Ante todo debemos
reconocer claramente que la forma del fenómeno de la voluntad, es decir, la
forma de la vida o de la realidad es propiamente lo presente y no lo futuro ni
lo pasado, que no existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la
conciencia sometida al principio de razón. En el pasado no ha vivido nadie, ni
en el porvenir tampoco; sólo el presente constituye la verdadera vida, pero es
también su patrimonio cierto, que nadie puede arrebatarle. El presente existe
siempre con su contenido; ambos se ostentan firmes como el arco iris en la
cascada. Pues la voluntad posee la vida y la vida el presente con posesión
segura y cierta. Es verdad que cuando volvemos la mirada a los siglos
transcurridos, a los millones de hombres que vivieron en ellos, preguntamos:
«¿Qué fueron, qué ha sido de ellos?» Pero nosotros sólo podemos evocar el pasado
de nuestra propia vida y revivir sus escenas en la fantasía y entonces
preguntamos: «¿Qué fue todo aquello? ¿Dónde ha ido a parar?». Pues todo ello
sufrió la suerte de tantos millones de hombres. O ¿hemos de pensar que el
pasado, por el hecho de recibir el sello de la muerte, adquiere una nueva
existencia? Nuestro propio pasado, el mismo día de ayer es sólo un sueño de la
fantasía y lo mismo que el pasado en que vivieron tantos millones de seres. ¿Qué
fue? ¿Qué es? Lo que ha sido y lo que es, es la voluntad, cuyo espejo es la vida
y el conocimiento, libre de todo querer, que la refleja nítidamente en dicho
espejo.
Quien no haya reconocido esto o no lo quiera reconocer, a las anteriores
preguntas sobre la suerte del pasado, debe añadir ésta: ¿por qué, él
precisamente, el que pregunta, tiene la dicha de poseer el presente precioso y
fugitivo tesoro, el único real, mientras que aquellos cientos de generaciones
humanas, incluso los héroes y los sabios de aquellos tiempos, se han hundido en
la noche del pasado y se han reducido a la nada, y, en cambio, él, su
insignificante yo, existe realmente? O más breve, pero igualmente extraño: ¿por
qué este ahora, su ahora, es actualmente y no lo fue antes? Al preguntar esto ve
su existencia y su tiempo como independientes la una del otro y aquélla como
encuadrada en éste; en realidad piensa dos tiempos, el uno que pertenece al
objeto, y el otro sujeto, y se asombra de que por una feliz contingencia
coincidan. Pero lo que constituye verdaderamente lo actual es (como he
demostrado en mi opúsculo sobre el principio de razón) el punto de contacto del
objeto, cuya forma es el tiempo, con el sujeto cuya forma no tiene nada que ver
con ninguna de las cuatro figuras del principio de razón. Pero todo objeto es la
voluntad en cuanto ha llegado a ser representación y el sujeto es el correlato
necesario del objeto; y objetos reales no los hay más que en la actualidad, en
el presente; el pasado y el porvenir no contienen más que meros conceptos y
fantasmas, por lo que el presente es la forma esencial de la manifestación de la
voluntad e inseparable de ésta.
El presente es lo único que existe siempre y
permanece inmutable. Si, concebido empíricamente es lo más fugitivo que pueda
imaginarse, desde el punto de vista metafísico que se eleva sobre las formas de
la intuición empírica, se nos revela como lo único permanente, el Nunc
stans de los escolásticos. La fuente y el sostén de su contenido es la
voluntad de vivir o la cosa en sí -que somos nosotros. Lo que constantemente
deviene y perece en cuanto, o ya ha sido o no ha llegado a ser todavía,
pertenece al fenómeno en cuanto tal en virtud de sus formas que hacen posible
el nacer y el perecer. Según esto deberá decirse: Quid fuit?- Quod est.
-Quid erit?- Quod fuit, tomándolo en el sentido riguroso de la palabra y
entendiendo por esto no simile, sino idem. Pues para la
voluntad la vida es lo cierto, y para la vida el presente. De aquí que cada
cual pueda decir también: «Yo soy definitivamente dueño del presente y me
acompañará por toda una eternidad como mi sombra; por esto no me asombra ni
pregunto de dónde procede este presente y cómo es que sea ahora mismo.»
