El mundo en toda la multiplicidad de sus partes y formas es el fenómeno, o sea
la objetivación de una voluntad de vivir única. La misma existencia y sus
formas, tanto en el conjunto como en cada una de las partes, provienen de la
voluntad únicamente. Ésta es libre y omnipotente. En cada cosa la voluntad
aparece como determinándose a sí misma con exclusión de toda relación
temporal. El mundo no es más que el espejo de esta voluntad, y toda su
imperfección, todos sus dolores y tormentos pertenecen a la expresión de lo
que la voluntad se propone y es como es porque ella lo quiere. Por consiguiente,
todo ser, por un decreto de estricta justicia, lleva sobre sí la carga de la
existencia en general y luego la de su especie y la de su propia individualidad,
absolutamente como es, dadas las circunstancias y en un mundo tal como el que
vemos, gobernado por la contingencia y el error, finito, efímero y creado para
el dolor; lo que sucede y sucederá es la pura justicia, pues tal es su voluntad
y a tal voluntad tal mundo. La responsabilidad de la existencia y del modo de
ser del mundo recae sobre el mundo mismo y sobre nadie más, pues ¿quién
cargaría con ella? Si se quiere saber lo que vale el hombre moralmente
considerado en conjunto, no hay sino considerar su destino también en general.
Tal destino no es más que necesidad, miseria, dolor, tormento y muerte. Existe
una justicia y la suerte del hombre no sería tan triste si él mismo no fuese
tan indigno. En este sentido podemos decir que el destino del mundo es su
sentencia. Si se pusiere en uno de los platillos de la balanza toda la miseria
del mundo y en el otro todas las culpas de los hombres, la aguja permanecería
en el fiel.
Sin embargo, el conocimiento, tal como se
manifiesta en cuanto puesto al servicio de la voluntad y tal como se le alcanza
al individuo en cuanto individuo, no concibe el mundo tal como lo concibe el
observador, o sea como la objetivación de una voluntad de vivir que constituye
una sola cosa con él. La vista del individuo está enturbiada, como dicen los
indios, por el velo de Maya; no ve la cosa en sí, sino un fenómeno en el
tiempo y en el espacio, en el principio de individuación y en las otras formas
del principio de razón. Dado este modo de conocer el individuo no descubre la
unidad de la esencia de las cosas; no ve más que los fenómenos en su múltiple
variedad, en su aislamiento, en su número inagotable y en su oposición.
Entonces cree que el placer y el dolor son cosas radicalmente distintas;
considera a unos hombres como verdugos y a otros como víctimas; la perversidad
es para él una cosa y otra distinta el dolor. Y al ver al uno colmado de
dichas, disfrutando de la abundancia y de la voluptuosidad, y al otro morir de
hambre y de frío a sus puertas, se pregunta: ¿dónde está la justicia? Y él
mismo, arrastrado por el impulso ciego de esa misma voluntad que constituye su
esencia, se lanza a los goces de la vida, abrazándolos con todas sus fuerzas
sin saber que por ese mismo acto ha vinculado en sí todos los dolores de la
existencia y todos los tormentos que un momento antes le estremecían de horror.
