Si queremos
adueñarnos de una idea y albergarla en nuestra conciencia, necesitamos producir
en nosotros un cambio que puede considerarse como un acto de renuncia a nosotros
mismos, ya que su efecto es apartar absolutamente por un instante el
conocimiento de la voluntad; perder de vista totalmente el precioso depósito que
le está confiado, para considerar las cosas como si fueran tales, que no
pudiesen interesar nunca a nuestra volición; única manera de cambiar el
conocimiento en puro espejo que refleja la naturaleza objetiva de las cosas.
Toda obra de arte tiene por origen y por base un conocimiento de esta especie.
Consistiendo la modificación que requiere en el sujeto, en prescindir del
querer, no puede partir de la voluntad; no es un acto voluntario, o lo que es lo
mismo, no depende de nosotros el producirle a capricho. Nace de una
preponderancia momentánea de la inteligencia sobre la volición, o desde el punto
de vista fisiológico, de una fuerte excitación de la actividad de intuición del
cerebro, sin excitación alguna de las inclinaciones propias o de las pasiones.
Lo comprenderemos con más facilidad si recordamos
que nuestra conciencia tiene dos caras; una, la conciencia de sí, o sea de la
voluntad; otra, la conciencia de las demás cosas, constituyendo bajo tal
concepto la conciencia intuitiva del mundo exterior, la percepción de los
objetos. En tanto que uno de estos dos aspectos de la conciencia se acentúa, el
otro disminuye. Por ello la conciencia de las demás cosas, la conciencia
intuitiva, será tanto más perfecta, tanto más objetiva cuanto más débil sea la
conciencia de sí. Se da aquí un verdadero antagonismo. A mayor conciencia que
tenemos del objeto, la tenemos menor del sujeto, y a la inversa, cuanto más
lugar ocupa éste en nuestra conciencia, más débil e imperfecta es nuestra
intuición del mundo exterior.
La objetividad pura de la intuición requiere un estado sujeto por
una parte a condiciones permanentes que consisten en la perfección del
cerebro, y en general, en todo aquello que en su constitución
fisiológica favorece a la actividad; y por otra parte, a condiciones pasajeras
que consisten en todo estímulo de la tensión y la impresionabilidad del
sistema nervioso cerebral, sin actuación de pasión alguna. No me refiero a los
licores alcohólicos o al opio, sino, por ejemplo, a una noche de sueño
tranquilo, a un baño frío, a todo lo que, atenuando la circulación y el fuego
de las pasiones, da a la actividad cerebral ventajas adquiridas sin esfuerzo.
Cuanto mayor y más enérgico sea el desarrollo
del cerebro, tanto más eficazmente obran estos medios naturales de estimular el
trabajo de los nervios cerebrales, y por medio de ellos es como el objeto se
desprende cada vez más del sujeto, produciéndose en definitiva ese estado de
pura objetividad en la intuición, cuyo efecto es eliminar automáticamente la
voluntad de la conciencia, permitiéndonos ver las cosas con claridad y precisión
más intensas. Sin sentimiento alguno de nosotros mismos pudiéramos decir que
entonces no conocemos más que el mundo exterior, cual si nuestra conciencia no
tuviese otro papel que el de intermediario, por el cual el objeto de la intuición
pasa al mundo de la representación.
Tenemos, por lo tanto, que el conocimiento puro
y emancipado de la voluntad se produce cuando la conciencia de las cosas
exteriores que nos rodean se sublima de tal modo, que hace desaparecer la de la
propia personalidad. Al olvidarnos de que formamos parte del mundo es cuando
verdaderamente lo concebimos de una manera puramente objetiva. Las cosas se nos
presentan más bellas, a medida que la conciencia individual se va
desvaneciendo. Todo dolor se deriva de la voluntad, que es el propio yo, lo cual
trae como consecuencia que cuando este aspecto de la conciencia se eclipsa, toda
posibilidad de dolor desaparece, originándose de ello que el estado de intuición
puramente objetiva es un estado de felicidad perfecta. Demostrado queda en otro
lugar que este estado es uno de los dos elementos del goce estético. Por el
contrario, desde el momento en que la conciencia del yo, o sea la subjetividad,
o en otros términos, la voluntad, recobra su predominio, se produce en nosotros
un grado correspondiente de malestar o de agitación, proviniendo el malestar de
que recobramos el sentimiento de nuestra corporeidad (esto es, del organismo,
que en sí es la voluntad) y la agitación, de que la voluntad por mediación de
la inteligencia llena nuevamente nuestra conciencia de deseos, emociones,
pasiones y cuidados.
La voluntad, dondequiera que se halle, como
principio de la subjetividad, es lo opuesto a la inteligencia, su antagonista.
La concentración más intensa de subjetividad tiene lugar en la acción
voluntaria, propiamente dicha, que nos da la conciencia más precisa de nuestro
yo, no siendo todas las demás excitaciones de la voluntad más que
preparaciones para el acto. Éste es a la subjetividad lo que el brotar de la
chispa es al aparato eléctrico. Toda sensación de nuestro cuerpo es por sí
una excitación de la voluntad, y más frecuente de la noluntas que de
la voluntas. Su excitación por la vía intelectual es lo que produce
los motivos; en este caso, es la misma objetividad quien despierta y pone en
acción a la subjetividad. Este efecto se da siempre que algún objeto es
percibido por nosotros de una manera que no sea puramente objetiva y
desinteresada, sino que despierte directa o indirectamente el deseo o la
repugnancia, aunque no sea más que por alguna reminiscencia, pues desde ese
instante tal objeto obra como motivo en la más amplia acepción de la palabra.
Advertiré que el pensamiento abstracto y la
lectura, unidos a las palabras, pertenecen también en un sentido más amplio a
la conciencia de las demás cosas, a la ocupación objetiva de la inteligencia,
pero sólo indirectamente, esto es, por mediación de las nociones abstractas;
producto artificial éstas de la razón, y, por consiguiente, una creación
artificial. Además, toda ocupación abstracta del espíritu va conducida por la
voluntad, que le da la dirección que conviene a sus intenciones y que concentra
la atención en aquel sentido. Por ello la abstracción siempre va acompañada
de algún esfuerzo, y el esfuerzo presupone actividad de la voluntad. Esta
especie de trabajo intelectual no reviste aquella perfecta objetividad de
conciencia que es condición de la conciencia estética, es decir, del
conocimiento de las Ideas.
De esto se desprende que la objetividad
perfecta de la contemplación, que nos hace capaces de conocer al objeto, no
como objeto individual, sino como idea de su especie, tiene por condición que
el sujeto que conoce no tenga conciencia de sí mismo en aquel instante, sino sólo
de los objetos contemplados, y que su conciencia individual esté entonces
reducida a ser conductora de la existencia objetiva de las cosas. El ser esta
condición tan difícil y rara es debido a que en tal estado, el accidente (la
inteligencia) manda y anula, aunque sea sólo por breves instantes, a la
sustancia (la voluntad), en lo que también consiste la analogía o más bien el
parentesco entre dicho estado y el de la negación de la voluntad, expuesto al
final del libro siguiente. En efecto, aunque el conocimiento, según queda dicho
en el libro anterior, proceda de la voluntad y descanse sobre su fenómeno, o
sea sobre el organismo, no por eso deja de ser perturbado por la misma voluntad,
como la llama es oscurecida por la materia que arde y por el humo. Esta es la
causa por la que no podemos concebir la Naturaleza puramente objetiva de las
cosas, su Idea, más que cuando no ponemos interés en esas mismas cosas, al
estar fuera de toda relación con nuestra voluntad, razón por la que asimismo
descubrimos más fácilmente la Idea de los seres en una obra de arte que en la
realidad. Si examinamos un cuadro o una poesía, lo que en ellos vemos está
fuera de toda relación posible con la voluntad, pues aquello no existe por sí
misma más que para el conocimiento, al que va directamente.
Por el contrario, si queremos adueñarnos de la
idea mediante la contemplación de la realidad, necesitamos abstraer nuestra
voluntad, elevarnos por encima de nuestro interés particular, todo lo cual
precisa un poderoso resorte: la inteligencia, energía que sólo posee en su más
alto grado y en su máxima duración el genio, que consiste precisamente en la
posesión de mayor fuerza intelectual que la que exige el servicio de la
voluntad individual. La demasía que queda sin empleo sirve para el conocimiento
puro, limpio de toda voluntad. La circunstancia de que la concepción de las
ideas, que constituye el placer estético, se hace más fácil mediante las
obras de arte, no es debida sólo a que el arte, poniendo de relieve lo esencial
y prescindiendo de lo secundario, nos presenta las cosas caracterizadas de un
modo más preciso, sino que depende también y en la misma escala de que el
silencio completo de la voluntad, necesario para la comprensión de la esencia
de las cosas, está perfectamente asegurado por el hecho de que el objeto que
contemplamos no pertenece a las cosas que pueden interesar nuestra voluntad,
puesto que no es una realidad y sí una imagen, todo lo cual es de aplicación,
no sólo a las artes plásticas, sino a la poesía, que para su efectividad
necesita igualmente como condición precisa una concepción desinteresada,
involuntaria y, por tanto, puramente objetiva, única manera de concebir que
hace pintoresco el objeto contemplado, convirtiendo en poético cualquier
acontecimiento de la vida real, y por virtud de la cual se difunde sobre la
realidad ese mágico encanto que llamamos lo pintoresco cuando se trata de
objetos de la intuición sensible, y encanto poético si se trata de cosas de la
imaginación. Al poeta que canta una mañana serena, una hermosa tarde, una
apacible noche de luna, etc., lo que le inspira, aun a pesar suyo, es el sujeto
puro del conocimiento que evoca la visión de esas bellezas de la Naturaleza,
espectáculo ante el cual toda la agitación de la voluntad desaparece de la
conciencia, encontrando el corazón entonces ese reposo que no puede alcanzar de
otro modo en la tierra.
Aquellos versos:
Nox erat, et coelo fulgebat luna sereno,
inter minora sidera,
¿pudieron acaso tomar en otra fuente una
influencia tan bienhechora, una acción casi mágica? Tratándose de objetos
nuevos y desconocidos es más fácil su concepción desinteresada y objetiva, lo
que explica por qué un extranjero o un forastero encuentran pintorescos o poéticos
objetos que dejan indiferentes a los naturales del país; el aspecto de una
ciudad, por ejemplo, deja al viajero que pasa por ella una impresión de
especial encanto, desconocido para sus habitantes, debido esto a que el
extranjero, ajeno a toda relación con la ciudad y sus moradores, la contempla
desde el punto de vista puramente objetivo. El encanto de los viajes depende
casi todo de esto, siendo esta la razón de por qué con frecuencia procuramos
aumentar el efecto de nuestras narraciones o dramas, transportando la escena a
tiempos o países remotos; los alemanes eligen sus escenarios en España o
Italia; los italianos, en Alemania, en Polonia o en Holanda.
