Mientras tanto quiero
aclarar aquí una de esas dudas que no puede formularse sino en el caso de no
haber comprendido bien lo anteriormente expuesto. Esta aclaración nos servirá
para facilitar su comprensión. Es la siguiente: toda voluntad es voluntad de
algo, tiene un objeto, un fin de su querer; si esto es así, ¿qué querrá, pues,
en último término, o a qué aspirará esa voluntad que constituye la esencia en sí
del mundo? Esta pregunta, como otras muchas, tiene su causa en que se confunde
la cosa en sí con el fenómeno. A éste y no a aquélla se refiere únicamente el
principio de razón cuya forma es también la ley de motivación.
Sólo se puede dar la razón de los fenómenos, la causa de las cosas particulares,
pero no de la voluntad ni de la Idea, en la cual tiene su objetivación adecuada.
Así, se puede
preguntar por la causa de un movimiento aislado o, en general, de un cambio en
la naturaleza; es decir, se puede inquirir el estado que constituye el
antecedente necesario del que se considera como efecto, pero no podemos atribuir
una causa a la misma fuerza natural que se manifiesta en aquel fenómeno y otros
muchos fenómenos semejantes; preguntar la causa de la gravedad, de la
electricidad, etc., es un contrasentido que nace de la falta de reflexión. Sólo
en el supuesto de que la gravedad y la electricidad no fuesen realmente fuerzas
originales o elementales, sino modos de manifestarse alguna otra fuerza natural
ya conocida, podría preguntarse por la causa que hace que dicha fuerza natural
produzca en un caso dado el fenómeno de la pesantez o de la electricidad.
Pues todo esto ha sido ya objeto de
consideraciones anteriores. Igualmente, todo acto aislado de voluntad de un
individuo consciente (el cual sólo es manifestación de la voluntad como cosa
en sí) acusa necesariamente un motivo sin el cual el acto no se produciría;
pero, así como la causa material no contiene más que la determinación de que
en tal momento, en tal lugar y en tal materia debe aparecer una manifestación
de esta o aquella fuerza natural, el motivo no determina tampoco más que el
acto voluntario de un sujeto que conoce en un momento, lugar o circunstancia
determinados y para cada acto en particular, pero no la volición de este
individuo en general ni siquiera de un modo determinado, esto es, la manifestación
de su carácter inteligible, el cual, como la voluntad misma, la cosa en sí,
carece de causa por estar situada fuera del dominio del principio de razón. De
aquí que también obedezca constantemente en su conducta a fines y motivos, y
sepa dar en cualquier momento cuenta de sus acciones; pero si se le preguntase
por qué quiere en general o por qué quiere existir, no sabría qué contestar
y hasta juzgaría absurda la pregunta; y así expresaría propiamente la
conciencia de que no es más que voluntad y que el querer se comprende por sí
solo, no necesitándose el motivo sino para un acto concreto y para cada caso
particular. En efecto, la esencia de la voluntad en sí implica la ausencia de
todo fin, de todo límite, porque es una aspiración sin término. Ya tocamos
este punto al estudiar la fuerza centrífuga; y también se manifiesta de la
manera más sencilla y elemental en el grado más bajo de la objetividad de la
voluntad, a saber: en la pesantez, cuya constante tendencia, a pesar de la
ausencia total de un fin último, es evidente. Pues aunque toda la materia
existente, por su voluntad, se refundiera en un solo bloque, en el interior de
esta masa la pesantez tendería siempre hacia el centro, luchando con la
impenetrabilidad que se defiende como la rigidez o la elasticidad. Por
consiguiente, el esfuerzo de la materia puede ser siempre contrarrestado, pero
nunca se ve cumplido o satisfecho. Igual sucede con todas las aspiraciones que
constituyen la expresión de la voluntad. Cada fin realizado es el punto de
partida de un nuevo deseo, y así indefinidamente. La planta desarrolla
ascensionalmente su fenómeno a partir de la semilla, por el tallo y las hojas,
hasta la flor y el fruto, que a su vez es el germen de un nuevo individuo que
vuelve a recorrer el mismo proceso, y al cual seguirá otro, y así
indefinidamente. Lo mismo sucede en el curso de la vida de los animales; la
procreación es el punto culminante de la misma, y, una vez conseguido este fin,
la vida del individuo decae más o menos rápidamente, mientras que un nuevo
individuo garantiza a la naturaleza la conservación de la especie y repite el
mismo fenómeno. La misma renovación que cada individuo experimenta en la
materia de su organismo, debe ser considerada corno manifestación de esos
esfuerzos y cambios constantes. Los fisiólogos ya no ven en ella la sustitución
necesaria de la substancia producida por los movimientos, puesto que el desgaste
posible de la máquina no es equivalente al aumento constante de la nutrición.
La manifestación de la esencia de la voluntad es un perpetuo fluir, un eterno
devenir. Lo mismo encontramos en los esfuerzos y los deseos del hombre que le
presentan la realización de los fines que persigue como el último fin de la
voluntad; pero, una vez alcanzados, no parecen ya lo que antes; pronto los
olvidamos, dejándolos a un lado como ilusiones desvanecidas, aunque nos cueste
rubor confesarlo así. Todavía nos debemos considerar felices cuando nos queda
algo que desear y que pretender, porque con ello este juego que consiste en el
perpetuo paso del deseo a su realización y de ésta a un nuevo deseo, paso que
cuando es rápido se llama felicidad y cuando es lento desdicha, podrá
continuarse, y no caigamos en aquel estancamiento, fuente de inacabable hastío
paralizante, de melancolías vagas sin objeto determinado, de mortal languor.
De todo lo expuesto se deduce que la voluntad
sabe siempre, cuando el entendimiento la asiste, lo que quiere en un momento y
en un lugar determinado, pero nunca lo que quiere en general. Cada acto concreto
tiene su fin, pero la voluntad en general no tiene ninguno, del mismo modo que
cada fenómeno natural es determinado a aparecer en un cierto momento o en un
cierto lugar por una causa suficiente; pero la fuerza que en el fenómeno se
manifiesta no la tiene porque es un grado de objetivación de la voluntad, o sea
de la cosa en sí que carece de causa. El único conocimiento de la voluntad en
general es la representación en su conjunto, la totalidad del mundo real. Ésta
es su objetivación, su manifestación, su espejo. Lo que esta propiedad suya
significa será el objeto de nuestras ulteriores consideraciones.