Podemos comparar el tiempo con un círculo que
diera vueltas eternamente; la mitad que desciende sería el pasado; la otra
mitad que siempre asciende el futuro, y el punto superior indivisible que marca
el contacto con la tangente sería el presente inextenso; así como la tangente
no toma parte en el movimiento circular, tampoco el presente, el punto de
contacto del objeto cuya forma es el tiempo con el sujeto que carece de forma
porque no es cognoscible, sino que es la condición de todo conocimiento. 0
también podemos imaginar al tiempo como un río que nunca detiene su corriente,
y el presente una roca en el cual aquél se estrella, pero no puede arrastrarla
consigo. La voluntad como cosa en sí, tanto como el sujeto del conocimiento que
en último término y en cierto modo es la voluntad misma o su manifestación,
están emancipados del principio de razón; y así como a la voluntad le es
cierta la vida, su manifestación propia, también le es cierto el presente, única
forma de la vida real. Por consiguiente, no tenemos que investigar el pasado
anterior a la vida ni el futuro posterior a la muerte, porque sólo podemos
conocer el presente, forma única en que la voluntad se manifiesta(1);
es inseparable de ella, pero ella también lo es de él. Así, pues, el que se
contenta con la vida tal como ésta es, quien afirma todas sus manifestaciones,
puede confiadamente considerarla como sin fin y alejar de sí la idea de la
muerte como una quimera infundida por un absurdo temor de un tiempo sin
presente, parecido a aquella ilusión en virtud de la cual uno de nosotros se
imagina que el punto ocupado por él en el globo terrestre es lo alto y todo lo
demás lo bajo. Pues así como en nuestro globo lo alto se encuentra en cada
punto de la superficie, así el presente es la forma de toda la vida; el miedo a
la muerte porque ésta nos pueda arrebatar el momento presente es tan absurdo
como si temiéramos deslizarnos hacia lo bajo del globo terrestre desde la
altura en que ahora felizmente nos encontramos. La objetivación de la voluntad
tiene por forma necesaria el presente, punto indivisible que corta una línea
que se prolongase infinitamente en ambas direcciones y que permanece
inconmovible, como un mediodía eterno que no fuera interrumpido por noche
alguna, o semejante si se quiere al sol verdadero que arde sin cesar cuando nos
parece que se sumerge en el seno de la noche. De aquí que cuando un hombre teme
la muerte como si fuera la destrucción me parece como si el sol al ponerse
gritase: «¡Ay!, voy a perderme en la eterna noche.»(2)
En cambio, lo contrario también es verdad. El
que abrurnado por la carga de la vida y aun amándola y afirmándola, teme sus
adversarios y se rebela a soportar el penoso lote de su suerte, en vano espere
hallar la liberación en la muerte y salvarse por medio del suicidio. ¡Vano
espejismo el que le ofrece el Orco sombrío y helado! La Tierra rueda por el
espacio, pasando del día a la noche: el individuo muere, pero el sol brilla sin
cesar y el mediodía es eterno. La voluntad de vivir sabe que la vida es cierta,
la forma de la vida es un presente sin fin y es indiferente que los individuos,
manifestaciones de la Idea, nazcan y mueran como ensueños fugitivos. El
suicidio se nos presenta aquí ya, como un acto insensato e inútil; si
ahondamos ahora más en estas consideraciones se nos mostrará aún a una luz
menos favorable.
Los dogmas cambian y nuestra ciencia es engañosa;
pero la naturaleza no yerra; su marcha es segura y ella no la disfraza. Cada uno
de nosotros está entero en ella y en cada uno de nosotros. En cada ser vivo
tiene su centro: el animal encuentra seguramente su ruta para entrar en la
existencia y también para salir de ella; entretanto vive sin temor a la
destrucción y sin cuidados, sostenido por la conciencia, de que es la
Naturaleza misma, y, como ella, inmortal. Tan sólo el hombre lleva en sí el
concepto abstracto de la muerte; pero ésta sólo le angustia (circunstancia
digna de ser meditada) en ciertos momentos, cuando algún hecho se la trae a la
imaginación. Contra la poderosa voz de la Naturaleza, la reflexión puede poco.
También en él, como en el animal, que no piensa, reina la convicción de ser
él mismo la Naturaleza, el mundo mismo, la cual impide que le atormente en
demasía la idea de una muerte inevitable que de continuo le amaga, a lo cual se
debe que pueda proseguir con tranquilidad su vida, como si no debiera cesar
nunca; y tan lejos llega esta idea que pudiéramos asegurar que ningún hombre
tiene la convicción completa de que ha de morir, pues, de ser así, no habría
la diferencia que hay entre el estado de ánimo de un hombre en general y el de
un condenado a muerte. Cada uno de nosotros posee, es cierto, esta convicción
de una manera abstracta y teórica, pero la deja a un lado, como hacemos con
muchas verdades teóricas jamás aplicadas en la práctica, y jamás le da
acceso en la conciencia viva. Y si analizamos atentamente esta disposición del
hombre veremos que no bastan para explicarla ni el hábito ni la resignación y
que su verdadero origen, mucho más profundo, es el que hemos indicado. Y esto
explica también que siempre y en todos los pueblos el dogma de una existencia
del individuo después de la muerte haya gozado de gran autoridad, aunque su
prueba sea difícil e insuficiente, mientras que es fácil probar la tesis
contraria, y aun se puede prescindir de toda prueba, porque el sentido común la
reconoce como un hecho, fortalecido por la certidumbre de que la naturaleza no
miente ni se equivoca nunca, sino que muestra franca e ingenuamente cuanto es y
cuanto hace, siendo nosotros los que velamos todo esto con nuestras ilusiones,
interpretándolo en el sentido que mejor conviene a los estrechos límites de
nuestra imaginación.