Ve el dolor y la maldad en el mundo; pero, lejos de comprender que ambas cosas
no son sino los dos lados del fenómeno único de la voluntad de vivir, le
parecen cosas contrarias y con frecuencia recurre a la malicia, es decir, trata
de mortificar a los demás para librarse de los dolores y afecciones de su
propia individualidad extraviado por los errores de la individuación y engañado
por el velo de Maya. Pues así como el marino, cuando el mar irritado ruge
furiosamente levantando monstruosas olas que cubren el horizonte, permanece
sentado en su barco tranquilo y confiado en su débil embarcación, así el
hombre en un mundo lleno de dolores, permanece aislado y sereno porque pone su
confianza en el principio de individuación o sea en la manera que como
individuo tiene de ver las cosas considerándolas en su mera fenomenalidad. El
vasto mundo en donde rebasa el dolor tanto en el pasado infinito como en un
futuro interminable es para él algo extraño, una fábula. Lo único que para
él tiene realidad es su insignificante persona, su presente, que no es más que
un punto, su bienestar del momento; para conservar todo esto hace esfuerzos
indecibles hasta que un conocimiento más profundo de las cosas ilumina su
mirada. Hasta este momento, en los más ocultos repliegues de su conciencia sólo
se agita un oscuro presentimiento de que quizá el mundo no sea completamente
ajeno a él y tenga relaciones de que el principium individuationis no
puede librarle. A este presentimiento se debe la invencible emoción que hace
presa en todos los hombres (y quizá también en los animales más inteligentes)
cuando por cualquier contingencia se encuentran desorientados por el principio
de individuación; es decir, cuando el principio de razón parece derogado en
alguna de sus formas, cuando creemos haberse producido un cambio sin causa, o
que una persona muerta ha resucitado, o que lo pasado reaparece, o vemos próximos
objetos muy lejanos. Entonces se apodera de nosotros un terror inmenso porque
nos sentimos desconcertados en nuestra manera de comprender los fenómenos, que
es lo que hace que consideremos nuestro individuo como cosa separada del mundo.
Pero esta separación no existe más que en el fenómeno y no en la cosa en sí;
y precisamente en ésta está la justicia eterna. En realidad toda nuestra dicha
y toda nuestra sabiduría están cimentadas sobre arena. La prudencia nos
previene contra las adversidades; la dicha nos proporciona goces, pero el
individuo no es más que fenómeno y si se ve libre de los dolores que otros
padecen es sólo como fenómeno y en virtud del principium individuationis.
Si atendiéramos a la verdadera esencia de las cosas, cada uno de nosotros debería
mirar como cosa suya todos los dolores del mundo, considerando como reales aun
los meramente posibles, mientras continúe siendo una firme voluntad de vivir,
es decir, mientras afirme la vida con todas sus potencias. Para aquel cuyo
conocimiento vaya más allá del principium individuationis, una vida
dichosa, presente del azar o resultado de la prudencia contra el destino, en
medio del dolor, no es más que el ensueño del mendigo durante el cual se
figura ser rey, pero del que ha de despertar para reconocer que al querer
elevarse por encima de las miserias de la existencia había sido víctima de la
ilusión.
El conocimiento subordinado al principio de razón,
al principium individuationis, es incapaz de comprender la justicia
eterna; en vano la busca el hombre en estas condiciones y no puede hacer más
que sustituirla por fantasmas. Ve cómo el malvado, después de haber cometido
todo género de infamias, vive honrado y dichoso y muere sin castigo, y en
cambio ve al oprimido arrastrar una existencia miserable sin que nadie se cuide
de redimirle ni de vengarle. Sólo el que sabe elevarse sobre el conocimiento
que procede según el principio de razón y que se limita a las cosas
particulares es el que ve y comprende la justicia eterna, porque éste concibe
las Ideas, va más allá del principium individuationis y reconoce que
las formas del fenómeno no convienen a la cosa en sí. Este mismo es el que en
virtud de dicho conocimiento puede comprender el sentido de la virtud, tal como
la conoceremos pronto en el curso de estas consideraciones, si bien su práctica
no necesita en modo alguno del conocimiento abstracto. Por consiguiente, el que
ha alcanzado este conocimiento comprenderá que, siendo la voluntad la esencia
de todo fenómeno, tanto los tormentos infligidos a los demás como los que él
mismo padece, el dolor y el mal afectan siempre a uno y el mismo ser, aunque en
la forma fenoménica aparezcan como hiriendo a individuos distintos separados en
el espacio y en el tiempo. Llegará a penetrarse de que la distinción entre el
que causa el dolor y el que lo soporta no se refiere más que al fenómeno y no
a la cosa en sí, a la voluntad que vive y se agita en ambos, voluntad que
extraviada por la misma inteligencia de que se sirve, se desconoce a si misma y
tratando de aumentar la felicidad para uno de sus fenómenos o individuos
produce un exceso de dolor en los demás, como si arrastrada por su vehemencia
clavase los dientes en sus propias carnes, sin saber que se hiere a sí misma y
expresando de este modo por medio del principio de individuación la contradicción
que palpita en su seno. El atormentador y el atormentado sin idénticos. El uno
se engaña no creyendo participar en el dolor del otro y éste creyendo ser
ajeno a la culpa de aquél. Si ambos fueran curados de su ceguera, el malo
reconocería que él vive en el fondo de todas las criaturas que sufren en el
vasto mundo y que dotada de razón se pregunta con qué fin ha venido a la vida
para soportar dolores inmerecidos; y el atormentado comprendería también que
todo el mal que se hace o se ha hecho nace de esa voluntad que es esencia y de
la cual sólo es manifestación pasajera, y que por ser fenómeno y afirmarse
como tal ha aceptado todos los dolores consiguientes y deberá soportarlos
mientras continúe siendo esta voluntad. De este conocimiento habla el vate
Calderón en La vida es sueño, cuando dice:
«Pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.»