Ya la mera contemplación empírica de la
naturaleza nos hace pensar que desde los fenómenos más elementales de
cualquier fuerza natural hasta la vida y la conciencia del hombre existe una
transición constante por grados sensibles, cuyos límites no son precisos ni
absolutos, sino muchas veces indecisos. Y si reflexionamos más detenidamente
sobre este hecho, llegaremos a convencernos de que lo que se manifiesta en todos
esos fenómenos es un elemento siempre idéntico, que cada vez se destaca con más
claridad. Reconoceremos que lo que se representa en tantos millones de figuras
variadas hasta lo infinito, ofreciéndonos el vario y extravagante espectáculo
de una comedia sin principio ni fin, es ese elemento idéntico, tan oculto bajo
sus antifaces, que él mismo no se conoce, y aún a veces se trata muy
duramente. Así la gran doctrina del «en kai pan» nació en los tiempos más
remotos en Oriente y Occidente y se ha conservado, o, por lo menos, ha
resucitado siempre, a pesar de todos los esfuerzos dirigidos hacia ella. Pero
nosotros hemos dado un gran paso en el misterio, llegando a comprender, por
medio de las consideraciones que preceden, que tan pronto como aquel ser que
mora en el fondo de todos los fenómenos se halla acompañado en cualquier
criatura de la facultad de conocimiento que, dirigida al fuero interno, se
convierte en conciencia de sí, dicho ser se revela a esta conciencia como esa
cosa tan natural y tan misteriosa a la vez como la que designamos con la palabra
voluntad. Esto es, hemos dado a aquella esencia, común a todos los fenómenos,
el nombre de la manifestación en que se nos muestra más clara: voluntad, y obsérvese
que con esta palabra no designamos una X, una incógnita, sino, por el
contrario, aquello que, por una de sus caras, al menos, nos es infinitamente más
conocido y más familiar que todo lo demás.
Recordemos ahora una verdad, demostrada
detalladamente en mi obra laureada sobre la libertad de la voluntad y es que, en
virtud de la validez absoluta de la ley de causalidad, todo lo que existe en el
mundo está determinado siempre en su actividad, con necesidad rigurosa, por
causas especiales; y en este sentido no hay que reparar en si lo que provoca la
acción es una causa, en la acepción estricta de la palabra, o una excitación,
o un motivo, pues estas diferencias solo se refieren al grado de receptividad de
los diferentes seres. Sobre este punto no hay duda posible: la ley de causalidad
no admite excepción; desde el vuelo de una pajuela hasta el acto más meditado
del hombre, todo está sujeto a ella con el mismo rigor. De aquí que, desde que
el mundo existe, jamás el átomo de polvo ha podido recorrer en su vuelo otra
trayectoria que la que ha descrito, ni el hombre ha podido obrar de otra manera
de como ha obrado; y no hay verdad más cierta que la de que todo lo que sucede,
grande o pequeño, sucede necesariamente. En cada momento, el estado general de
las cosas está estrictamente determinado por el inmediatamente anterior, lo que
sucede igualmente si remontamos el curso de los tiempos hasta lo infinito o
descendemos en él hasta lo infinito. La marcha del mundo puede, por
consiguiente, ser comparada a la de un reloj cuyas piezas han sido ajustadas
perfectamente y que se encuentra con la cuerda dada y andando. Desde este punto
de vista, el mundo es una mera máquina cuyo fin desconocemos. Si quisiéramos
suponer un comienzo yendo contra la razón y contra las leyes del pensamiento,
la cuestión no habría variado en lo esencial, pues ese estado primitivo de las
cosas, admitido gratuitamente, habría determinado y fijado irrevocablemente, así
en el conjunto como en los más mínimos detalles, un segundo estado, éste habría
hecho lo mismo con el siguiente, y así sucesivamente per secula seculorum,
ya que la serie de causas, con su rigor absoluto -esa cadena de bronce de la
necesidad y el destino- lleva consigo, fatal e invariablemente, todos los fenómenos,
tal como se producen. La única diferencia sería que en una de las hipótesis
tendríamos un reloj con la cuerda dada en un determinado momento, y en el otro
un primum mobile; pero, en ambos casos, la marcha sería igualmente
fatal. Irrefutablemente he demostrado en mi Memoria premiada, ya referida, que
los actos del hombre no pueden constituir ninguna excepción a esta regla, pues
se producen siempre con el concurso fatal de dos factores: el carácter
individual y los motivos actuales; aquél innato e invariable; éstos,
fatalmente impuestos por la marcha de las cosas, determinada rigurosamente por
la causalidad.
Según esto, desde un punto de vista al cual no
podemos renunciar, porque nos es impuesto por las leyes objetivas y ciertas a
priori que rigen el mundo, el universo, con todo lo que encierra, se nos aparece
como un juguete de una eterna necesidad, de una insondable e implacable anagkh y
que, careciendo de fin conocido, nos es incomprensible. Sólo por un medio
podemos suprimir lo que hay de chocante y hasta de indignante en esta manera
inevitable de considerar las cosas, y es el de reconocer que si todo ser es, por
una parte, fenómeno determinado con necesidad por las leyes fenomenales, por
otra parte es en sí voluntad libre, absolutamente libre, pues la necesidad sólo
reside en las formas que pertenecen totalmente al fenómeno y se desprende tan sólo
del principio de razón bajo sus diferentes figuras; pero entonces esta voluntad
debe estar dotada de aseidad, porque siendo libre como cosa en sí, no sujeta al
principio de razón, no puede depender de ninguna otra cosa, ni en su existencia
y esencia, ni en sus procedimientos. Tal es el único medio de introducir en el
sistema del mundo la suficiente libertad para contrabalancear la severa
necesidad que le rige inevitablemente. Por tanto, o tenemos que considerar el
mundo como una mera máquina, cuya marcha es forzosa, o hay que reconocer que su
ser en sí es una voluntad libre, cuya primera manifestación no es la actividad
de las cosas, sino su existencia y su esencia. Por consiguiente, esta libertad
es trascendente y coexiste con la fatalidad empírica del mismo modo que la
idealidad trascendental de los fenómenos coexiste con su realidad empírica. En
mi Memoria premiada sobre la libertad de la voluntad hago notar que los actos
del hombre, sólo con esta condición, le pertenecen como cosa propia, a pesar
de la necesidad con que se producen, en virtud del carácter y de los motivos, y
esto es precisamente lo que da aseidad a su ser. La misma condición se aplica a
todo cuanto existe en el mundo. La filosofía debe poder conciliar la fatalidad
más inflexible con la libertad llevada hasta la omnipotencia; y esto sólo
puede hacerlo sin mengua de la verdad, atribuyendo toda la fatalidad al obrar (operari)
y toda la libertad al ser y a la esencia (esse). De este modo se
resuelve ese enigma tan antiguo como el mundo y que ha permanecido insoluble,
porque procediendo al revés, se buscaba la libertad en el operari y la
necesidad en el esse. Yo, por el contrario, afirmo que todo ser, sin
excepción, obra fatalmente, pero existe y es como es, en virtud de su libertad.
