El hombre ha adquirido la existencia y el ser,
sea por su voluntad, es decir, con su consentimiento, sea sin su consentimiento;
en el segundo caso, una existencia como la suya, llena de amargura y de dolores
inevitables y sinnúmero, es una flagrante injusticia. Los antiguos,
especialmente los estoicos y también los académicos y peripatéticos, trataron
inútilmente de demostrar que la virtud bastaba para hacer felices a los
hombres. En el fondo, la razón de los esfuerzos que en este sentido hicieron
los filósofos, razón de que no se daban cuenta claramente, era la hipótesis
de que sería justo que sucediera así; el inocente debería estar exento de
dolor, y, por lo tanto, debería ser feliz. Pero esta no es la solución seria y
profunda del problema.
La solución está en el dogma cristiano
que enseña que las obras no justifican. Por más que el hombre practique la
justicia y la caridad, siendo lo que los griegos llamaban agaqoy y los latinos honestum,
no por esto será culpa omni carens, como dice Cicerón (Tusc. V,
l). La verdad está en la sentencia de Calderón, el poeta a quien los
sentimientos cristianos inspiraban un conocimiento más perspicaz que el de los
sabios de la antigüedad: el delito mayor del hombre es haber nacido. Y no
puede parecer absurdo que se nazca ya culpable más que aquel que crea que el
hombre acaba de salir de la nada en el mismo instante que nace, y que es obra de
mano ajena. Es, pues, el pecado original consecuencia necesaria de su propia
voluntad, lo cual le entrega en toda justicia y a pesar de sus virtudes a los
padecimientos morales y físicos: por eso no puede ser feliz.
Tal es el efecto
de la justicia eterna de que he tratado en el § 63 del primer volumen. Si San
Pablo (Romanos, III, 21 y siguientes), San Agustín y Lutero enseñaron
que las obras no justifican y que somos y seguiremos siendo pecadores, es porque
operari sequitur esse, y, por consiguiente, para obrar como deberíamos
sería preciso que fuéramos también como debiéramos ser. Pero en este caso no
tendríamos necesidad de lo que el cristianismo, lo mismo que el budismo y el
brahamanismo, nos dan como fin supremo de una redención (que las dos religiones
de la India llaman emancipación final) que nos saque de nuestra condición
actual. En otros términos: no tendríamos necesidad de volvernos otros, o,
hablando más exactamente, de volvernos lo contrario de lo que somos; pero como
no somos lo que deberíamos ser, no obramos como deberíamos obrar. Por eso
tenemos necesidad de una transformación completa de nuestros sentimientos y de
nuestro ser, de un renacimiento que nos traiga la salvación. La falta puede
estar en el operari, en la conducta; pero la fuente será siempre nuestra
essentia et existentia, como tengo demostrado en mi Memoria sobre
el albedrío. A decir verdad, nuestro único pecado verdadero es el pecado
original, el mito cristiano lo coloca después de la aparición del hombre y
atribuye a éste, además, la ficción de una voluntad libre, cosa imposible;
pero sólo lo hace por vía de alegoría. La sustancia y el sentido verdadero
del cristianismo son los mismos del budismo y del brahamanismo: los tres enseñan
que el hombre es culpable por el mero hecho de su existencia; sólo que el
cristianismo, a diferencia de las otras dos religiones, que son sus hermanas
mayores, no procede franca y directamente, no achaca la falta abiertamente a la
existencia, sino que hace que la cometa la primera pareja humana. Esto sólo era
posible por medio de la ficción de un libre albedrío de indiferencia, y esto,
a su vez, sólo era necesario a causa del dogma fundamental judío, sobre el
cual necesitaba injertarse la doctrina cristiana en este punto. La existencia
del hombre es, en realidad, fruto de su libre albedrío; se confunde con la caída
del primer hombre, y el pecado original cuyas consecuencias son todas las demás,
apareció a la vez que la essentia y la existentia del hombre;
pero como el judaísmo no admite esta interpretación, San Agustín enseña (de
libero arbitrio) que el hombre sólo fue inocente antes de la caída y sólo
tuvo albedrío en Adán y que desde entonces está fatalmente sumido en el
pecado.
En el sentido bíblico, la ley, o nomoV, ordena
constantemente cambiar de conducta, mientras que nuestra naturaleza continúa
invariable. Como esto resulta un contrasentido, San Pablo dice que nadie se
justifica ante la ley y que sólo el renacimiento en Jesucristo, por efecto de
la gracia, operando la renovación total del hombre viejo (es decir, una
transformación absoluta de nuestros sentimientos), puede sacarnos de la
esclavitud del pecado, volviéndonos la libertad y la salvación. Tal es el mito
cristiano en lo relativo a la moral. El teísmo judío, sobre el cual fue
injertado, tuvo que aceptar ciertamente extrañas adiciones para poder adaptarse
a él; la fábula de la caída del hombre por el pecado era el único punto
propicio para recibir el injerto sacado del antiguo tronco indio. A esta
dificultad, que sólo ha podido resolverse mediante violentos esfuerzos, debemos
atribuir las apariencias tan extrañas de los misterios cristianos que repugnan
al sentimiento vulgar y han sido un estorbo para la obra de proselitismo de esta
religión. La incapacidad para comprender la profunda significación que
encierran produjo el pelagianismo y en nuestros días el racionalismo, que
elevan la voz contra estos misterios, y tratando de suprimirlos por medios exegéticos
no hacen más que volver el cristianismo al judaísmo.
Dejemos ya los mitos. Mientras nuestra voluntad
siga siendo la misma, el mundo no podrá cambiar. Es indudable que todos los
hombres desean verse emancipados de esta condición de dolor y de muerte; querrían,
como se dice comúnmente, llegar a la beatitud eterna y entrar en el reino de
los cielos; sólo que no quieren andar el camino con sus propias piernas y
preferirían ser llevados por el curso de la naturaleza. Esto no es posible.
Nunca nos dejará la naturaleza caer de sus brazos para ser aniquilados; pero
tampoco nos conduciría nunca a otra parte que a su propio seno. Y cada cual
sabe por la experiencia de la vida y la muerte cuán aventurado es existir como
parte de la naturaleza.
Es inútil considerar la existencia como otra
cosa más que como un camino errado; toda ella lleva este sello. La salvación
consiste en hallar el buen camino. Las antiguas religiones samaneas y el
cristianismo primitivo la concebían de esta manera, aunque este último lo
hiciera mediante un rodeo. Hasta en el judaísmo, el pecado original (que es su redeeming
feature, el rasgo que redime lo demás) encierra el germen de esta concepción.
Las dos únicas religiones absolutamente optimistas son el paganismo y el
islamismo, por lo que en Grecia el sentimiento contrario sólo pudo revelarse en
la tragedia, y en el Islam, la más reciente y peor de las religiones, se ha
manifestado en el sufismo, hermosa doctrina procedente de la India, impregnada
de espíritu indio y que se conserva desde hace más de mil años.
El único fin que podemos señalar a la
existencia es el de convencernos de que valdría más no existir. Esta es la más
importante de todas las verdades y es necesario proclamarla, por contradictoria
que sea con las opiniones que dominan actualmente en Europa. En cambio, es
reconocida y profesada, lo mismo hoy que hace tres mil años, por todo el
Oriente no musulmán.
Considerada la voluntad de vivir objetivamente
y en conjunto debemos representárnosla, con arreglo a lo que acabamos de decir,
como descarriada por un error.
