La historia sigue el hilo de los
acontecimientos: será pragmática cuando deduzca los hechos con arreglo al
principio de motivación, que es el que determina a la voluntad manifestada allí
donde se halla iluminada por el conocimiento. En los grados más ínfimos de su
objetivación, allí donde obra aún sin el conocimiento, la ciencia natural,
considera las leyes de variación de los fenómenos como etiología y lo
permanente en ellos como morfología. Esta se vale de los conceptos para
facilitar el estudio de un tema casi infinito, reuniendo los datos generales
para deducir de ellos lo particular. Por último, las matemáticas estudian las
formas puras, es decir, el tiempo y el espacio con ayuda de los cuales las ideas
aparecen como fenómenos múltiples para el conocimiento del sujeto como
individuo. Todas estas materias, cuyo nombre común es el de ciencias, están
sometidas, como es consiguiente, al principio de razón en sus diferentes
formas, y su tema lo constituyen el fenómeno, sus leyes, su encadenamiento y
las relaciones que de aquí nacen.
Según esto, ¿cuál será aquel género de
conocimiento que considere la verdadera esencia del mundo independiente y fuera
de toda relación, el contenido real de sus fenómenos no sujeto a cambio
alguno, y por lo mismo conocido en todo tiempo con la misma verdad; en una
palabra, las Ideas, que son la objetivación inmediata y adecuada de la cosa en
sí o voluntad? Es el arte, obra del genio. El arte reproduce las Ideas eternas
concebidas en la pura contemplación, lo esencial y permanente en todos los fenómenos
de este mundo, y según la materia de que se vale para esta reproducción será
arte plástico, poesía o música. Su origen único es el conocimiento de las
Ideas, su única finalidad la comunicación de este conocimiento.
Mientras que las ciencias, siguiendo la ley
constante del principio de razón en sus cuatro formas, se ven siempre obligadas
a correr tras un nuevo resultado, sin encontrar jamás una meta definitiva ni
satisfacción completa, así como no es posible por mucho que corramos alcanzar
aquel punto del horizonte en que el cielo toca con la tierra, el arte, por el
contrario, siempre encuentra su fin, pues arranca a la corriente que arrastra
las cosas de este mundo el objeto de su contemplación y lo aísla ante sí, y
este objeto particular que en dicha corriente era una pequeña parte efímera se
convierte para él en representante del todo en equivalente de la multiplicidad
espacio-temporal; por consiguiente, se detiene ante este individuo, para la
rueda del tiempo; las relaciones desaparecen; sólo lo esencial, la idea, en su
objeto.
Podemos, pues, definir el arte justamente como
la consideración de las cosas independientemente del principio de razón, en
oposición a aquella otra manera de considerar las cosas, que es la vía de la
experiencia y de la ciencia. Esta última clase de consideración puede ser
comparada a una línea horizontal que se prolonga infinitamente; aquélla a una
línea perpendicular que cortase a ésta en un punto cualquiera. La consideración
que se rige por el principio de razón es la consideración racional, única que
tiene valor y utilidad en la ciencia y en la vida práctica; la que prescinde
del principio de razón es la manera de ver del genio, única válida y útil en
el arte. La primera es la de Aristóteles, la segunda es en conjunto la de Platón.
Aquélla se asemeja al huracán impetuoso que sin tener comienzo ni fin corre
arrollándolo todo, sacudiéndolo y arrastrándolo consigo; la segunda, el rayo
de sol plácido que atraviesa este huracán sin ser agitado por él. La primera
recuerda las gotas de agua de una catarata, innumerables y violentas, que son
reemplazadas incesantemente por otras y no reposan jamás; la segunda, al arco
iris, cerniéndose majestuosamente por encima de este tumulto.
Las ideas sólo pueden ser concebidas por medio
de esa contemplación pura que se pierde en el objeto, y la esencia del genio
consiste en la capacidad preeminente para esta contemplación, y como ésta
exige un completo olvido de la propia persona y de sus intereses; la genialidad
no es otra cosa que la objetividad máxima, es decir, la dirección objetiva del
espíritu en oposición a la dirección subjetiva encaminada hacia la propia
persona, o sea hacia la voluntad. Según esto, la genialidad es la facultad de
conducirse meramente como contemplador, de perderse en la intuición y de
emancipar el conocimiento que originariamente está al servicio de la voluntad,
de esta servidumbre, perdiendo de vista sus fines egoístas, así como la propia
persona, para convertirse en sujeto puro del conocimiento en visión
transparente del mundo, y esto no de una manera momentánea, sino por tanto
tiempo y tan reflexivamente como sea necesario para reproducir el objeto
contemplado por un arte superior, para «fijar en pensamientos eternos lo que se
mueve vacilante en forma de fenómeno fugitivo».
Parece como si, para que se manifieste el genio
en un individuo, le fuese concedido a éste una cantidad de conocimiento que
excediese en mucho del necesario para el servicio de una voluntad individual.
Este exceso de conocimiento liberado se convierte en puro sujeto de la voluntad,
en espejo de la esencia del mundo.
De este modo se explica esa vivacidad rayana en
inquietud que caracteriza a los individuos geniales a quienes raras veces basta
la realidad presente, porque no llena su conciencia; esto es lo que produce en
ellos aquella tendencia desasosegada, aquel buscar incesantemente objetos nuevos
y dignos de contemplación y además aquel anhelo, casi nunca satisfecho, por
encontrar seres semejantes a ellos y superiores a ellos con quienes poder
comunicarse, mientras que el hombre vulgar se siente compensado y satisfecho por
la realidad presente, vive en ella y encuentra en todas partes semejantes suyos,
y, en suma, posee aquella virtud de adaptación para la vida ordinaria que al
genio le es negada.
Como parte del genio ha sido considerada la
fantasía y algunos han llegado a identificarla con él; lo primero es verdad;
lo segundo no. Siendo los objetos del genio las Ideas, las formas esenciales y
permanentes del mundo y de todos sus fenómenos y siendo el conocimiento de las
ideas intuitivo y no abstracto, el conocimiento del genio se encontraría
limitado a las Ideas de los objetos realmente presentes a su persona y
dependientes de la cadena de circunstancias que le conducen a tal conocimiento
si la fantasía no dilatase considerablemente el horizonte de su visión sobre
la realidad de su experiencia personal, colocándola en situación de construir,
con los pocos datos que llegan a su percepción, todo lo demás, haciendo así
que desfilen ante sus ojos casi todos los cuadros posibles de la vida. Además,
los objetos reales son casi siempre ejemplares muy deficientes de la Idea que en
ellos se manifiesta, por lo que el genio necesita de la fantasía para ver en
las cosas, no lo que la naturaleza ha producido realmente, sino lo que deseaba
producir y que no produjo a causa de la lucha que sus formas sostienen entre sí,
y que ya hemos estudiado en el libro anterior. Ya volveremos sobre esto cuando
tratemos de la escultura. La fantasía, por consiguiente, ensancha el círculo
de visión del genio respecto de los objetos que en la realidad encuentra, tanto
en lo que se refiere a la calidad como a la cantidad. Por esto una inusitada
fuerza de la fantasía es compañera y hasta condición indispensable del genio.