No existe ni más ni menos libertad y necesidad en mi sistema que en cualquier
otro, aunque parece haber un exceso, bien de libertad, bien de necesidad, según
que repugne el afirmar, como yo lo hago, voluntad a los hechos de la naturaleza,
explicados hasta ahora por la mera fatalidad, o que no se quiera reconocer a la
acción de los motivos una necesidad tan rigurosa como la de una causa mecánica.
Y, sin embargo, no hay más que un cambio en el orden de los términos; la
libertad está colocada en el esse y la fatalidad limitada al operari.
En resumen, el determinismo tiene razón; en
vano durante miles de años se ha tratado de quebrantar a impulso de ciertas
quimeras, que vale más no nombrar por su verdadero nombre; pero, en virtud de
este principio, el mundo se convierte en un teatro de marionetas movidas por
alambres (motivos), sin que podamos comprender siquiera a quién divierte este
espectáculo; la obra que se representa tiene un plan, es el Fatum
quien la dirige; ¿no lo tiene?, entonces obedece a una ciega necesidad; para
escapar a esta absurda conclusión no hay más que un medio: admitir que la
existencia y la esencia de una cosa son manifestaciones de una voluntad libre
que no se reconoce a sí misma más que allí; en cuanto a la actividad, no
puede sustraerse a la necesidad. Para salvar la libertad hay que hacerla pasar
de la acción a la existencia.
Ahora, así como la necesidad sólo pertenece
al fenómeno y no a la cosa en sí, es decir, a la esencia del mundo, así también
le pertenece a él solo la pluralidad. Ya explicamos esto en el § 25 del libro
primero. Añadiré aquí un corto número de consideraciones que confirman y
dilucidan esta verdad.
Ninguno de nosotros conocemos de un modo
inmediato más que una sola cosa: nuestra propia voluntad en nuestra conciencia
íntima. Todo lo demás lo conocemos por mediación y lo juzgamos por analogía
con aquello. Ello depende de que, en realidad, no hay más que un solo ser; la
ilusión de la pluralidad (Maya), que se deriva de las formas de la comprensión
objetiva extensa, no ha podido penetrar en la conciencia íntima, por lo que ésta
no conoce nunca más que un solo ser.
Cuando contemplamos la perfección de la
naturaleza, nunca bastante admirada, y vemos que hasta en sus menores detalles
tales como los órganos de la fecundación de las plantas o la estructura
interna de los insectos, están acabados con un trabajo tan exquisito y
escrupuloso como si cada ejemplar fuese su única obra en la cual hubiese
empleado toda su atención y todo su poder, si meditamos esto veremos, sin
embargo, reproducido un mismo modelo hasta el infinito en todos los individuos
de una especie, siempre con el mismo cuidado y la misma perfección hasta en
aquellos que habitan los rincones más olvidados y desiertos del mundo, donde
nadie había podido contemplarlos hasta hoy. Si escudriñamos con ahínco la
composición de las partes de cada organismo, no llegaremos nunca a encontrar un
último elemento enteramente simple ni menos un elemento inorgánico. Si
reflexionamos sobre la armonía con que todas esas partes concurren a la formación
del todo, haciendo del ser vivo una perfecta obra acabada; si meditamos que cada
una de estas obras maestras, hasta aquellas que sólo tienen breve duración, ha
sido repetida y revocada un número incalculable de veces, y que, sin embargo,
cada individuo, cada insecto, cada flor, cada hoja son tan perfectos como el
primer ejemplar y que, por lo tanto, la naturaleza no se fatiga nunca ni
estropea ninguno de sus trabajos, sino que acaba el último de ellos con la
misma mano de paciente artista con que hizo el primero, reconoceremos que la
industria humana se distingue de las creaciones de la naturaleza, no sólo por
el grado sino en el método. Al propio tiempo nos convenceremos de que la fuerza
primitiva, la natura naturans, está inmediatamente presente, entera e
indivisa en cada una de sus innumerables obras, tanto en la más perfecta como
en la más insignificante, de donde se sigue que la naturaleza creadora no
conoce por sí misma ni el tiempo ni el espacio. Y si luego nos damos cuenta de
que la producción de esas obras maestras superlativas cuesta tan poco a la
naturaleza que crea con prodigalidad incomprensible millones de organismos que
se frustran y no llegan a sazón, entregando sin reparo alguno cuanto vive a mil
azares diversos; porque por otra parte, en circunstancias favorables o cuando la
intención del hombre la guía, produce millones de ejemplares de una misma
especie allí donde hasta entonces no producía más que un solo individuo, no
costándole más producir un millón de seres que uno solo, todo ello nos hará
comprender que la pluralidad de los objetos tiene también su origen en el modo
de conocimiento del sujeto y que es ajeno a la cosa en sí, es decir, a la
fuerza primitiva cuya manifestación es. Y también esto nos demuestra que esa
misma perfección artística en la estructura, que une la naturaleza a la
prodigalidad más desenfrenada en la producción de las obras a que se aplica,
se deriva también de nuestra manera de percibir las cosas, pues, en efecto,
cuando la voluntad como cosa en sí, con su tendencia simple, indivisible y
primitiva se muestra como objeto en nuestro conocimiento cerebral, ha de
presentarse como un encadenamiento artificial entre partes separadas, efectuado
con un arte supremo para hacerlas servir sucesivamente de medios y fines.
La ya indicada unidad de la voluntad, situada más
allá del fenómeno, en la cual hemos visto la esencia íntima del mundo
fenomenal, es una unidad metafísica, y por tanto, su conocimiento es
trascendente, es decir, que no descansa en las funciones de la inteligencia ni
puede ser aprehendido por ella. De aquí que se abra a nuestro intelecto un
abismo difícil de medir en su totalidad, pues a lo sumo podemos echar aquí o
allá una ojeada que nos dé algún atisbo de esa unidad en tal o cual condición
de las cosas, ya subjetiva, ya objetiva, la cual da origen a nuevos problemas
que en manera alguna me comprometo a resolver: me atengo a la sentencia de
Horacio, est quadam prodire tenus, cuidándome más de no enunciar nada
falso o inventado a capricho que de querer explicarlo todo, aunque me tenga que
contentar con exponer meras consideraciones fragmentarias.
