las emperatrices medievales daban a luz
estaba embaldosada con pórfido, de manera que la primera experiencia de este
mundo del infante recién nacido se fundiera con su rango único, reconocido por
Dios.”[2].
El pueblo -las facciones- al adoptar la púrpura no sólo proclama que su
majestad imperial es idéntica a la del emperador, sino que él es el auténtico depositário de esa majestad imperial; lo cual no es solamente un gesto, es una
reivindicación política concreta, pues se reclama (con esa majestad) el
derecho y la potestas del imperium,
esto es: el ejercicio del poder legítimo de coerción, la facultad de gobernar
(aunque ese gobierno se delegue). Y, ese, es un gesto político claramente
subversivo respecto al dominado -pues pretende subvertir su orden y cambiarlo
por otro sistema-, es, de hecho, la declaración de la revolución.
Otro detalle resulta significativo en la acción de las facciones
durante la Nika, es el grito -la consigna- “¡Vivan
los humanos Azules-Verdes!”, no se trata de una declaración fraternal (en
el sentido de considerar como pertenecientes al género humano a unos y a
otros), se trata de una expresión política, de una reivindicación de derechos
ciudadanos -pues el término “humano” sólo era aplicabe a los ciudadanos
romanos, el resto eran “bárbaros”-, se trata de una reivindicación y
una reafirmación de sus derechos políticos.
Esa capacidad subversiva -que se manifiesta en la Nika- nace y se
potencia alrededor del circo y del hipódromo, que funciona como catalizador político
del pueblo; sin ese espacio y sin esa realidad no es posible concebir la
supervivencia del populus(o del demos)
como un factor activo, un agente, en la vida pública, capaz de afrontar
al poder imperial y desafiarlo abiertamente; es absurdo pensar que las
facciones Azul o Verde nacen por generación espontánea después de siglos de
un Panem et Circenses embrutecedor, la imagen de unos espectáculos
cruentos y de un populacho avido de sangre no es más que un tópico que
desvirtua el sentido de los juegos, la simbología de los mismos, la visión de
un mundo que se mueve tras ellos y, sobre todo, se ignora su carácter público,
subversivo y asambleario; los juegos no son sino el ritual
[3]
que reune a la asamblea del pueblo, ciertamente tienen un importante carácter lúdico
(y también su componente sanguinario, matizable: los espectáculos de
gladiadores eran, con diferencia, los menos frecuentes en los anfiteatros; el
espectáculo estrella fueron siempre las carreras de carros y, en segundo lugar,
las cacerías de fieras; los combates de gladiadores eran una rareza, una
“perla”, y por eso eran también...enormemente apreciados), pero ese no es
su carácter principal, eso es la escenificación de la finalidad de los mismos:
la reunión de la asamblea del pueblo. Cierto que el Imperio trata, o bien de
manipular en su favor dicha asamblea, o bien, de reducirla al Panem
et Circenses; ahora bien, pudo conseguirse aletargar la capacidad política
de la asamblea -con todo, hay muestras de que ésta seguía activa, incluso
testimoniada por una historiografía que le es hostil-, pero lo que no se pudo
hacer fue suprimirla, reducirla a su mera característica de espectáculo.
Por ello, reducir el significado de las facciones a “reliquias de la
anarquía griega” como hace Maier, o despachar el tema con un “es imposible distinguir las etapas y modalidades de esta evolución”[4](en referencia al papel político que asumen las facciones), como hace Auguet,
es caer o bien en el folklorismo (“anarquía griega”), o bien en la negación
de las evidencias (no sólo de la historiografía antigua sino, también,
del desarrollo de los hechos), pues es evidente que la pauta del estallido de la
Nika sigue, punto por punto, las pautas de la agitación política circense en
una época tan lejana como la República romana, y es imposible pensar que algo
muerto -como pretende R. Auguet- durante más de quinientos años resucite de
pronto, se manifieste y se comporte de idéntica manera (se puede aducir que
existía una corriente tradicionalista en la sociedad romana, pero, francamente,
el tradicionalismo y la transmisión de los comportamientos tiene unos ciertos límites).
Es, por el contrario, más lógico pensar que el espacio circense fue en todo
momento un espacio político, a veces más y a veces menos organizado, pero
siempre fue -potencialmente- un catalizador del populus o el demos,
siempre fue su asamblea.
ANEXOS
ANEXO
I. Constantinopla.
Fuente: El Arte Bizantino (núm.
14 de Historia del Arte, ed. Historia 16)
1.-
Catedral de Hagia Sofía.
2.-Augusteon.
3.-Hipódromo.
4.-Termas de Zeuxipo.
5.-Palacio de la Magnaura.
6.-Iglesia Nea.
7.-Palacio Imperial o Sagrado Palacio.
8.-Sala de los XIX lechos.
9.-Triconcha.
10.-Triconcha.
11.-Chrysotriclinio.
12.-
Kathisma o Palco Imperial.
13.-Casa denominada de Justiniano.
14.-Campo de polo.
15.-Bósforo.
ANEXO II. El sector palatino y el Hipódromo (reconstrucción según H.
Stierlin).
Fuente: El Arte Bizantino (núm.