¿Cómo no ha de ser un crimen si una ley
eterna le castiga con la muerte? Calderón expresaba además, en estos versos el
dogma cristiano del pecado original.
El conocimiento vivo de la justicia eterna, de
ese fiel de la balanza que enlaza indisolublemente el malum culpae con
el malum poenae, exige una completa elevación sobre la individualidad
y sobre el principio mismo que la hace posible; por esto siempre será
inasequible para la inmensa mayoría de los hombres, así como lo es el
conocimiento claro y preciso de la esencia de la virtud, de que a continuación
vamos a ocuparnos. De aquí que los sabios autores de los libros índicos que
constituyen la doctrina esotérica de la filosofía indostánica, y cuyo estudio
no era permitido más que a las tres castas regeneradas, hayan expresado esta
verdad tan directamente como lo permitían su idioma y el concepto mismo, en su
estilo lleno de imágenes y hasta rapsódico; si bien en la religión popular o
doctrina exotérica está expresado por medio de mitos. En los Vedas
hallamos su exposición directa, producto del más alto conocimiento y sabiduría
a que ha llegado la humanidad. Los Upanishads, el don más precioso del
presente siglo, nos dan la esencia de esta exposición en formas diversas, de
las cuales la más notable es ésta: se hace desfilar ante el iniciado todos los
seres del mundo, tanto animados como inanimados, pronunciando con respecto a
cada uno de ellos la palabra Talumes, o más propiamente, Tat Twam
asi, palabra que ha quedado como fórmula llamada Mahavakya, y que quiere
decir: esto eres tú.
Esta gran verdad fue traducida al lenguaje
popular, y en cuanto cabe en su limitación, al modo de conocimiento regido por
el principio de razón que por su naturaleza se rebela a comprenderla en toda su
pureza, y hasta le parece contradictoria, en forma de mito y sólo como un
subrogado de ella, que basta para servir de regla de conducta, puesto que,
conforme con el principio de razón, permite conocer el valor moral de la
conducta, aunque ésta sea ajena a tal clase de conocimiento. Ella constituye el
fin a que tiende toda doctrina religiosa, puesto que todo dogma de fe no es más
que una vestidura mítica de la verdad, a la cual no puede elevarse la grosera
inteligencia del hombre. En tal sentido, el mito indio podría considerarse,
empleando el lenguaje de Kant, como postulado de la razón práctica. Así
enfocado, ofrece la ventaja de no contener otros elementos que aquellos que la
realidad nos ofrece, pudiendo, por consiguiente, apoyar cada una de sus
abstracciones en datos intuitivos... El mito a que me vengo refiriendo es el de
la transmigración de las almas. Nos enseña que la mala conducta trae aparejada
una segunda existencia en este mundo en forma de un ser condenado al sufrimiento
y al menosprecio, o en forma de mujer o animal, como paria o chandala, como
leproso o cocodrilo, cte. Todos los tormentos con que el mito amenaza los
acredita con imágenes intuitivas sacadas del mundo real, bajo la figura de
seres desgraciados que ignoran la causa de su destino, y no necesita recurrir a
la idea del infierno. Como recompensa, promete, en cambio, el renacimiento bajo
formas más excelentes y nobles, como brahmanes, sabios y santos. Pero la
suprema recompensa, que es la ofrecida a las acciones más meritorias y a la
resignación más perfecta, como, por ejemplo, a la esposa que durante siete
encarnaciones sucesivas ha seguido a su esposo arrojándose a la hoguera, al
hombre que jamás mintió, no puede expresarla el mito en el lenguaje terrenal más
que de una manera negativa: por medio de la promesa tantas veces repetida de no
tener que renacer de nuevo: Non adsumes iteruin existentiani aparentein,
o en la forma en que la expresan los budistas, que no admiten ni los Vedas,
ni las castas: Llegarás al Nirvana, es decir, a un estado en que no existen
estas cuatro cosas: el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte.