Si nos fijamos, reflexionando sobre ella, en la
profunda teoría de Kant y de Laplace sobre la génesis del sistema planetario,
cuya exactitud apenas es posible comprobar, veremos a las fuerzas naturales más
elementales y ciegas crear con su choque en el seno de una misma y única
materia y con las consecuencias accidentales de este choque la trabazón del
mundo, es decir, la morada futura de una infinidad de seres vivientes, y
producir así una obra de orden y armonía que más nos sorprende cuando mejor
la conocemos. Se nos enseña, por ejemplo, que cada planeta, dada su velocidad
actual, no puede menos de mantenerse en el lugar preciso en que se halla
colocado, pues si se aproximase más caería sobre el sol y si se alejara iría
a perderse en el espacio; o a la inversa, que dado el lugar que el planeta ocupa
no puede tener más que su velocidad actual, puesto que si fuera mayor se alejaría
por el infinito, y si fuese menor el planeta caería sobre el sol. De aquí que
no haya más que un lugar determinado para la velocidad de un planeta, y el
problema se resuelve por el hecho de que la misma causa física que necesaria y
ciegamente ha asignado una trayectoria al planeta le ha comunicado al mismo
tiempo y por el mismo hecho la única velocidad compatible con aquel lugar, en
razón de la ley por la cual un cuerpo que recorre un círculo marcha con tanta
mayor rapidez cuanto más pequeño se hace dicho círculo. Y al observar esta
armonía nos convencemos de que el mantenimiento al infinito de todo el sistema
se halla garantizado por el hecho de que todas las perturbaciones mutuas
inevitables en la marcha de los planetas tienen que compensarse con el tiempo;
así por ejemplo, la misma irracionalidad de la relación entre los tiempos de
las revoluciones de Júpiter y Saturno es lo que impide que sus perturbaciones
mutuas se repitan jamás en el mismo lugar, lo cual sería peligroso; pero
produciéndose raramente y cada vez en distinto punto, se anulan como las
disonancias musicales que se resuelven en acordes consonantes. En resumen, en
todo esto se descubre una perfección y una finalidad tales como las hubiera
podido realizar la voluntad más libre regida por la inteligencia más profunda
y por el cálculo más sutil. Y, sin embargo, la teoría de Laplace, tan
admirable, no nos permite sustraernos a la convicción de que el universo, que
parece una obra, la más sabiamente construida, no es sino el producto de leyes
naturales necesarias. De ser así no tenemos porque creer a Anaxágoras cuando
nos habla de una inteligencia que no vemos más que en el mundo animal y que sólo
está organizada en atención a sus propios fines. Nosotros hemos de seguir otro
camino, pues ya en las fuerzas primitivas hemos de ver esa voluntad una siempre
y la misma de la cual son la primera manifestación. Ella es quien, preludiando
ya su obra bajo aquella forma de fuerzas naturales, aplica las leyes primitivas
de esas fuerzas a sus propios fines. Todo lo que sucede por obra de las ciegas
leyes naturales debe servir por tanto a las intenciones de la voluntad y
conformarse con ellas; ¿y cómo podría ser de otra manera cuando toda cosa
material no es nada más que el fenómeno, la visibilidad, la objetividad de la
voluntad de vivir que siempre es una y la misma? Así pues, ya aparece la
voluntad en las fuerzas que hallamos en los grandes ínfimos de la serie de los
fenómenos naturales, voluntad que más tarde, en los seres dotados de
inteligencia, se asombra de su propia actividad, como el sonámbulo al despertar
de lo que hizo en sueños o como el niño se asombra de su propia imagen en el
espejo. La misteriosa unión de lo fortuito y lo intencionado, de la fatalidad y
de la libertad, que hace que los azares más ciegos, que surgen de las leyes
generales de la naturaleza, sean como los toques de un instrumento en que el
genio del mundo ejecuta sus más sublimes melodías, cae dentro de esos abismos
tenebrosos de la meditación a que antes me refería y cuyo fondo ni la filosofía
misma puede iluminar, teniendo que contentarse con proyectar hacia tales
honduras algunos débiles rayos de luz.
Vuelvo ahora a una consideración subjetiva muy
en su lugar aquí, pero también muy oscura, y que sólo podré tratar por medio
de imágenes o metáforas. ¿Por qué nuestra conciencia es más clara y precisa
cuando se dirige al exterior, ya que alcanza su mayor lucidez en la percepción
sensible, que pertenece por mitad al mundo exterior? ¿Por qué se oscurece a
medida que se torna a lo interior, al punto que en llegando al fondo no
encuentra más que tinieblas, en las cuales todo el conocimiento se desvanece?
Esto se debe, creo yo, a que conciencia supone individualidad y que esta forma
parte del fenómeno, puesto que a título de pluralidad de los individuos de una
misma especie se halla sometida a las condiciones fenomenales del tiempo y el
espacio. Nuestro interior, por el contrario, tiene sus raíces en lo que no es
ya fenómeno, sino que empieza a ser cosa en sí donde las formas fenomenales no
pueden ya bastar, y faltando las condiciones de la individualidad no hay ya
conocimiento preciso posible. En ese punto radical de la existencia cesa toda
multiplicidad de seres, como en el centro de la esfera cesa la multiplicidad de
los radios y así como en la periferia es donde terminan todos los radios, la
conciencia comienza allí donde el ser en sí confina con el fenómeno, cuyas
formas producen la individualidad distinta, pues que sobre ella descansa la
conciencia y por eso no podemos conocer más que los fenómenos. En esa
superficie exterior de la esfera está todo lo que hay de preciso y de
verdaderamente comprensible en nuestra conciencia. Y a medida que nos apartamos
de ella y retrocedemos hacia el centro de la conciencia, nos abandona, como
sucede en el sueño, en la muerte y hasta cierto punto en la actividad magnética
o mágica, estados todos que conducen al centro. La conciencia clara,
condicionada por la periferia, no se halla dirigida hacia el centro, por lo que
reconoce bien a los demás individuos como de la misma especie, pero no como idénticos,
a pesar de que lo son en realidad. La inmortalidad del individuo podría ser
comparada a un punto de la superficie esférica cortado por la tangente y en
cambio la del conjunto del fenómeno, en virtud de la eternidad de la esencia íntima,
es comparable al retorno de ese mismo punto del radio hacia el centro, cuya
expansión constituye la superficie de la esfera. Como cosa en sí, la voluntad
se encuentra entera e indivisa en cada ser, corno el centro es parte integrante
de cada radio. Mientras que el punto periférico de cada radio se mueve con la
superficie con la mayor velocidad, su extremidad en el centro, que representa la
eternidad, es absolutamente inmóvil, puesto que el centro es aquel punto cuya
mitad ascendente no se distingue de la descendente. Así, leemos en el Bhagavad
Guita: Haud dístributum animantibus, et quasi distributum tamen
insidens, animantiurnque sustentaculum id cognoscendum, edax et rursus genitale
(lect. 13, 16, vers. Schlegel). Efectivamente, caemos aquí en un lenguaje místico
y figurado, pero es la única manera de expresar un tema de tan absoluta
trascendencia. Así, pues, agregaré otra comparación: podemos presentarnos a
la especie humana corno un animal compositum, como uno de esos
organismos cuyo modelo nos ofrecen muchos pólipos y en particular los
flotantes, tales como los Veretillas, los Funiculinas y otros parecidos. En
ellos la extremidad donde se encuentra la cabeza es la que aísla a los
individuos, mientras que la parte inferior que forma el estómago común los
junta a todos en una existencia única. Igualmente el cerebro con su conciencia
es lo que aísla a los individuos de la especie humana, mientras que la vida común
a todos es la parte inconsciente, la vida vegetativa, con el sistema ganglionar,
en la cual se sumerge durante el sueño la conciencia cerebral, semejante al
loto que se abisma durante la noche en las ondas. Esta comunidad de existencia
incluso puede dar excepcionalmente a los individuos un medio de comunicación,
como sucede cuando un ensueño se transmite de un individuo a otro en el
hipnotismo o en general en la influencia mágica ejercida voluntariamente. En
efecto, esta influencia difiere totalmente de cualquier otra que se produzca por
influxus physicus, es una verdadera actio in distans, que
realiza en verdad la voluntad individual; pero siempre por su ubicuidad, como substratum
universal de la naturaleza. También puede decirse que de igual modo que en la
generación equívoca vemos manifestarse todavía un resto de la fuerza creadora
primitiva, extinguiéndose luego, así también de la omnipotencia primitiva de
la voluntad, que se limita hoy a trabajar en la reproducción y conservación de
las especies, queda todavía en cierto modo un residuo que por excepción puede
mostrarse activo en las influencias mágicas. En mi libro sobre la Voluntad en
la naturaleza hablo detenidamente de esta propiedad mágica de la voluntad y me
apresuro a poner punto a estas consideraciones, en apoyo de las cuales no
podemos invocar más que hechos indecisos, pero que no es lícito ignorar o
rechazar enteramente.