La negación de todo lo que venía
persiguiendo, el desengaño, es lo que las religiones llaman la negación de sí
mismo, pues lo que entienden por sí mismo es la voluntad de vivir. Las virtudes
morales, la caridad y la justicia, que cuando son sinceras nacen de que la
voluntad de vivir ha traspasado el principio de individuación y se ha
reconocido como idéntica en todos sus fenómenos, son un primer indicio, un síntoma
de que la voluntad del individuo no está estrechamente atada al error y de que
la desilusión se aproxima, podría decirse que bate ya las alas, preparándose
a volar.
Por el contrario, la injusticia, la maldad, la
crueldad son las señales positivas del profundo extravío en que se halla
sumida la voluntad. Además, las mismas virtudes morales son un estímulo para
la renuncia y la negación de la voluntad de vivir . La verdadera equidad, la
inviolable justicia, la primera y más importante de las virtudes cardinales, es
obra tan difícil, que para consagrarse a ella sin reservas y de todo corazón
hay que hacer sacrificios que quitan a la vida las dulzuras que nos ofrece para
que nos contentemos con ella, y que, desviando de ella a la voluntad, nos
impulsan a la resignación. Lo que hace a la equidad tan respetable son los
sacrificios que cuesta; en las cosas pequeñas no nos inspira admiración. Su
esencia real consiste en que el justo no procura, como el malvado, echar sobre
otro las cargas y los dolores de la vida por medio de la astucia o de la
violencia, sino que lleva él mismo la carga que le corresponde; la parte
correspondiente a toda existencia humana pesa por entero sobre sus espaldas.
La justicia estimula también la negación de
la voluntad de vivir, pues la necesidad y el dolor, que son el destino de la
vida, nacen de la vida misma y nos impulsan a la renuncia. Pero la caridad (caritas)
va más lejos y nos conduce más de prisa al mismo resultado, puesto que inclina
al hombre a tomar sobre sí los dolores que primitivamente correspondieron a
otros; el hombre caritativo acepta una carga mayor que la que le hubiera
correspondido en el curso ordinario de las cosas. El hombre inclinado a esta
virtud reconoce su ser en cada una de las demás criaturas, compenetra su suerte
con la de la humanidad entera y esa suerte es dura: es un patrimonio de
trabajos, de dolores, de muerte. Cuando el hombre, renunciando a todo privilegio
del azar, no quiere otra suerte que la de la humanidad entera, no tarda en
rechazar también ésta; el apego a la vida y a los placeres desaparece bien
pronto, cediendo el puesto a la renuncia absoluta y entonces comienza la negación
de la voluntad de vivir.
Una absoluta obediencia y un perfecto
cumplimiento de las virtudes morales tienen por consecuencia, como podemos
comprobarlo en la vida, la pobreza, las privaciones y dolores de todas clases.
Por esta causa muchas personas, y acaso no sin razón, rechazan como superfluo
el ascetismo entendido rigurosamente, a saber: la renuncia de todo caudal, la
busca deliberada de todo lo que nos desagrada y repugna, las penitencias, el
ayuno, el cilicio y las mortificaciones en general. La justicia es en sí misma
un cilicio que causa al que lo lleva una mortificación incesante, y la caridad
que se despoja de lo necesario es un perpetuo ayuno. Esto es lo que impulsó al
budismo a emanciparse del ascetismo exagerado y riguroso, que desempeña papel
tan principal en el brahamanismo, y a rechazar las maceraciones. Se limita al
celibato, a la pobreza voluntaria y a la abstinencia de todo alimento animal y
todo género de relaciones con el mundo. Puesto que el fin a que conducen las
virtudes morales es el que he indicado antes, la filosofía del Vedanta dice con
razón, que cuando se ha conseguido el verdadero conocimiento y con él la
resignación absoluta, esto es, después del renacimiento, la moralidad o la
inmoralidad de la conducta anterior es diferente, y con ocasión de esto
pronuncia una vez más la máxima tantas veces citada por los brahamanes.
Finditur nodus cordis, disolvuntur omnes dubitationes ejusque opera evanescunt,
irso supremo illo (Saneara, esloca 22). De seguro que esta concepción
escandalizará a muchas personas para quienes una recompensa en el cielo o un
castigo en el infierno representa un comentario mucho más satisfactorio del
valor moral de la conducta humana; entre otros, el buen Windischmann, que nos
expone esta doctrina, manifiesta la indignación que le inspira. Esto no
obstante, el hombre que tiene capacidad para llegar al fondo de las cosas
advierte que estas ideas coinciden en definitiva con las del cristianismo y
especialmente con las defendidas por Lutero, según las cuales la salvación no
viene de las obras, sino de la fe que da la gracia; por consiguiente, nuestros
actos no pueden justificarnos jamás y no podemos obtener el perdón de nuestros
pecados más que por los méritos del mediador. Sin esta consideración, como se
puede advertir fácilmente, el cristianismo tendría que establecer para todos
penas perpetuas, y el brahamanismo reencarnaciones perpetuas y en ningún caso
habría salvación posible. Si confiamos en la salvación del mundo, las obras
del pecado y sus consecuencias deben de poder ser redimidas y borradas algún día,
ya por la gracia de otro, ya por las propias luces de un conocimiento
rectificado, después de lo cual se hacen indiferentes. Esto significa también
la penitencia y remisión de los pecados que el Cristo resucitado encarga
anunciar definitivamente a sus Apóstoles y les da como clave de su misión. Las
virtudes morales no son el fin, pero son un grado para llegar a él. En la
mitología cristiana, este grado está representado por la ciencia cogida en el
árbol del conocimiento del bien y el mal, con la cual comienza la
responsabilidad moral al mismo tiempo que el pecado original. Este es la
confirmación de la voluntad de vivir; la negación que va llegando a medida que
se ilumina la conciencia, es la salvación. La conciencia moral reina, pues,
entre ambos momentos, acompaña al hombre como una antorcha, alumbrándole el
camino desde la afirmación a la negación de la voluntad de vivir; en lenguaje
mítico se dice, desde el nacimiento del pecado original hasta la redención por
la fe en Dios hecho hombre (avatares), o bien en el idioma de los Vedas,
al través de todos los renacimientos, seguidos de las obras de cada existencia
sucesiva, hasta que el justo conocimiento, seguido de la liberación (emancipación
final), nos lleva al Mokscha o retorno al seno de Brahma. Pero los
budistas designan esto con una franca y leal negación: lo llaman Nirvana, que
es la negación del mundo, del Sansara. Si definen el Nirvana como una negación,
es porque el Sansara no suministra elemento alguno que pueda servir para definir
y construir el Nirvana. Los Jainas, que no se diferencian de los budistas más
que en el nombre, llaman a los brahamanes que creen en los Vedas
Sabdapranzanas, mote que significa que creen lo que no se puede saber ni probar.
(Asiatic Researches, volumen VI, pág. 474).
Muchos filósofos antiguos, tales como Orfeo,
los pitagóricos y Platón (entre otros pasajes de sus obras, en el Fedón),
lamentan como San Pablo, la unión del alma con el cuerpo y querían emanciparse
de ella. Manifiesto es, para nosotros, el motivo de sus quejas, pues sabemos,
como queda expuesto en el segundo libro, que el cuerpo es la voluntad
considerada objetivamente como fenómeno en el espacio.
El momento de la muerte es el que decide si el
hombre va a caer en el seno de la naturaleza o si no formará parte de ella y...
Pero en este punto no encontramos imagen, noción y hasta palabras para expresar
la antítesis, porque todo eso, imagen, noción, palabras, está tomado de la
objetivación de la voluntad, de la cual forma parte, siendo, por lo mismo,
impotente para expresar lo que es opuesto a eso en absoluto, de cualquier manera
que sea; el contraste se resume para nosotros en una pura negación.