Jamás mito alguno se aproximó ni se aproximará
tanto a una verdad filosófica, asequible a muy pocos, como ésta antigua del
pueblo más noble y más antiguo, en el cual, aunque alterada en muchos puntos,
reina todavía como articulo de fe popular, ejerciendo, como hace cuatro mil años,
una decisiva influencia sobre los hombres. Se comprende que Pitágoras y Platón
aceptasen con admiración este mito non plus ultra, tomándolo de la
India o de Egipto, respetándolo, aplicándolo y creyéndolo no sé hasta que
punto. En cambio, nosotros enviamos a los brahmanes, clergymen ingleses
y tejedores de la cofradía morava para sacarlos del error, enseñándoles que
han sido creados de la nada, por lo que deben estar llenos de gratitud y júbilo.
Pero nos sucede lo que al que dispara un tiro contra una roca. Nuestras
religiones jamás echarán raíces entre ellos. La sabiduría antigua y,
primitiva del género humano no será destruida por los acontecimientos de
Galilea. Al contrario, la sabiduría india invade Europa y está llamada a
operar una radical transformación en nuestras opiniones y en nuestros
pensamientos.
Una moral sin fundamentación, es decir, un
mero moralizar, no tiene eficacia alguna, porque no está motivado. Pero una
moral obrada por motivos no puede producir efecto más que actuando sobre el
amor propio, y todo lo que procede del egoísmo carece de valor moral. De lo que
se infiere que la moral no puede producir la verdadera virtud, así como en
general ningún conocimiento abstracto puede producirla. La virtud no puede
nacer del conocimiento intuitivo que nos revela en los demás la misma esencia
que en nosotros. Es cierto que la virtud procede del conocimiento, pero no del
conocimiento abstracto, que puede transmitirse por medio del lenguaje. Si así
fuera, podría ser enseñada, y en tal caso, al enunciar su concepto corregiríamos
al mismo tiempo moralmente a todo hombre que lo comprendiera. Pero, lejos de
suceder esto, los sermones o los discursos sobre la moral son tan impotentes
para hacer a un hombre virtuoso, como todos los tratados de estética lo han
sido, desde Aristóteles acá, para hacer poetas. La noción abstracta es tan
estéril para la virtud como para el arte; todo lo más puede prestar servicios
subordinados, ayudando a realizar y a conservar en la memoria lo que por otros
caminos ha llegado a reconocerse. Velle non discitur. Sobre la virtud,
es decir, sobre la bondad de las intenciones, los dogmas abstractos carecen de
eficacia prácticamente; los falsos no la perturban, y los verdaderos no la
estimulan. Por otra parte, sería funesto para la vida el que la cuestión
principal para el hombre, su valor ético e inmortal, dependiese de algo tan
expuesto a las contingencias históricas como son los dogmas, las religiones,
los filosofemas. Los dogmas sólo tienen para la moral el valor de un esquema o
fórmula por la cual el hombre da cuenta a su razón de sus actos humanitarios
y, altruistas; el hombre que ha llegado a la virtud por otros caminos muy
distintos y que vamos a exponer enseguida; pero las más veces, la explicación
que él se da es completamente ficticia, pues la razón, es decir, él mismo no
percibe la naturaleza íntima de semejante conducta.