Sentado que la concepción intuitiva,
absolutamente objetiva y desprendida de toda voluntad, es la condición del
placer estético, con mayor motivo será necesaria para la creación de obras
estéticas. No veréis nunca un hermoso cuadro, no leeréis nunca una verdadera
poesía sin que lleven el sello de esta disposición de ánimo, pues sólo
aquello que tiene su fuente en la contemplación objetiva o que es directamente
provocado por ella lleva en sí el germen fecundo de donde pueden nacer obras
verdaderas y originales, no sólo de las artes plásticas, sino también de la
poesía y hasta de la filosofía. El punctum saliens de una obra bella,
de un pensamiento grande o profundo, es una intuición objetiva, y ya sabemos
que ésta exige como condición absoluta el silencio completo de la voluntad,
durante el cual el hombre no es más que sujeto puro del conocimiento. La
predisposición a que este estado se produzca es lo que constituye el genio.
Al desaparecer la voluntad de la conciencia, la
misma individualidad desaparece también y con ella sus tristezas y miserias. Lo
que queda entonces, o sea el sujeto puro del conocimiento, fue calificado por mí,
por esta razón, como el ojo inmortal del mundo, poseído por toda criatura
viviente, aunque con diversos grados de lucidez y actividad. No le alcanzan el
nacimiento y la muerte de los seres; siempre único, idéntico, ese ojo inmortal
es el portador del mundo de las Ideas eternas, o lo que es lo mismo, de la
objetividad adecuada de la voluntad, en tanto que el sujeto individual, al cual
perturba en su conocimiento esa individualidad suya, nacida de la voluntad, no
conoce más que las cosas individuales y es pasajero como ellas.
En este sentido es como se puede atribuir a
cada hombre dos existencias. Como voluntad y, por lo tanto, como individuo es
uno y nada más que uno, suficiente para darse a sí mismo más trabajo y más
dolor del que puede soportar, mientras que como observador puramente objetivo es
el puro sujeto del conocimiento, en la conciencia del cual existe el mundo
objetivo. En tal concepto es todas las cosas en cuanto las percibe, sin que la
existencia de ellas en su conciencia sea para él carga ni tormento. Esta es,
efectivamente, su propia existencia, ya que toda la existencia está en su
representación, pero aquí se halla desprendida de toda voluntad. En cambio, su
existencia, en cuanto voluntad, no está en él, siendo en definitiva un estado
de felicidad aquel en que en es todas las cosas, y un estado de dolor aquel en
que es solamente individuo.
Cualquier escena de la vida real, cualquier
hombre, todo acontecimiento objetivamente concebido y reproducido por medio de
la palabra o mediante el pincel nos parece interesante, encantador, envidiable;
pero cuando nos vemos mezclados en ello, cuando la cosa es real, pensamos con
frecuencia que ni el diablo podría aguantarlo. Recordemos lo dicho por Goethe:
En un cuadro nos place
lo que en la vida nos enoja.
Cuando yo era joven tuve un momento en que me
esforzaba en colocarme en un punto de vista separado de mí mismo, para verme y
describirme a mí mismo y a mis actos. Acaso fuera tratando de que me parecieran
soportables.
Añadiré algunos esclarecimientos psicológicos,
toda vez que las consideraciones que ahora vengo exponiendo no han sido
discutidas anteriormente.
Puestos a contemplar directamente el mundo y la
vida, casi siempre vemos las cosas nada más que en sus relaciones; no las vemos
desde el punto de vista de su naturaleza y su existencia absolutas, sino desde
un punto de vista relativo. Contemplamos una cosa, un buque, una máquina, por
ejemplo, pensando en su empleo y en su utilidad; miramos a los hombres, y
nuestro primer pensamiento es relacionándoles con nosotros, si se dan esas
relaciones, pero más tarde en las relaciones que median entre ellos en cuanto a
sus actos o su conducta del momento o ya en lo concerniente a su categoría,
oficio, capacidad, etc. La investigación de esas relaciones podemos llevarla más
o menos lejos, hasta los más remotos eslabones de su encadenamiento; con ello
la investigación será cada vez más precisa y extensa, pero continuará siendo
la misma en especie y calidad; estaremos siempre en la consideración de las
cosas, en sus relaciones, o sea las trataremos en virtud de un principio de razón.
Los hombres se entregan por regla general y con
mayor frecuencia a este género de consideraciones, y llego a creer que la mayoría
de aquéllos es incapaz de consagrarse a otras. Si por excepción se opera en
nosotros un aumento momentáneo en la intensidad de nuestra intuición
intelectual, en seguida vemos las cosas desde otro punto de vista. No las
contemplamos ya desde el de sus relaciones, sino según son en sí mismas, y al
mismo tiempo que su existencia relativa concebimos también su existencia
absoluta. Cada objeto individual representa entonces su especie, y lo que
nosotros percibimos es lo que hay de general en los seres.
Por este modo de conocimiento llegamos a
conocer las ideas de las cosas, ciencia mucho más elevada que la que sólo
conoce las relaciones. Acontece que nuestra personalidad se emancipa al mismo
tiempo de todas las relaciones, para convertirnos en sujeto puro de
conocimiento. Acaso lo que produce este estado excepcional sea ciertos fenómenos
fisiológicos interiores, estimulantes y purificadores de la actividad cerebral,
lo bastante para producir súbitamente esa explosión de energía. La condición
anterior consiste en que seamos totalmente ajenos a la escena contemplada sin
tomar en ella parte activa.
Para darnos cabal cuenta de que una concepción
objetiva, y en consecuencia, exacta de las cosas, sólo es posible en cuanto las
consideremos fuera de todo interés personal y en cuanto la voluntad permanece
extática, debemos recordar hasta qué punto toda emoción y toda pasión
perturban y falsean el conocimiento; cómo cualquier inclinación favorable o
desfavorable basta para desnaturalizar, matizar o deformar, no sólo el juicio,
sino aun la percepción primera de los objetos. Basta recordar bajo qué risueño
aspecto, con qué bellos colores se nos presenta el mundo cuando algún feliz
acontecimiento nos tiene bien dispuestos, y, por el contrario, que sombrío y
triste nos parece cuando alguna pena nos abruma. Los mismos objetos inanimados
destinados a cualquier operación temida adquieren a nuestros ojos aspecto
repulsivo; v. gr.: el cadalso, la prisión, el estuche del cirujano, el coche en
que partirá la mujer amada; todo, hasta las cifras, las letras, los sellos,
parece que nos miran haciendo muecas horribles, produciéndonos el efecto de
monstruos repugnantes.
Volviendo la oración por pasiva, los
instrumentos que sirven para el logro de nuestros deseos ¡qué aspecto tan
encantador revisten!; v. gr.: la vieja jibosa que nos trae una carta de amor, el
judío que nos provee de dinero, la escala de cuerda que facilitará nuestra
evasión. En todos estos opuestos casos de repugnancia o de simpatía
manifiesta, es notorio que la representación está falseada por la voluntad, lo
que también puede afirmarse, aunque en menor grado, de todo objeto que guarda
alguna relación, aun indirecta, con la voluntad; esto es, con nuestras
inclinaciones o nuestras aversiones.
Cuando las cosas
aparecen con sus formas verdaderas, con sus propios colores y su plena
significación, es cuando la voluntad, con todo lo que le interesa, abandona la
conciencia, y cuando la inteligencia, por propio movimiento y no por impulso de
la voluntad, llega a un estado de suma tensión y actividad, a un estado en que
sigue libremente sus propias normas, reflejando el mundo objetivo como un puro
sujeto de conocimiento. Una concepción de esta clase es la única adecuada para
crear obras artísticas, que siempre tendrán un valor positivo y triunfarán
siempre, precisamente porque ellas solas nos presentan lo que es puramente
objetivo, el fondo de todas las intuiciones subjetivas, que por ser subjetivas
están mixtificadas; lo que es común a todas ellas y en todas inmutable; lo que
siempre encontramos como tema común al través de todas esas variaciones
subjetivas. La naturaleza, cuando se nos ofrece, presenta a cada cerebro un
aspecto diferente, del que cada uno da la expresión reproductora según la ve,
cualquiera que sea el instrumento de que nos sirvamos para esa reproducción, el
pincel, el cincel, la escritura o las actividades escénicas. La objetividad es,
pura y precisamente, la que hace un artista y nunca podremos conseguirla sino a
condición de que la inteligencia vuele libremente, funcionando con el máximo
de energía y desprendiéndose de su raíz que es la voluntad.
Fijémonos en el adolescente, que con tanta
frecuencia contempla la naturaleza en su plena objetividad, viéndola en toda su
belleza, plena de intuición intelectual bulliciosa y fresca. Ese intenso placer
de que disfruta se ve en ocasiones turbado por la reflexión amarga de que todas
esas cosas que a sus ojos se presentan no establecen con él ninguna relación
interesante y alegre, puesto que él no espera otra cosa de la vida en que va a
internarse más que una interesante novela. «Detrás de esa ingente roca debía
esperarme un grupo de amigos, jinetes en hermosos palafrenes; cerca de esta
cascada debería descansar sobre la hierba mi amada o bien debería habitar este
castillo tan espléndidamente iluminado; aquella ventana encuadrada en tan artístico
marco de follaje sería suya; ¿pero qué encontraré yo en este mundo tan
hermoso? (¡un verdadero desierto para mí!, etc., etc.), nostalgias melancólicas
de jóvenes, que en el fondo tienen algo de contradictorias, ya que el hermoso
aspecto bajo el cual la naturaleza se les presenta descansa precisamente sobre
la objetividad completa, sobre el desinterés de la contemplación, desinterés
que encontraría muerte fulminante si alguna de esas relaciones con la voluntad
que el adolescente echa de menos comenzara a darse. Aquel triste placer de que
venía disfrutando se desvanecería entonces como por encanto.
Y lo que décimos refiriéndonos al adolescente
puede ocurrir en todas las edades y circunstancias; la belleza que encontramos
en un paisaje desaparecería en cuanto la relacionásemos con nuestra
personalidad, sin que nunca pudiéramos sustraer de su imagen este recuerdo.
Nada es bello mientras no nos concierne (bien entendido que no hablo de las
pasiones amorosas, sino del placer estético). La vida jamás es bella: sólo
sus imágenes lo son, reflejadas en el espejo transfigurador, sobre todo en la
juventud, en que nada sabemos todavía de la existencia; verdad que si pudiéramos
infiltrar en el alma de un joven bastaría para apagar sus fragantes
entusiasmos.
