Carta
dirigida a los Reyes Católicos anunciando
el descubrimiento de América
Por
Cristóbal
Colón
Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas dan e otorgan a don
Christoval de Colon, en alguna satisfacion de lo que ha descubierto en
las Mares Oceanas y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de
fazer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que se siguen:
Febrero
y Marzo de 1493
Señor, porque
sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado
en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días
pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos
rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas
islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión
por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue
contradicho.
A la primera
que yo hallé puse nombre San Salvador a conmemoración de Su Alta
Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la
llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de
Concepción; a la tercera Fernandina; a la cuarta la Isabela; a la quinta
la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo.
Cuando yo llegué
a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la fallé tan grande
que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé
así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones,
con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían
todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar
grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había
innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi
voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía
propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio
adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un
señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber
si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron
infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de
regimiento; por lo cual se volvieron.
Yo entendía
harto de otros Indios, que ya tenía tomados, como continuamente esta
tierra era isla, y así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete
leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla al oriente,
distante de esta diez y ocho leguas, a la cual luego puse nombre la Española
y fui allí, y seguí la parte del setentrión, así como de la Juana al
oriente, 188 grandes leguas por línea recta; la cual y todas las otras
son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo. En ella hay
muchos puertos en la costa de la mar, sin comparación de otros que yo
sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes, que es maravilla.
Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas
altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife; todas hermosísimas,
de mil fechuras, y todas andables, y llenas de árboles de mil maneras y
altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden
la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan
hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de
ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y
cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de
noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras,
que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así
como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a
maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de
aves, y frutas muy diversas.
En las
tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. La
Española es maravilla; las sierras y las montañas y las vegas y las
campiñas, y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar,
para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares.
Los puertos de la mar aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos
muchos y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los
árboles y frutos e hierbas hay grandes diferencias de aquellas de la
Juana. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros
metales.
La gente de
esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan
todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque
algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una
cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni
acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y
de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen
otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente,
a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que
muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna
villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después
que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque
a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y
podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como
otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así
temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden
este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen,
que no lo creería sino el que lo viese.
Ellos de
cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la
persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y,
quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera
cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van
contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos
de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque,
cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del
mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de
dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían,
mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían,
aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón
filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y
daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo
defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque
tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y
servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son
necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos
creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo
con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían
en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque
sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas
aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de
todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.
Y luego que
llegué a Indias, en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos
de ellos, para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en
aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por
lengua o señas; y estos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo
que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha conversación
que hayan habido conmigo; y éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde
yo llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en casa y a las villas
cercanas con voces altas: venid, venid a ver la gente del cielo; así,
todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón seguro de nos,
venían que no quedaban grande ni pequeño, y todos traían algo de comer
y de beber, que daban con un amor maravilloso. Ellos tienen en todas las
islas muy muchas canoas, a manera de fustas de remo, de ellas mayores, de
ellas menores; y algunas son mayores que una fusta de diez y ocho bancos.
No son tan anchas, porque son de un solo madero; mas una fusta no terná
con ellas al remo, porque van que no es cosa de creer. Y con éstas
navegan todas aquellas islas que son innumerables, y tratan sus mercaderías.
Alguna de estas canoas he visto con 70 y 80 hombres en ella, y cada uno
con su remo.
En todas
estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las
costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa muy
singular para lo que espero que determinaran Sus Altezas para la conversión
de ellos a nuestra santa fe, a la cual son muy dispuestos.
Ya dije como yo
había andado 107 leguas por la costa de la mar por la derecha línea de
occidente a oriente por la isla de Juana, según el cual camino puedo
decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque,
allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte de poniente dos
provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde
nace la gente con cola; las cuales provincias no pueden tener en longura
menos de 50 o 60 leguas, según pude entender de estos Indios que yo
tengo, los cuales saben todas las islas.
Esta otra
Española en cierco tiene más que la España toda, desde Colibre, por
costa de mar, hasta Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve
188 grandes leguas por recta línea de occidente a oriente. Esta es
para desear, y vista, para nunca dejar; en la cual, puesto que de todas
tenga tomada posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas de lo
que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por de Sus Altezas, cual de
ellas pueden disponer como y tan cumplidamente como de los reinos de
Castilla, en esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca
para las minas del oro y de todo trato así de la tierra firme de aquí
como de aquella de allá del Gran Can, adonde habrá gran trato y
ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre
la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza y fortaleza, que ya a estas
horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente que abasta para
semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas por más de un ano,
y fusta, y maestro de la mar en todas artes para hacer otras, y grande
amistad con el rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba de
me llamar y tener por hermano, y, aunque le mudase la voluntad a ofender
esta gente, él ni los suyos no saben que sean armas, y andan desnudos,
como ya he dicho, y son los más temerosos que hay en el mundo; así que
solamente la gente que allá queda es para destruir toda aquella tierra; y
es isla sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.
En todas estas
islas me parece que todos los hombres sean contentos con una mujer, y a su
mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más
que los hombres. Ni he podido entender si tienen bienes propios; que me
pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial
de las cosas comederas.
En estas
islas hasta aquí no he hallado hombres monstrudos, como muchos pensaban,
mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en
Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto
demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran
fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis
grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza
el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la
ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en
demasía. Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla
Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente
que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne
humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas
de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que
los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como
mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un
palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. Son feroces entre
estos otros pueblos que son en demasiado grado cobardes, mas yo no los
tengo en nada más que a los otros. Estos son aquellos que tratan con las
mujeres de Matinino, que es la primera isla, partiendo de España para las
Indias, que se halla en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan
ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los sobredichos, de cañas,
y se arman y cobijan con launes de arambre, de que tienen mucho.
Otra isla
hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen
ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras
traigo conmigo Indios para testimonio.
En conclusión,
a hablar de esto solamente que se ha hecho este viaje, que fue así de
corrida, pueden ver Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren
menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán; ahora, especiería
y algodón cuanto Sus Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán
cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo en Grecia en la isla
de Xío, y el Señorío la vende como quiere, y ligunáloe cuanto mandarán
cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los idólatras; y
creo haber hallado ruibarbo y canela, y otras mil cosas de sustancia
hallaré, que habrán hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me
he detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya dado lugar de
navegar; solamente en la villa de Navidad, en cuanto dejé asegurado y
bien asentado. Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me
sirvieran como razón demandaba.
Esto es harto y
eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su
camino victoria de cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente
fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan hablado o escrito, todo
va por conjectura sin allegar de vista, salvo comprendiendo a tanto, los
oyentes los más escuchaban y juzgaban más por habla que por poca cosa de
ello. Así que, pues Nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros
ilustrísimos rey e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde
toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas, y dar
gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el
tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose tantos pueblos a nuestra
santa fe, y después por los bienes temporales; que no solamente la España,
mas todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia.
Esto,
según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año
1493.
Hará lo que mandaréis
El almirante.
Después
de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento
conmigo sur y sureste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí
aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo,
adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre
hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví
en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por
este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan
mal invierno ni tantas pérdidas de naves.