Planteamos al final del libro segundo la cuestión
de saber cuál es el objeto y cuál es el fin de esa voluntad, que, según hemos
reconocido, es la esencia del universo. Las consideraciones que vamos a hacer
tienen por objeto completar la contestación sumaria dada a esta pregunta y
exponer de un modo general los caracteres de esta voluntad.
Semejante exposición es posible porque la
esencia íntima del mundo es algo enteramente real y empíricamente conocido. En
cambio, la denominación alma del mundo con la cual se designa generalmente esta
esencia no nos ofrece, por el contrario, más que un ens rationis, pues
la palabra alma expresa una unidad individual que indudablemente no puede
pertenecer a aquella esencia. Por otra parte, esa noción de alma, en general,
no puede admitirse y debe ser rechazada, pues hace una hipóstasis del querer y
del conocimiento, inseparablemente unidos, pero independientes, en todo
organismo animal. La palabra alma no debiera emplearse más que en sentido
figurado, pues no es tan inofensiva como yuxh o anima, que significa
soplo.
Sin embargo, es aún mucho más inadecuado el
lenguaje de esos pretendidos panteístas, cuya filosofía consiste en llamar
Dios a esa esencia del mundo que desconocen, con lo cual creen haber hecho una
gran cosa. Según ellos, el mundo es una teofanía. Pero si examinamos el mundo
desde el punto de vista de la presencia perpetua de Dios, ¿qué hallaremos?
Criaturas miserables que sólo existen breve tiempo, y eso a condición de
devorarse unas a otras; que pasan su vida entre angustias y necesidades y con
frecuencia se ven presas de horribles dolores hasta que la muerte se los lleva.
Después de este espectáculo tendremos que dar la razón a Aristóteles que decía:
h fusiV daiminia, all'ou qeia esti (Natura demonia est, non divina), añadiendo
que un Dios que hubiera imaginado metamorfosearse en un mundo constituido de tal
manera, tenía que estar poseído de demonio. Bien sé que estos supuestos filosóficos
del siglo invocan a Espinosa escudándose así con su autoridad. Pero Espinosa
tenía buenas razones para denominar así a su sustancia única, salvando, por
lo menos, la palabra a falta de la cosa. Las hogueras de Giordano Bruno y Vanini
estaban todavía en la memoria de todos, pues ambos habían sido sacrificados a
aquel dios en honor del cual fueron inmoladas más víctimas humanas que en
todos los altares reunidos de todas las divinidades paganas de los dos
hemisferios. Al llamar Espinosa Dios al mundo, hace lo mismo que Rousseau cuando
en el Contrato social llama constantemente al pueblo Soberano. Lo cual
me recuerda, por cierto, a aquel príncipe que queriendo abolir la nobleza en
sus estados imaginó, para no despojar a nadie de sus derechos adquiridos,
ennoblecer a todos sus vasallos en masa.
Verdad es que nuestros sabios del día tienen aún
una razón más para emplear la palabra de que se trata, y que no es mucho
mejor, y es que parten, no del mundo de la conciencia, sino de Dios, como un
principio seguro, y conocido. Dios no es su quaesitum, sino su datum.
Si esos sabios fuesen estudiantes les enseñaría que esto es una petición de
principio pero deben saberlo tan bien como yo. Desde que Kant demostró que
partir del mundo para llegar a Dios, esto es emplear el método del antiguo
dogmatismo (que procedía de buena fe), no conduce a nada, esos señores creen
haber encontrado una hábil escapatoria, creyendo mostrar así una sagacidad
extrema. Perdónenme los lectores del porvenir que les hable de gentes de las
cuales no conocerán ni siquiera los nombres.
Cada ojeada que echamos sobre el mundo que el
filósofo debe interpretar, confirma y atestigua que la voluntad de vivir, lejos
de ser una hipóstasis caprichosa o un nombre vano, es la única expresión
verdadera del ser último del mundo. Todo corre, todo se precipita hacia la
existencia, y sí es posible, hacia la existencia orgánica, es decir hacia la
vida en sus grados más altos. En la naturaleza animal se ve que la voluntad de
vivir es la nota fundamental del ser, su única propiedad esencial e inmutable.