¿A qué es debido que el espectáculo de la
luna llena ejerza sobre nosotros acción benéfica y sedante? ¿Por qué nos
deja una impresión tan sublime? Porque la luna es objeto para la contemplación,
no para la voluntad.
No deseamos las estrellas,
Gozamos con su brillo.
(Goethe)
Si el espíritu, ante el espectáculo del
hermoso astro se inclina a las meditaciones elevadas, es porque él mismo es
cosa elevada, tan carente de relaciones con nosotros, que prosigue su marcha
presenciándolo todo y sin tomar parte en nada. Ante su apariencia, la voluntad,
con su eterna miseria, desaparece de la conciencia, quedando sólo el
conocimiento puro, y acaso tenga parte en ello el sentimiento que nace ante la
consideración de que al contemplar la luna asistimos a este espectáculo con
millones de semejantes nuestros, fundidos a este efecto en un solo ser, sin
matices de individualidad, lo cual acentúa aún más la sublimidad del momento.
Y si añadimos el que la luna alumbra, pero no calienta, a lo que quizá deba su
calificativo de casta y su identificación con Diana, esta impresión se
acrecienta. Por efecto de ella, por efecto de esa impresión, la luna, mansa y
tranquilamente, ha ganado nuestra amistad, logrando nuestras confidencias, a
todo lo cual nunca nos atreveríamos con el sol, al que siempre tendremos como
un bienhechor de generosidad inagotable, sin atrevernos a mirarle frente a
frente.
A lo dicho en el § 38 del primer volumen
acerca del placer estético que nos proporcionan la luz, el brillo y los
colores, debemos añadir la observación siguiente: Cuando observamos los
colores, una vidriera policromada, por ejemplo, impresión que se aumenta con el
brillo y, todavía más, en esas vidrieras con la transparencia, sentimos un
placer inmediato, instintivo, pero muy acentuado, como asimismo ocurre, quizás
más notorio, con el efecto de las nubes reflejando la luz del sol poniente,
debido a que éste es el medio más fácil, medio puramente físico e infalible,
de concentrar nuestra atención en el conocimiento, sin excitación alguna de la
voluntad, como también de ponernos en las condiciones del conocimiento puro,
aunque en el caso a que nos referimos esa condición está constituida en
definitiva por la sensación dimanada de una impresión recibida en la retina;
sensación que libre, de dolor y de placer, y libre asimismo de toda excitación
directa de la voluntad, pertenece al conocimiento puro.
La característica esencial del genio está en
el predominio de la facultad de conocimiento a que nos hemos referido y que
hemos descrito en los dos capítulos anteriores, origen de las verdaderas
creaciones artísticas, de la poesía y hasta de la filosofía. Teniendo por
objeto ese conocimiento las ideas platónicas y no pudiendo ser estas percibidas
en abstracto, dedúcese que el genio consiste esencialmente en la perfección y
energía del conocimiento intuitivo; por eso calificamos de obras de arte las
que proceden directamente de la intuición y rectamente también se dirigen a
ella, tanto las que pertenecen a las artes plásticas como las referentes a la
poesía, que transmite sus intuiciones por medio de la imaginación. De esta
manera podemos diferenciar el genio del talento; éste consiste más bien en una
ductilidad y penetración superiores del conocimiento discursivo, que no en el
conocimiento intuitivo; el hombre de talento piensa con más rapidez y mayor
exactitud que los demás; el genio ve un mundo diferente del que ven los otros
hombres, porque su mirada penetra más profundamente en ese mundo que se ofrece
a los ojos de todos, pero que en su cerebro se presenta más objetivamente y,
por tanto, más puro y preciso. No siendo la inteligencia otra cosa, ajustándose
al fin para que fue creada, que el mediador de los motivos; lo que percibe
primeramente en las cosas son sus relaciones directas, indirecta o meramente
posibles con la voluntad, hecho más patente aún en los animales, cuya
inteligencia sólo se limita a las relaciones directas.
Lo que no guarda relación con su voluntad no
existe para ellos. Observad como los animales más inteligentes no se fijan en
cosas chocantes; v. gr.: el ver que no se manifiestan sorprendidos por las
variaciones operadas en las personas o cosas que les rodean, aunque esos cambios
salten a la vista, y esto llamará vuestra atención. En el hombre normal se
agregan a las relaciones directas las relaciones indirectas y hasta las
meramente posibles con la voluntad, esto es cierto, pero no por eso deja de
limitarse el conocimiento a las relaciones. En el cerebro normal no llegan jamás
a adquirir una objetividad perfectamente pura las imágenes de las cosas, porque
la fuerza de intuición de semejante cerebro se agota desde que deja de ser
estimulada y movida por la voluntad; no puede apoderarse del mundo
objetivamente, por carecer de energía bastante y por su propia elasticidad y
sin fin alguno.
La facultad de intuición posee, por el
contrario, un excedente de energía, suficiente para provocar en el cerebro una
imagen pura, clara, objetiva e involuntaria del mundo exterior, imagen que si es
inútil para las intenciones de la voluntad se convierte en un estorbo al llegar
a su más alto grado y aun puede ser para ésta un peligro; pero cuando la
intuición posee energía semejante, existe por lo menos la disposición para la
facultad anormal que hemos designado con el nombre de genio, nombre que indica
que el principio de que se trata es algo ajeno a la voluntad, al propio yo; algo
como un genio procedente de fuera de nosotros.
Metáforas aparte, el genio consiste en que la
facultad del conocimiento se ha desarrollado en proporción considerablemente
mayor que la que exige el servicio de la voluntad, para el que únicamente nació
aquélla, exuberancia de actividad y de sustancia cerebral que la fisiología
podría clasificar entre los monstruos per excessum, colocados por
ella, como es sabido, al lado de los monstruos per defectum y per
situm mutatum.
Es, por lo tanto, el genio un exceso anormal de
la inteligencia, utilizable únicamente aplicándola a conocer lo general de la
existencia, o lo que es lo mismo, que se halla consagrado al servicio de la
humanidad entera, como la inteligencia normal lo está al del individuo. Para
mayor claridad podría decirse que el hombre normal se compone de dos tercios de
voluntad y uno de inteligencia, mientras que el genio se compone de dos tercios
de inteligencia y uno de voluntad.
Si recurrimos a la química, tenemos también términos
para una comparación elocuente: la base y el ácido de una sal neutra se
distinguen el uno de la otra en que en la base la relación entre la raíz y el
oxígeno es inversa a esa misma relación en el ácido. La característica de la
base o álcali, es que la raíz predomine sobre el oxígeno, mientras que en el
ácido el oxígeno predomina sobre el radical, relación que igualmente se da
entre el hombre normal y el genio, considerado desde el punto de vista de la
voluntad y la inteligencia. A ello se debe una diferencia decisiva entre ambos
que se manifiesta en su modo de ser y de obrar, pero principalmente en sus
obras, lo que en definitiva y colocándonos de nuevo en el ejemplo antes citado
podemos decir, para señalar la diferencia que aquel contraste entre los cuerpos
establece entre ellos, químicamente hablando, que crea una afinidad electiva y
una atracción de las más poderosas, si bien entre los hombres suele suceder lo
contrario.
El primer efecto producido por ese exceso de
inteligencia de que venimos ocupándonos es el conocimiento más primitivo, más
esencial y profundo, a saber: el conocimiento intuitivo, que compele al que
conoce a reproducir por medio de la imagen lo que ve; así nacen los pintores y
escultores. En éstos, la trayectoria entre la concepción genial y la creación
artística es la más corta, así como la forma bajo la cual se manifiesta el
genio, la más sencilla y más fácil de describir. Por eso, aquí es
precisamente donde se ve con toda claridad la fuente de donde manan para todas
las artes sus verdaderas producciones, pues lo mismo que con la pintura y
escultura ocurre con la poesía y hasta con la filosofía, siquiera el
procedimiento no sea tan sencillo.
No olvidemos el resultado que nos dieron las
investigaciones contenidas en el primer libro; la intuición es una operación
de la inteligencia, no es sólo obra de los sentidos. Si a ello añadimos la
explicación contenida en este capítulo tenemos presente, además, que la
filosofía del siglo anterior, al conocimiento intuitivo le designaba con el
nombre de «facultades inferiores del alma», tendremos la explicación de por
qué Adelung, que hablaba en el lenguaje de su época, hablaba cuerdamente al
hacer consistir el genio en un desarrollo sensible de las facultades inferiores
del alma, y que con evidente injusticia, al ocuparse Jean Paul en sus Elementos
de Estética de este hecho, le cita desdeñosamente. Convengamos en los méritos
innegables de esta obra, pero también es deber contener y poner de relieve que
siempre que su autor se propone una demostración teórica, o en general un fin
de enseñanza, recurre al sistema de la ironía y de la comparación, sistema
impertinente.
En donde se nos revela primeramente la
verdadera naturaleza de las cosas es en la intuición, si bien todavía de una
manera condicionada. Cualquier noción general o pensamiento no es, en efecto, más
que una abstracción y, en consecuencia, parcial representación de la intuición,
producida mediante una eliminación mental. Cualquier conocimiento profundo o
verdadera sabiduría arranca de la comprensión intuitiva de las cosas, según
queda expuesto más por extenso en los apéndices al libro primero. Toda
verdadera obra de arte, todo pensamiento imperecedero, está tocado por la
chispa vivificadora de la concepción intuitiva. Todo pensamiento profundo y
original supone imágenes. Los conceptos no producen más que las obras de
talento, los pensamientos discretos, las imitaciones y, por regla general, todo
aquello que se encamina únicamente a satisfacer las necesidades del día y a
agradar a los contemporáneos.
Pero si nuestra intuición estuviera
subordinada constantemente a la presencia real de las cosas, cuanto con ella
tiene relación estará a merced del acaso, que pocas veces nos presenta los
objetos a su debido tiempo, ni suele disponerlos por el orden conveniente, ni
ofrecernos más que ejemplares, de ordinario harto defectuosos. De ahí la
necesidad de la imaginación, que viene a completar las imágenes de la vida, a
ordenarlas, darles calor y fijeza y a repetirlas a voluntad, según lo requieran
el objeto de un estudio en que necesitamos penetrar profundamente o alguna obra
importante que tenemos pendiente. La imaginación es el instrumento
indispensable para el genio, de donde toma su importante valor, ya que mediante
ella puede aquél, según lo exige el desarrollo de su obra plástica, de su
poesía o de su meditación, evocar cada objeto o cada escena en una imagen
viva, nutriéndose de esta manera con elementos siempre nuevos, sacados de la
fuente primera de todo conocimiento, o sea la intuición.