Hay que considerar que la muerte del individuo
es siempre la repetición de la pregunta que la naturaleza no se cansa de
dirigir a la voluntad de vivir; «¿Estás ya harta? ¿Quieres desprenderte de mí
al fin?» La vida individual es muy corta para que la pregunta pueda hacerse con
la mayor frecuencia. En este espíritu están inspiradas las ceremonias, las
preces y las exhortaciones de los brahamanes a los moribundos, tales como las
describen los Upanishads en diferentes pasajes. De igual modo y por la
misma razón, la religión cristiana prescribe emplear bien los últimos
instantes de la vida, consagrándolos a las exhortaciones, a la confesión, a la
comunión y a la extremaunción; este es también el origen de la oración
cristiana pidiendo a Dios que nos libre de una muerte repentina, y si hay en el
día muchas personas que desean una muerte semejante, es porque han abandonado
el punto de vista cristiano, que es el de la negación de la voluntad de vivir,
por el de la afirmación, que es el sentimiento pagano. Así es que el hombre
que menos tema ser reducido a la nada por la muerte será el que haya
comprendido que en la vida él ya no es nada y que no se interese ya por su fenómeno
individual, porque la llama del conocimiento ha destruido y consumido de tal
manera la voluntad, que no conserva vestigios de ella y ha perdido hasta el
fogoso querer de la vida individual.
La individualidad está ante todo ligada a la
inteligencia, pues la inteligencia pertenece al fenómeno como espejo suyo que
es, y el fenómeno tiene por forma el principio de la individuación. Es
inherente también a la voluntad, puesto que el carácter es individual; pero éste
desaparece al par que se produce la negación del querer. Por consiguiente, la
individualidad no pertenece más que a la voluntad que se afirma y se separa de
la voluntad que se niega. En el fondo, la santidad que atribuimos a toda acción
sinceramente moral depende de que el hombre, al obrar así, ha comprendido que
la esencia de todos los seres vivientes es numéricamente idéntica. Pero esta
identidad no existe más que en el estado de negación de la voluntad (Nirvana),
pues la afirmación (Sansara) tiene por forma de manifestación la multiplicidad
de los fenómenos. Afirmación de la voluntad de vivir, mundo fenomenal,
diversidad de los seres, individualidad, egoísmo, odio, maldad, todo esto
procede de la misma fuente. Y de otra parte, mundo de la cosa en sí, identidad
de todos los seres, justicia, caridad, negación de la voluntad de vivir, tienen
también una misma raíz. Si las virtudes morales, como he demostrado, nacen del
presentimiento de la identidad de todos los seres, no en su fenómeno, sino en
su esencia, en su raíz, la acción virtuosa representará la producción momentánea
de un estado que, cuando se establece definitivamente, constituye la negación
de la voluntad de vivir.
De lo dicho se desprende que no existe razón
alguna para admitir la existencia de inteligencias más perfectas que la del
hombre, pues vemos que ésta basta para suministrar a la voluntad aquel
conocimiento que la lleva a negarse y a anularse, con lo cual se suprime a la
vez la individualidad y con ella la inteligencia, nuevo instrumento de una
naturaleza individual, es decir, animal. Esto parecerá menos extraño si
consideramos que, aun admitiendo por un momento inteligencias absolutamente
perfectas, no podemos representárnoslas como eternamente existentes, pues este
tiempo infinito sería demasiado pobre para suministrar a sus meditaciones
asuntos siempre nuevos y dignos de ellas. En efecto; como la esencia de todas
las cosas es en el fondo la misma, su conocimiento es necesariamente tautológico,
y una vez comprendida esa esencia, lo cual no exige mucho tiempo tratándose de
inteligencias tan perfectas, el resto no podrá ser durante toda la eternidad más
que una repetición, seguida del hastío. Sabemos también que la misión de
toda inteligencia no puede ser otra que la de obrar sobre una voluntad; pero,
como toda voluntad es error, el último acto de la inteligencia sería siempre
suprimir esa volición, a cuyas intenciones había venido sirviendo hasta
entonces. Por lo tanto, aun la inteligencia más perfecta posible no será más
que una transición hacia un fin que ningún conocimiento podrá alcanzar jamás,
o, si se quiere, semejante inteligencia no puede encontrar puesto dentro de la
naturaleza de las cosas hasta el momento en que viene a producirse la comprensión
absoluta.
De acuerdo con estas observaciones y con las
que expuse en el segundo libro, demostrando que la inteligencia ha salido de la
voluntad, cuyas miras sirve y cuya afirmación refleja, mientras que la
verdadera salvación está en la negación del querer, todas las religiones,
cuando llegan a su pleno desenvolvimiento, acaban en la mística y en los
misterios, es decir, llegan a rodearse de fórmulas vagas y de tinieblas que
marcan el límite más allá del cual el conocimiento no encuentra más que el
vacío y toda comprensión cesa forzosamente. El espíritu no puede
representarse en este punto más que por medio de negaciones; pero se ha
recurrido para la percepción exterior a signos simbólicos; en los templos, a
la oscuridad y al silencio; el brahamanismo hasta quiere que los fieles se
abstengan de pensar y mirar, a fin de absorberse enteramente en lo más profundo
de su propio ser, pronunciando mentalmente la palabra OumEl que llegue a
comprender esto no considerará insensato que los faquires, acurrucados y con
los ojos fijos en la punta de su nariz, traten de ahuyentar todo pensamiento y
toda imagen, ni que los Upanishads recomienden ensirnismarse
frecuentemente, pronunciando mentalmente la misteriosa palabra Oum, en el
fuero interior, en que se desvanecen sujeto y objeto, así como todo
conocimiento.. La mística, en el sentido más amplio, es toda enseñanza
adecuada para hacernos sentir de un modo inmediato lo que no podemos conocer, ni
por medio de los sentidos ni por medio de la razón. El místico, a la inversa
del filósofo, procede de dentro afuera. Toma como punto de partida su
experiencia interior positiva e individual, en la que se ve eterno, único,
etc.; pero no puede dar parte de todo esto a los demás, sino por medio de
simples afirmaciones, a las cuales hay que dar fe bajo su palabra; no puede, por
tanto, convencer. Por el contrario, el filósofo parte de lo que es común en
todos, del fenómeno objetivo, visible para todo el mundo, y de los fenómenos
de la conciencia interior, tales como se producen en cada individuo. Su método
consiste en meditar y en combinar los datos hallados por él; puede convencer,
por consiguiente. Pero debe guardarse de caer en el procedimiento de los místicos
y de hacer creer, alegando no sé qué intuición intelectual o qué percepción
inmediata de la razón, que hay un conocimiento positivo de las cosas que no son
susceptibles de ser conocidas, ni pueden expresarse a no ser por medio de una
negación. El mérito y dignidad de la filosofía consiste en que desdeña toda
afirmación que no pueda asentarse sobre pruebas, y no admite en el número de
sus datos más que aquellos que puede apoyar, de manera que se produzca el
conocimiento, en el mundo real de percepción intuitiva, por medio de las formas
que ha menester nuestra inteligencia para concebir las cosas y sobre la
conciencia interior propia de todos los hombres. La filosofía debe contentarse
con ser cosmología, sin aspirar a ser teología. Su único asunto debe ser el
mundo: explicar bajo todos los aspectos cuál es la esencia íntima del mundo;
esto es todo lo que puede proponerse sinceramente.