Esto no quiere decir que la fantasía sea signo de genialidad; por el contrario,
mucho hombres que tienen muy poco de genios poseen gran fantasía. Pues así
como un objeto real puede ser considerado de dos maneras opuestas, o bien de una
manera puramente objetiva, genial, que penetra hasta la Idea del mismo, o de una
manera vulgar y sólo en sus relaciones con otros objetos o con su propia
voluntad, relaciones que están sujetas al principio de razón, así también
puede ser contemplado un objeto de la fantasía; si lo consideramos del primer
modo será un medio para el conocimiento de la Idea y su instrumento será la
obra de arte; en el segundo caso, el fantasma sólo servirá para construir
castillos en el aire, para engañar y seducir momentáneamente, para colmar el
propio afán y satisfacer un humor pasajero, con lo cual sólo serán conocidas
sus relaciones. El que a estos juegos de la imaginación se entrega es un fantástico,
que mezclará sus ensueños con la realidad y será incapaz de penetrar hasta el
fondo de ésta, trasladará al papel los caprichos de su fantasía y será capaz
de escribir ese género de novelas que tanto agradan a los hombres de su especie
y al público en general, porque el lector se coloca en el lugar del héroe y
tal sustitución resulta muy lisonjera.
El hombre vulgar, ese producto manufacturado de
la naturaleza que ésta edita por millares diariamente, no es capaz, como ya he
demostrado, de una contemplación en todos sentidos y completamente
desinteresada, que es lo que constituye la verdadera contemplación. Por lo
menos no lo es de una manera sostenida. Sólo es capaz de dirigir su atención a
las cosas en cuanto éstas se relacionan con su voluntad, siquiera sea de una
manera mediata. Y como en este respecto, que sólo exige el conocimiento de
relaciones, basta el concepto abstracto de las cosas, el hombre ordinario sale
pronto de la mera contemplación, su mirada no se detiene largamente en un solo
objeto, sino que en todo lo que se le presenta persigue al punto el concepto
bajo el cual se ordena la cosa, como el perezoso busca el asiento y fuera de éste
nada más le interesa. Por eso se detiene muy poco en la contemplación de
cualquier objeto: una obra de arte, un aspecto bello de la naturaleza o el
cuadro de la vida, de tan honda significación. En nada se fija, pues va
buscando su camino a través de la vida o, a lo sumo, lo que podría ser acaso
su camino, y hace acopio de datos topográficos en la más amplia acepción de
la frase. En cuanto a la contemplación de la vida por la vida misma es cosa que
no le interesa.
El hombre de genio, en cambio, cuyas facultades
cognoscitivas, por su misma preponderancia, pueden desligarse por cierto tiempo
del servicio de la voluntad, se recrea en la contemplación de la vida misma y
se afana por penetrar la Idea de cada cosa, prescindiendo de sus relaciones con
los demás objetos. Por esto desatiende muchas veces su propio camino en la
vida, por lo que frecuentemente marcha con paso torpe. Así como para el hombre
corriente el conocimiento es como una linterna que dirige sus pasos, para el
genio es el sol que ilumina el mundo y le revela su sentido. Tan diferentes
maneras de considerar la vida no tardan en manifestarse al exterior. La mirada
del hombre, en quien palpita y se desarrolla el genio, es intensa y firme a la
vez y le distingue con el sello de la contemplación, como puede observarse en
los retratos de los pocos hombres de genio que la naturaleza ha producido entre
tantos millones de seres insignificantes; por el contrario, en los ojos de éstos,
por lo común indiferentes y sin expresión, se revela lo contrario a la mirada
contemplativa; a saber: la mirada del que acecha curiosamente a los que le
rodean.
De aquí se deduce que la expresión genial de
una cabeza consistirá en la preponderancia de los signos del conocimiento sobre
los de la voluntad y, por consiguiente, en el sello de un conocimiento puro. Por
el contrario, en los rostros vulgares predomina la expresión de la voluntad y
se advierte que el conocimiento está completamente subordinado a ésta y
funciona a impulsos de ella y por motivos que ella propone.
Puesto que el conocimiento propio del genio, o
sea el conocimiento de las ideas, no está subordinado al principio de razón y,
por el contrario, el que obedece a dicho principio proporciona la prudencia en
la vida y la sabiduría práctica y crea las ciencias, los hombres de genio
suelen adolecer de aquellos defectos anejos al descuido de la segunda clase de
conocimiento. Sin embargo, hay que hacer una restricción: que todo lo que yo
diga en este respecto sólo les afecta en cuanto se entregan, efectivamente, al
conocimiento propio del genio, lo que de ningún modo hacen en todos los
momentos de su vida, pues el caso es que la tensión extremada de espíritu (si
bien espontánea) que requiere la intuición de las ideas, libre de la voluntad,
se relaja forzosamente y presenta grandes intermitencias, durante las cuales la
condición del hombre de genio es, sobre poco más o menos, la de los demás
hombres, tanto en lo que se refiere a las cualidades como a los defectos.De aquí
que la obra del genio haya sido considerada siempre como efecto de la inspiración
y hasta, como el mismo nombre lo da a entender, como la actividad de un ser
sobrehumano distinto del individuo, que sólo se apodera de éste en
determinados períodos. La aversión de los hombres de genio a dirigir su atención
al contenido del principio de razón se manifiesta, ante todo, por lo que se
refiere al principio del ser en su repugnancia por las matemáticas, que tratan
de las formas más generales del fenómeno, el tiempo y el espacio, que no son
otra cosa que formas del principio de razón. Estas ciencias son precisamente lo
contrario de aquella consideración que se refiere exclusivamente al contenido
del fenómeno, o sea la Idea que en él se manifiesta con exclusión de todas
sus relaciones. Y lo que más le repugna en las matemáticas es su modo lógico,
que no le satisface, pues dificultando su propia visión le ofrece un mero
encadenamiento de silogismos según el principio de conocimiento, y en la mayoría
de los casos de todas las facultades intelectuales sólo utiliza la memoria para
retener continuamente todas las proposiciones antecedentes, fundamento de las
posteriores.
Y, en efecto, la experiencia ha comprobado que
los grandes genios carecen de aptitudes para las matemáticas, no habiendo
existido hombre alguno que se distinga en las dos esferas a la vez. Alfieri
cuenta que nunca pudo comprender ni siquiera la cuarta proposición de Euclides.
Los incomprensivos adversarios de la teoría de los colores de Goethe le
reprocharon siempre su desconocimiento de las matemáticas; pero en este caso,
en que no se trataba de calcular y medir, partiendo de datos hipotéticos, sino
del inmediato conocimiento de una causa y un efecto, semejante reproche estaba
fuera de lugar, no probando otra cosa que la falta de buen sentido en sus
autores, así como las demás sentencias a lo Midas que sobre esta cuestión se
han emitido. El hecho de que hoy todavía, habiendo pasado cerca de medio siglo
desde la aparición de la teoría de los colores de Goethe, continúen dominando
en la enseñanza universitaria de la misma Alemania las patrañas de Newton, y
se siga hablando seriamente de los siete colores homogéneos y de su diferente
índice de refracción, debe ser catalogado entre los rasgos intelectuales de la
humanidad en general y del pueblo alemán en particular.