El hombre dotado de fantasía puede, permítasenos
el concepto, evocar espíritus que le revelan, en el momento más oportuno, las
verdades que la simple realidad nos presenta pálidas, escasas y por lo general
a destiempo. Entre un hombre con imaginación y otro que carece de ella, podemos
encontrar la misma diferencia que lo que existe entre la ostra, pegada al banco
y obligada a esperar lo que el azar quiera enviarla, y el cuadrúpedo o el ave.
No teniendo imaginación, no se tiene otra intuición que la positiva que los
sentidos proporcionan, y hasta que esto sucede no le queda a ese ser otro
recurso que rumiar conceptos y abstracciones, que en definitiva sólo son cáscaras
y envolturas, pero no el núcleo del conocimiento, y no lograréis verle
producir nada grande, como no sea en el campo de las matemáticas y el cálculo.
Como medios de suplir en lo posible la imaginación, en los que no la tienen,
podemos considerar a las obras plásticas y de la poesía y hasta de la música,
las que, en los que la poseen, pueden servir para facilitar su empleo.
El objeto del genio no son, ciertamente, las
cosas particulares, sino las Ideas platónicas que se manifiestan en ellas, en
el sentido que dejamos dicho en el § 39, no obstante ser el conocimiento propio
y esencial de aquél el conocimiento intuitivo. La característica del genio es
ver siempre lo general en lo particular, en tanto que el hombre común no ve en
lo particular más que lo particular, toda vez que sólo en tal concepto
pertenece lo particular a la realidad, que es precisamente lo que le interesa,
por tener relaciones con su voluntad. Se puede graduar la proporción en que
cada inteligencia se aproxima al genio, por la medida en que cada uno, no con el
pensamiento, sino directamente con la intuición, sorprende en las cosas
individuales únicamente lo particular o vislumbra las líneas generales de la
especie, de donde se deduce que el objeto del genio está en la esencia de las
cosas, en su aspecto general, en su conjunto, y en el campo de estudios del
talento, en el examen de los fenómenos particulares en las ciencias naturales,
cuyo objeto son las relaciones de las cosas entre sí.
En el capítulo anterior expuse y conviene
recordarlo aquí, que la condición para percibir Ideas es que el individuo que
conoce sea puro sujeto del conocimiento, individuo que en su conciencia sufra el
eclipse total de la voluntad. ¿A qué sino a esto se debe el placer que
experimentamos leyendo ciertas poesías de Goethe, que evocan vivamente un
paisaje o en algunas descripciones que Jean Paul hace de la naturaleza? La causa
de ello es ni más ni menos que nos interesan en la objetividad de su espíritu,
que nos hacen participar de la pureza con que en ellos se aislaba el mundo como
representación, como si enteramente se desprendieran del mundo como voluntad.
La manera de conocer en el genio se halla libre
de voluntad y de todo lo relativo a ella, lo que produce en consecuencia que sus
obras no sean el resultado de la intención o del capricho, sino de una
necesidad instintiva. Lo que podemos llamar agitación del genio, la hora en que
se enciende el fuego sagrado, el momento de inspiración, no es ni más ni menos
que la liberación de la inteligencia en el instante en que al sustraerse por un
momento a la servidumbre en que la voluntad la tiene, en vez de permanecer
quieta o abatida, comienza en ese breve período a trabajar sola y libre.
Entonces, toda pura, se convierte en claro espejo del universo, pues separada
por entero de la voluntad, fuente primera de ella, se transforma en el mundo
mismo de la representación concentrado en una conciencia única. En estos
sublimes momentos se engendra el alma de las obras inmortales. Por el contrario
en toda meditación a que nos entregamos deliberadamente, la inteligencia no es
libre, porque la voluntad la guía y le presenta su tema.
No busquéis en otra parte que en el hecho de
la estrecha subordinación de la inteligencia a la voluntad que se advierte en
ellas, la causa del sello de vulgaridad impreso en la mayor parte de las fisonomías.
Inteligencia y voluntad se hallan enlazadas con apretadísimo nudo, todo lo cual
produce una imposibilidad para comprender las cosas de otro modo que en sus
relaciones con la voluntad y con sus propósitos. En cambio la expresión del
genio, que tan asombroso aire de familia da a todos los hombres superiores,
consiste en que vemos en ella claramente la emancipación de la inteligencia,
libertándose de la esclavitud en que la voluntad la tenía, el predominio del
conocimiento sobre el querer, y como todo dolor proviene de la voluntad, como el
conocimiento es esencialmente sereno y libre de penas, es por lo que el genio
arranca de todo esto su mirada clara y penetrante, su cabeza erguida libre de la
tiranía y de las penas de la voluntad, y ese aspecto de serenidad superior,
casi ultraterrestre, que se advierte en su rostro y que tan bien concuerda con
la melancolía que expresan otras facciones, y en particular la boca, armonía
tan perfectamente caracterizada en la divisa de G. Bruno: In trististia
hilaris, in hilaritate tristis.
La voluntad, raíz de la inteligencia, se opone
a toda actividad que marche en diferente dirección de la que señalan sus
intenciones, siendo esto la causa de que la inteligencia no sea capaz de una
comprensión profunda y objetiva del mundo exterior, mientras que no pierda esa
raíz, aunque no sea más que por breves instantes. Hasta este momento no es
capaz de obrar con sus propios recursos y queda durmiente, hasta que la voluntad
(o lo que es lo mismo, el interés) no viene a despertarla y a moverla. Entonces
se encuentra indudablemente en aptitud de conocer las relaciones de las cosas,
desde el interesado punto de vista de la voluntad, como es de esperar de todo
espíritu inteligente y por ende despierto, o sea vivamente excitado por la
voluntad, aunque por eso es incapaz de hacerse cargo de la naturaleza puramente
objetiva de las cosas, porque la voluntad y sus intenciones le colocan en una
actitud tan parcial, que no ve en las cosas más que lo que a aquéllas
interesa. El resto desparece en parte, o no llega, sino falseado, a la
conciencia. Pongamos un ejemplo. El viajero inquieto y apremiado por el tiempo
tal vez no vea en el Rhin y sus riberas más que un foso que corta su camino, ni
en el puente más que un camino que atraviesa el foso. En la mente del hombre
enteramente absorto en sus miras, el mundo presenta el mismo aspecto que el más
ideal paisaje en el plano de un campo de combate. Me diréis que los ejemplos
que cito son exagerados, lo reconozco, pero esto no obsta para que toda excitación
de la voluntad, por insignificante que sea, produzca el resultado de
desnaturalizar el conocimiento de modo análogo al indicado en aquellos
ejemplos.
Hasta que la inteligencia, libre de toda volición,
vuela independiente sobre los objetos, desplegando una actividad enérgica sin
ser estimulada por la voluntad, estamos privados de ver el mundo en su color y
forma verdaderos, ni apreciarle en su significación exacta, estado que es
indudablemente contrario a la esencia y destino de la inteligencia y opuesto en
cierto grado al orden de la naturaleza, razón por la cual es rarísimo y el
genio consiste precisamente en que ese estado se produzca en un grado superior y
de una manera permanente, presentándose por excepción y débilmente en los demás
hombres.
Sólo así, acepto lo que dice Jean Paul en sus
Elementos de estética cuando coloca la esencia del genio en la reflexión.
Realmente, el hombre vulgar desaparece en el torbellino de la vida, a la cual
pertenece por su voluntad. Los acontecimientos de esa vida, las cosas, ocupan
enteramente su inteligencia, pero no los percibe en sí misma, ocurriendo aquí
lo que le acontece a un comerciante en la Bolsa de Amsterdam, que oye con toda
claridad al que está a su lado, pero no se hace cargo del murmullo, semejante
al ruido del mar, que llenando la sala llama la atención al que situado a
alguna distancia observa aquello. Para el hombre de genio, cuya inteligencia está
libre de la voluntad y de la persona, nada de lo que a ésta última se refiere
puede interponerse entre sus ojos y el mundo de los objetos. Los percibe fuera
de toda relación con su voluntad, distintamente, objetivamente, tales como son.
En este sentido es reflexivo.
A esa reflexión es debido que el pintor
reproduzca en el lienzo la naturaleza que tiene ante sus ojos y lo que hace al
poeta capaz de evocar fielmente la intuición actual mediante nociones
abstractas, enunciándolas y llevándolas con claridad a la conciencia, y ella
también es la que le da facilidades para expresar con palabras lo que otros
experimentan sin poder darle expresión.
El animal vive irreflexivamente. Se conoce a sí
mismo, conoce su placer y su dolor al igual que los objetos que para él son
origen de uno u otro estado, pero su conocimiento siempre es subjetivo, sin
llegar a hacerse objetivo nunca. Cuando está situado en el círculo de su
conocimiento, le parece esencialmente claro y no puede ser para el animal, ni
objeto de manifestación, ni un problema, ni objeto de meditación. Su
conciencia es, por lo tanto, absolutamente inmanente. Los hombres vulgares ven
lo que hay en el mundo, pero no ven el mundo; ven sus propios dolores, pero no
se ven a sí mismos; tienen una conciencia, si no idéntica, parecida a la del
animal, porque su percepción de las cosas y del mundo es casi exclusivamente
subjetiva y permanece casi siempre inmanente.
Crece la claridad del conocimiento atravesando
grados infinitos y la reflexión crece también hasta que poco a poco ocurre que
a veces, todavía en raras ocasiones y con grados de claridad diferentes,
proponemos esta cuestión que como un relámpago pasa por el cerebro: ¿qué es
todo esto? ¿cómo se ha producido? La primera pregunta, hecha con precisión y
perseverancia, crea al filósofo; la segunda, en igualdad de condiciones, crea
al artista o al poeta, debiendo su origen la alta misión de todos esos hombres
a la reflexión, que viene de la claridad con que perciben el mundo y se ven a sí
mismos, circunstancia que les lleva a meditar sobre tales objetos. Pero el
proceso, examinado desde el más elevado punto de vista, estriba en que la
inteligencia, por su supremacía, no se cuida, a intervalos, de la voluntad,
destinada en principio a servirla.
Viene a completar estas consideraciones lo
expuesto acerca del genio en el § 21, acerca de las progresivas separaciones
entre la inteligencia y la voluntad, que podemos observar al recorrer la escala
de los seres, separación que alcanza su grado máximo en el genio, donde la
inteligencia consigue desprenderse totalmente de su raíz, la voluntad, quedando
libre. Precisamente entonces es cuando el mundo como representación adquiere
objetividad perfecta.