Mi doctrina, de acuerdo con estos principios,
toma, al llegar a su punto culminante, un carácter negativo y termina con una
negación, pues llegada a este punto, no le queda más que hablar de lo que se
renuncia, de lo que se repudia ; cuanto a lo que gana o se encuentra en cambio,
se ve obligada a denominarlo (al final del libro IV) la nada; sólo por vía de
consuelo añade que no es una nada absoluta, sino una nada relativa. En efecto,
cuando una cosa no es nada de lo que conocemos, en realidad no es nada para
nosotros. Pero esto no quiere decir que sea una nada, hablando en términos
absolutos, es decir, que no sea nada bajo todos los aspectos y en todos
sentidos; lo que significa sencillamente es que estamos limitados a tener tan sólo
un conocimiento completamente negativo de esa cosa, lo cual puede depender muy
bien de los estrechos límites de nuestro horizonte intelectual.
Precisamente es este el punto a partir del cual
los místicos, que continúan sentando afirmaciones, caen en el misticismo puro.
El que quiera completar el conocimiento simplemente negativo que suministra la
filosofía con nociones afirmativas de esta índole, las hallará expresadas con
gran belleza y en abundancia en el Upnekhat, en las Enéadas de
Plotino, en Escoto Eriúgena, en algunos pasajes de Jacobo Böhme y, sobre todo,
en el admirable libro Los Torrentes de Mad. Guyon, en Angel Silesio, en
los poemas de los Sufís, una colección de los cuales ha traducido Tholuk al
latín y al alemán, y en otras muchas obras. Los Sufís son los gnósticos del
Islam; Sadi los designa con un nombre que viene a significar los «perspicaces».
El teísmo, calculado para la capacidad de las
masas, coloca la fuente de la existencia fuera del hombre como un objeto; la mística
en general, y en particular el sufismo, la va trayendo progresivamente, según
los grados de iniciación al hombre, en calidad de sujeto, y el adepto,
maravillado y dichoso, reconoce, finalmente, que está en él mismo aquella
fuente.
Este procedimiento es general en toda la mística.
Meister Eckard, el padre de la mística alemana, lo sigue manifiestamente en un
precepto en que recomienda al asceta consumado que no busque a Dios en otra
parte que en sí mismo (Obras, edición Pfeiffer, v. 1, pág. 626), y lo
hallamos también expresado cándidamente por la hija espiritual de Eckard, la
cual, luego de haber experimentado esta metamorfosis, acude a decirle,
traspasada de júbilo: «Maestro, regocíjate conmigo; me he hecho Dios.» (ídem,
pág. 465). Obedeciendo al mismo espíritu, la mística de los Sufís se
manifiesta principalmente como un arribamiento, nacido de la conciencia de ser
uno mismo el núcleo del mundo, la fuente primera de la existencia, a la cual
todo retorna. Se encuentra también frecuentemente en los místicos la
recomendación de renunciar a todo querer como medio de emanciparse de la vida y
de sus dolores; pero este precepto ocupa una categoría subalterna y se le da
por cosa fácil. En la mística india, este segundo aspecto resalta mucho más,
y en la mística cristiana es el predominante, hasta el punto de que la
conciencia panteísta, esencial a la mística, no se manifiesta en aquélla más
que secundariamente, como consecuencia a la renuncia a toda volición y bajo la
forma de reunión con Dios. En relación con estas diferencias, la mística
tiene entre los mahometanos un carácter risueño, y entre los cristianos un
tinte sombrío y doloroso. La de los indios, colocada por encima de ambos, se
mantiene en este punto en un término medio.
El quietismo o renuncia de todo querer, el
ascetismo o mortificación de toda voluntad propia, y el misticismo o conciencia
de la identidad de nuestro propio ser con el ser de todas las cosas, con la
esencia del mundo, se tocan tan de cerca, que el que admite una de estas
tendencias insensiblemente se ve llevado a admitir las demás, aunque no quiera.
Es, en verdad, sorprendente la concordancia entre los autores que han expuesto
estas doctrinas, a pesar de las diferencias inmensas de tiempos, países y
religiones que existen entre ellos, así como también es asombrosa la
inquebrantable seguridad y la convicción íntima con que describen lo
sustancial de su experiencia interior. Sin embargo, no forman una secta que
defienda y propague un dogma favorito adoptado teóricamente; las más de las
veces no saben unos de otros; más aún, los místicos, los quietistas y los
ascetas indios, mahometanos y cristianos, son completamente heterogéneos entre
sí, salvo en lo tocante al sentido íntimo y al espíritu de sus enseñanzas.
Para hallar un ejemplo evidente de ello no
tenemos más que comparar Los Torrentes de Mad. de Guyon con la doctrina
de los Vedas y particularmente con un pasaje del Upnekhat (v. 1,
p. 63), que resume y expresa fácilmente y con las mismas imágenes el contenido
de la obra francesa, siendo notorio que en 1860 Mad. de Guyon no podía conocer
el sánscrito. En la Teología alemana (única edición no mutilada, la de
Stutgardt, 1885) se dice, en los capítulos II y III, que la caída del diablo y
la de Adán vienen de que uno y otro se apropiaron las expresiones yo, mi, mío,
y en la pág 89 se lee: «En el verdadero amor no hay yo y mío, tu y tuyo, ni
nada semejante». Y en el Kural, traducido del Tamul por Graul, se dice:
«Lo mío, que es la pasión caminando hacia el exterior, y el yo, que es la
pasión vuelta hacia lo interior, desaparecen». En el Manual del Budismo,
de Spence Hardy, Buda se expresa en estos términos: «Esto soy yo o esto es mío,
son pensamientos que mis discípulos rechazan.» En términos generales, y
haciendo abstracción de las formas que son debidas a las circunstancias
exteriores, puede decirse que Shakia Muni y Meister Eckhard enseñan la misma
cosa: sólo que el primero tenía plena libertad para expresar abiertamente sus
pensamientos, mientras que el segundo se ve obligado a presentarlos detrás del
velo del mito cristiano, al cual tiene que acomodar también sus expresiones.
Van tan lejos en este punto, que en sus escritos, el mito habla sólo por medio
de imágenes, casi como el mito helénico en boca de los neoplatónicos,
formando una alegoría perpetua. Es también notable a este respecto cómo se
parece el cambio de vida de San Francisco, cuando se despoja de sus riquezas y
hace voto de pobreza, al cambio mayor todavía del Buda Shakia Muni, que de príncipe
se hizo mendigo. La vida de San Francisco y la orden instituida por él
recuerdan mucho el saniassismo. La analogía de los sentimientos resalta también
en su grande amor hacia los animales, de los cuales gustaba rodearse y a los
cuales llamaba siempre sus hermanos y sus hermanas. Su hermoso Cántico
da testimonio igualmente del espíritu indio que le animaba, pues canta las
alabanzas del sol, de la luna, de las estrellas, del viento, del agua, del fuego
y de la tierra .