Contemplamos esa voluntad de vivir, ese infinito afán con que en todas partes y
a todas horas, en el seno de formas innumerables por fecundaciones y gérmenes o
a falta de ellos por generaciones espontáneas, la voluntad de vivir se
precipita tumultuosamente en la vida sin perder ocasión de poner en actividad
toda sustancia capaz de vivir; consideremos luego su indecible alarma y su
salvaje rebelión cuando ella, en alguno de sus fenómenos aislados, se ve en
peligro de perder su forma existencial, sobre todo cuando hay conciencia. Diríase
que el universo entero va a aniquilarse en ese fenómeno único. Todo el ser de
la criatura viviente se concentra en ese momento en una lucha desesperada contra
la muerte. Pensemos, por un momento, en la inmensa angustia de un hombre que se
halla en peligro de muerte, en el interés profundo de todos los que le asisten,
en su alegría cuando se salva. Recordemos el espanto que nos produce una
sentencia de muerte, el horror con que presenciamos los preparativos de la
ejecución y la compasión que nos desgarra el alma al contemplar la ejecución
misma. Parece que se trata de otra cosa que de abreviar unos instantes una
existencia triste y vacía, siempre insegura, emponzoñada sin cesar por
tormentos de todas clases; casi nos sentirnos inclinados a pensar que es de gran
importancia que un individuo acelere su marcha, después de una efímera
existencia, a la región donde ha de permanecer eternamente. Esto me autoriza
para afirmar que la voluntad de vivir es el principio inexplicable capaz de
explicarlo todo, y que lejos de ser tan sólo un nombre sonoro como «lo
absoluto, lo infinito, la idea» u otro semejantes, es lo más real que
conocemos, la médula de toda realidad.
Si prescindimos ahora de esta interpretación
sacada de nuestro interior y nos limitamos a contemplar desinteresadamente la
Naturaleza, veremos que, a partir del grado en que la vida orgánica comienza,
aquella no manifiesta otro fin que la conservación de las especies. Para
conseguir este resultado emplea todos los medios: la abundancia pletórica de
los gérmenes, el fogoso impulso del instinto sexual, la felicidad con que éste
se acomoda a todas las circunstancias y condiciones, facilidad que llega hasta
el hibridismo, y el instinto del amor maternal, de tal poder que se sobrepone en
muchas especies al amor de sí mismo y lleva a la madre a sacrificar su vida por
salvar a su prole. En cambio, el individuo no tiene para la Naturaleza más que
un valor relativo, es, a saber, el de propagador de la especie. Fuera de esto,
su existencia le es indiferente y ella misma se encarga de destruirle cuando
deja de tener aptitud para servir a sus designios. Sabemos exactamente el porqué
de la existencia individual; pero a la pregunta ¿por qué existe la especie?,
la Naturaleza objetivamente considerada no sabe darnos respuesta. En vano,
considerándola desde este punto de vista, tratamos de buscar una finalidad a
esa agitación sin tregua, a ese tumultuoso impulso hacia la vida, a esos
cuidados angustiosos por la conservación de las especies. La energía de los
individuos se consume en esfuerzos por su conservación y la de su prole, para
lo cual apenas bastan aquéllas y aun a veces no llegan a ser suficientes. Pero
aunque en algunos casos quede un sobrante de fuerza y, por consiguiente, de
bienestar y además, en la especie humana, una pequeña suma de conocimiento,
esto es demasiado insignificante para que pueda ser considerado como el fin de
todo ese batallar de la Naturaleza.
Concibiendo la cosa objetivamente y desde un
punto de vista aislado, parece como si la Naturaleza sólo se preocupase de no
dejar que se pierda ninguna de sus ideas (en el sentido platónico); es decir,
ninguna de sus formas permanentes. Tan satisfecha parece que se halla del feliz
descubrimiento y de la disposición de esas ideas (de las cuales fueron un
ensayo las tres poblaciones anteriores de la superficie terrestre) que hoy su único
cuidado es que no se pierda ninguna de esas hermosas invenciones; es decir, que
alguna de sus formas se sustraiga al tiempo y a la causalidad. Pues los
individuos son efímeros, como el agua en el arroyuelo, y, en cambio, las ideas
permanecen como los remolinos de ese agua que sólo desaparecen con el agua
misma. Ante esta explicación enigmática tendríamos que detenernos si no
conociéramos la Naturaleza más que desde fuera, o sea objetivamente, y si nos
tuviéramos que limitar a admitir que de igual modo que el conocimiento es quien
la concibe, en el conocimiento, o sea en la esfera de la representación, es
donde ha nacido y, por consiguiente, para interpretarla necesitamos mantenernos
en ese terreno. Pero no estamos encerrados en éste, sino que podemos echar una
ojeada en el interior de la Naturaleza, que no es sino nuestro propio interior,
en el cual la Naturaleza, llegada al grado supremo a que su actividad ha podido
elevarse, se encuentra iluminada en la conciencia individual por la luz del
conocimiento. La voluntad se muestra aquí diferente toto genere de la
representación en la cual la Naturaleza, con todas sus formas, nos revela su
existencia, y aquélla nos suministra de una vez esa explicación que en vano
buscamos por la vía representativa. Lo subjetivo nos sirve para la interpretación
de lo objetivo.
Hemos demostrado ya que lo que caracteriza a
dicho elemento subjetivo, la voluntad, es la tendencia, desarrollada enormemente
en los animales y en el hombre, a conservar y prolongar su vida. Es necesario
ahora que para cerciorarnos de que esta inclinación es un hecho primitivo e
incondicionado, nos demos cuenta de que no es un resultado obtenido por el
conocimiento objetivo del valor de la vida, sino independiente de todo
conocimiento; en otros términos, todos esos seres se nos presentan, no como
atraídos por la vida, sino como impulsados hacia ella.
Si pasamos revista a la serie animal y
examinamos la infinita variedad de sus formas, viendo cómo se modifican
perpetuamente según las condiciones del medio o de su manera de vivir; si
consideramos al mismo tiempo el arte infinito e igualmente perfecto de todos los
individuos, de su estructura y de sus órganos, así como la suma incalculable
de fuerza o de astucia que cada animal emplea en su vida; si penetramos más a
fondo en el problema, viendo, por ejemplo, el trabajo incesante de las diminutas
hormigas, las construcciones admirables de las abejas; si contemplamos al
sepulturero (necrophorus vespillo), que en dos días entierra el cadáver
de un topo cuarenta veces mayor que él, para depositar sus huevos y asegurar el
sustento de su prole; si pensamos que la vida de la mayoría de los insectos es
una labor sin fin, consagrada a preparar el sustento de sus larvas futuras, que
después de consumido el alimento preparado abordarán la vida para realizar un
trabajo idéntico; si observamos que la existencia de las aves se invierte en
parte en realizar penosas y largas emigraciones, en construir luego el nido y en
transportar alimento para las crías, que a su vez harán luego lo mismo, de
suerte que todos trabajan para lo porvenir, que cuando parece que llega se aleja
de nuevo, preguntaremos: ¿cuál es la recompensa y el fin a que tienden todos
los seres, cuál es el resultado de todo esto? ¿A qué viene una vida que
requiere tanto esfuerzo? A estas preguntas no hallaremos otras respuestas, como
no sea la satisfacción del hambre y del instinto de reproducción y a lo sumo
algún breve momento de placer, que todo ser encuentra aquí y allá en medio de
su miseria y sus dolores sin cuento. Si compararnos de una parte el arte
indescriptible de la Naturaleza y la riqueza de sus medios y de otro la pequeñez
del resultado perseguido y adquirido, se llega forzosamente a la conclusión de
que la vida es un negocio que no cubre gastos. Esto se demuestra, sobre todo, en
la vida de algunos animales, cuya existencia es de una simplicidad especial.