Convienen todavía algunas observaciones acerca
de la individualidad del genio. Cicerón, en sus Tusculanas, manifiesta
que Aristóteles observó ya que omnes ingeniosos melancholicos esse,
lo que indudablemente se relaciona con cierto pasaje que se encuentra en los
problemas de Aristóteles. Goethe tiene también dicho:
«Mi ardor poético era débil cuando caminaba
hacia la dicha; pero al huir de una desgracia que me amenazaba, me encendía una
viva llama. La suave poesía, semejante al arco iris, sólo se dibuja bien sobre
un fondo sombrío; por eso el genio se presta a la melancolía.»
Veamos la explicación de esto. La inteligencia
puede emanciparse con facilidad de la servidumbre en que está respecto a la
voluntad cuando las condiciones personales son desfavorables, porque la voluntad
recobra siempre su primer imperio sobre aquélla. En ese caso se aparta con
gusto de las circunstancias desagradables, cual si quisiera distraerse, y
entonces se dirige hacia las cosas ajenas del mundo exterior con mayor energía,
haciéndose así más fácilmente objetiva. Las condiciones personales
favorables influyen en sentido inverso. Pero considerada la cuestión desde un
punto de vista más general, podréis observar que la melancolía que acompaña
al genio depende de que cuanto más clara es la inteligencia que proyecta su luz
sobre la voluntad de vivir más claramente se percata también esa voluntad de
lo miserable de su condición.
Con el Montblanc, con su cima coronada siempre
de niebla, podemos comparar el humor sombrío que con tanta frecuencia
observamos en los hombres eminentes; pero cuando en aquella manifestación de la
naturaleza se rasga algunas veces por la mañana el velo de las nubes, cuando la
montaña, teñida de púrpura por los rayos solares, con la cabeza tocando al
cielo por encima de las nieblas, contempla a Chamonix a sus pies, ofrece un
espectáculo ante el cual el corazón humano se siente inundado de alegría
hasta en lo más íntimo de su ser. Lo mismo el genio, tocado de su melancolía
ordinariamente, presenta a intervalos esa serenidad particular a que me he
referido, propia de él solamente, puesto que nace de la perfecta objetividad
del espíritu, y que se cierne como un reflejo luminoso sobre su vasta frente: in
tristitia hilaris, in hilaritate tristis.
La mediocridad consiste, sustancialmente, en
que la inteligencia, todavía muy ligada a la voluntad, no trabaja más que a
instigación de ésta, estando, por lo tanto, enteramente a su servicio. Las
medianías no tienen otras miras que las personales, a lo que se debe que hagan
cuadros malos, poesías sosas, filosofías insignificantes, absurdas y hasta de
mala fe cuando con ellas quieren fingir una devoción hipócrita ante sus
superiores y las personas de categoría. Toda su conducta, todo su pensamiento
es personal. Todo lo más, logran hacerse una manera, asimilándose la parte
exterior, accesoria, facultativa, de las grandes obras. Se apoderan de la
envoltura en vez de la almendra y creen haber alcanzado con ello la perfección
y hasta haber superado a los maestros. Si fracasan notoriamente, más de uno
espera triunfar al cabo a fuerza de buena voluntad, sin comprender que esa buena
voluntad misma es la verdadera rémora del éxito favorable, ya que siempre se
endereza hacia las intenciones personales, las únicas propias para hacer
imposible toda obra de arte, toda poesía, toda filosofía seria. Con éstos va
directamente el adagio alemán: se tapan a sí mismos la luz. No llegan a
comprender que para ser capaz de producir obras de arte verdaderas es condición
indispensable que la inteligencia se emancipe del dominio de la voluntad y sus
intenciones, con absoluta libertad en su trabajo. Afortunadamente para ellos no
comprenden estas cosas, pues de comprenderlas se tirarían, desesperados, de
cabeza al río.
En moral, la buena voluntad es el todo; nada,
en el arte. En el arte se necesita poder, como lo indica la palabra alemana (Kunst,
arte, del verbo können, poder).
Definitivamente, el secreto está en saber de
qué naturaleza son las cosas a las cuales da el hombre verdadera importancia.
La mayoría de la humanidad no toma en serio otra cosa que su propio bien y el
de los demás, lo que les incapacita para trabajar en otra cosa que no sea esto,
ya que no puede darnos ningún resultado, ningún esfuerzo voluntario e
intencional el reemplazar o variar de lugar lo que para nosotros será siempre
lo serio e importante. Esto permanece siempre donde la Naturaleza lo colocó, y
sin ello nada se hace más que a medias. Esta es la razón por qué los hombres
de genio son por regla general malos administradores de sus intereses. Sucede
con esto lo mismo que con esos objetos que siempre están en equilibrio por
tener un plomo por peana. Lo verdaderamente serio para un hombre atraerá
siempre la fuerza y la atención de su inteligencia hacia el punto donde reside,
siendo todo lo demás para él secundario. Por eso sólo esos hombres para
quienes lo serio no reside en las cosas personales y prácticas, esos individuos
raros y anormales, que no ven lo importante sino en lo objetivo y lo teórico,
están en situación de comprender la esencia del mundo y de las cosas, las
verdades más elevadas, y de reproducirlas de algún modo. Colocado lo serio en
el aspecto objetivo, fuera del individuo, tiene algo de extraño y de contrario
a la naturaleza humana, casi de sobrenatural. Sólo con esta condición llega el
hombre a ser grande, y lo que crea entonces se atribuye a un genio de naturaleza
diferente a la suya, que le tiene poseso. En un sujeto tal, todo lo producido
por él, poesía, cuadros, meditaciones, es el fin mismo, siendo, en cambio,
para los demás solamente el medio. Éstos no buscan más que su negocio, dándose
maña a veces para hacerle prosperar perfectamente, porque se acomodan a los
gustos de sus contemporáneos y no tienen inconveniente en satisfacer sus
necesidades y caprichos, de todo los cual resulta el caso singular de que
mientras la vida de estos últimos está sembrada de comodidades, la del genio
es con frecuencia miserable. Éste sacrifica su bienestar personal al fin
objetivo, sin que pueda hacer otra cosa, porque ese fin es para él lo serio.
Con aquéllos sucede lo contrario; por eso son pequeños, mientras que el genio
es grande. La obra de éste es de todos los tiempos, aunque su mérito no suele
ser apreciado por los contemporáneos, sino por la posteridad, en tanto que aquéllos
viven y mueren en su época.
Generalizando, podemos decir que sólo es
grande aquél cuya actividad teórica o práctica no persigue el interés
personal, sino un fin objetivo, sin que deje de ser grande porque en la práctica
el fin perseguido sea una equivocación, ni aunque fuese un crimen. Lo que hace
grandes a los hombres es no atender jamás a su persona, ni a su interés,
cualesquiera que sean las circunstancias. Por el contrario, toda actividad
dirigida hacia un fin personal es pequeña, pues el que obra llevando por guía
ese norte no se conoce, no se encuentra a sí mismo, como no sea en su
insignificante personilla. El que es grande se reconoce a sí mismo en todas las
cosas, y, por consiguiente, en el conjunto de ellas; no vive, como aquél, únicamente
en el microcosmos; vive, y donde hay que reconocerle verdaderamente, es en el
macrocosmos. Su tema favorito es lo general; sus esfuerzos se dirigirán a
apoderarse de ello y reproducirlo, a explicarlo, a obrar sobre ello prácticamente.
Nada es ajeno para él, pues comprende que todo se relaciona con él, y por razón
del extenso radio de esta esfera recibe el calificativo de grande. Este glorioso
calificativo pertenece únicamente al héroe verdadero, de cualquier género que
sea, y al genio, pues sólo ellos, contrariando la naturaleza, desdeñando el
propio interés, no viven para sí, sino para la humanidad entera. Ahora bien,
no tenemos más remedio que reconocer que la inmensa mayoría de los individuos
no saldrá nunca de su pequeñez, porque su masa está compuesta de pequeños
que jamás podrán llegar a ser grandes, y a la inversa, que es imposible que un
hombre sea absolutamente grande, que lo sea siempre y en todo momento.
Pues el hombre está hecho de masa vulgar
y llama a la costumbre su nodriza.
En efecto: por muy grande que sea un hombre, en
ocasiones no es más que individuo, no se preocupa más que de sí, que es lo
que se llama ser pequeño. De ahí arranca la atinada observación de que no hay
grande hombre para su ayuda de cámara, lo que no implica que el ayuda de cámara
no sea capaz de apreciar la grandeza del héroe o del genio, como Goethe pone en
boca de Ottilia en sus Afinidades electivas.
El genio encuentra en si mismo su propia
recompensa, ya que, siendo lo mejor, hay que serlo necesariamente por sí mismo.
«El que nace con talento y para el talento, vivirá la más bella existencia»,
dice Goethe. Cuando pensamos en algún grande hombre de los tiempos pasados,
nuestro pensamiento no es éste: «¡Qué dichoso es, al llevarse hoy la
admiración de todos nosotros!», sino este otro: « ¡qué dichoso debió
hacerle el goce inmediato de esa inteligencia, cuyos vestigios hacen las
delicias de una serie de siglos!». No está el mérito precisamente en la
gloria, sino en los merecimientos de ella que tenemos, y el goce no es otra cosa
que la creación de obras imperecederas. Muchos pretenden anular el valor de la
gloria póstuma alegando el hecho de que el glorificado la ignora; mas los que
así piensan pueden ser comparados a un individuo que pasando plaza de entendido
pretendiese demostrar a quien con envidia mirase un montón de conchas de ostras
en el patio del vecino, que esas conchas no servían para nada.
De cuanto llevamos expuesto acerca de lo que
constituye el genio, resulta que es una facultad contra naturaleza, ya que
consiste en que la inteligencia, cuyo destino propio es el servicio de la
voluntad, se emancipe de esta servidumbre para trabajar por sí misma. Por lo
tanto, podemos decir que el genio es una inteligencia infiel a su misión. Y
estos son los inconvenientes que lleva consigo y que examinaremos, empezando por
comparar al genio con aquellos individuos en que el predominio de la
inteligencia es más débil.
La inteligencia del hombre normal, que tan
ligada se halla al servicio de la voluntad y por ello ocupada sólo en recoger
los motivos, podemos considerarla como el haz de hilos que sirven para poner en
movimiento cada una de las marionetas que se exhiben en el teatro del mundo.
Este es el secreto de esa seriedad huera y ficticia de que una gran mayoría de
hombres se reviste, sólo superada por la de los animales, que jamás se ríen.