Muchas veces los mismos quietistas cristianos
no tuvieron conocimiento uno de otro, o lo tuvieron escaso: como, por ejemplo,
Molinos y la Guyon de Tauler y la Teología Alemana o bien Gichtel, de los dos
primeros. La gran diferencia de cultura intelectual entre los místicos, tampoco
ha ejercido influencia esencial sobre sus doctrinas; unos, como Molinos, eran
instruídos; otros, como Gichtel y muchos más, ignorantes. Este hecho, junto
con la concordancia de sus enseñanzas y la firme seguridad con que se expresan,
prueba mejor que otro alguno que hablaban en virtud de una experiencia interior
efectiva; esta experiencia no está al alcance de todo el mundo, sólo es dada a
un corto número de elegidos; por eso se llama una operación de la gracia, cuya
realidad no puede ponerse en duda, sin embargo, por todas las razones expuestas
más arriba. Para comprender bien esto, hay que leer las obras mismas de los
autores místicos y no contentarse con extractos de segunda mano; cada uno de
estos escritores debe ser oído en persona antes de ser juzgado. Para el
conocimiento del quietismo recomiendo especialmente a Meister Eckhard, la Teología
Alemana, Tauler, la Guyon, Antonieta Bourignon, el inglés Bunyan, Molinos l y
Gichtel. Asimismo, como demostraciones prácticas y ejemplos de la seriedad del
ascetismo, conviene leer la vida de Pascal, publicada por Reuchlin, así como su
Historia de Port Royal, la Historia de Santa Isabel, por el conde
de Montalembert, y la Vida de Rancé, por Chateaubriand; esta enumeración
está muy lejos de haber agotado todo lo importante de este género. Cuando se
han leído estas obras, cuando se ha comparado su espíritu con el del ascetismo
y el quietismo, tal como respira en los escritos y se expresa en cada página de
los escritores del brahamanismo y del budismo, habrá que conceder una cosa: que
toda filosofía que para ser consecuente consigo misma tenga que rechazar todas
estas concepciones, lo cual no puede hacer más que declarando a sus autores
impostores o locos, tiene que ser por este mismo hecho falsa. En este caso se
encuentran todos los sistemas filosóficos de Europa, a excepción del mío. Sería,
en verdad, locura muy extraña esta que se expresa con tal concordia, a pesar de
existir la mayor diferencia posible de condiciones y de personas entre quienes
la expresan, y a la cual han elevado a la altura de dogma capital de su religión
las poblaciones más antiguas y más numerosas de la tierra; es decir, las tres
cuartas partes de los habitantes de Asia.
Por otra parte, cuando se plantea esta cuestión,
la filosofía no tiene derecho a repudiar el tema del quietismo y el ascetismo,
pues este tema es idéntico en lo sustancial al de toda metafísica y, toda
moral. Así, pues, este es el terreno en que espero a toda filosofía optimista
y este el punto sobre el cual la invito a declarar su parecer. Si ante la opinión
de los contemporáneos, la concordia que existe entre mi filosofía y, el
quietismo y el ascetismo es propia para ofuscar a las mentes, yo veo, por el
contrario, en esta circunstancia una prueba de que mi filosofía es la única y
verdadera, y eso me explica también al mismo tiempo por qué las universidades promesantes
quieren ignorarla y ahogarla en el silencio.
En efecto; no sólo las religiones de Oriente,
sino también el verdadero cristianismo, tiene esencialmente el carácter ascético
que mi filosofía explica como negación de la voluntad de vivir; pero el
protestantismo, sobre todo, en su forma actual, trata de ocultar este hecho.
Han surgido recientemente adversarios
declarados del cristianismo, que han demostrado ellos mismos, con fundamento,
que enseña la renuncia del mundo, la abnegación, la castidad perfecta y
principalmente la mortificación de la voluntad, que califican exactamente de «tendencia
anticósmica», y que tal es la esencia verdadera del cristianismo primitivo. En
esto tienen indudablemente razón; pero cuando le echan en cara esas tendencias
como un vicio evidente, cuando en esto consiste su gran verdad, su crecido valor
y su carácter elevado, muestran los que así discurren cuán sumido está su
espíritu en las tinieblas. Esta decadencia intelectual se explica, porque esos
cerebros, como millares de otros en Alemania, han sido totalmente corrompidos y
falseados para siempre por el miserable hegelianismo, escuela de bajeza, foco de
necedad y de ignorancia, falsa sabiduría, hecha para destornillar cabezas, y
que ya se empieza a comprender lo que es, por lo cual sólo le admirará dentro
de poco la Academia danesa, para la cual aquel tosco charlatán es un summus
philosophus, en defensa del cual rompe lanzas.
Car ils suivront la créance et estude,
De l’ignorante et sotte multitude,
Dont le plus lourd sera reçu par juge
(Rabelais)
Es indudable que en el cristianismo primitivo y
puro, tal como salió en germen del Nuevo Testamento y se desarrolla en los
escritos de los Padres de la Iglesia, existe una tendencia ascética que no
puede negarse; es la cima a que todos aspiran. El Nuevo Testamento nos da ya la
fórmula principal de ascetismo con la recomendación del celibato puro y
verdadero (primero y más importante paso a la negación del querer). Strauss en
la Vida de Jesús (v. 1, pág. 618 de la V edición), dice respecto del
celibato recomendado en San Mateo, XIX, 11 y siguientes: «Para no hacer decir a
Jesús nada que estuviese en contradicción con las ideas actuales, se le ha
atribuido fraudulentamente la intención de no preconizar el celibato más que
en consideración a las circunstancias de su tiempo, a fin de que nada estorbase
la actividad apostólica; pero ni en ese texto ni en el pasaje análogo de la
primera a los Corintios, VII, 25 y siguientes, se halla la menor huella
de semejante intención; lo que en realidad ocurre es que éste es uno de los
lugares en que los principios ascéticos, tales como estaban definidos entre los
esenios y probablemente también entre algunos de los judíos, se manifiestan
igualmente en Jesús.» Semejante tendencia ascética aparece más pronunciada
andando el tiempo, cuando el cristianismo, que buscaba todavía prosélitos, no
podía mostrarse muy exigente; desde principios del siglo III se impone
imperiosamente. El matrimonio en el cristianismo puro es una transacción con la
naturaleza pecadora del hombre; es una concesión, algo que se permite a los que
no tienen fuerza bastante de voluntad para aspirar a la perfección; un
expediente para evitar una corrupción mayor. Entendido de esta manera, la
Iglesia le consagra, a fin de que el vínculo sea indisoluble; pero la
virginidad y la castidad son consideradas como una consagración mayor mediante
la cual se entra en el número de los elegidos; sólo ella da derecho a la
corona triunfal, que recuerda todavía la palma que se pone en el ataúd de los
solteros y la corona de azahar que lleva la novia el día de las bodas.
Acerca de este punto tenemos un testimonio que
se remonta a los primeros tiempos del cristianismo: la respuesta característica
del Señor en el Evangelio de los egipcios, citado por Clemente de Alejandría (Strom.,
III, 6 y 3): Salomae interroganti, quosque vigebit mors? «Dominus quoadusque»,
inquit, vos mulieris pasitis. Clemente añade: Hoc est quaindin
operatantur cupiditates, con lo cual enlaza esto con el célebre pasaje de
la Epístola a los romanos, V. 12. Más adelante en el cap. XIII, cita
las palabras de Cassiano: Cum interrogaret Salome, quando cognoscentur ea, de
quibus interrogabat, ait Dominus: «quando pudoris indumentum conculcaveritis,
et quando duo facta fuerint unum, et masculum cum faeminae nec masculum nec
faernineum»; es decir, cuando no tengáis la necesidad del velo del pudor,
desde el momento en que toda diferencia de sexo haya desaparecido.
Los herejes son los que han ido más lejos en
este punto, como vemos en el siglo II en los tatianitas o encratitas, los gnósticos,
los marcianistas, los montanistas, valentinianos y cassianianos. En realidad, no
hacían más que rendir homenaje a la verdad, mostrándose implacablemente lógicos
y enseñando con el espíritu del cristianismo, la agkrateia, la continencia
absoluta. Mientras que la Iglesia condenaba prudentemente como herejía todo lo
que representaba un obstáculo para su política de largo alcance, San Agustín
dice de los tacianistas: Nuptias damnant, atque omnino pares eas
fornicationibus aliisque corruptionibus faciunt; nec recipiunt in suum numerum
conjungio utentem, sive maren sive foeminam. Nos vescuntur carnibus easque
abominantur. Pero también los padres ortodoxos consideraban el matrimonio
desde el mismo punto de vista, y predicaban la castidad perfecta, la afneia. San
Anastasio da como razón del matrimonio: Quia subjacemus condemnationis
propatoris nostri... nam finis, a Deo praelatus, erat, nos non per nuptias et
corruptionem fieri; sed transgressio mandati nuptias introduxit propter legis
violationem Adae. Tertuliano califica el matrimonio de genus mali
inferioris, ex indulgentia ortum, y dice: Matrimonium et stuprum est
conmixtio carnis; stilicet cujus concupiscentiam dominus stupro adaequavit.