Ya hemos visto con perfecta claridad que sólo
la manifestación individual de la voluntad es lo que comienza y acaba en el
tiempo; pero que esto no afecta a la voluntad en sí ni al correlato de todo
objeto, o sea al sujeto que conoce y nunca es conocido. Hemos visto también,
por otra parte, que la voluntad de vivir es eterna; pero estas consideraciones
no conducen a los dogmas de perpetuidad de que hablábamos antes. La voluntad en
sí y el sujeto puro del conocimiento, ojo eterno del mundo, existen fuera del
tiempo y no conocen ni la permanencia ni la destrucción, que es el lenguaje del
tiempo. Por eso el egoísmo del individuo (que como tal individuo es una
manifestación particular de la voluntad iluminada por el sujeto del
conocimiento) no puede valerse de esta doctrina para apagar su sed de
inmortalidad, pues no puede alimentar la certeza de que después de su muerte el
mundo siga existiendo, lo cual significa lo mismo que he dicho antes, pero desde
el punto de vista objetivo y temporal, por consiguiente. Pues si sólo como fenómeno
desaparece el individuo, siendo, como cosa en sí, independiente del tiempo, es
decir, eterno, en cambio, sólo como fenómeno es distinto de los demás
objetos. Como cosa en sí es voluntad que se manifiesta en todas partes y la
muerte viene a desvanecer esa ilusión que le hace creer que su conciencia es
distinta de la conciencia universal: en esto consiste su eternidad. La ausencia
de la muerte, propiedad exclusiva de la cosa en sí, coincide, como fenómeno,
con la duración del resto del mundo exterior.(3)
Aunque reducida al estado de mero sentimiento,
la conciencia de lo que acabamos de elevar a noción distinta es lo que
preserva, como hemos dicho, incluso al ser racional, de ver su existencia
emponzoñada por la idea de la muerte. Ésta es la que le comunica el valor de
vivir que conforta a todo ser vivo y le emancipa de todo temor, como si la
muerte no existiera, al menos mientras se ama y apetece la vida. Lo cual no
obsta, sin embargo, a que cuando la muerte se presenta ante el hombre en
realidad o en imaginación y tiene que contemplarla cara a cara, se apodere de
él el temor de morir y trate por todos los medios de salvar su vida. Pues si
mientras su inteligencia estaba puesta en la vida como tal vida debía reconocer
en ella la eternidad, cuando la muerte se presenta, ha de representársela como
lo que es, a saber: el fin en el tiempo del individuo temporal. No es el dolor
lo que tememos en la muerte, pues el dolor lo soportamos en la vida y, además,
con la muerte nos libramos de él, o a la inversa, preferimos los más crueles
dolores a una muerte breve y fácil. Muerte y dolor son cosas distintas a
nuestros ojos. Lo que nos infunde pavor en la muerte es el aniquilamiento del
individuo, por ser así como la concebimos, y el individuo, que es la voluntad
de vivir en su única objetivación, se rebela con todo su ser contra la muerte.
Cuando el sentimiento nos abandona, la razón,
sobreponiéndose en parte a esas impresiones penosas, acude en nuestra ayuda,
elevándonos a un punto de vista desde donde podemos percibir lo general, en vez
de lo particular. El que adquiere del mundo un conocimiento filosófico del
grado del que aquí estamos examinando, pero que no llegase más allá, podría,
aun desde ese punto de vista, ayudar al hombre a vencer los terrores de la
muerte en la medida en que en un individuo dado la reflexión tiene poder sobre
el sentimiento inmediato. Un hombre que se asimilara completamente estas
verdades que acabo de exponer, pero que no se hallase en estado de reconocer, ya
por su experiencia propia, ya por la profundidad de su inteligencia, que el
fondo de la vida es un dolor perpetuo, y que, por el contrario, estuviera
satisfecho con la existencia y encontrándola a su gusto deseara con ánimo
sereno que su vida durase eternamente y recomenzara sin cesar; un hombre, en
fin, que amase la vida lo bastante para pagar sus goces con los cuidados y
tormentos a que está expuesto, «descansaría con sólida planta sobre el
redondeado y eterno suelo de la tierra», y nada tendría que temer; armado con
el conocimiento que hemos apuntado, vería con indiferencia llegar la muerte en
alas del tiempo, considerándola como una falsa apariencia, como un fantasma
impotente, propio únicamente para asustar a los débiles, pero que no amedrenta
al que sabe que él mismo es esa voluntad de que el mundo es copia y objetivación
y que tiene asegurada una vida y un presente eternos, forma ésta, última, real
y exclusiva del fenómeno de la voluntad. A tal individuo no podría arredrarle
un pasado o un porvenir indefinido en que él no existiera, pues los consideraría
como un vano espejismo, como el velo de Maya, y no temería la muerte, como el
sol no se asusta de la noche. En este punto de vista se coloca Chrisna en el Bhagavat
Gita, cuando al instruir a su nuevo discípulo Arjuna que contempla a los
ejércitos dispuestos a combatir y poseído de singular tristeza (lo mismo se
cuenta de Jerjes) quiere renunciar a la lucha para evitar la muerte de tantos
miles de hombres: Chrisna le convence, y entonces no le detiene ya la idea de la
destrucción de tantas vidas y da la señal de ataque. Este mismo punto de vista
es el de Goethe en el Prometeo, cuando dice:
«¡Heme aquí que vengo
a formar al hombre
a semejanza mía,
una raza igual a mí
condenada a sufrir y a llorar,
a gozar y a regocijarse
como yo!».