14 de Historia del Arte, ed. Historia 16)
El sector palatino o Gran Palacio de Constantinopla, comenzó a
configurarse bajo Constantino I, sus sucesores fueron añadiendo otros
recintos hasta que, en el siglo X, ocupó la zona que se extiende entre el
hipódromo y el mar por un lado y Hagia Sofía y el final del Sefendón
por otro, este espacio ocupaba una superficie de 400.000 metros cuadrado.
Dentro de esta superficie se incluían patios, jardines, calles y
escalinatas, numerosas iglesias y capillas, cuarteles y depósitos de
armas, factorías textiles y talleres de artesanos, salones para
audiencias y dependencias para los oficiales de la corte, y, por último,
los propios palacios de los emperadores (cambiados, modificados y
reconstruidos con frecuencia.
El espacio palaciego no sólo fue la sede desde la que se gobernaba
el Imperio sino, también, un medio de propaganda en sí mismo; en ese
sentido, cabe citar los informes del enviado del emperador germánico Otón
a Constantinopla, Luitprando de Cremona, que aparecen llenos de una apenas
reprimida admiración por las glorias impresionantes de la corte romano
oriental; es, por lo tanto, un espacio que tiene un valor simbólico,
representa, físicamente, la gloria y el esplendor, el poderío del
“renovado Imperio” que quiso establecer Justiniano.
En cierta medida, esta utilización propagandística del espacio se
inscribe dentro de una línea barroquizante, que tiene sus orígenes en el
Alto Imperio, allí ya se juega con la monumentalidad de los espacios públicos,
esencialmente con el espacio del forum
y en la capital, naturalmente, del Palacio Imperial; a través de esos
espacios se emite un mensaje, así, desde la dinastía Flavia, el espacio
del forum (el espacio público central de las ciudades) sufre toda una
remodelación urbanística, el nuevo mensaje transmite la exaltación de
la majestad imperial y el triunfo de su culto, para eso se emplean los
recursos de la arquitectura, para crear un espacio -un ambiente- que
refleje las características de la “grandeza” imperial, del poder
imperial. La transformación del forum
-y de su mensaje- refleja la transformación que se quiere dar al corazón,
al núcleo de la vida, de la ciudad.
El Hipódromo se extendía a lo largo de casi 500 metros, el Hipódromo
de Septimio Severo -al que correspondería la infraestructura y el espacio
curvo (Sefendon)-fue ampliado y
renovado bajo Constantino; el diseño del Hipódromo era convencional:
aparecen filas de asientos dispuestos en orquilla, la arena aparece
dividida por la Spina donde se
apoyan una numerosa colección de estatuas -entre las que se puede contar
la columna de bronce de Delfos, decorada con tres serpientes
entrelazadas-, obeliscos y diferentes construcciones; en el centro del ala sudoriental se encontraba situada la Kathisma
(el Palco Imperial). Además de las carreras se realizarón en el Hipódromo
algunas ceremonias relevantes, como las que relata elChronicon Paschale o los historiadores Asiquio y Zonaras y que
tienen lugar durante la solemne inauguración de Constantinopla el 11 de
Mayo del 330, el Chronicon Paschale dice, respecto al Hipódromo, que
Constantino “Mando hacer otra
estatua de sí mismo en madera sobredorada, sosteniendo en su mano derecha
la Tyche de esta ciudad, tambieén dorada, y decretó que el día de los
juegos de cumpleaños, esta estatua de madera debería introducirse bajo
escolta de soldados vistiendo mantos y botas, sosteniendo cirios blancos y
que el carro debería rodear la meta superios y llegar al Stama, delante
de la logia imperial, y que el emperador reinante debería levantarse y
prestar homenaje a la estatua del emperador Constantino y a la Tyche de la
ciudad”; todo lo anterior muestra claramente como el emperador no sólo
reconoce la importancia política del espacio circense -como espacio del demos-
sino como además trata de apropiarse del mismo, de “fundirse” con él,
de hecho, serán numerosos los emperadores que erigirán monumentos
propagandísticos en la Spina
del hipódromo (obelisco de Teodosio, obelisco de Constantino VII Porfirogéneta),
en los que la imagen del emperador semper
victus aparece intencionadamente asociada a la imagen del auriga
victorioso en las carreras.La
Tyche -representación de la
ciudad, reproducida frecuentemente en marfiles- aparecerá durante mucho
tiempo sosteniendo una cornucopia que simboliza la prosperidad de la
ciudad.
Constantino fue el primero quecomunicó directamente el Palacio Imperial con la Kathisma.
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NOTAS
[1]
En el sentido de “algo que es venerable y digno de respeto” .
[3]
El ritual puede tener, y de hecho tienen en muchas ocasiones, un carácter
sanguinario, pero no obedece -a diferencia de la imagen común, creada en
buena medida por el cristianismo triunfante- a una plebs degenerada que gusta de la crueldad gratuita; tiene un carácter
sacrificial, de hecho, los combates de gladiadores en su origen son una
suavización de un rito sacrificial funerario; lo cual, yesto es otra cuestión, no les otorga el menor carácter
“bondadoso” o “amable” -pues no lo tienen-, pero demuestra que
obedecían a una motivación “funcional” y más o menos racionalizante y
no a la pura malicia o a la crueldad sádica.