Ergo, inquis, jam et primas, id est unus nuptias destruis? Necx inmerito:
quoniam et ipsae ex eo constant, quod est stuprum. El mismo San Agustín
admite esta doctrina con todas sus consecuencias, cuando se expresa así: Novi
quosdam, qui murmurent: quid si inquiunt omnes velint ab omni concubitu
abstinere, unde subsistet genus humanum?- Utinam omnes hoc vellent! dumtaxat in
caritate de cordi puro et conscientia bona, et fide non ficta; multo citius Dei
civitas compleretur, ut acceleraretur terminus mundi (de bono conjugati,
c. 10). Y más adelante añade: Non vos ab hoc studio, quo multos ad unitan
dum vos excitatis frangat querela vanorum, qui dicunt; quomodo subsistet genus
humanum si omnes fuerint continentis? Quasi propter aliud retardetur hoc seculum,
nisi ut impleatur praedestinatus numerus ille sanctorum, quo citius impleto
perfecto nec terminus seculi differetur (de bono viduitatis, c. 23).
Se advierte también aquí que San Agustín identifica la salvación con el fin
del mundo.
Los otros pasajes de las obras de San Agustín
relativos a este punto han sido reunidos en la Confessio Augustiniana e D.
Agustini operibus compilata a Hieronymo Torrense 1610, bajo los epígrafes De
matrimonio, De celibatu, etc. En ellos se hallará la confirmación
de que el antiguo y verdadero cristianismo consideraba el matrimonio como una
mera concesión, que no debía tener otro fin que la procreación de hijos; y
que juzgaba que la continencia absoluta era mucho más perfecta y constituía la
verdadera virtud. Recomiendo a los que no quieran elevarse a estas fuentes, por
si les queda alguna duda acerca de esta tendencia del cristianismo, la obra de
Carwer, Ueber das Cölibatgesetz, 1832, y la de Lind De coelibatu
Christianorum per tria priora secula, 1839. Y no remito al lector a las
opiniones de estos escritores, que son opuestas a las mías, sino a la colección
de datos y citas que han reunido en sus libros, y cuya fidelidad es tanto menos
sospechosa cuanto que ambos escritores son adversarios del celibato; el primero
es un católico racionalista, y el segundo un protestante que habla inspirado únicamente
por estas ideas.
En la primera de estas obras hallamos enunciado
el resultado siguiente (vol. 1, pág. 1,66): «La Iglesia, de conformidad con
sus miras, y según puede verse en los Padres canónicos, en las instrucciones
de los sínodos, de los Papas y en innumerables escritos católicos ortodoxos,
llama a la castidad absoluta una virtud divina, celeste, angelical, y declara
que para obtener la asistencia divina necesaria para esta virtud hay que
implorar con fervor a Dios. Hemos indicado ya que este concepto agustiniano fue
enunciado por Canissio en la decisión del Concilio de Trento, como un dogma
eclesiástico que conserva todo su valor. Para probar que se ha mantenido
igualmente hasta nuestros días como doctrina no tenemos más que reproducir el
siguiente pasaje de la revista Le Catholique, de junio de 183 1, que lo
declara en términos categóricos: «El catolicismo considera la observación
constante de la castidad, para agradar a Dios, como la mayor virtud del hombre.
Esta opinión de que la castidad perpetua es un fin absoluto que santifica y
eleva al ser humano, tiene profundas raíces en la religión cristiana; está
conforme con su espíritu y con su letra, como puede convencerse de ello todo
católico instruido. El concilio de Trento ha disipado todas las dudas respecto
de este particular». «... Hablando imparcialmente, es forzoso reconocer que no
sólo la doctrina expuesta por dicha revista es esencialmente católica, sino
que también los argumentos que expone deben ser completamente irrefutables para
un espíritu católico, pues están sacados de las doctrinas fundamentales de la
Iglesia sobre la vida y su destino.» Más adelante, en la pág. 270, sigue
diciendo el autor: «Aunque San Pablo califica la prohibición del matrimonio
como doctrina errónea, y aunque el autor de la epístola a los Hebreos, más
judío aún que Pablo, ordena: Que el matrimonio sea tratado por todos con
honestidad, y que el lecho nupcial no tenga mancha (XIII, 4), sin embargo, no
puede desconocerse la tendencia principal de los dos hagiógrafos. Para ambos,
la virginidad es el bien supremo; el matrimonio es un mal menor y sólo en este
concepto debe ser conservado. La aspiración suprema va siempre enderezada hacia
la renuncia absoluta y material. El yo debe desviarse y abstenerse de todo lo
que sea placer personal y temporal.» En la pág. 288 añade: «Estamos
enteramente de acuerdo con el abate Zaccaría, cuando sostiene que el celibato
(no la ley del celibato) se deriva, ante todo, de las enseñanzas de Cristo y
del Apóstol San Pablo.»
Lo que constantemente se opone a este principio
fundamental del cristianismo es siempre el Antiguo Testamento, con su panra kala
lian. Esto es lo que resalta claramente en el libro III (tan importante) de los Stromates,
de San Clemente de Alejandría, en que se combate a los herejes encratitas antes
citados, oponiéndoles continuamente el judaísmo y su historia optimista de la
creación, la cual está en oposición con la tendencia del Nuevo Testamento,
que es la renuncia del mundo. Mas la alianza del Nuevo Testamento con el Antiguo
es, en el fondo, exterior, accidental y hasta forzada: en el único punto por el
cual la doctrina cristiana se enlaza con el último, es la historia del pecado
original, que existe en aquél aislada y sin aplicación ulterior.
Según el mismo relato de los Evangelistas, no
debemos olvidar que los partidarios ortodoxos del Antiguo Testamento fueron
precisamente los que ocasionaron la crucifixión del fundador de la nueva
doctrina, porque sus enseñanzas estaban en contradicción con las de aquéllos.
En el libro III de los Strolpiates se trasluce con singular claridad la
oposición entre el teísmo optimista, de una parte, y de otra, el pesimismo,
con la moral ascética. Este libro va dirigido contra los gnósticos que enseñaban
el pesimismo y el ascetismo y particularmente la enkroteina (la abstinencia de
todo y particularmente del trato casual), por lo cual les censura mucho
Clemente. Se entrevé allí que el espíritu mismo del Antiguo Testamento está
en antagonismo con el del Nuevo. Salvo el pecado original, que figura en el
Antiguo Testamento como cosa excepcional, el espíritu de éste es optimista, en
contraposición con el del Nuevo, que es pesimista. El mismo San Clemente recoge
esta contradicción al final del capítulo XI; pero no queriendo, con buen
juicio, dejarla manifestarse, la declara aparente.