Por la misma razón indicada anteriormente se
explica el hecho, no menos notorio, de que los grandes matemáticos tienen
escasa sensibilidad para las obras de arte, lo cual recuerda la conocida anécdota
de aquel matemático francés, que después de leer la Ifigenia, de
Racine, preguntó, encogiéndose de hombros: Qu'est-ce que cela prouve?
Corno, además, la comprensión exacta de las
relaciones basadas en el principio de causalidad y en el de motivación es lo
que constituye la prudencia y el genio no se ocupa de estas relaciones, resulta
que el prudente, en cuanto tal, no será nunca genial, y el genio no será
prudente. Y en último resultado el conocimiento intuitivo en general, que es el
que aprehende la idea, es radicalmente opuesto al conocimiento reflexivo y
abstracto que se rige por el principio de razón. Por lo mismo es raro encontrar
mucho genio unido a mucha razón; por el contrario, un talento genial está
sometido muchas veces a vivos afectos y a pasiones poco razonables. La causa de
ello no es, sin embargo, la debilidad de la razón, sino por una parte la insólita
energía con que se manifiesta la voluntad del genio y que se traduce en la
vehemencia de todos sus actos voluntarios, y por otra el predominio del
conocimiento intuitivo, tanto sensible como intelectual, sobre el conocimiento
abstracto, donde se origina una tendencia decidida hacia lo intuitivo de tanta
fuerza que deja muy atrás al concepto pálido, y como la conducta no es
dirigida por éste, sino por la intuición, deja de ser razonable ipso facto;
la influencia de lo inmediato se hace omnipotente y conduce a la irreflexión,
al arrebato y a las pasiones. De aquí y de que en general su conocimiento se ha
emancipado en parte de la servidumbre de la voluntad, proviene el que estos
hombres atiendan menos en la conversación a su interlocutor que a la cosa de
que hablan y que es lo que preocupa por entero su atención. De aquí que hablen
de lo que les interesa demasiado objetivamente y no callen lo que debieran
callar, etc. Por último, son dados al monólogo, y en general suelen mostrar
algunas debilidades lindantes con la locura. Con frecuencia se ha observado que
el genio y la locura tienen un lado común y hasta llegan a confundirse y la
inspiración poética ha sido considerada como una especie de delirio; amabilis
insania la llama Horacio (Od.111, 4), y Wieland, al principio del
Oberón, «dulce locura». El mismo Aristóteles, si hemos de dar crédito a Séneca
(de tranq. animi, 15, 16) dijo ya: Nullum magnum ingenium sine
mixtura dementiae fuit. En el citado mito de la caverna (de Rep.
7) se expresa esto mismo, diciendo: aquellos que, fuera de la caverna,
contemplaron el sol directamente y vieron las cosas como son (las Ideas) no
pueden ver en la caverna, porque sus ojos no están acostumbrados a la
oscuridad, por lo que no reconocen las sombras y en su desconcierto son objeto
de rechina por parte de los otros que no salieron nunca de la oscuridad de la
cueva ni vieron otra cosa que sus fantasmas. También en Fedro (pág
317) dice el mismo Platón que sin un grano de locura no puede haber un
verdadero poeta, y que (pág 327) quien ve en las cosas perecederas las ideas
eternas parece loco. Cicerón por su parte: Negat enim, sine furore,
Democritus, quemquam poetam magnum esse posse; quod idem dicit Plato (de
divin. 1, 37). Y finalmente, Pope:
Great wits to madness sure are near allied,
And thin partitions do their bounds divide.(1)
Rico en enseñanza en este respecto es el Torcuato
Tasso, de Goethe, que nos pone ante los ojos, no ya la pasión, ese
martirologio del genio, sino su constante transformación en locura. En fin, el
hecho cierto del contacto inmediato entre genialidad y locura ha sido puesto de
manifiesto por los biógrafos de los hombres más geniales, como Rousseau, Byron,
Alfieri, y confirmado por anécdotas entresacadas de la vida de otros. Por otro
lado, yo mismo he de confesar que en mis frecuentes visitas a los manicomios
encontré en ellos algunos sujetos de innegable mérito, cuya genialidad
brillaba a través de sus desvaríos que la desvirtuaban. Esto no puede
atribuirse al acaso, pues de una parte el número de locos es relativamente
pequeño y de otra el genio es un fenómeno rarísimo en la naturaleza y aparece
como la más grande excepción, de lo cual sólo podremos convencernos contando
los verdaderos genios que Europa ha producido en los tiempos antiguos y
modernos; es decir, aquellos que crearon obras de un valor permanente, y
comparando su número con los 250 millones con que Europa renueva su población
cada treinta años. No quiero dejar sin mención que he conocido a muchas
personas, si no eminentes, de verdadera superioridad espiritual, que dejaban
entrever un ligero principio de perturbación. De aquí pudiera deducirse que
toda elevación del intelecto sobre la medida ordinaria constituye una
anormalidad y predispone a la locura. Pero, ante todo, quiero dar mi opinión en
pocas palabras sobre la verdadera razón del parentesco entre la genialidad y la
locura, ya que de este modo podemos contribuir al esclarecimiento de la
verdadera esencia de aquélla, es decir, de aquella cualidad espiritual, la única
susceptible de producir verdaderas obras de arte. Esto hace necesaria una corta
explicación de la locura.
A mi parecer no se ha dado aún una completa
explicación de la locura ni se ha conseguido trazar los límites que la separan
de la salud mental. Al loco no se le puede negar ni razón ni entendimiento. Los
locos hablan y perciben y a veces discurren con mucha lógica; también suelen
comprender el presente con perfecta exactitud y percibir la relación entre la
causa y el efecto. Las visiones y hasta los delirios febriles no suelen ser síntomas
de locura; el delirio falsea la percepción, la locura, el pensamiento. En la
mayor parte de los casos, los locos no se equivocan en el conocimiento de lo
inmediatamente actual, sino que sus errores se refieren siempre a lo ausente y a
lo pasado, y sólo por esto a su relación con lo presente. Por esto creo que su
enfermedad afecta particularmente a la memoria; no es que ésta les falte, pues
muchos recitan cosas de memoria y reconocen a veces a personas que no habían
visto hacía mucho tiempo. Lo que pasa más bien es que rompen los hilos del
recuerdo, cortan los lazos que encadenan los acontecimientos, con lo que no les
es posible establecer una relación regular con el pasado. Recuerdan escenas
parciales de otros tiempos, pero en tales recuerdos hay lagunas que llenan luego
con ficciones, que por ser siempre las mismas se convierten en ideas fijas y les
hacen caer en la melancolía o les inspiran las quimeras, que llamamos locura o fatuitas.