En cambio, el genio, que tiene su inteligencia libre de trabas, puede comparársele
a un hombre de carne y hueso encargado de representar un papel entre los muñecos
del famoso teatro de marionetas de Turín, y que en tal caso sería el único de
los actores conscientes del mecanismo de la representación, el único que podría
abandonar por algunos instantes la escena para presenciar el espectáculo desde
las localidades; esto es la meditación genial. Pero aún hay más: hasta el
hombre inteligente y razonable, hasta aquél a quien podríamos llamar casi
sabio, está todavía bastante distante del genio, porque la inteligencia de aquél
conserva aún una dirección práctica, elige los medios y los fines más
convenientes y sigue siendo esclavo de la voluntad, entregado a la actividad
natural de ésta. La seriedad verdadera y práctica de la vida, la gravitas
de los romanos, supone que la inteligencia no abandone el servicio de la
voluntad para ocuparse de lo que no le interesa a ésta; por eso no permite esa
separación entre la inteligencia y el querer, requisito indispensable del
genio. La aptitud para hacer grandes cosas en la práctica, que se da en el
hombre dotado de inteligencia eminente, débese precisamente a que los objetivos
excitan vivamente su voluntad y la impulsan sin descanso al estudio de sus
relaciones. En un hombre de esta naturaleza, la inteligencia está todavía
firmemente sujeta a la voluntad; pero en el hombre de genio ocurre, por el
contrario, que el fenómeno del mundo, según él lo concibe objetivamente, se
mueve ante sus ojos como algo extraño, como un objeto de pura contemplación
que aparta de su conciencia toda voluntad. Es ésta el punto en que radica la
diferencia entre la aptitud para ejecutar acciones o hechos y la aptitud para
producir obras. La aptitud para producir obras requiere objetividad y
profundidad del conocimiento, la cual vale tanto como la separación completa
entre la inteligencia y la voluntad; la aptitud para ejecutar acciones o hechos
exige, por el contrario que el conocimiento se aplique a los casos particulares,
presencia de ánimo y decisión, todo lo cual necesita que la inteligencia se
consagre sin interrupción al servicio de la voluntad.
Unida la
inteligencia a la voluntad, si se rompe el nudo que las ata, la inteligencia,
que se encuentra desviada de su primitivo destino, descuidará el servicio de la
voluntad. Pudiera presentarse un peligro y se prevaldría de su emancipación, y,
por ejemplo, forzosamente apreciará el lado pintoresco de una situación que
amenaza al individuo con un peligro máximo. Pero la inteligencia del hombre
prudente y razonable, alerta siempre, examina como se debe las circunstancias y
lo que cada una requiere, y
así esta clase de hombre decidirá y ejecutará en todos los casos lo más
conveniente, dada su situación; estará siempre libre de las rarezas,
inconsecuencias personales, y de las torpezas en que el genio puede incidir,
siendo esto debido a que su intelecto no se limita a ser guía y guardián de la
voluntad, sino que se entrega unas veces más y otras menos a la contemplación
puramente objetiva de las cosas. Goethe expuso en forma intuitiva en sus
opuestos personajes Tasso y Antonio el contraste entre las dos especies de
aptitudes tan diferentes, que en forma abstracta acabamos de describir.
El genio y la locura tienen entre sí
afinidades que proceden principalmente de esta separación entre la inteligencia
y la voluntad, que si es propia del genio también es contraria a la Naturaleza;
separación que no consiste, ciertamente, en que en el genio tenga menor
intensidad la voluntad, ya que, según es notorio, tiene por condición un carácter
violento y apasionado. Débese esta separación a que el hombre práctico por
excelencia, el hombre de acción, sólo posee la cantidad precisa de
inteligencia que reclama una voluntad enérgica, patrimonio intelectivo que en
la mayoría de los hombres es hasta insuficiente, en tanto que el genio está
constituido por un exceso verdaderamente anormal de inteligencia, se halla tan
saturado de ella que ninguna voluntad podría necesitar tanta para su servicio.
Esta es la razón porque son mil veces más raros que los llamados hombres de
acción los hombres capaces de producir obras de verdadero valor. Por su mismo
exceso adquiere la inteligencia del genio esa autoridad predominante, por ello
también consigue desprenderse de la voluntad, ocurriendo entonces que olvidada
de su origen comienza su actuación libremente por su propia energía y en
virtud de su propia elasticidad; de esta manera nacen las obras de genio.
Es de notar también que el hecho de que el
genio sea el trabajo de la inteligencia libre o, lo que es lo mismo, emancipada
del servicio de la voluntad origina la consecuencia de que sus obras no sirven
para fin útil alguno. La obra del genio, en filosofía o en cualquiera de las
bellas artes, no es un objeto de utilidad, tanto que uno de los caracteres de
las creaciones del genio es el ser estos inútiles, lo que, por otra parte,
constituye para ellos un título de nobleza. La generalidad de las obras humanas
tienden a la conservación y mejora de nuestra existencia, a excepción de éstas,
únicas que existen por sí mismas, en cuyo sentido se las puede considerar como
la flor de la existencia , como el beneficio líquido de la vida, obras que al
gustarlas se ensancha nuestro corazón, porque nos elevan sobre la enrarecida
atmósfera de las miserias terrestres, en el fondo de las cuales vivimos. Y si
esto fuera poco, tenemos el hecho análogo de que lo bello y lo útil rara vez
aparecen juntos. Los árboles frutales son feos y rechonchos, mientras que los
que no dan fruto son los mayores y más hermosos. Las rosas de los jardines no
dan tampoco frutos; pero la rosa silvestre del escaramujo, sin perfume casi, lo
da. Los más hermosos edificios no son los que se distinguen por su utilidad. Un
templo no es una casa habitable. Un hombre de elevadas y selectas facultades
intelectuales a quien obliguéis a trabajar en negocios de pura utilidad, para
los cuales basta la capacidad ordinaria, será lo mismo que un soberbio vaso
decorado con bellas pinturas, que destinaseis para los menesteres de la cocina.
Pretender que los genios son iguales a los hombres útiles, es lo mismo que
comparar los diamantes con la grava.
El hombre netamente práctico dedica su
inteligencia a los usos a que la Naturaleza parece le destinó, tales como
conocer las relaciones de las cosas ya entre sí o con la voluntad del individuo
que las conoce. El genio en cambio emplea la suya, de un modo opuesto a su
destino, en conocer la naturaleza objetiva de las cosas. Su cabeza no le
pertenece, es del mundo y está llamada a iluminarle de algún modo. Esto
proporciona a los individuos dotados de esta facultad numerosos inconvenientes,
pues, en general, su inteligencia mostrará los defectos inherentes a todo
instrumento que se destina a usos diferentes para los que fue creado. Empezará,
digámoslo así, por ser una especie de servidor de dos señores; a la primera
ocasión se emancipará del servicio que se le impuso, para perseguir sus fines
propios, lo que con frecuencia obligará a su voluntad a dar pasos en falso,
dando la sensación de un individuo más o menos incapaz para la práctica de la
vida y produciéndose a veces de tal modo, que nos preguntaremos si se trata de
un loco. La elevación de su inteligencia le llevará a ver las cosas, más bien
lo general que lo particular, siendo así que el servicio de la voluntad exige
principalmente el conocimiento de lo particular. Y en las ocasiones en que ese
conocimiento tan elevado se dirija de repente por entero y con absoluta energía
hacia los intereses de la voluntad, será casi seguro que los perciba con
demasiada viveza, lo verá todo con colores demasiado chillones, alumbrado con
luz demasiado potente y proporciones gigantes, lo que hará caer al individuo en
toda clase de extremos lamentables.
Añadiré aún algunas aclaraciones
complementarias. Toda obra grande teórica, de cualquier especie, necesita para
ser producida que su autor dirija todas las fuerzas de su espíritu hacia un
solo punto, sobre el cual las haga converger y concentrarse con tanta fuerza y
de modo tan exclusivo, que pierda la percepción del resto del mundo, llenando
en aquellos momentos toda la realidad por si solo el objeto de que se trate;
excepcional y poderosa concentración que siendo uno de los privilegios del
genio, se produce en ocasiones a propósito de las cosas y acontecimientos de la
vida real cotidiana, los cuales, puestos de esta manera ante el foco de nuestra
atención, toman tan extraordinarias proporciones como la pulga, que colocada en
la lente microscópica la ve nuestra mirada con proporciones de elefante. Por
eso observamos que los hombres superiores en inteligencia son víctimas a veces
de violentas emociones de todo género a causa de nimiedades, lo que produce en
quien los contempla el estupor de la incomprensión, sin que lleguen a
explicarse el porqué de aquella pena tan sentida, ni de aquella alegría loca,
el porqué de la ansiedad, del temor o de la ira que les acometió por cosas que
a un hombre normal le tendrían sin cuidado. ¿Qué es esto, sino que el genio
está privado de aquella moderación que consiste en no ver las cosas (sobre
todo en relación con nuestros fines posibles) mas que aquello que realmente les
pertenece?; ahora bien, un hombre moderado nunca será un genio.
A la cuenta de los expresados inconvenientes
hay que añadir una sensibilidad excesiva, hija de una actividad nerviosa y
cerebral exaltadas, unida a la condición determinante del genio, a que ya hemos
hecho referencia, o sea la apasionada violencia de la voluntad, que físicamente
se traduce en la energía de los latidos del corazón.
Estas causas reunidas llevan con facilidad a
ese estado de exaltación, a esa violencia de las emociones, a esa inestabilidad
del humor recayente en la melancolía del que Goethe traza tan completo dibujo
en su Tasso. Pero, en cambio, ¡qué prudencia, qué tranquilidad, qué
golpe de vista tan exacto, qué seguridad, qué igualdad de conducta tendrá
siempre el hombre inteligente, si le comparamos con aquel estado, tan pronto
decaído o nostálgico, tan pronto exaltado y lleno de apasionamiento, del
hombre genial, cuyos dolores íntimos engendran obras imperecederas. Además, el
genio vive ordinariamente en la soledad, porque su excesiva rareza no le permite
encontrar otros que estén a su nivel, y sus diferencias con los demás sirven
de obstáculo para que se recree en su compañía. Domina en él el
conocimiento, la voluntad en los otros, de donde resulta que los placeres del
uno no son los placeres de los otros, y viceversa. Aquéllos, son exclusivamente
seres morales, sin más relaciones personales; pero el genio es al mismo tiempo
una inteligencia pura, que por esto precisamente pertenece a la humanidad
entera. La sucesión de los pensamientos de una inteligencia que ha logrado
desasirse del suelo donde brotó, de la voluntad, sin volver a tocar en él más
que rara vez, se diferenciará en todo de la sucesión de pensamientos de una
inteligencia normal, tan apegada a su nativo solar, lo cual, unido a la distinta
velocidad en la marcha del pensamiento, da por resultado que el genio no sirva
para pensar en común con los hombres vulgares, para conversar con ellos, etc.