Contemplemos al topo, infatigable trabajador. La ocupación constante de su vida
es cavar penosamente con la ayuda de sus enormes patas en forma de paletas,
rodeado de una noche perpetua, pues sus ojos embrionarios sólo le sirven para
huir de la luz. Es el único animal verdaderamente nocturno, pues los gatos, los
búhos y los murciélagos, que ven en las tinieblas, no lo son. ¿Qué gana el
topo con vida tan miserable? La alimentación y la cópula, o sea exclusivamente
los medios de continuar tan triste existencia y de transmitirla a otro
individuo. Tales ejemplos demuestran claramente que entre los esfuerzos y las
penas de la vida y sus goces no hay proporción alguna. A la vida de los
animales dotados de vista, el conocimiento visible, aunque totalmente subjetivo
y limitado a la influencia de motivos, presta, no obstante, alguna apariencia de
valor objetivo. Pero el topo hace que salte a la vista la desproporción entre
los medios y el fin. En este respecto, el estudio de la fauna en las comarcas no
habitadas por el hombre es muy instructivo. Humboldt en sus Ansichten der
Natur, segunda edic., p. 30 y siguientes, nos hace una descripción de este
género pintando los dolores que la Naturaleza, sin intervención del hombre,
prepara por sí misma a sus criaturas, y no deja tampoco de echar una ojeada
sobre los dolores análogos que soporta la especie humana siempre y en todas
partes en lucha consigo misma. Pero en la vida de los animales, más fácil de
abarcar de una ojeada, es donde se advierte mejor la vaciedad de los esfuerzos
de todo el fenómeno.
La variedad de las organizaciones, la perfección
artística de los medios en virtud de los cuales cada una de ellas está
dispuesta en atención a sus elementos y a sus presas, contrastan aquí
claramente con la ausencia de todo lo que podría suponerse que fuera un fin. En
lugar de esto hallamos sólo el bienestar de un momento, un goce fugitivo
condicionado por la necesidad, largos y numerosos dolores, un combate perpetuo, bellum
omnium, en que cada ser es a su vez cazador o cazado; confusión,
privaciones, necesidad, angustia, lamentos, gritos y congojas, y esto per saecula
saeculorum, o hasta que estalle otra vez la corteza de nuestro planeta.
Junghuhn refiere haber visto en Java un extenso campo que se perdía de vista
cubierto de osamentas y que creyó que era un campo de batalla. Los esqueletos
eran de grandes tortugas de cinco pies de largo y tres de ancho, que abandonando
el mar tomaban ese camino para depositar sus huevos; entonces eran atacadas por
perros salvajes (canis rectilans), que acometiéndolas en grupos las
vuelcan, les arrancan la coraza inferior y las conchas abdominales y las devoran
vivas. A veces en este momento se presenta un tigre y se lanza sobre los perros.
Esta horrible escena se repite millares de veces todos los años. Es para esto
para lo que han nacido las tortugas? ¿Qué culpa expían con tales tormentos?
¿A qué obedecen esas escenas horribles? No hay otra respuesta que ésta: así
se objetiva la voluntad de vivir. Es necesario estudiarla a fondo y abarcarla en
todas las formas de su objetivación cuando se quiere comprender su ser y también
el mundo, a lo cual no se llega con nociones generales para edificar sobre ellas
castillos en el aire. Pero ese gran espectáculo de la voluntad de vivir exige,
para ser comprendido, una observación más precisa y estudios más profundos de
los que se necesitan para explicar el mundo titulándose Dios, o para venir, con
una necedad que sólo la nación alemana ha podido concebir y ver con agrado, a
explicar la naturaleza diciendo que es la Idea en su otro modo de ser. Estas
necedades han hecho durante veinte años las delicias de los tontos de mi
tiempo. Según el panteísmo o espinosismo, de que esos sistemas modernos no son
más que disfraces, todo ese movimiento del mundo se opera sin fin y siempre lo
mismo, durante una eternidad. El mundo es entonces un Dios, un ens
perfectissimum; es decir, que no puede existir ni concebirse nada mejor.
Luego no hay necesidad de salvación que nos redima, y, por consiguiente, no hay
redención. Y no hay que pensar en comprender el fin de toda esa tragicomedia,
pues no tiene espectadores y los mismos actores, por un placer mínimo y de índole
completamente negativa, tienen que soportar dolores sin fin.
Veamos ahora lo que sucede en la raza humana.
En ella la cuestión se complica, revistiendo grave aspecto, pero el carácter
principal sigue siendo el mismo. La vida se nos revela también aquí, no como
un goce, sino como un tema, como un deber que hay que cumplir. Lo que en ella
encontramos es también miseria por todas partes, fatiga constante, confesión
perpetua, lucha eterna, agitación forzosa, los esfuerzos más extremados de
cuerpo y de espíritu. Millones de hombres agrupados en naciones aspiran al bien
común; cada individuo, a su bien particular; pero esto no se consigue sino a
costa de millares de víctimas. Los hombres se ven lanzados a la guerra, ya por
insensatas quimeras, ya por sutilezas políticas. Entonces es preciso que la
sangre corra a torrentes. Cuando reina la paz, la industria y el comercio
prosperan, se hacen descubrimientos asombrosos, los navíos surcan los mares en
todas direcciones y se recorre hasta los confines del mundo para buscar tesoros
de todas clases, y las olas se tragan los hombres a millares. Todos se agitan,
los unos con el pensamiento, los otros con la acción; el tumulto es
indescriptible, pero ¿cuál es el resultado final? Permitir que las criaturas
efímeras y atormentadas vivan un breve instante, a lo sumo, y en el mejor caso,
en el seno de una miseria soportable que se convierte en aburrimiento, y luego
hacerles perpetuar su especie, para que ésta comience el mismo trabajo.
La voluntad de vivir, mirada desde este punto
de vista de la desproporción entre el trabajo y la recompensa, nos parece una
tontería, o subjetivamente como una quimera que alucina a toda criatura y que
la lleva a consumir sus fuerzas, persiguiendo un fin que no tiene valor alguno.
Pero después de más maduro examen, veremos que se trata de un impulso ciego,
de una inclinación sin fin ni razón.