Por esto es tan difícil interrogar a un loco, a su entrada en el manicomio, por
su pasado. En su memoria se confunden cada vez más lo verdadero y lo falso. Si
bien reconocen con perfecta claridad el presente inmediato, aparece a sus ojos
desfigurado por la relación ficticia con un pasado imaginario; se toman a sí
mismos y a otros por personas que sólo existen en su imaginación; no reconocen
a gentes perfectamente conocidas y establecen falsas relaciones entre individuos
reales y personas ausentes. Cuando la enfermedad reviste graves caracteres falta
por completo la memoria, siendo incapaz el paciente de establecer ninguna relación
con las personas ausentes o las cosas pasadas, siendo absorbido completamente
por la manía del momento, por lo cual son capaces de violencias y homicidios si
no se les domina constantemente. La mentalidad del loco tiene de común con la
del animal que ambas están limitadas al presente; lo que las distingue es que
el animal no tiene realmente la representación del pasado como tal, aunque éste
obra sobre el animal por medio del hábito; de aquí que el perro reconozca a su
antiguo amo aun después de varios años; esto es, recibe a su vista la impresión
habitual sin darse cuenta del tiempo transcurrido. El loco, en cambio, lleva en
su mente siempre un pasado in abstracto, pero un pasado falso, que sólo
existe para él y esto siempre o solamente por el momento; el influjo de este
falso pasado le hace imposible la recta apreciación del presente, lo que no le
sucede al animal. El hecho de que los grandes sufrimientos morales y las grandes
desgracias ocasionen frecuentemente el delirio, me lo explico del siguiente
modo. Cada una de estas grandes desdichas está, en cuanto acontecimiento real,
limitado al presente, siendo, por tanto, pasajero y soportable; sólo aparece
invencible en cuanto se nos representa como un dolor permanente; pero en cuanto
tal es sólo un pensamiento y radica en la memoria. Cuando este pensamiento se
hace intolerable y el individuo va a sucumbir a él, la naturaleza, en su
angustia, se ase a la quimera como último medio de salvación; el espíritu
atormentado rompe, por decirlo así, los hilos de la memoria, llena las lagunas
con ficciones y se sustrae al dolor moral que le hace sucumbir, refugiándose en
la quimera del mismo modo que un miembro gangrenado se corta y se sustituye con
otro de palo. Ejemplos son el furioso Ajax, el rey Lear y Ofelia, pues las
creaciones del verdadero genio (y nos referimos a éstas como generalmente
conocidas), se pueden considerar como personas de carne y hueso; por lo demás,
la experiencia de la vida nos demuestra lo mismo. Una imagen pálida de este tránsito
del dolor a la locura es que todos nosotros tratamos de desechar un pensamiento
doloroso que nos asalta repentinamente por medio de cualquier manifestación o
movimiento mecánico.
De la misma manera que el loco conoce
claramente el hecho actual y aun ciertos hechos pasados, pero pierde de vista
sus relaciones y cae en el error y el delirio, el genio olvida el conocimiento
de las relaciones, que está regido por el principio de razón, para no ver ni
buscar en las cosas más que las Ideas, expresando de un modo intuitivo su
esencia, en relación con la cual una cosa representa su género entero, y de
aquí que, como dijo Goethe, un caso vale por mil. También el genio pierde de
vista las relaciones de las cosas entre sí. Los objetos aislados que contempla
aparecen a sus ojos con tan viva luz que los demás eslabones de la cadena
retroceden en la oscuridad y esto da lugar a fenómenos que tienen mucho
parecido con los de la locura. El genio elabora la Idea y la eleva a perfección,
separando en el objeto aislado aquello que en él existe en estado imperfecto y
empañado por múltiples modificaciones; el genio ve en todas partes lo
extremado, y esa es la razón de que su conducta sea también extremada; no
atina con la justa medida de las cosas, carece de moderación y ya hemos visto
cuál es el resultado. Conoce muy bien las ideas, pero desconoce a los
individuos. De aquí que, como ya hemos hecho notar, el poeta tenga un perfecto
y exacto conocimiento del hombre y conozca muy mal a los hombres, se le engaña
con facilidad y se convierte en juguete de las gentes astutas.
§ 37
Aunque de la exposición hecha resulta que el genio consiste en la aptitud de
conocer las Ideas independientemente del principio de razón, en lugar de
limitar su conocimiento a las cosas individuales, que no existen más que
condicionadas por diversas relaciones, y en ser el correlato de la Idea frente a
esas mismas cosas, es decir, en perder su naturaleza de individuo para
convertirse en puro sujeto del conocimiento; sin embargo, esta capacidad, si
bien en distintos grados y más escasamente, es patrimonio de todos los hombres,
pues sin ella serían incapaces de apreciar las obras de arte como lo son de
producirlas y en general carecerían del sentimiento de lo bello y de lo
sublime. Serían éstas palabras sin sentido alguno para ellos. Por
consiguiente, a menos de que se trate de personas desprovistas enteramente de
todo sentimiento estético, hay que admitir que esa facultad de conocer las
ideas y de prescindir momentáneamente de su propia individualidad existe en
todo hombre. La única ventaja del genio es que posee esta cualidad en más alto
grado y por más tiempo, lo cual le proporciona la reflexión necesaria para
poder reproducir de algún modo el objeto así contemplado. Esta reproducción
libre es la obra de arte. Por medio de la obra de arte nos comunica el genio la
intuición de la idea. Pero la Idea siempre es la misma; de aquí que la emoción
estética sea la misma cuando es producida por una obra de arte que cuando es
provocada por la contemplación inmediata de la naturaleza y de la vida. La obra
de arte no es más que un medio de facilitar el conocimiento en que este placer
consiste. Como la obra de arte nos representa claramente la Idea cual si brotase
inmediatamente de la naturaleza, y de la realidad el artista, el cual sólo
contempla la Idea y no la realidad, en su obra sólo reproduce aquella, aislándola
de la realidad y haciendo caso omiso de toda contingencia perturbadora. El
artista nos hace ver el mundo con sus ojos. Lo propio del genio, lo nativo en él
es que su mirada descubre lo más esencial de las cosas, lo que éstas son en sí
y fuera de toda relación; pero la facultad de hacernos ver esto a nosotros, de
prestarnos su mirada, esto es lo adquirido, la técnica del arte. Por lo mismo,
después de haber expuesto en sus líneas generales la esencia interior del
conocimiento estético, desarrollaré a continuación, más detalladamente, la
consideración filosófica de lo bello y de lo sublime, tanto en la naturaleza
como en el arte, sin separar estas dos esferas. Estudiaremos primero la emoción
del hombre ante lo bello y lo sublime; que el hombre reciba esta emoción
directamente de la naturaleza o que participe de ella sólo por mediación del
arte constituye una diferencia exterior, pero de ningún modo esencial.
1. El gran ingenio es pariente cercano de la
locura y ambos están separados por una delgada pared.