Es verdad que los dogmas pueden ejercer grandísima
influencia sobre la conducta, sobre los actos exteriores, como la ejercen el hábito
y el ejemplo (la influencia de estos últimos depende de que el hombre, por lo
común, no se fía de su juicio, cuya debilidad comprende, sino de su propia
experiencia o de la ajena), pero no cambia en nada la disposición interior.
Todo conocimiento abstracto se limita a proporcionar motivos; pero los motivos,
como he dicho anteriormente, no hacen más que marcar a la voluntad una dirección,
no la cambian. El conocimiento transmisible, la enseñanza no puede obrar sobre
la voluntad más que como motivo, cualquiera que sea la dirección en que los
dogmas le guíen, permaneciendo idéntico en el fondo lo que el hombre quiere;
lo único que se habrán modificado serán sus miras concernientes a los medios
de llegar a ello; los motivos imaginarios le guiarán lo mismo que los motivos
reales. Así, por ejemplo, desde el punto de vista del valor moral del
individuo, lo mismo da que distribuya limosnas a los pobres con la idea de que
Dios le recompense en la otra vida, devolviéndole diez veces lo que da, como
que emplee la misma suma en formar un fondo que le produzca, al cabo de algunos
años, una renta segura y considerable; de igual manera el que por ortodoxia
entrega un hereje a las llamas es un asesino, lo mismo que el bandido que lo
hace por robarle, y en ciertas circunstancias, el cristiano que degollaba turcos
en Tierra Santa, creyendo de este modo conseguir un puesto en el cielo, pues
ninguno de ellos se cuida más que de sus fines egoístas, como el malvado antes
aludido y del cual no se diferencian sino por la estupidez de los medios que
emplean. Según hemos visto, desde el exterior no obran sobre la voluntad más
que los motivos y éstos sólo tienen virtud para modificar la manera como esta
voluntad se manifiesta, pero no su sustancia misma. Velle non discitur.
Pero en las buenas obras practicadas en virtud de los dogmas debemos distinguir
si tales dogmas son realmente el motivo de estos actos, o si, como ya dije, no
son más que una manera ficticia de darse cuenta de un modo satisfactorio para
la razón, de un acto derivado de otro origen y que realiza porque es bueno,
pero que no sabe explicar el porqué, pues no es filósofo, aunque quisiera
tener una opinión sobre este punto. La diferencia no es fácil de descubrir,
porque su principio existe en el fuero interno de la conciencia, por lo que no
podemos casi nunca juzgar de la moralidad de los actos ajenos y rara vez de los
nuestros.
Los actos y modos de conducirse de los
individuos y de los pueblos pueden sufrir grandes modificaciones por los dogmas,
los ejemplos y los usos. Pero en sí los actos (opera, operata)
no son más que meras imágenes; lo que les da valor moral es la disposición psíquica
del que los realiza. Este valor puede ser el mismo aun en fenómenos muy
diferentes. Con igual grado de maldad podrá morir un hombre en el cadalso u
otro tranquilamente en su lecho rodeado de los suyos. El mismo grado de
perversidad puede demostrarse en una nación groseramente entregada al asesinato
y al canibalismo que en otra que cultive la fina intriga cortesana, las
persecuciones e infamias de todas clases disfrazadas elegantemente; el fondo es
el mismo en ambos casos. Puede pensarse que un estado o quizá un dogma, al cual
se concede crédito absoluto y que nos habla de penas y recompensas de
ultratumba consiga impedir toda clase de crímenes; políticamente iríamos
ganando algo; moralmente, nada, todo lo más conseguiríamos el cuadro de una
voluntad comprimida y esterilizada por la vida. Por consiguiente, el
conocimiento abstracto no puede producir las buenas intenciones, la virtud
desinteresada, ni la nobleza pura. La fuente de todo esto es un conocimiento
inmediato e intuitivo que no se puede adquirir discursivamente; que por lo mismo
que es abstracto, no puede aprenderse, sino que se revela por sí mismo, y que
para su expresión propia y adecuada recurre, no a las palabras, sino a los
actos, a la conducta, a la manera toda de vivir. Nosotros, que estudiamos aquí
la teoría de la virtud y que tenemos que enunciar en una fórmula abstracta el
fondo del conocimiento que le sirve de base, no podremos llegar de ese modo a
expresar nunca el conocimiento mismo, sino solamente su concepto; expondremos su
noción abstracta partiendo siempre de la conducta en la cual se hace visible y
a la cual nos referimos siempre como a su única expresión adecuada. Lo que
tenemos que comentar e interpretar es esta expresión, es decir, tenemos que
enunciar en fórmulas abstractas lo que realmente sucede en la conducta.