A este mismo resultado conducirían también la
filosofía de G. Bruno y la de Espinoza si sus errores y defectos no viniesen a
perturbar esta convicción. La de Bruno no tiene verdadera moral; la moral de
Espinoza no es una consecuencia muy lógica de sus doctrinas, y, aunque
admisible, está enlazada con ellas por una argumentación defectuosa y sofística.
Por último, este mismo punto de vista sería el de muchas personas si su
conocimiento marchase al compás de su voluntad, es decir, si fueran capaces de
comprenderse perfectamente a sí mismos desechando toda ilusión, pues para el
conocimiento, éste es el punto de vista absoluto de la afirmación de la
voluntad de vivir.
Pero veamos lo que significa esta voluntad que
se afirma a sí misma. Aunque su objetividad, es decir, la vida y el mundo, la
hacen reconocer de un modo claro y constante su esencia propia bajo la forma
representativa, tal conocimiento no dificulta en modo alguno su volición, sino
que esta vida así conocida sigue siendo deseada como tal, como era deseada sin
el conocimiento, es decir, como impulso ciego, y ahora es querida consciente y
reflexivamente.
Lo contrario, la negación de la voluntad de
vivir, sobreviene cuando el conocimiento aniquila la voluntad, porque entonces
los fenómenos de la percepción no obran ya como estímulos sobre la voluntad;
por el contrario, en la concepción de las Ideas, que reflejan la esencia del
mundo, encuentra un calmante, un aquietador, que la serena y la impulsa a
anularse ella misma espontáneamente.
Estos conceptos completamente nuevos y tan difíciles
de comprender en esta expresión general se harán perfectamente claros, así lo
espero, cuando haya expuesto, como voy a hacerlo en seguida, los fenómenos, que
aquí son las formas de la conducta en las que se manifiesta, de una parte la
afirmación en sus diferentes grados y de otra, la negación. Pues ambas
dimanan, ciertamente, del conocimiento; pero no de un conocimiento abstracto que
pueda expresarse con palabras, sino que se traduzca en hechos y en la conducta
de los hombres, independientemente de los dogmas que puedan ocupar su razón en
forma de conceptos abstractos.
NOTAS A PIE DE PÁGINA
1. Scholastici docuerunt,
quod aeternitas non sit temporis sine fine aut principio successio; sed Nunc
stans. i. e. idem nobis Nunc esse quod erat Nunc Adamo:
i. e. inter nunc et nunc nullam esse differentiam. (Hobbes, Leviathan,
c. 46)
2. En las «Conversaciones»
de Eckermann dice Goethe: «Nuestro espíritu es un ser de naturaleza
indestructible, es algo que obra de eternidad en eternidad. Es como el sol, que
sólo a nuestros ojos terrestres parece ponerse, pero que en realidad nunca se
pone, sino que sigue luciendo eternamente.» La comparación la tomó Goethe de
mí y no yo de él. Sin duda en esa
conversación, que lleva fecha de 1824, recordó
inconscientemente el pasaje anterior, que se encuentra ya textualmente en mi
primera edición, p. 401, y que se repetía en la p. 528 como ahora al final del
párrafo 65. Esta primera edición le había sido remitida en diciembre de 1818
y en marzo me envió a Nápoles, donde estaba yo entonces, su aprobación, por
conducto de mi hermana; a la carta de ésta unió una papeleta en que había
puesto los números de las páginas que le habían gustado más: lo que prueba
que había leido mi obra.
3. En el Veda este
pensamiento se expresa diciendo que cuando un hombre muere, su facultad de ver
se confunde con el sol, su olfato con la tierra, su gusto con el agua, su oido
con el aire, su voz con el fuego, etc. (Oupnek'hat, vol. 1, p. 249 y sig.). Este
es también el sentido de cierta cerenionia especial en que el moribundo lega
sus facultades y sus sentidos a su hijo, como en quien deben continuar
existiendo desde entonces (Ebd. t. 2, p. 82 y sig.).