Después de haber considerado hasta aquí todas
las bellas artes en aquella su generalidad que requiere nuestro punto de vista,
empezando por la arquitectura artística, cuyo fin en cuanto a tal es hacer
visible la objetivación de la voluntad en los grados inferiores de su
fenomenalidad, en los que se muestra como impulso ciego, inconsciente y regular
de las masas, mostrando ya desdoblamiento y lucha, es decir, pesadez y dureza, y
después de haber cerrado nuestras consideraciones con la tragedia que pone ante
nuestros ojos ese mismo desdoblamiento con proporciones grandiosas y terribles
en los grados superiores de objetivación de la voluntad, encontramos que aún
queda y debe quedar excluida de nuestra consideración una de las bellas artes,
porque en la sistematización que estamos haciendo no hay lugar para ella; nos
referimos a la música. La música constituye por sí sola capítulo aparte. En
ella no encontramos la imitación o reproducción de una Idea de la esencia del
mundo; pero es un arte tan grande y magnífico, obra tan poderosamente sobre el
espíritu del hombre, repercute en él de manera tan potente y magnífica, que
puede ser comparada a una lengua universal, cuya claridad y elocuencia supera en
mucho a todos los idiomas de la tierra. En ella hay que ver algo más que un exercitium
arithmeticae occultum nescientis se numerare animi de que Leibniz la
calificó, con gran razón, sin embargo, en cuanto él no consideraba más que
su significación exterior e inmediata, su corteza. Si el contento que la música
nos produce no fuera otra cosa se podría comparar a la satisfacción que
experimentamos cuando resolvemos un problema matemático, y no sería aquel íntimo
gozo con que se expresa en nosotros una voz interior. Desde nuestro punto de
vista, que está caracterizado por el efecto estético, tenemos que reconocerle
una importancia mucho más seria y profunda y que se refiere a la esencia
interior del mundo y de nuestro yo, y en este respecto, las relaciones numéricas
en las cuales se resuelve no deben considerarse como lo significado, sino como
el signo. Pues con relación al mundo, deben conducirse, en cierto modo, como la
representación a lo representado, como la copia al modelo, y esto lo deducimos
por analogía con las otras artes, a todas las cuales es propio este carácter.
Su efecto sobre nosotros es semejante al de éstas, aunque es más poderoso, más
rápido, más necesario e infalible. Al mismo tiempo, aquel aspecto de imitación
de la naturaleza debe ser muy íntimo e infinitamente verdadero y adecuado,
puesto que es comprendida instantáneamente por todo el mundo, mostrando una
especie de infalibilidad por el hecho de que sus formas son susceptibles de
reducción a reglas perfectamente exactas y que se expresan en números, reglas
de las cuales no se puede apartar sin dejar de ser música ipso facto.
Sin embargo, la semejanza entre la música y el
mundo, el aspecto bajo el cual la música puede ser una imitación o reproducción
del mundo, es algo profundamente oculto. En todos los tiempos se ha cultivado la
música sin adquirir conciencia clara de esta relación; contentándose con
comprenderla inmediatamente y renunciando a concebir en abstracto la raíz de
esta comprensión inmediata.
Cuando yo abandonaba mi alma a la impresión
del arte de los sonidos y volvía luego a la reflexión, recordando el curso de
las ideas desarrolladas en esta obra, encontraba pronto un rayo de luz sobre su
esencia secreta y sobre la índole de sus relaciones imitativas con el mundo,
supuestas por analogía, rayo de luz suficiente para mí y para mi investigación
y aun para aquellos que hasta aquí me hayan seguido con atención y compartan
conmigo cierta concepción del mundo. Pero comunicar yo mismo esta explicación
es cosa que considero absolutamente imposible. En efecto, esta explicación
supone una relación de la música como representación que es con algo que
nunca puede ser representación y considera a la música como imitación de un
modelo que no puede ser representado inmediatamente. Por esta razón no puedo
hacer otra cosa en este tercer libro, consagrado especialmente al estudio de las
bellas artes, que exponer mi opinión sobre el arte maravilloso de los sonidos,
y la aceptación o reprobación de ella dependerá del efecto que produzcan
sobre cada lector, por una parte la música y por otra todos y cada uno de los
pensamientos expuestos aquí por mí. Además, para que mi explicación del
sentido de la música pueda ser aceptada con perfecto conocimiento de causa,
creo necesario que se oiga la música con interrumpida reflexión y que el
oyente esté perfectamente familiarizado con mis teorías.
Las Ideas (platónicas) constituyen la adecuada
objetivación de la voluntad. Estimular el conocimiento de estas Ideas por la
representación de las cosas singulares (pues no otra cosa es la obra de arte)
es el fin de todas las otras artes. Esta estimulación sólo es posible por una
variación en el sujeto que conoce. Por consiguiente, todas las artes sólo
objetivan la voluntad de una manera mediata, a saber: por medio de las ideas; y
como quiera que nuestro mundo no es más que la manifestación de las Ideas en
la multiplicidad por medio del ingreso en el principium individuationis
(única forma posible del conocimiento del individuo como tal), la música, que
trasciende de las Ideas y es por completo independiente del mundo fenomenal y
aun lo ignora en absoluto, podría subsistir, en cierto modo, aun cuando el
mundo no existiese; lo que no se puede afirmar de las demás artes. Por lo
tanto, la música es una objetivación tan inmediata y una imagen tan acabada de
la voluntad como el mundo mismo, y hasta podemos decir como lo son las Ideas,
cuya varia manifestación constituye la universalidad de las cosas singulares.
Por consiguiente, la música no es, en modo alguno, la copia de las Ideas, sino
de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto
mismo, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las
otras artes, pues éstas sólo nos reproducen sombras, mientras que ella
esencias. Pero como lo que se objetiva en las Ideas y en la música es una misma
voluntad, si bien de un modo distinto en cada una de ellas, entre la música y
las Ideas debe existir, si no una semejanza directa, un paralelismo, alguna
analogía cuya manifestación en la multiplicidad e imperfección es el mundo
visible. La demostración de esta analogía servirá de explicación de este
asunto tan oscuro.
Yo veo en los tonos más bajos de la armonía,
en el bajo fundamental, los grados inferiores de objetivación de la voluntad; a
saber: la naturaleza inorgánica, la masa de los planetas. Las notas superiores,
más ágiles y rápidas, se producen, como es sabido, por las vibraciones
concomitantes del tono fundamental y resuenan débilmente siempre que éste se
produce, por lo que la armonía prescribe que no se hagan coincidir con una nota
grave más que sus sonidos armónicos, es decir, aquellos que suenan por sí
mismos al propio tiempo que la nota grave en virtud de vibraciones concomitantes
(harmónicos)..
Este fenómeno presenta analogía con lo que
sucede en la naturaleza, donde todos los cuerpos y todos los organismos deben
considerarse como nacidos por un desarrollo gradual de la masa planetaria que es
a la vez su cimiento y su origen, y esta misma relación la encontramos en el
bajo fundamental y las notas agudas. Existe un límite de gravedad por bajo del
cual no hay sonido alguno perceptible, lo cual guarda correspondencia con el
hecho de que la materia no puede ser percibida sin la forma y la cualidad; es
decir, sin la exteriorización de una fuerza incognoscible, en la cual se
expresa una Idea; o, en general, que no hay materia sin voluntad. Por
consiguiente, así como en el sonido es imprescindible una cierta altura, así
lo es en la materia un cierto grado de manifestación de la voluntad.
El bajo fundamental es, pues, en la armonía lo
que en el mundo la naturaleza inorgánica, la materia más grosera, en la cual
todo descansa y de la cual nace y se desarrolla todo.