La superioridad abrumadora del genio es la causa de que el vulgo encuentre tan
poco gusto en sus discursos, como el genio en los del vulgo. Éstos se sentirán
más en su centro tratando con sus iguales, aunque en la mayoría de los casos
no sea posible esta comunicación, sino mediante las obras que los genios
pasados legaron a la posteridad. La frase de Chamfort es muy exacta: «Hay pocos
vicios que impidan a un hombre tener muchos amigos en la medida que lo obstan
las cualidades sobresalientes.» El mejor premio que puede alcanzar el genio es
el de hallarse dispensado de toda ocupación práctica, puesto que éste no es
su ambiente, y disponer de la libertad suficiente para consagrarse a sus
trabajos.
Todo lo cual demuestra que si el genio da la
suprema felicidad a quien la posee en los momentos en que, entregándose a la
inspiración, puede gozar de ella sin impedimento alguno, no es, sin embargo,
algo que proporcione una vida dichosa, sino antes al contrario, como puede
comprobarse leyendo las biografías de los genios.
Otra desventaja del genio está en el
desacuerdo en que casi siempre se encuentra con lo que le rodea, que no obedece
a otra cosa sino a que todo lo que produce y todo cuanto hace se halla en
contradicción con su época. Porque los hombres de talento llegan siempre con
oportunidad, pues saturados del espíritu contemporáneo y solicitados por las
necesidades del día, no son capaces de satisfacer más que estas únicas
necesidades. Contribuyen al progreso de la cultura intelectual de sus contemporáneos,
o al adelanto gradual de alguna ciencia particular, recibiendo por ello
recompensas y aprobaciones. Pero la generación siguiente no gusta ya de sus
obras, que otras vienen a reemplazar, las cuales también se producen en el
momento oportuno. Por el contrario, el genio pasa por su tiempo como un cometa
cruza la órbita de los planetas; y la carrera de aquél se parece a la marcha
excéntrica del cometa, tan en desacuerdo con la revolución ordenada y fácil
de calcular, de los planetas. Hay que convenir, por lo tanto, en que el genio no
puede intervenir en la marcha ordenada de la civilización del momento presente;
ocurre con él, como con el Imperator antiguo, que al consagrarse a la
muerte lanzaba su espada a las filas enemigas; así el genio lanza a lo lejos
sus obras en el camino de lo porvenir, donde el tiempo habrá de recogerlas. Su
relación con los hombres de talento que brillan tanto, es la misma que lo que
las palabras del Evangelista contienen: «Mi tiempo aún no ha venido; mas
vuestro tiempo siempre está presto.»
El talento puede crear lo que excede de la
facultad de producción de los demás hombres, mas no de su facultad de
comprensión, razón por la cual siempre tiene un público que le aprecie, lo
que no ocurre con las producciones geniales, porque siendo superiores, tanto a
la facultad de producción como a la de comprensión, del resto de los hombres,
no son inmediatamente estimados. El talento es como un tirador que da en un
blanco al que los demás no llegan; el genio hace blancos que los otros ni
siquiera perciben y de los que indirectamente se enteran más tarde, teniendo
por añadidura que admitir bajo palabra la realidad del acierto y buen éxito.
Goethe dice en la carta del aprendizaje: «La
imitación es innata en nosotros; pero no conocemos fácilmente qué es lo que
se debe imitar. Lo excelente es raro y más raro todavía verlo estimado». En
Chamfort leemos también: «Sucede con el valor de los hombres lo que con el de
los diamantes, que hasta cierto límite de tamaño, diafanidad y perfección de
talla tienen un precio marcado; pero excediendo a esa medida, no tienen precio
ni hallan fácilmente compradores.» Bacon de Verulamio se expresaba ya en los
siguientes términos: Infirmarum virtutum apud vulgus, laus est, mediarum
admiratio, supremarum sensus nullus. Podrá objetarse que esto se entiende
apud vulgus, pero no hay que olvidar que Maquiavelo dice: Nel mondo non
é se non vulgo, y Thilo (De la gloria) que todo individuo
pertenece al vulgo más de lo que él piensa. Consecuencia de este
reconocimiento dilatorio de las obras del genio es que rara vez son celebradas
por sus contemporáneos; que no son apreciadas precisamente, cuando tienen la
fragancia que la actualidad presta a todas las cosas. Pasa con ellas lo que con
los dátiles y los higos, que se comen secos con más frecuencia que frescos.
Considerado el genio desde el punto de vista
somático, hállase sometido a diferentes condiciones anatómicas y fisiológicas,
ninguna de las cuales separadamente se encuentra perfecta y menos todavía todas
juntas, aunque todas ellas, no obstante, sean necesarias, en lo cual está la
explicación de que el genio se nos aparezca como una excepción casi milagrosa.
La condición, base de todo, es un predominio anormal de la sensibilidad,
predominio que además tiene que darse en un cuerpo masculino, lo cual es un
nuevo requisito y una nueva dificultad, porque las mujeres, aunque pueden tener
un talento muy grande, nunca lo podrán elevar a la categoría de genio, por ser
siempre subjetivas.
Condición necesaria es también que el encéfalo
esté separado totalmente del sistema ganglionar, de manera que su antagonismo
sea perfecto, pues siendo así, el cerebro podrá vivir sobre el organismo con
una vida como parasitaria, conservando en ese aislamiento su total vigor e
independencia. Así predispuesto el organismo, puede ocurrir fácilmente que el
cerebro ejerza una influencia hostil y perniciosa sobre el resto de la economía
y hasta que el organismo se desgaste antes de tiempo si no tiene una vitalidad
enérgica y una constitución excelente, condición esta última que pertenece
también al número de las que requiere el genio. Además, también es preciso,
aunque parezca paradójico, un buen estómago, supuesta la íntima y especial
relación de este órgano con el cerebro. Esta importante máquina debe tener
desarrollo y volumen extraordinarios, sobre todo en anchura y altura; la
profundidad, en cambio, será menor, y el cerebro, comparado con el cerebelo,
deberá tener un volumen desmesurado. Es indudable que la forma del encéfalo en
su conjunto y en sus elementos debe ejercer una influencia grande, pero en el
estado a que hoy día han llegado nuestros conocimientos no la podemos precisar
exactamente, siquiera nos sea fácil conocer por la forma de un cráneo que en
él debe residir una noble y elevada inteligencia. La contextura de la masa
cerebral deberá ser de una finura extrema y perfecta, integrada por la
sustancia nerviosa más pura, más seleccionada y más irritable, así como la
relación entre la sustancia gris y la sustancia blanca produce también una
acción decisiva, que igualmente no podemos precisar.
No obstante, en el acta de la autopsia del cadáver
de Byron se hizo constar que la cantidad de sustancia blanca era extraordinaria
en relación a la de sustancia gris y que su cerebro pesaba seis libras. El de
Cuvier pesaba cinco; el peso normal es de tres libras. Así como él debe ser
voluminoso, la medula espinal y los nervios deberán ser muy finos. Un cráneo
bien redondeado, alto y ancho, cuya pared ósea sea poco espesa, debe proteger
al cerebro sin ejercer sobre él ningún género de compresión. Toda esta
compaginación del cerebro y del sistema nervioso es un legado de la madre; en
el libro siguiente insistiremos sobre este tema. Pero conviene advertir que todo
ello no será suficiente para producir el fenómeno del genio, si, como herencia
del padre, no completamos dichas condiciones con un temperamento ágil y
apasionado que materialmente se manifestará en la energía extraordinaria del
corazón y, por lo tanto, en toda la circulación de la sangre, especialmente en
la cabeza. Esta energía aumenta la hinchazón propia del cerebro, por virtud de
la cual oprime sus paredes y se escapa al exterior por cualquier orificio
accidental; después la energía cardíaca comunica al cerebro, además del
movimiento constante de expansión y compresión que el respirar produce, otro
movimiento interior muy diferente, que consiste en una comunicación de toda su
masa a cada pulsación de las cuatro arterias cerebrales, y cuya fuerza guardará
proporción con el volumen del cerebro, conmoción que en general es un
requisito indispensable del funcionamiento cerebral. La poca estatura y en
particular el cuello corto, le son favorables, porque teniendo que recorrer la
sangre menos camino, llegará al cerebro con más fuerza. Sin embargo, estos
requisitos no son indispensables, como lo demuestra el ejemplo de Goethe, que
era de elevada estatura.
Faltando las condiciones relativas a la
circulación de la sangre que debían ser herencia del padre, las heredadas de
la madre producirán a lo sumo un talento, un ingenio sutil sustentado en un
temperamento flemático; pero un genio flemático no puede darse.
La herencia que el genio recibe de su padre,
consistente en las aludidas condiciones, explica la mayoría de los efectos que
suelen acompañar a aquél y que se dejan citados. Pero, en cambio, si estas
condiciones existen sin las otras, o lo que es lo mismo, concurriendo con un
cerebro mal constituido, producirán vivacidad sin genio, color sin luz,
cerebros vanos, hombres de una agitación y petulancia inaguantables.
Puede ocurrir que de dos hermanos, como ocurrió
en el caso de Kant, uno resulte genio, ordinariamente el primogénito. La
explicación de este hecho puede encontrarse en el supuesto de que al engendrar
al primero el padre se hallaba en la edad del vigor y de la pasión, lo que no
ocurría ya en la generación del segundo; pero también puede ocurrir que las
otras condiciones, o sea las procedentes de la madre, no se cumplan a causa de
circunstancias desfavorables.
Conviene no omitir aquí una observación
singular acerca del carácter infantil del genio, es decir, sobre cierta
semejanza existente entre el genio y el niño. Tanto en uno como en otro, el
sistema cerebral y el sistema nervioso son protagonistas, pues su desarrollo se
adelanta notablemente al del resto del organismo; a los siete años, el cerebro
tiene todo su volumen y toda su masa. Respecto a esto, Bichat dice lo que sigue:
«En la infancia, el sistema nervioso, comparado con el muscular, es, en
proporción, más considerable que en todas las edades que siguen, mientras que
en lo sucesivo, la mayoría de los otros sistemas predominan sobre aquél. Por
ello, para examinar bien los nervios se elige siempre a los niños.» (De la
vida y la muerte, art. 8. 0, § 6).