La ley de motivación, como demostré en el §
29 del libro primero, se aplica a los actos aislados, pero no al querer en
general y en su totalidad. Esto hace que cuando consideramos el movimiento de la
humanidad en su conjunto no veamos en él, como cuando observamos sus actos
aislados, un juego de marionetas movidas por hilos exteriores, como las
marionetas ordinarias, sino por su mecanismo interior. Comparando, como antes lo
hacíamos, la actividad incesante, seria, penosa, del hombre, con lo que merced
a ella obtiene o podrá obtener, hallamos, por la desproporción que resulta,
que el fin perseguido, es absolutamente insuficiente como fuerza motriz para
explicar todo ese movimiento y ese tumulto sin fin. ¿Qué es un breve retraso
de la muerte? ¿Qué un débil alivio de la miseria humana, un corto
aplacamiento del dolor, o una satisfacción momentánea del deseo, junto al
triunfo seguro de la muerte? ¿Tan exiguas ventajas pueden ser las causas reales
que ponen en movimiento a toda la raza humana, innumerable porque se renueva sin
cesar, y a la cual vemos correr, agitarse, empujarse, atormentarse, moverse
convulsivamente, representar sin punto de reposo la tragicomedia de la historia
del mundo, y lo que es peor, soportar la ironía de una existencia que los
hombres se esfuerzan en prolongar todo lo posible?
Evidentemente, esto es inexplicable si buscamos
las fuerzas motrices fuera de los personajes y pensamos que los hombres corren
reflexivamente en pos de bienes cuya posesión no compensa los tormentos y
trabajos que cuestan. Si la razón pudiera oírse en este asunto, ha mucho
tiempo que los hombres habrían reconocido que el bollo no vale el coscorrón y
habrían abandonado la partida. Mas por el contrario, cada uno de nosotros
defiende su vida como si fuera un precioso depósito, de que tuviera que
responder y se consume entre los cuidados y tormentos que cuesta el conservarla.
Ignora el porqué y el para qué, no conoce la recompensa; admite a cierra ojos
y bajo palabra que el premio tiene un gran valor, pero ignora en qué consiste.
De aquí que yo haya dicho que las marionetas no están movidas por hilos
exteriores, sino por un mecanismo interior. Este mecanismo, este rodaje
infatigable es la voluntad de vivir, impulso reflexivo que no tiene razón
suficiente en el mundo exterior. Ella es quien impide a los hombres abandonar la
escena, el primum mobile de sus movimientos. Los motivos, los objetos
exteriores, no determinan más que la dirección en los casos individuales, sin
lo cual la causa no sería adecuada al efecto. Toda manifestación de una fuerza
natural tiene alguna causa, pero la fuerza misma no la tiene; igualmente todo
acto aislado de la voluntad tiene un motivo, pero la voluntad carece de él; en
el fondo, ambas cosas son una y la misma. La voluntad es, en las cosas, el límite
metafísico de toda observación en las cosas, más allá del cual no es posible
ir. El carácter absoluto y originario de la voluntad explica que el hombre ame
sobre todas las cosas una existencia llena de miserias, de tormentos, de
dolores, de angustias y, por añadidura, de aburrimiento, que si se la considera
objetivamente debería ser para él un objeto de horror, siendo así que, por el
contrario, nada teme tanto como ver llegar su término, que es lo único de que
puede estar seguro.
En conformidad, vemos a menudo un ser
enfermizo, raquítico y deformado por la edad, la miseria y las enfermedades,
implorar desde el fondo de su alma nuestra ayuda para prolongar una existencia
cuyo término debiera ser el objeto de todos sus anhelos, si el hombre fuese
guiado en este punto por un criterio objetivo. En vez de ello, es la voluntad
ciega quien lo determina bajo la forma de voluntad de vivir, de alegría de
vivir, de valor de vivir; es un impulso idéntico al que hace crecer la planta.
Este valor de vivir puede ser comparado a una cuerda tendida sobre la escena del
mundo y de la cual pendiesen las marionetas sostenidas por hilos invisibles,
mientras que sus pies sólo en apariencia tocan al tablado (valor objetivo de la
vida). Si la cuerda cede, la marioneta baja; si se rompiera un día, la
marioneta caería, pues el piso no la sostiene más que en apariencia. En otros
términos, la relajación del valor de vivir es la hipocondría, el spleen.
Su agotamiento trae la inclinación al suicidio, al cual se lanza el hombre por
el motivo más nimio, a veces imaginario, como si se buscase camorra a sí mismo
para matarse, como otros la buscan a otra persona; y hasta se da el caso de
matarse sin motivo alguno. (Ejemplos de esto se encuentran en Equirol, Des
maladies mentales, 1838).
La misma causa que obliga al hombre a soportar
la vida le lleva también a agitarse y moverse para vivir. Nadie se mueve por
impulso propio; la necesidad y el tedio son las cuerdas que ponen al peón en
movimiento. De aquí que todos nuestros estados, así en su conjunto como en sus
pormenores, lleven impreso el sello de la coacción: el individuo, perezoso en
el fondo y anhelando el reposo, pero obligado a avanzar, se asemeja al planeta
en que habita, al cual la fuerza que le impulsa hacia adelante es lo único que
le impide caer sobre el sol. Así, pues todo está en estado de tensión
perpetua y de movimiento forzado y la marcha del mundo se efectúa como decía
Aristóteles (De coelo 11, 13) ou fisei, alla bia (motu, non
naturali, sed violento). Los hombres no son atraídos más que en
apariencia, pues en realidad son empujados; no les atrae la existencia, es la
necesidad lo que les espolea. La ley de motivación, como toda causalidad, es
una pura forma del fenómeno. Dicho sea de pasada, éste es el origen del lado cómico,
burlesco, grotesco y caricaturesco de la vida, pues cuando los individuos son
empujados por detrás contra su voluntad, gesticulan y se mueven como pueden, y
la confusión que de aquí nace ofrece un aspecto de los más grotescos; mas no
por eso son menos serios los dolores de la vida.
En todas estas consideraciones se descubre
claramente que la voluntad de vivir no es una consecuencia del conocimiento de
la vida, no es, en cierto modo, una conclusioex praemissis ni
nada secundario; antes al contrario, es lo primero de lo primero, la premisa de
todas las premisas, y precisamente por esto aquello de que la filosofía debe
partir, pues la voluntad de vivir no existe como una consecuencia del mundo,
sino el mundo como una consecuencia de la voluntad de vivir.
Apenas necesito llamar la atención sobre el
hecho de que las consideraciones con que pongo fin al segundo libro hacen
presentir ya la gravedad del tema que ha de servir de objeto al cuarto. Desde
luego podríamos pasar a él; pero el plan arquitectónico que me he trazado
exige que antes nos detengamos en una segunda consideración del mundo como
representación, la cual constituirá el asunto, más risueño, del tercer
libro, cuya conclusión nos encauzará luego otra vez en nuestro tema.