Además de esto, en el conjunto de voces que
componen la armonía, desde el bajo a la nota más aguda que guía el canto y
dibuja la melodía, veo yo la serie gradual de Ideas en que se objetiva la
voluntad. Las voces que están más cerca del bajo son los grados inferiores,
los cuerpos aún inorgánicos, pero que ya se manifiestan de muchas maneras; las
más altas me recuerdan las plantas y el mundo animal. Los intervalos regulares
de la escala son paralelos a los grados determinados de la objetivación de la
voluntad, a las especies fijas de la naturaleza. Las derivaciones de la proporción
aritmética de los intervalos, producidas bien por la medida o por el modo, se
parecen a las desviaciones del tipo de la especie en el individuo y las
disonancias absolutas que no producen intervalo alguno regular pueden ser
comparadas a los monstruos que tienen miembros de dos especies de animales o de
hombre y animal. Pero el bajo y las voces intermedias que constituyen la armonía
carecen de aquella continuidad de la voz superior que canta la melodía, la cual
también se mueve libre y ágilmente, ejecutando modulaciones y escalas mientras
que las otras se mueven más lentamente y no tienen una marcha continua propia.
El bajo, representante de la materia bruta, es el que se mueve con más
dificultad; su ascenso y descenso se efectúa con grandes intervalos, por
tercias, cuartas, quintas, nunca en un solo tono, a no ser que haya transposición
por doble contrapunto. Esta lentitud de la marcha le es apropiada incluso desde
el punto de vista físico, pues no podemos imaginar una escala rápida ni un
trino sobre notas graves. Sobre el bajo, las voces de relleno que se desarrollan
paralelamente al mundo animal presentan ya un movimiento más rápido, pero sin
continuidad metódica ni significación en su marcha. Esta marcha sin cohesión
y la determinación rigurosa de las voces intermedias recuerda lo que pasa en el
mundo de los seres que carecen de razón. Desde el cristal al animal más
perfecto no hay ningún ser que tenga una conciencia verdaderamente cohesiva y
que pueda dar a su vida un sentido de conjunto; ninguno de ellos recorre una
serie de desarrollos intelectuales ni puede perfeccionarse por medio de la
instrucción, todos subsisten siempre los mismos, tales como las leyes
invariables de su especie los constituyeron. Por último, en la melodía, en la
voz cantante, la que dirige el conjunto, la que marcha libremente entregada a la
inspiración de la fantasía, conservando siempre desde el principio al fin el
hilo de un pensamiento único y significativo, yo veo el grado de objetivación
de la voluntad, la vida reflexiva y los anhelos del hombre. Como él sólo,
porque sólo él está dotado de razón, mira sin cesar hacia adelante y hacia
atrás en el camino de su realidad y de las innúmeras posibilidades,
recorriendo una existencia acompañada de reflexión, lo que le da unidad, así
en la música la melodía es lo único que presenta desde el principio al final
una línea continuada con sentido e intención. Nos cuenta, por consiguiente, la
historia de la voluntad iluminada por la reflexión, cuyas manifestaciones
constituyen la conducta humana; pero dice aún más, nos refiere su historia
secreta, nos pinta cada agitación, cada anhelo, cada movimiento de la voluntad,
todo aquello que la razón concibe bajo el concepto amplio y negativo de
sentimiento sin poder ir más allá de esta abstracción. Por lo mismo, siempre
se ha dicho que la música es el lenguaje del sentimiento y las pasiones, como
las palabras el de la razón; ya Platón la considera como ton melon kinhesiV
memimhmenh, en toiV taqhmasin otan fuxh gihrai (melodiarum motus, animi
affectus imitans), De leg. VII; y también Aristóteles: dia ti oi
ruqmoi kai ta melo, filh ousa, hqesin eoike (cur numeri musii et modi, qui
voces sunt, moribus similes sese exhibent?), Proble. c. 19.
Y como es de esencia en el hombre sentir deseos
y satisfacerlos y volverlos de nuevo a sentir para continuar así
indefinidamente, así como la dicha y el bienestar del hombre no consisten más
que en este paso del deseo a su cumplimiento y viceversa, cuando se verifica rápidamente,
puesto que el retraso implica dolor y la falta de deseos hastío y languidez,
del mismo modo es de esencia en la melodía el vagar en mil direcciones, apartándose
sin cesar del tono fundamental para marchar no sólo hacia los grados armónicos,
la tercia o la dominante, sino hacia cualquier grado, hacia la disonante y los
intervalos aumentados para volver siempre al tono fundamental. Por medio de
estas evoluciones, la música nos pinta las innumerables formas de los deseos
humanos y expresa también su cumplimiento, volviendo a un grado armónico y
mejor al tono fundamental o tónica. La obra del genio consiste en la invención
de la melodía, en el descubrimiento de los más profundos secretos de la
voluntad humana, y su acción, aquí más que en parte alguna, es independiente
de toda reflexión, de toda intención deliberada, pudiendo decirse de ella que
es una inspiración. El concepto, aquí como en todas las regiones del arte, es
estéril; el compositor nos revela la esencia interior del mundo y expresa la más
honda sabiduría en un lenguaje que su razón no comprende, así como una mujer
sometida al sueño hipnótico nos da soluciones sobre cosas de las que no tiene
el menor concepto en estado de vigilia. De aquí que en el compositor, más que
en ningún otro artista, el hombre esté completamente separado del artista y
sea distinto de él.
Como vemos, hasta para la explicación de este
arte portentoso el concepto es pobre y limitado; sin embargo, quiero continuar
la analogía comenzada.
Así como la dicha del hombre consiste en la rápida
transición del deseo a su colmo y de éste a un nuevo deseo, una melodía de
movimientos rápidos y sin grandes digresiones expresa el gozo. En cambio, una
melodía lenta que pasa por disonancias dolorosas y no vuelve al tono
fundamental sino después de muchos compases, expresará la tristeza, las
dificultades que se oponen al logro de nuestros deseos. El retraso en los
movimientos de la voluntad que trae aparejado el tedio, no puede tener en la
melodía otra expresión que la continuación prolongada del bajo fundamental y
en grado más tenue, pero análogo también, un canto monótono e
insignificante. Los motivos cortos y fáciles, como los motivos de baile,
parecen hablarnos de una alegría vulgar y fácil; el allegro maestoso,
con sus largos motivos, sus períodos extensos y sus digresiones amplias, nos
habla de grandes y elevadas aspiraciones hacia un fin lejano, así como su
satisfacción final. El adagio nos habla del dolor de un carácter generoso y
noble que desprecia toda felicidad mezquina. Pero ¡cuán maravilloso es el
efecto de los modos mayor y menor! ¡Cuán asombroso el ver que el cambio de un
semitono, la sustitución de la tercera mayor por la menor nos produce instantánea
e indefectiblemente un sentimiento penoso de angustia, del que nos libera el
tono mayor también súbitamente! El adagio consigue expresar un dolor intensísimo
con el modo menor y se convierte en un lamento conmovedor. La danza en tono
menor parece recordar la pérdida de una dicha frívola y desdeñable, o bien
parece decir que después de mil trabajos y contrariedades se ha conseguido un
fin mezquino. El infinito número de melodías posibles guarda correspondencia
con la inagotable variedad de seres, fisonomías y existencias que produce la
naturaleza. La modulación, o sea el tránsito de un tono a otro, al romper toda
relación con el tono anterior recuerda la muerte, destructora del individuo;
pero la voluntad que en éste aparece sigue viviendo y se muestra en otros
individuos cuya conciencia, sin embargo, no es la continuación de la del
primero.