Interesante y curioso es ver cómo en su obra
el Nuevo y el Antiguo Testamento chocan a cada instante y cómo procura
conciliarlos; y frecuentemente descarta el Nuevo para atenerse al Antiguo. Al
principio del capítulo III, echa en cara a los marcionitas el opinar, como Platón
y Pitágoras, que la Creación es mala y formada de mala sustancia, y que, por
consiguiente, no conviene poblar el mundo, sino abstenerse del matrimonio. Esto
escandaliza mucho a San Clemente, que aprecia y comprende mejor al Antiguo
Testamento que el Nuevo. Ve en esa opinión una ingratitud palmaria, una muestra
de hostilidad y una rebelión contra Aquel que creó el mundo, contra el justo
demiurgo, de cuyas manos han salido los hombres y cuyas obras no quieren
apreciar aquellos herejes, despojándose en su rebelión impía de los «sentimientos
dictados por la naturaleza».
Al mismo tiempo, lleno de celo, no quiere dejar
a los marcionitas ni el mérito de la originalidad, y armado de su conocida
erudición, les demuestra con numerosas citas que los antiguos filósofos Heráclito
y Empédocles, Pitágoras y Platón; Orfeo y Píndaro, Herodoto y Eurípides, y
por añadidura la Sibila, lamentaron la desdichada condición del mundo y enseñaron,
por consiguiente, el pesimismo. Pero en su entusiasmo erudito, no advierte que
de este modo ayuda a los marcionitas, puesto que demuestra que «los mayores
sabios que han existido» celebraron y enseñaron lo mismo que aquéllos. Lleno
de confianza y de celo, cita las más positivas y categóricas sentencias que
los antiguos dijeron sobre este mundo. Verdad es que no se deja seducir por
estas cosas: en vano los sabios lamentaron las tristezas de la existencia: en
vano los poetas exhalaron las quejas más desconsoladoras; en vano la naturaleza
y la experiencia claman contra el optimismo; todo esto no conmueve a nuestro
Padre de la Iglesia, que mantiene inquebrantable su revelación judía. El
demiurgo ha creado el mundo; luego es cierto, a priori que el mundo es perfecto,
cualquiera que sea su condición.
Igual es su actitud respecto al segundo punto,
a la enkrateia, con la cual los marcionitas, en su opinión, testifican su
ingratitud hacia el Creador y la rebeldía con que rechazan sus dones. Pero en
esto también los trágicos se adelantaron a los encratitas (con mengua de la
originalidad de éstos) y dijeron lo mismo. Después de lamentar las
interminables miserias de la vida, dicen que sería preferible no procrear hijos
a perpetuar un mundo semejante. El Padre de la Iglesia sigue amontonando citas
sobre este punto, y acusa a los pitagóricos de haber renunciado con dicho fin a
los placeres carnales. Pero nada de esto influye sobre él y persevera en su
opinión de que, con la continencia, pecan contra el demiurgo al enseñar que
hay que huir del matrimonio, no engendrar hijos, no echar al mundo más
desgraciados y no suministrar a la muerte más víctimas.
El docto Padre de la Iglesia, cuando censura así
la enkrateia, no adivinaba que, un siglo después, el celibato del clero
cristiano iría introduciéndose cada vez con mayor generalidad, y que el siglo
XI sería erigido en ley, de acuerdo con el espíritu del Nuevo Testamento, espíritu
que los gnósticos se asimilaron más inmediatamente y comprendieron mejor que
San Clemente, más judío que cristiano. El pensamiento de los gnósticos
resalta claramente al principio del capítulo XI en la cita de un pasaje del
Evangelio de los Egipcios: Aiunt enim dixisse Salvatorem: veni ad disolvendum
opera feminae: feminae quidam cupiditatis; opera autem generationis et interitum.
Todavía se descubre más particularmente este pensamiento al final del capítulo
XIII y al principio del XIV.
Mas como la Iglesia tenía que establecer una
religión que pudiese sostenerse en el mundo y entre los hombres, tales como
son, hay que confesar, sin embargo, que no podía declararlos herejes. Al final
del capítulo VII, nuestro Padre de la Iglesia establece un paralelo entre el
ascetismo indo (que considera malo) y el cristianismo judaico. En este paralelo
aparece bien claramente la diferencia de miras que existe entre ambas
religiones. En el judaísmo y el cristianismo todo viene a parar en la
obediencia o desobediencia a Dios, cuyas criaturas somos (nobis qui ab
Omnipotentis voluntate efficti sumus). Luego, como segundo deber, viene el
de servir al Señor, alabar sus obras y darle gracias. Esto se diferencia
grandemente del brahamanismo -y del budismo; según el último, el hombre no
puede enmendarse, convertirse ni esperar la salvación en este mundo de dolor,
en este Sansara, como no se haya asimilado las cuatro verdades fundamentales: 1ª,
dolor; 2ª, doloris ortus; 3ª, doloris interitus; 4a, octo
partita via ad doloris sedationem (Dammapadam, edición Fausböll, páginas
35 y 347). Se puede ver el comentario de estos cuatro principios en la Introducción
a la historia del budismo indio de Burnouf, pág. 629, y en los demás
tratados acerca del budismo.
En realidad, no es en el judaísmo con su panra
kala lian sino en el brahamanismo y el budismo, donde hallamos el espíritu y la
tendencia moral semejantes y de la misma familia que los del cristianismo. Y en
una religión, el espíritu y la tendencia son lo principal, no los mitos de que
se revisten. Por eso, no renuncio a creer que llegará a descubrirse que el
origen del cristianismo está en aquellas antiguas religiones. Algunos indicios
he apuntado en el segundo volumen de Parerga, § 379. Añadiré ahora que
Epifanio (Haeretic, XVIII) refiere que los primeros judeo-cristianos de
Jerusalén, llamados Nazarenos, se abstenían de toda alimentación animal. Por
virtud de este origen, o por lo menos, de esta concordancia, el cristianismo
pertenece a aquella creencia antigua, venerable y elevada, de la humanidad, que
contrasta con el optimismo falso, vulgar y corruptor, representado por el
paganismo heleno, el judaísmo y el islamismo.
La religión zenda se mantiene en un lugar
intermedio, por decirlo así, pues opone a Ormuz el contrapeso pesimista de
Ahrimán. El judaísmo nació de ella, como lo ha demostrado J. G. Rhode en su
libro La tradición sagrada del pueblo zendo. Ormuz se convirtió en
Jehová y Ahrimán en Satán; pero éste no desempeña en el judaísmo más que
un papel muy secundario; de manera que el optimismo adquiere toda la
preponderancia y no queda otro elemento pesimista que el pecado original, tomado
igualmente del Zend Avesta (de la fábula de Mechián y Mechiana); pero este
mismo episodio cae en el olvido hasta el día que el cristianismo se apodera de
él, al mismo tiempo que de Satanás. Sin embargo, el mismo Ormuz desciende de
una figura secundaria del brahamanismo; es Indra, divinidad secundaria, que
rivalizaba frecuentemente con los humanos y presidía el firmamento y, la atmósfera;
este origen lo explica bien Schmidt en su excelente obra Del parentesco de
las doctrinas gnóstico-teosóficas con las religiones de Oriente. Este
Indra-Ormuz-Jehová pasó en seguida al cristianismo cuando éste nació en
Judea; pero, de acuerdo con el carácter cosmopolita de la nueva religión, se
despojó de sus nombres propios, para adoptar aquel que en la lengua de cada
nación convertida designaba al ser sobrehumano a quien venía a destronar, como
el de Zeus, Deus, derivado del sanscrito Deva (de donde se deriva también
diablo), y entre los godos de Germanía el de God, Gott, derivado de Odino o
Wodan, Guodan, Godaw. En el Islam, salido igualmente del judaísmo, tomó el
nombre de Allah, que existía ya en la Arabia. Por un procedimiento análogo,
los dioses del Olimpo, cuando en los tiempos prehistóricos fueron transportados
a Italia, adoptaron los nombres de los que habían reinado antes que ellos: Zeus
se convirtió en Júpiter entre los romanos, Hera en Juno, Hermes en Mercurio,
etcétera. En China, el primer obstáculo con que han tropezado los misioneros,
ha sido que la lengua china no tiene un nombre de esta clase, ni un vocablo que
exprese la idea de crear lo cual depende de que las tres religiones de la China
no admiten dioses, ni en singular ni en plural.