En cada uno de los grados en que la voluntad
aparece iluminada por el conocimiento, se reconoce como individuo. En el espacio
infinito y en el tiempo infinito el individuo se encuentra dentro de su finitud
y por consiguiente como una dimensión infinitamente pequeña, perdido en la
inmensidad de aquello cuya existencia frente a dicha inmensidad no cuenta con un
Cuando y Donde absolutos, pues su lugar y su duración son partes finitas de un
todo infinito y sin límites. Su existencia está verdaderamente limitada al
momento actual, cuyo fluir en el pasado es un caminar perpetuo hacia la muerte,
un constante morir, porque su vida pasada, si hacemos abstracción de sus
consecuencias para la presente y del testimonio que representa de la voluntad
que en ella se imprime, está definitivamente terminada y muerta, ya no existe;
por lo que pensando racionalmente lo mismo le debería dar haber sufrido que
haber gozado. Pero el presente se convierte siempre en sus manos en pasado y el
futuro es incierto y siempre de corta duración. Por lo cual, su existencia, si
la consideramos sólo desde el punto de vista formal, es un constante caer del
presente en el pasado muerto, un constante morir. Pero si consideramos ahora la
cosa por el lado físico, es evidente que así como nuestro andar es siempre una
caída evitada, la vida de nuestro cuerpo es un morir incesantemente evitado,
una destrucción retardada de nuestro cuerpo; y finalmente la actividad de
nuestro espíritu no es sino un hastío evitado. Cada uno de nuestros
movimientos respiratorios nos evita el morir; por consiguiente, luchamos contra
la muerte a cada segundo, y también el dormir, el comer, el calentarnos al
fuego son medios de combatir una muerte inmediata. Pero la muerte ha de triunfar
necesariamente de nosotros, porque le pertenecemos por el hecho mismo de haber
nacido y no hace en último término sino jugar con su víctima antes de
devorarla. Mientras tanto hacemos todo lo posible por conservar la vida, como
inflaríamos una burbuja de jabón todo lo que se puede, aunque sabemos que al
fin ha de estallar.
Según hemos visto, la esencia de la Naturaleza
que no piensa es una constante aspiración sin fin y sin descanso, lo que vernos
de una manera más clara en el animal y en el hombre. Querer y ambicionar: esta
es su esencia como si nos sintiéramos poseídos de una sed que nada puede
apagar. Pero la base de todo querer es la falta de algo, la privación, el
sufrimiento. Por su origen y por su esencia, la voluntad está condenada al
dolor. Cuando ha satisfecho todas sus aspiraciones siente un vacío aterrador,
el tedio; es decir, en otros términos, que la existencia misma se convierte en
una carga insoportable.La vida como péndulo, oscila constantemente entre el
dolor y el hastío, que son en realidad sus elementos constitutivos. Este hecho
ha sido simbolizado de una manera bien rara: habiendo puesto en el infierno
todos los dolores y todos los tormentos, no se ha dejado para el cielo más que
el aburrimiento.
El perpetuo anhelar que constituye en el fondo
todo fenómeno de voluntad encuentra, en los grados superiores de su objetivación,
su razón de ser principal y más común en que en ellos la voluntad se muestra
a sí misma bajo la forma corporal que le exige imperiosamente el alimento; lo
que da tanta fuerza a esta orden es que el cuerpo no es otra cosa que la
voluntad de vivir objetivada. Siendo el hombre la objetivación más perfecta de
la voluntad de vivir, es al mismo tiempo el ser que tiene más necesidades; no
es en todas partes más que volición y necesidad concretas y puede decirse que
es una concreción de mil necesidades. Y con todo esto se encuentra en el mundo
abandonado a sí mismo, incierto de todo menos de su indigencia y de sus
necesidades; de aquí que toda su vida la absorban los cuidados que reclama la
conservación de su cuerpo. A esto se une luego el imperativo de la propagación
de la especie, Por todas partes se acechan peligros de todo género y necesita
desplegar una actividad infatigable, una constante vigilancia para evitarlas.
Tiene que recorrer su camino con pies de plomo, escrutando con mirada recelosa,
pues te acechan toda clase de contingencias y de adversarios. Así caminaba en
el estado salvaje y así camina ahora en las sociedades civilizadas. Jamás se
encuentra seguro.
La vida de la mayor parte de los hombres no es
más que la lucha constante por su existencia misma, con la seguridad de
perderla al fin. Pero lo que les hace persistir en esta fatigosa lucha no es
tanto el amor a la vida como el temor a la muerte, que, sin embargo, está en el
fondo y de un momento a otro puede avanzar. La vida misma es un mar sembrado de
escollos y arrecifes que el hombre tiene que sortear con el mayor cuidado y
destreza, si bien sabe que aunque logre evitarlos, cada paso que da le conduce
al total e inevitable naufragio, la muerte. Ella es la postrera meta de la
fatigosa jornada, que le asusta más que los escollos que evita.
Pero también es muy digno de atención por una
parte que los mismos dolores y males de la vida son fáciles de evitar, y que la
misma muerte, en huir de la cual empleamos el esfuerzo de nuestra vida, es de
desear y a veces corremos hacia ella gustosos, y por otra parte que tan pronto
como la necesidad y el sufrimiento nos conceden una tregua, estamos tan próximos
al tedio que deseamos que pasen las horas rápidas.