Pero no se debe olvidar en todas estas analogías
que la música no tiene nunca en ellas más que una relación simplemente
mediata, pues nunca expresa el fenómeno, sino la esencia interior, el en sí de
todo fenómeno, es decir, la voluntad. Por tanto, no expresa éste o aquél
determinado goce, ni tal o cual amargura o dolor, o terror o júbilo o alegría
o calma, sino estos sentimientos mismos, por decirlo así, en abstracto, su
esencia sin ningún atributo circunstancial, sin sus motivos siquiera. Sin
embargo, los comprendemos perfectamente en esta quintaesencia tan sutil. De aquí
resulta que nuestra fantasía es excitada por ella y trata de dar forma a ese
mundo espiritual tan vivamente agitado y que invisible nos habla directamente y
de revestirle de carne y de colores, es decir, de concretarle en un ejemplo análogo.
Este es el origen del canto con palabras, y finalmente, de la ópera, que
precisamente por esto nunca podrá dejar de ocupar un lugar subordinado por
convertirse en cosa principal y hacer de la música un mero medio de expresión
suyo, lo cual constituye un gran error, una grosera inversión. Pues la música
expresa siempre la quintaesencia de la vida y de sus acontecimientos, nunca
estos mismos, por lo que sus diferencias no siempre la afectan. Precisamente
esta generalidad que es peculiar exclusivamente de ella, a pesar de su rigurosa
precisión, es lo que la sustituye en Panakeion de todos nuestros
dolores. Por consiguiente, cuando la música trata de amoldarse. a las palabras
y de ceñirse a los hechos se esfuerza por hablar un lenguaje que no es el suyo.
Nadie se ha guardado mejor de este peligro como Rossini: de aquí que su música
hable tan clara y netamente su propio lenguaje que apenas necesita de las
palabras y que ejecutada con sólo los instrumentos produzca todo su efecto.
Conforme a todo lo que dejamos dicho podemos
considerar la naturaleza y la música como dos expresiones distintas de una
misma cosa que es el lazo de unión entre ambas y cuyo conocimiento es
imprescindible para entender dicha analogía. La música es, pues, en cuanto
expresión del mundo, un lenguaje dotado del grado sumo de universalidad que
respecto a la generalidad del concepto se conduce como éste a las cosas
particulares. Pero su generalidad no es en modo alguno la generalidad vacía de
la abstracción, sino que tiene otra naturaleza completamente distinta y va
unida a una determinación absolutamente clara. Por esto se parece a las figuras
geométricas y a los números que como formas generales de todos los objetos
posibles de la experiencia y aplicables a priori a todas las cosas no son, sin
embargo, abstractos, sino intuitivos y completamente determinados. Todas las
excitaciones, todos los esfuerzos posibles de la voluntad, todos aquellos
procesos del espíritu del hombre que la razón arroja en el molde ancho y
negativo del concepto, son expresados por el infinito número de melodías
posibles, pero siempre en la generalidad de la forma pura sin materia, siempre
según el en sí, no según el fenómeno, alma interior, por decirlo así, de
los mismos, sin cuerpo. Esta relación se expresaba muy bien en el lenguaje de
la escolástica cuando ésta decía: los conceptos son los universalia post
rem, pero la música nos da los universalia ante rem, y la
realidad los universalia in re. Una melodía, adaptada a cierta letra
puede convenir en su intención general a otros ejemplos escogidos tan
libremente como aquél y que corresponden en el mismo grado a lo que expresa de
un modo genérico; esto permite hacer muchas estrofas para una misma melodía y
de aquí también el vaudeville. Pero la causa de que sea posible
hallar una relación entre una obra de este género y una representación
sensible esta en que, como hemos dicho, ambas son expresiones distintas de la
esencia interior del mundo. Ahora bien, cuando se da esta relación, es decir,
cuando el compositor ha sabido expresar en el lenguaje de la música las
agitaciones de la voluntad que constituyen el núcleo de un acontecimiento,
entonces la melodía de la canción o la música de la ópera están llenas de
expresión. Pero la analogía hallada por el compositor entre aquellas dos cosas
debe proceder de su inmediato conocimiento de la esencia del mundo, sin que la
razón tome parte en este conocimiento, y no puede ser una imitación deliberada
y consciente realizada por medio de conceptos; de lo contrario, la música no
expresaría la esencia interior del mundo, o sea la voluntad, sino que imitaría
deficientemente sus fenómenos, como lo hace toda la música propiamente
descriptiva, por ejemplo: Las estaciones, de Haydn, y también su Creación
en muchos pasajes en donde se imitan fenómenos del mundo sensible, así como
también en los cuadros de batalla, los cuales son de rechazar en absoluto.
Lo inefablemente íntimo de toda la música, en
cuya virtud nos hace entrever un paraíso tan familiar como lejano de nosotros y
lo que comunica ese carácter tan comprensible y a la vez tan inexplicable,
consiste en que reproduce todas las agitaciones de nuestro ser más íntimo,
pero sin la realidad y lejos de sus tormentos. Del mismo modo, aquel su
inherente carácter de seriedad que excluye lo cómico de su dominio inmediato,
se explica porque su objeto no es la representación sólo respecto de la cual
es posible lo engañoso y visible, sino la voluntad, y ésta es lo más serio
que existe porque todo depende de ella.
Para comprender cuán rico y expresivo es su
lenguaje, basta fijar la atención en los signos juntamente con el Da capo,
que en las obras del lenguaje hablado serían intolerables y que en la música,
por el contrario, son muy propios y hacen muy buen efecto, pues para
comprenderla bien es necesario oírla dos veces.
Al esforzarme yo en todo este estudio de la música
por hacer patente que lo que expresa en un alto grado de generalidad es la
esencia íntima, el «en sí» del mundo que pensamos como voluntad por ser ésta
su manifestación más clara, y lo expresa por medios propios que son los
sonidos y con la mayor precisión y verdad, al decir yo además, que la filosofía
no es otra cosa que una reproducción y expresión cierta y acabada de la
esencia del mundo en conceptos muy generales porque sólo por medio de éstos es
posible un atisbo suficiente y utilizable para dicha esencia, no parecerá paradójico
al que me haya seguido con atención y se haya penetrado de mi pensamiento si
digo que, en caso de ser posible reducir a conceptos la esencia de la música,
es decir, lo que ésta expresa, esto sería una suficiente explicación del
mundo en conceptos o cosa equivalente, es decir, una verdadera filosofía, y en
su consecuencia podríamos parodiar la sentencia de Leibniz antes citada, la
cual por su parte es completamente exacta desde un punto de vista más inferior,
en el sentido de nuestra más elevada concepción de la música, diciendo: Musica
est exercitium metaphysices occultum nescientis se philosophari animi. Pues
scire, saber, quiere decir trasladar en conceptos. Y como en virtud de
la sentencia por doquiera confirmada de Leibniz, la música, prescindiendo de su
significación estética e interior, y considerada de un modo puramente empírico
y exterior, no es otra cosa que el medio de concebir inmediata y concretamente
grandes números y complicadas relaciones numéricas, que por lo demás nosotros
sólo podríamos conocer mediatamente por medio de conceptos, sintetizando ahora
estas dos concepciones tan profundamente distintas y, sin embargo, tan ciertas
ambas de la música, podríamos formarnos idea de una filosofía de los números
semejante a la de Pitágoras y aun a la de los chinos en el Y-King e interpretar
en este sentido aquella sentencia de los pitagóricos que reproduce Sexto Empírico
(adv. Math. L, VII) ty ariqmy de ta pant' ereoiken (numero cuncta
assimilantur).