El desenvolvimiento del sistema genital va más
despacio; la irritabilidad, la reproducción y la función genital adquieren
toda su pujanza en la edad viril, en cuyo momento suelen ser más fuertes que la
función cerebral. Esta es la explicación de por qué los niños suelen ser tan
inteligentes, tan razonables; de por qué tienen ese afán de aprender y por qué
son tan fáciles de instruir y, en suma, más dispuestos y más aptos que los
adultos para toda ocupación teórica. En efecto, por consecuencia de la marcha
de su desarrollo, tienen más inteligencia que voluntad, es decir, que
inclinaciones, deseos o pasiones, pues inteligencia y cerebro son una misma
cosa; y así como infancia se identifica con inteligencia, el sistema genital se
identifica con el más violento de todos los deseos, lo cual me ha llevado a
denominar al sistema genital el foco de la voluntad. Adormecida en la infancia
la funesta actividad de este sistema, mientras que en ese período de la vida la
del cerebro se halla tan inquieta, tenemos en este hecho precisamente la
explicación de por qué la infancia es la edad de la inocencia y de la dicha,
el paraíso de la vida, aquel perdido Edén hacia el cual volvemos los ojos con
melancolía durante el resto de nuestros días. Esa felicidad depende de que
durante la infancia nuestra existencia consiste más en el conocer que en el
querer, estado favorecido en lo exterior, por la novedad de todas las cosas. En
la aurora de la vida se nos aparece el mundo lleno de frescura, revestido de mágicas
tintas y de múltiples encantos. Los cortos deseos, las inclinaciones
indefinibles y los nimios cuidados de la infancia, no son lo bastante para
neutralizar este predominio de la vida intelectual.
Así se explica esa mirada de los niños, tan
inocente y serena, que nos encanta y que en algunos de ellos llega a tener la
expresión elevada y contemplativa que Rafael acertó a poner en sus
encantadoras cabezas de ángeles. De ello resulta que las facultades
intelectuales se desarrollan con notoria anticipación a las necesidades que están
destinadas a satisfacer, en lo cual, como en todo, la naturaleza obra con sabia
previsión, pues en esa edad en que predomina la inteligencia adquiere el hombre
un verdadero caudal de conocimientos para sus necesidades del porvenir, todavía
desconocidas. La inteligencia del niño está ocupada constantemente y con
avidez se apodera de todos los fenómenos, los medita y los conserva
cuidadosamente para lo futuro, en lo cual imita a la abeja, que, en previsión
de las necesidades futuras, elabora mucha más miel de la que puede consumir. Y
es esto tan cierto como para poder afirmar que las luces y los conocimientos que
el hombre se va apropiando hasta la llegada de la pubertad, son más importantes
que todo lo que aprende después, por sabio que llegue a ser, pues aquéllos son
la base de todos los conocimientos humanos.
Hasta el mismo período de la vida, la
plasticidad prevalece también en el cuerpo del niño; más tarde, cuando la
inteligencia ha terminado su obra, las fuerzas vitales se concentran en el
sistema genital. Con la llegada de la pubertad llegan también las inclinaciones
sexuales, comenzando entonces lentamente el predominio de la voluntad. Desde
este momento, va desapareciendo la infancia, ávida de teoría y de instrucción,
para dar paso a la adolescencia, siempre agitada, a veces tempestuosa, a veces
melancólica, y a la cual vendrá después a reemplazar la edad viril, grave y
enérgica.
La volición del niño se caracteriza por su
moderación y porque se halla subordinada al conocimiento, precisamente porque
le falta el instinto sexual, al que tantos males debemos, de donde resulta ese
estado de inocencia, de inteligencia y de sensatez que distingue a la infancia.
Excusado es señalar, después de lo que
llevamos dicho, en qué consiste la semejanza entre el genio y la infancia, pues
bien patente está que depende del sobrante de facultades intelectuales sobre
las necesidades de la voluntad; del predominio de la actividad del conocimiento;
por eso es el niño, hasta cierto punto, un genio, y el genio, en cierta manera,
niño. Esta semejanza se manifiesta por de pronto en la candidez y en la sublime
simplicidad, que son rasgos fundamentales del genio verdadero; pero, además,
podemos verla en otros muchos rasgos, y debemos convenir en que la puerilidad es
nota integrante del carácter del genio.
Riemer, al ocuparse de Goethe, cuenta que
Herder y otros decían de Goethe, en plan de censura, que era un niño grande;
en lo cual, indudablemente, acertaban al referirlo, pero no al censurarlo. De
Mozart se ha dicho también que fue un niño toda su vida, en lo que coincide
Schlichtegroll al hacer su necrología con estas palabras: «Se hizo muy
temprano un hombre en su arte; pero en todo lo demás fue siempre un niño. »
Podemos afirmar que todo hombre de genio, por
el hecho de serlo, es un niño grande que contempla al mundo como algo que no le
afecta, como un espectáculo que para él tiene, por lo tanto, un interés
puramente objetivo. A esto se debe que, igual que el niño, no tenga esa
seriedad árida de la generalidad de los hombres que, incapaces de albergar otro
interés que el personal, sólo ve en las cosas motivos para su conducta. El que
durante su vida no sea, en cierta medida, un niño grande; el que desde luego se
constituye en hombre serio y ecuánime, lleno siempre de razón y de juicio,
podremos admirarle como a un ciudadano de utilidad y capacidad innegables; pero
nunca como a un genio.
Lo que hace posible el genio es la anomalía de
que el sistema sensitivo y la actividad intelectual propios de la infancia
perseveran durante toda la vida, haciéndose constantes. A veces ocurre que en
algunos individuos se perpetúa algún vestigio de ese predominio hasta la
juventud; así, por ejemplo, no podemos negar que en algunos de los jóvenes que
vemos en las universidades hay aspiraciones puramente intelectuales y cierta
excentricidad genial. Pero la naturaleza vuelve pronto a su patrón, y esos
mismos jóvenes se encierran en seguida en su torre de marfil para salir, en la
edad madura, transformados en perfectos filisteos, ante los cuales retrocedemos
asustados, cuando algunos años después les hablamos de nuevo. Este es el
sentido de aquellas hermosas palabras de Goethe: «Los niños no llegan a ser
nunca lo que prometen; los jóvenes, rara vez, y cuando cumplen lo que prometían,
el mundo es el que falta a sus promesas.» (Afinidades electivas,
primera parte, cap. X).
En efecto, el mundo, que promete coronas al mérito,
acostumbra a colocarlas luego sobre la frente de los que se convierten en
instrumento de sus viles pasiones y sobre las de aquellos que logran engañarle.
Y así como existe una cierta belleza de la juventud poseída por los hombres en
algún momento de la vida, a la que suele llamarse belleza del diablo, existe
también una cierta intelectualidad de la juventud, una espiritualidad ansiosa y
capaz de concebir, de comprender y de aprender, de la cual todos participamos en
la infancia y que algunos conservan todavía en la juventud, pero que se pierde
con igual rapidez que la belleza del diablo. En algunos raros elegidos, una y
otra pueden perdurar toda la vida, de una manera que queden visibles sus huellas
hasta la vejez; éstos son los hombres de verdadera hermosura y de verdadero
genio.
Para esclarecer y confirmar cuanto acabamos de
decir sobre el predominio del sistema nervioso cerebral y del intelectual
durante la infancia, y sobre su decadencia con la edad, tenemos a mano un hecho,
que es el siguiente: que esa relación existe, todavía en grado más
sorprendente, en la especie animal más próxima al hombre: en el mono.
Poco a poco se ha llegado al convencimiento de
que el orangután, ese mono tan inteligente, es un pongo joven, que, al ir
avanzando en edad pierde la semejanza grande que tiene su cara con el rostro
humano, al mismo tiempo que pierde también su prodigiosa inteligencia; la parte
baja de la cara, que es la más bestial, aumenta,
con lo que la frente se hace más pequeña; los grandes caballetes óseos en que
se apoyan los músculos dan al cráneo una forma bestial; la actividad del
sistema nervioso disminuye para dar paso a una fuerza muscular extraordinaria,
que, bastándole al animal para asegurar su subsistencia, queda como suficiente
sustitutivo de la gran inteligencia que tenía antes. Cuvier aduce observaciones
muy importantes acerca de este punto, y Flourens las ha comentado en su informe
sobre la Historia natural del primero; informe que puede encontrarse en
la entrega de septiembre de 1839 del Journal des Savants y que luego
fue editado bajo el título de Resumen analítico de las observaciones de F.
Cuvier sobre el instinto y la inteligencia de los animales, por Flourens,
1841. Allí, en la pág. 50, se lee: «La inteligencia del orangután, que se
desarrolla tanto y tan temprano, decae con la edad; cuando el orangután es
joven, nos sorprende por su penetración, por su astucia, por su destreza; pero
cuando llega a ser adulto, no es más que un animal grosero, brutal e
intratable. Lo mismo sucede con los demás monos, pues en todos ellos la
inteligencia decrece a medida que aumentan las fuerzas. El animal más
inteligente sólo posee el máximum de inteligencia cuando es joven.»
Más adelante, en la pág. 87, dice: «En los
monos de todas las especies se observa esa relación inversa entre la
inteligencia y la edad. Así, por ejemplo, el Entella (especie de macaco del
subgénero de los semnopitecos y uno de los monos que la religión de los
Brahmas venera) tiene, de joven, la frente ancha, el hocico poco saliente, el cráneo
elevado y redondeado, etc. Con la edad, la frente retrocede y desaparece, el
hocico se extiende, variando en lo intelectual tanto como en lo físico; la apatía,
la violencia, la afición a la soledad reemplazaron a la penetración, a la
docilidad y a la confianza. Son tan grandes estas diferencias, dice Cuvier, que,
dada la costumbre que tenemos de juzgar las acciones de los animales por las
nuestras, tomaríamos al joven por un individuo de edad, en que todas las
cualidades morales de la especie estuviesen ya adquiridas, y al Entella adulto
por un individuo que no tuviese desarrolladas todavía más que las fuerzas físicas.
Pero la naturaleza se conduce así con aquellos animales que no deben salir de
la reducida esfera que les está señalada, y a los cuales les basta con poder
atender a su conservación. Para conservarse, era para lo que precisamente
necesitaban la inteligencia cuando carecían de fuerza; pero cuando ésta se va
adquiriendo, la potencia intelectual pierde su utilidad. Y en la pág. 118 añade:
«La conservación de las especies depende tanto de las cualidades intelectuales
de los animales como de sus cualidades orgánicas.» Este final confirma la
proposición que yo tengo hecha de que la inteligencia, como las garras y los
dientes, es un instrumento para el uso de la voluntad.