Antes de hablar de la bondad propiamente dicha,
en oposición a la maldad, debemos tratar de un grado intermedio, de la mera
negación de la maldad, que es lo que constituye la justicia. Ya hemos explicado
suficientemente las nociones de lo justo y de lo injusto; podemos, pues, decir
en pocas palabras que el justo es el que reconoce y acata ese límite puramente
moral que separa lo justo de lo injusto, en ausencia de ley o de otro poder que
lo garantice; por consiguiente, y según nuestra explicación, el que no llega
jamás a negar la voluntad en otro en la afirmación de su voluntad. El hombre
justo no hará padecer jamás a un semejante suyo para acrecentar su propio
bienestar, es decir, que no cometerá crímenes, respetando siempre los derechos
y la propiedad de los demás.
De aquí resulta que para el justo el principio
de individualización no es, como para el malvado, un muro de contención
absoluta, pues no afirma, como aquél, su propia voluntad, negando todas las demás,
ni las criaturas son a sus ojos meros fantasmas de esencia diferente a la suya,
sino que por su conducta demuestra que reconoce su propia esencia, a saber: la
voluntad de vivir como cosa en sí en los demás, es decir, que se reconoce a sí
mismo en ese fenómeno hasta cierto grado, a saber: el que consiste en no
cometer injusticia, o sea en no hacer daño a nadie. Su mirada traspasa entonces
en la misma medida el principio de individualización, el velo de Maya, en
cuanto considera que la individualidad de los demás es igual a la suya y no la
perjudica.
En este grado del sentimiento de justicia
hallamos ya la resolución de no afirmar la propia voluntad hasta el punto de
negar la de otro, obligándole a servir a aquella.El justo estará siempre
dispuesto a dar el equivalente de lo que recibe. El grado supremo de esta
justicia de las intenciones es la bondad propiamente dicha, que no consiste sólo
en no hacer, y entonces puede llegar a discutir los fundamentos del derecho de
sucesión y a no contar más que con las propias fuerzas físicas o espirituales
para ganarse el sustento, o sentir escrúpulos en hacerse servir por los demás,
o a reprocharse el lujo o incluso a abrazar la pobreza voluntaria. Así vemos
que Pascal, a pesar de sus dolencias constantes, llegó, por el camino del
ascetismo, a no dejarse servir por nadie, y aun teniendo criados suficientes,
hacer él mismo su cama o ir a buscar su comida a la cocina (Vida de Pascal,
por su hermana, pag. 19). A este respecto diré que se cuenta que muchos indios
y hasta rajahs emplean sus inmensas riquezas en el sostenimiento de su familia,
de su corte y de su servidumbre, practicando rigurosamente la máxima de no
comer más que lo que han sembrado y recolectado con sus propias manos. Sin
embargo, creo que en esto hay un error, pues un hombre rico y poderoso es capaz
de prestar a la sociedad servicios que equivalgan a las riquezas que ha recibido
por herencia y cuyo goce le asegura la misma sociedad. Pero en realidad la
conducta de estos indios no responde a un imperativo de justicia, sino a la
renuncia del mundo o negación de la voluntad de vivir, es decir, el ascetismo,
de que pronto hablaremos. En cambio, la holgazanería, el vivir a expensas de
los demás, de las riquezas heredadas y sin trabajar, es moralmente injusto,
aunque sea lícito ante la ley positiva.