Y por último, si relacionamos estas
consideraciones con nuestra interpretación anterior de la armonía y la melodía
encontraremos cierta semejanza entre aquella filosofía normal sin explicación
de la naturaleza tal como Sócrates la soñaba, y una melodía sin armonía, y
al contrario una mera física y metafísica sin ética correspondería a una
mera armonía sin melodía.
Séame permitido aún agregar a estas
consideraciones provisionales ciertas observaciones sobre la analogía de la música
con el mundo fenomenal.
Ya vimos en el libro anterior que el más alto
grado de objetivación de la voluntad, el hombre, no aparece en la naturaleza
solo y aislado, sino que supone y va acompañado de los grados inmediatamente
inferiores a él y éstos a su vez de los más bajos: igualmente la música, que
como el mundo, objetiva inmediatamente la voluntad, sólo se muestra de un modo
acabado en la armonía. La voz cantante que lleva la melodía necesita, para
hacer completa impresión del acompañamiento, de las demás voces, hasta el más
profundo bajo, que se puede considerar como el origen de todas. La melodía
tiene sus raíces en la armonía, que es parte integrante de aquélla, como aquélla
de ésta. Y así como la música sólo expresa lo que se propone expresar,
merced a este consorcio, la voluntad una y extratemporal sólo nos muestra su
perfecta objetivación en la perfecta unión de todos sus grados que revelan su
esencia con claridad cada vez creciente. Muy interesante es la siguiente analogía.
Ya hemos visto en el libro anterior que a pesar de toda la armonía que pueda
reinar entre los diferentes fenómenos considerados desde el punto de vista
ideológico, subsiste siempre una lucha inevitable entre los dichos fenómenos
considerados como individuos, visible en todos los grados de su manifestación,
que hace del mundo un campo de batalla en todas aquellas manifestaciones de una
y misma voluntad, y que pone de relieve la interior contradicción que en sí
misma contiene ésta. También en la música encontramos esta íntima
contradicción. En efecto, un sistema armónico perfectamente puro es, no sólo
física sino también aritméticamente, imposible. Los mismos números, por los
cuales se expresan los sonidos, presentan incesantes irracionalismos: no
encontramos ninguna escala dentro de la cual la quinta se conduzca con la tónica
como 2 a 3 , ni cada tercera mayor como 4 a 5, ni cada tercera menor como 5 a 6
etc. Si los sonidos guardan escueta relación con la tónica, no la guardan
entre sí, en cuanto, por ejemplo, la quinta debería ser la tercera menor de la
tercera, etc. Pues las notas de la escala pueden ser comparadas a los cómicos,
que tan pronto tienen que desempeñar un papel como otro. De aquí que sea
imposible imaginar una música perfectamente exacta,, y que por lo mismo ningún
género de música llega a su perfecta pureza; lo único que logra hacer es
disimular las disonancias a ella inherentes distribuyéndolas en todos los
tonos, es decir, ocultándolas por la medida. Sobre esto puede consultarse la «acústica»
de Chaladní § 30 y su «breve compendio de la teoría de los sonidos y la
armonía».
Aún podría añadir aquí muchas cosas sobre
la forma en que percibimos la música, a saber, única y exclusivamente en el
tiempo y por el tiempo, con absoluta exclusión del espacio y sin el influjo del
conocimiento de la causalidad, es decir, del entendimiento; pues los sonidos
producen ya su efecto, como impresión estética, sin que pongamos atención en
sus causas, como sucede en la intuición. Pero no quiero alargar ya más estas
consideraciones, pues quizá en este tercer libro he sido demasiado prolijo,
abandonándome con exceso a los detalles. Sin embargo mi objetivo lo hacía
necesario y se me perdonará tanto mejor, en gracia a que así se comprenderá
la importancia y el alto valor de la música, tan rara vez reconocidos. Al mismo
tiempo se convendrá en que si, conforme con mi opinión, el mundo visible todo
entero no es más que la objetivación, el espejo de la voluntad, y que acompaña
a ésta para conducirla al conocimiento de sí misma, y lo que es más aún a su
posible salvación, como se verá en el libro siguiente; que si, por otra parte,
el mundo como representación, cuando se le contempla aislado emancipándose de
la voluntad para monopolizar nuestra conciencia, es el aspecto consolador de la
vida y lo único puro que hay en ella, tendremos que considerar el arte como la
realización acabada de cuanto existe, porque nos proporciona en esencia lo
mismo que el mundo visible, pero de un modo más concentrado y perfecto, con
reflexión y elección deliberada de tal manera que podemos llamarle la flor de
la vida, en la plena acepción de la palabra. Si el mundo como representación
en su conjunto no es más que la voluntad haciéndose visible, el arte es esta
misma visibilidad más clara todavía. Es la cámara oscura que muestra los
objetos con mayor pureza y que nos permite abarcarlos de una ojeada; el teatro
en el teatro, la escena en la escena, como en Hamlet.
El placer de lo bello, el consuelo que
proporciona el arte, el entusiasmo del artista que le hace olvidar las penas de
la vida; ese privilegio del genio que le indemniza de los dolores crecientes
para él en proporción a la claridad de su conciencia; que le alienta en la
triste soledad a que se ve condenado en medio de una muchedumbre heterogénea,
depende de que, como ya demostraremos, la vida en sí, la voluntad y la
existencia misma son un dolor perpetuo en parte despreciable, en parte
espantoso; pero esta misma vida considerada como mera representación o
reproducida por el arte se emancipa del dolor y constituye un espectáculo
importante. Este lado del mundo que cae bajo el conocimiento puro y su
reproducción por el arte, cualquiera que éste sea, es el elemento del artista.
El espectáculo de la objetivación de la voluntad le cautiva, ante él
permanece atónito sin cansarse de admirarlo ni de reproducirlo, y mientras esta
contemplación dura, él mismo es el que hace el gasto de la representación, es
decir, es esa misma voluntad que se objetiva y permanece en constante
sufrimiento. Ese conocimiento puro, profundo y verdadero de la esencia del mundo
se convierte en fin del artista.
Por eso no se convierte para él, como veremos
en el libro siguiente, lo que sucede para el santo que ha llegado a la resignación,
en un aquietador de la voluntad; no le emancipa para siempre de la vida, sino
que le libera de ella por unos instantes. No es más que un consuelo provisional
en la existencia, hasta que habiendo desarrollado sus fuerzas en este ejercicio
y cansado por fin del juego, vuelve a la seriedad. Como símbolo de esta
conversación puede considerarse la Santa Cecilia de Rafael.
Y ahora veamos también nosotros lo serio en el
libro siguiente.