Lo que a todo ser vivo le ocupa y le pone en
movimiento es la lucha por la vida. Pero con la vida una vez asegurada no hemos
hecho nada aún; necesitarnos sacudir la carga del hastío, hacerla insensible,
matar el tiempo, es decir, matar el aburrimiento. En consecuencia con esto vemos
que todas las personas que han conseguido ponerse a cubierto de la necesidad y
las preocupaciones por la subsistencia después de haber sacudido todas las
cargas, son ellos una carga para sí mismos y ven con alegría cada hora que
matan, es decir, cualquier abreviación de su vida, en cuya posible prolongación
habían empleado hasta entonces todas sus fuerzas. El aburrimiento no es un mal
que se deba tener en poco, deja en el rostro la huella de una verdadera
desesperación. Hace que seres corno los hombres que tan poco se aman se busquen
unos a otros, siendo por esto el origen de la sociabilidad. El mismo Estado se
previene contra el aburrimiento de los ciudadanos como contra otras calamidades,
porque este mal, así como su contrario, el hambre, puede lanzar al hombre a los
mayores excesos: el pueblo necesita panem et Circenses. El riguroso
sistema penitenciario de Filadelfia convierte en instrumento de suplicio el
aburrimiento por medio de la soledad y la inacción; y es tan temible que los
penados recurren al suicidio. Así como la necesidad es el látigo del pueblo,
el tedio lo es de las gentes principales. En la vida burguesa está representado
por el domingo, así como la necesidad por los seis días restantes de la
semana.
Ahora bien, entre el querer y el lograr se
desliza la vida humana. El deseo es por su naturaleza doloroso; la satisfacción
engendra al punto la saciedad; el fin era sólo aparente; la posesión mata el
estímulo; el deseo aparece bajo una nueva figura, la necesidad vuelve otra vez,
y cuando no sucede esto, la soledad, el vacío, el aburrimiento, nos atormentan
y luchamos contra éstos tan dolorosamente como contra la necesidad. Para que
una vida transcurra felizmente es necesario que entre el deseo y la satisfacción
no medie un tiempo ni demasiado corto ni demasiado largo, porque de este modo se
reduce el sufrimiento que ambos causan. Pues lo que constituye la parte más
hermosa de la vida y nos proporciona los más puros goces, a saber, el
conocimiento puro, extraño a toda volición, el gusto de lo bello, los
depurados placeres del arte, precisamente porque nos apartan de la vida real,
transformándonos en espectadores desinteresados, como exigen raras dotes, sólo
es patrimonio de unos pocos y aun a estos mismos sólo les divierte como un sueño
pasajero y aún les hace más susceptibles de grandes sufrimientos y los aísla
de los otros marcadamente inferiores a ellos, por lo que todo viene a
compensarse. Pero a la inmensa mayoría de los hombres le son poco accesibles
los goces intelectuales; el placer que proporciona el conocimiento puro les es
casi completamente desconocido; están completamente entregados al deseo. Por lo
cual, si algo les interesa deberá ser (y esto ya va en la significación misma
de la palabra) lo que excite su voluntad, aunque no sea sino por una relación
lejana y sólo posible con ella; pero no deben pasar de aquí, porque su esencia
consiste más en el querer que en el conocer; la acción y la reacción es su único
elemento. Expresan de la manera más ingeniosa esta su naturaleza, y así, por
ejemplo, escriben su nombre en los lugares célebres que visitan, reaccionando
de esta manera, actuando sobre las cosas, ya que las cosas no actúan sobre
ellos; no pueden limitarse a observar una animal raro y exótico, sino que lo
estimulan, lo excitan, juegan con ellos para sentir la acción y la reacción.
Pero sobre todo, esta necesidad de estimular la voluntad se manifiesta en la
invención y cultivo de los juegos de naipes, que es la expresión más
apropiada de este lamentable lado de la humanidad.
Pero sea cual sea la acción de la naturaleza y
de la suerte y trátese de quien se trate y de lo que posea, no se sustraerá
nunca al dolor de vivir.
HhleidhV d’ ymwxen, idwn eiV ouranon eurun.
(Pelides autem ejulavit, intuitus in coelum latum.)
Y a su vez.
ZhnoV mpn paiV ma KronionoV, autar oizun
Eixon areiresimn.
(Jovis quidem Filius eram Saturnii; verum aerumnam Habebam infinitam.)