Hemos visto que el sentimiento espontáneo de
lo justo tiene su más íntimo origen en un cierto grado de superación del principium
individuationis, en tanto que el hombre injusto permanece cautivo en él.
Esta superación puede llegar a un grado mucho mayor que el necesario para la
justicia y que dispone a la benevolencia y a la beneficencia positiva, a la
caridad, y esto cualquiera que sea en sí la fuerza o la energía de la voluntad
en un individuo. El conocimiento podrá en este caso equilibrar la voluntad,
enseñándola a resistir a la tentación de obrar mal y aun produciendo todos
los grados de bondad hasta la resignación. Por consiguiente, no ha de pensarse
que el origen de la bondad es una voluntad débil, más débil que la del malo,
sino que la inteligencia domeña en él los impulsos ciegos del querer. Es
verdad que hay muchos cuya bondad no es sino la manifestación de un carácter débil,
pero pronto se descubre lo poco que valen en la imposibilidad que muestran de
hacer un esfuerzo considerable sobre sí mismos cuando de realizar un acto de
justicia o una buena obra se trata.
Ahora bien, si por rara excepción encontráramos
un caso en que un hombre que posee grandes riquezas se contenta con una exigua
parte para cubrir sus necesidades, dando el resto de su fortuna a los pobres y
privándose así de muchos goces y deleites, y queremos darnos cuenta con
claridad de esta manera de conducirse, veremos que, prescindiendo de todo dogma
por el cual pueda explicársela, la fórmula más sencilla consiste en que
establece menos diferencia de la que suele establecerse por lo común entre él
y los demás. Mientras que para la mayoría de los hombres esta diferencia es
tal, que para el malvado el dolor de otro es motivo directo de alegría y para
el injusto un medio bueno para trabajar en su propio bienestar, mientras que el
hombre meramente justo se limita a no causar dolor y la mayor parte de los
hombres ven junto a ellos innumerables criaturas que padecen, sin decidirse a
socorrerlas, porque tendrían que imponerse ellos mismos alguna privación, y
mientras para ellos la diferencia entre su persona y la de los demás es
inmensa, para aquel noble carácter que imaginamos, es casi nula; el principium
individuationis, la forma fenoménica, no le tienen tan fuertemente
esclavizado, sino que el dolor que ve en los demás le afecta casi tanto como el
suyo, por lo mismo trata de establecer el equilibrio con sus semejantes y
renuncia a placeres y se impone privaciones, para aliviar los males ajenos.
Siente en su interior que la diferencia que le separa de los demás y que al
malo le parece un abismo, es debida a un fenómeno pasajero y engañoso; conoce
inmediatamente y sin necesidad de emplear razonamiento alguno que el en sí de
su propio fenómeno es también el de los demás, a saber: aquella voluntad de
vivir que constituye la esencia de todas las cosas y que vive en todas ellas y
que se extiende a los animales y a toda la naturaleza, por lo que se abstendrá
de atormentar alas mismas bestias.
Tan imposible le será dejar perecer a otro
mientras él posee lo necesario y hasta lo superfluo, como a cualquiera privarse
del alimento diario para tener al día siguiente más de lo que puede consumir.
Pues para aquel que ejerce la caridad el velo de Maya se hace transparente y el
engaño del principium individuationis se desvanece. En cada ser y por
consiguiente, en todo el que sufre se reconoce a sí mismo, a su ser, a su
voluntad. Entonces comprende todo lo absurdo de la voluntad de vivir que se
ignora a sí misma y que goza en un individuo voluptuosidades efímeras e
ilusorias, mientras que en otro soporta el dolor y la miseria, que es su propio
verdugo, sin ver que, como Tieste, se alimenta de su propia carne; que por un
lado se queja de su ingrata suerte y por otro, sin temor a la Némesis, comete
toda clase de crímenes, sólo porque no se reconoce en el fenómeno ajeno,
desconociendo la justicia eterna y porque, esclava del principium
individuationis, está sometida al conocimiento regido por el principio de
razón. La práctica de la caridad y de las buenas obras es la abjuración de
las ilusiones y espejismos de Maya. El amor es el signo inconfundible de este
conocimiento.