Los esfuerzos incesantes para desterrar el
dolor no consiguen otra cosa que variar su figura: ésta es primordialmente
carencia, necesidad, cuidados por la conservación de la vida. Al que tiene la
fortuna de haber resuelto este problema, lo que pocas veces sucede, le sale de
nuevo el dolor al paso en mil otras formas, distintas, según la edad y las
circunstancias, como pasiones sexuales, amores desgraciados, envidia, celos,
odios, terrores, ambición, codicia, enfermedades, etcétera. Y cuando no puede
revestir otra forma toma el ropaje gris y tristón del fastidio y el
aburrimiento, contra el cual tantas cosas se han inventado. Y aunque se
consiguiese alejar éste, difícil sería que no volviese en cualquiera de las
otras formas para empezar otra vez su ronda; pues entre dolor y aburrimiento se
pasa la vida. Por mucho que nos abatan estas consideraciones, quiero, sin
embargo, poner la atención en uno de sus aspectos, del cual podemos obtener un
consuelo y quizá una estoica indiferencia ante nuestras propias desdichas. Pues
la impaciencia con que las conllevamos depende en gran parte de que las
consideramos contingentes, es decir, como traídas por una serie de causas que
muy bien pudiera haber sido otra. Pues los males que consideramos como
necesarios y generales, la vejez y la muerte y muchas molestias de la vida
diaria, no suelen preocuparnos. La consideración de que se trata de una
circunstancia casual es precisamente lo que nos proporciona dolor, lo que da al
hecho su aguijón. Pero si llegáramos a convencernos de que el dolor como tal
es esencial e inseparable de la vida y la forma en que se presenta, lo único
accidental y, dependiente del acaso, de que nuestra vida presente ocupa un lugar
en el que sin cesar pronto sería reemplazada por otra alejada ahora del mismo y
que por consiguiente el destino poco nos puede quitar; tal reflexión, en caso
de convertirse en viva persuasión, podría suministrarnos una buena dosis de
ecuanimidad estoica, disminuyendo en gran parte nuestros angustiosos temores egoístas.
Pero de hecho, tal poderoso dominio de la razón sobre los dolores que sentimos
de un modo inmediato pocas veces o nunca se encuentra.
Por lo demás, esta consideración sobre la
inevitabilidad del dolor y la sustitución de unos dolores por otros y de la
aparición de nuevos males por la repetición de los anteriores, puede llevarse
hasta sostener la hipótesis, paradójica, pero no absurda, de que en cada
individuo está determinada de antemano la medida del dolor que ha de soportar
por su naturaleza, medida que no puede contener ni más ni menos de lo que en
ella cabe, aun cuando la forma del dolor pueda variar. Según esto, su próspera
o adversa fortuna no procedería del exterior, sino del interior y variaría por
su disposición física en las distintas épocas, pero en conjunto sería la
misma y no distinta de lo que se llama temperamento, o más exactamente, el
grado que posee de sensibilidad ligera o fuerte, o como Platón dice en el
primer libro de la República: eukoloV o duskoloV de humor fácil o difícil.
El hecho, observado frecuentemente, de que los
grandes dolores nos hacen insensibles a los pequeños y a la inversa, que a
falta de grandes sufrimientos, las más pequeñas contrariedades nos atormentan
e irritan, habla a favor de esta hipótesis; pero además, la experiencia nos
enseña que cuando soportamos una gran desgracia que sólo con pensar en ella
nos estremecíamos, nuestro ánimo sigue siendo siempre el mismo una vez
experimentado el dolor primero; y, a la inversa, cuando alcanzamos una dicha
largo tiempo apetecida, apenas nos sentimos más contentos ni más alegres que
antes, una vez pasado el primer momento. En el instante mismo de producirse
tales cambios la emoción es fuerte y se sale de lo corriente, manifestándose
en exclamaciones de desesperación o de júbilo, pero como efecto de una ilusión
cesa pronto. La desesperación o el júbilo no eran debidos al dolor ni al gozo
presentes, sino a la perspectiva de un porvenir anticipado. Lo que tan anormales
proporciones les permite adquirir es esta anticipación de lo futuro; por eso se
comprende que no puede tener gran duración.
Podemos hacer notar también en apoyo de
nuestra hipótesis de que el sentimiento está en parte, como el conocimiento,
determinado a priori que la alegría o la tristeza humanas no son producto de
circunstancias exteriores, como la riqueza o la posición social, puesto que
hallamos tantas caras alegres entre los ricos como entre los pobres. Notemos
también que los motivos de suicidio son diferentes según los hombres, pues con
dificultad hallaríamos desgracia alguna tan grande que condujera al suicidio en
todos los caracteres y pocas hay entre las más pequeñas que no hayan conducido
alguna vez a esta determinación. Por consiguiente, no siendo igual en todos los
momentos el grado de alegría o de tristeza no lo debemos atribuir al cambio de
las condiciones exteriores sino al del estado interior o a la disposición física.