Lo contrario del remordimiento o dolor de la
conciencia, cuyo origen y significación quedan explicados, es la buena
conciencia, la satisfacción que toda acción desinteresada proporciona. Nace de
que tales acciones, como producidas por la idea de la identidad de esencia en
nuestro ser y los fenómenos ajenos, es al mismo tiempo la confirmación de esa
idea; nos hace ver que nuestro verdadero yo no existe sólo en nuestro
individuo, fenómeno aislado, sino en todo lo que alienta. Por esto el corazón
se siente aliviado, mientras que el egoísmo le oprime. Este último concentra
nuestro interés en el fenómeno aislado de nuestra persona y la inteligencia
nos revela sin cesar los innúmeros peligros que nos cercan, introduciendo en
nosotros la inquietud y el recelo, mientras que la convicción de que en todo lo
que nos rodea gravita un mismo ser, ensancha nuestra simpatía, extendiéndola a
todo lo que vive y dilatando nuestro corazón. Por la disminución del interés
que nos inspira nuestro propio yo la inquietud cesa y muere en su raíz; de aquí
esa necesidad tranquila y confiada que da al rostro un carácter probo y una
conciencia limpia, expresión que se acentúa después de realizar una buena
obra, porque está consolidada la base de nuestra disposición anímica. El egoísta
se siente rodeado de fenómenos extraños y enemigos y todas sus esperanzas están
fundadas en su propio bienestar. El bueno vive en un mundo poblado de amigos y
el bien de los demás es el suyo. Por esto, aunque nuestro conocimiento del
destino humano no sea muy risueño, la firme convicción de hallar nuestro
propio ser en todas las criaturas que viven nos da cierta ecuanimidad y hasta
cierta alegría. Pues el interés, repartido entre un sinnúmero de seres, no
puede inquietarnos tanto como limitado a uno solo. Las vicisitudes concernientes
a la totalidad de los seres se compensan, mientras que las que se refieren a un
solo hombre inevitablemente producen la felicidad o la desgracia.
Si bien otros autores establecen principios de
moral en calidad de proyectos o leyes, a los cuales es preciso someterse, yo,
como ya dije, no puedo hacer lo mismo, pues a una voluntad eternamente libre no
puedo imponerle ley alguna. Pero en el curso de esta obra he desarrollado una
verdad teórica que puede, en cierto modo, desempeñar un papel parecido a la de
esos principios de moral. Y esta verdad es que la voluntad es la esencia de cada
fenómeno, pero que en cuanto voluntad pura está emancipada de las formas del
fenómeno, y, por consiguiente, de la multiplicidad. Verdad que en relación con
la conducta no encuentra otra expresión más elevada que la que dan los Vedas,
y que ya cité. Tat Twam asi (Éste eres tú). El que se la asimila con
claro conocimiento y con firme persuasión y la aplica a todas las críticas que
encuentra en su camino poseerá ipso facto la fuente de toda virtud y
de toda felicidad y estará en camino de salvación.
Antes de pasar adelante y de mostrar, a modo de
conclusión de mi doctrina, que el amor, cuyo origen hallamos en un conocimiento
que va más allá del principium individuationis, conduce a la redención,
al abandono completo de la voluntad de vivir, o sea de toda volición en general
y cómo otro camino menos suave, pero más seguido, conduce también al mismo
punto, habré de explicar otra afirmación paradójica no en cuanto tal, sino
por ser verdadera y porque es el complemento de todo mi pensamiento. Es ésta:
«Todo amor (agaph, caritas) es piedad».