Cuando la satisfacción va creciendo, hasta llegar a la alegría, el cambio se
produce ordinariamente sin motivo alguno exterior. En efecto, nuestro dolor es
muchas veces provocado por algún accidente exterior, y esto es indudablemente
lo que nos perturba y aflige, porque creemos que si hubiera modo de suprimir
dicho accidente experimentaríamos gran contento. Pero esto es mera ilusión. La
cantidad de alegría y tristeza, según hemos dicho, es siempre la misma en cada
instante, y con respecto a ella aquel motivo de tristeza es lo que para el
cuerpo un vejigatorio que llama a sí todos los males humores repartidos por el
organismo. Sin esta causa determinada e interior el dolor correspondiente a
nuestra naturaleza, y por lo tanto inexcusable, estaría repartido en muchos
puntos y se manifestaría bajo la forma de mil pequeñas contrariedades o
caprichos extravagantes por cosas a las que no damos en el momento importancia
alguna, porque nuestra capacidad de dolor está saturada por un padecimiento
mayor que ha concentrado en un solo punto todos los dolores distribuídos hasta
entonces en diferentes lugares. Igualmente, si el éxito en un negocio nos
libera de la inquietud que nos angustiaba, ésta es luego sustituida
inmediatamente por otra, cuya sustancia existía ya en nosotros pero que no
lograba aparecer en la conciencia para agitarla por estar ésta colmada ya; tal
motivo de inquietud pasaba inadvertido, como forma nebulosa y sombría, en el límite
extremo de nuestra conciencia. Pero cuando ha encontrado ya un puesto se destaca
como cuidado positivo y ocupa el trono de la inquietud dominante (prutaennonsai);
y aun siendo más pequeño que el desaparecido, sabrá hincharse hasta igualar
en magnitud y así, como primer cuidado del día, llenar completamente el trono.
Las alegrías excesivas y los más vivos
dolores se suelen encontrar en una misma persona, pues aquéllas y éstos se
condicionan recíprocamente y tienen por condición común una gran vivacidad de
espíritu. Según hemos visto, ambos provienen no tanto de lo presente como de
la consideración de lo porvenir. Pero siendo el dolor esencial de la vida y
hallándose determinado en sus proporciones por la naturaleza del individuo, los
cambios repentinos provenientes del exterior no pueden determinar su grado. Toda
alegría excesiva (exultatio, insolens laetitia) nace siempre de
creer que hemos hallado en la vida una cosa que no puede hallarse jamás: la
desaparición definitiva de los cuidados que nos atormentan y que renacen sin
cesar. Cada una de estas ilusiones nos es arrebatada más tarde y su pérdida
nos produce entonces tanto dolor como alegría nos produjo su aparición. Pudiéramos
compararla a una montaña escarpada a la cual no se debe subir porque no hay
modo de bajarla más que dejándose caer desde su cima: una caída de este género
es todo dolor repentino y exagerado y procede de la pérdida de la ilusión.
Siendo esto así, deberíamos evitar todo extremo, procurando contemplar el
conjunto y el encadenamiento de las cosas con ánimo sereno y sin atribuirles
nunca los colores que desearíamos que tuviesen. El empeño principal de la
moral estoica fue emancipar el ánimo de esta quimera y de su consecuencia e
inculcarle en cambio una perfecta ecuanimidad. De este mismo sentimiento se
encuentra penetrado Horacio en la conocida oda:
Aequam memento rebus in arduis
Servare mentem, non secus in bonis
Ab insolenti temperatem
Laetitia.
Pero la mayor parte de las veces nos negamos a
aceptar esta idea, como nos negaríamos a beber una medicina amarga, esta idea
de que el dolor es esencial a la vida y no proviene del exterior, sino que cada
uno de nosotros lo llevamos dentro de nosotros mismos, como un manantial que no
se agota. Siempre buscamos una causa o un pretexto exterior del dolor que no se
separa de nosotros; somos como el hombre libre que se crea un ídolo para tener
un amo. Pues infatigablemente volamos de deseo en deseo, y aunque ninguna
realización, por mucho que prometa, pueda satisfacernos y no sea más que un
vergonzoso error, nos empeñamos, no obstante, en no comprender que estamos
haciendo el trabajo de las Danaides y corremos incesantemente hacia nuevos
deseos.
Sed, dum abest quod avemus, id exsuperare
videtur
Caetera; post aliud, quum contigit illud, avemus;
Et sitis aequae tenet vitai semper hiantes.
(Lucr., III, 1095)
Así continuamos hasta el infinito, lo que es más
raro y ya impone una cierta fuerza de carácter, hasta que encontramos su deseo
que no podemos satisfacer ni renunciar; entonces poseemos en cierto modo lo que
anhelamos, a saber: algo a lo que podemos achacar siempre el ser la causa de
nuestros dolores, en vez de acusar a nuestro propio ser; este algo nos malquista
con la suerte, pero nos reconcilia con la vida porque aleja de nuestro espíritu
la idea de que el dolor es parte de nuestra naturaleza y de que toda dicha es
imposible. La consecuencia de este proceso es una disposición algo melancólica.
El hombre lleva en sí entonces un grande y único dolor que le hace olvidar
todas las alegrías y todas las aflicciones menores. Esto constituye ya una
actitud más digna que no la carrera incesante en pos de fantasmas que varían
continuamente.