Sea como quiera, el panra kala lian del Antiguo
Testamento es positivamente ajeno al verdadero cristianismo, pues el Nuevo
Testamento habla siempre del mundo como de una cosa a la cual no se debe
pertenecer, que no se debe amar y donde reina el diablo. Esto concuerda con el
espíritu ascético, de abnegación y de renuncia del mundo, que, junto con el
amor al prójimo y hasta al enemigo, forma el vínculo que enlaza al
cristianismo con el budismo y el brahamanismo, atestiguando el parentesco que
los une. En parte alguna hay que distinguir tanto la esencia de la corteza como
en la doctrina cristiana. Por lo mismo que estimo tanto su esencia, suelo tratar
a la cáscara con tan poco respeto, pero esa cáscara es más espesa de lo que
se cree generalmente.
El protestantismo, al rechazar el ascetismo, y
su punto principal, la eficacia del celibato, ha descartado la esencia del
cristianismo, y en este sentido no conserva más que su corteza. Esto se está
viendo en el día, pues, gradualmente, ha llegado a no ser más que un
racionalismo vulgar, un pelagianismo moderno, cuya última palabra consiste en
enseñar que existe un tierno Padre que ha creado el mundo para que todo acaezca
en él de un modo encantador (en lo cual parece haberse equivocado), y que, a
condición de plegarnos a su voluntad en ciertos puntos, no dejará de
prepararnos para un porvenir todavía más encantador (cuyo único defecto
consiste en tener una entrada tan desagradable). Ésta puede ser una excelente
religión para los pastores protestantes, hombres acomodados, casados y de
luces; pero no es el cristianismo. El dogma cristiano enseña que los hombres
son una raza culpable por el mero hecho de existir, y cuyo corazón debe
suspirar por redimirse de la existencia. Liberación que sólo puede ser
conquistada a costa de los más duros sacrificios y de la renuncia de sí mismo,
o sea por una conversión total de la naturaleza humana.
Lutero pudo tener perfectamente razón desde el
punto de vista práctico, es decir, en lo concerniente a los horrores de que
quería purgar a la Iglesia; pero no la tenía desde el punto de vista teórico.
Cuanto más elevada es una doctrina, más se presta a los abusos de la
naturaleza humana, inclinada siempre a tendencias bajas y malas; por eso, dentro
del catolicismo, los abusos son más numerosos y mayores que dentro del
protestantismo. El monaquismo, por ejemplo, que representa la negación del
querer, practicada metódicamente y en común para animarse mutuamente, es una
institución de las más elevadas; pero que, por eso mismo, ha sido con
frecuencia infiel a su espíritu. Los escandalosos abusos de la Iglesia,
indignaron profundamente el corazón honrado de Lutero, pero su indignación le
impulsó a cercenar todo lo posible el cristianismo; primero lo limitó al texto
de la Biblia, y después, llevando demasiado lejos el celo de sus buenas
intenciones, le hirió en el corazón, suprimiendo el principio ascético. En
cuanto éste quedó descartado, vino a sustituirle el optimismo.
Pero en religión, como en filosofía, el
optimismo es un error fundamental que cierra la puerta a la verdad. En resumen,
el catolicismo es, a mi juicio, un cristianismo del que se ha abusado
aborreciblemente; pero el protestantismo es un cristianismo degenerado. El
cristianismo, en general, ha padecido la suerte reservada a toda cosa noble,
elevada y grande, que tiene que subsistir entre los hombres.
Sin embargo, hasta en el seno del
protestantismo, el espíritu ascético y de abstinencia, esencial al
cristianismo, ha logrado introducirse y ha dado origen a un fenómeno tal, como
no se había producido hasta ahora, por lo importante y significativo. Me
refiero a la notable secta de los shakers, fundada en la América del
Norte, en 1744, por una inglesa llamada Ana Lee. Estos sectarios llegan ya a
seiscientos, que, divididos en quince agrupaciones, ocupan varios pueblos de los
Estados de Nueva York y Kentucky, principalmente en el distrito de New Libanon,
cerca de Nassau. La regla religiosa fundamental que dirige su vida es el
celibato y la abstinencia absoluta de placeres carnales. Según confesión unánime
de los ingleses y americanos que les han visitado y que, por lo general, se
burlan de ellos, esta regla es rigurosa y lealmente observada, aunque hombres y
mujeres viven frecuentemente bajo el mismo techo, comen juntos y hasta bailan
juntos en la iglesia durante el Oficio divino, pues el que ha hecho el más difícil
de los sacrificios tiene el derecho de danzar delante del Señor; es un
victorioso: ha triunfado. Los cantos religiosos son, generalmente, animados,
muchos de ellos hasta son alegres canciones. La danza en la iglesia, después de
la predicación, es acompañada por el canto de los demás asistentes: esta
danza rítmica y viva termina en un galop continuado, hasta que se agotan
las fuerzas de los que bailan. En los intervalos, uno de los maestros dice en
voz muy alta: «Acordaos de que os regocijáis aquí, delante del Señor, de
haber matado vuestra carne, pues éste es el único uso que hacemos de nuestros
miembros rebeldes.» Del celibato se derivan por sí mismas casi todas las demás
prescripciones que observa esta secta. No existe familia, ni propiedad
individual, sino comunidad de bienes. Todos visten de la misma manera, al estilo
de los cuáqueros, y con la más escrupulosa limpieza. Son industriosos y
activos y no toleran la ociosidad; tienen, además, un precepto que les envidio:
el de evitar todos los ruidos superfluos, como gritar, golpear en las puertas,
restallar los látigos, producir choques sonoros, etc. Uno de estos sectarios ha
enunciado en los términos siguientes las máximas a que ajustan su conducta: «Haced
vida de inocencia y de pureza, amad al prójimo como a vosotros mismos, vivid en
paz con todos los hombres: evitad la guerra y toda violencia; no derraméis
sangre ni aspiréis a los honores y distinciones del mundo. Dad a cada uno lo
suyo y observad la santidad, pues sin ella nadie verá al Señor. Haced bien a
todos en todas las circunstancias y con todo vuestro poder.» No hacen
propaganda, y los que piden ser admitidos entre ellos tienen que pasar por un
noviciado que dura varios años. Cada cual es libre de retirarse de la cofradía
y rara vez se da el caso de que tengan que expulsar a uno de sus miembros por
alguna infracción. Educan esmeradamente a los niños que les confían y no les
admiten a profesar entre ellos, si lo desean, hasta que han llegado a la edad de
la razón. Se refiere que en las controversias que han tenido sus jefes con
eclesiásticos anglicanos éstos han llevado la peor parte, pues los argumentos
de aquellos consistían principalmente en citas del Nuevo Testamento. Para más
detalles, se pueden consultar las obras siguientes: Maxwell's Run through the
United States, 1841, y la History of all Religions de Benedict
(1830), así como también el Times del 4 de noviembre de 1837 y la
revista alemana Columbus de mayo de 1831.
Existe también en América una secta alemana
que se parece bastante a la de los shakers: la de los rappistas,
que observan con el mismo rigor el celibato y la continencia. F. Löher da
algunas noticias sobre ellos en su Historia y posición de los alemanes en América,
1853.
Al parecer, en Rusia existe una secta parecida,
formada por los roskolniks. Los gichtelianos observan igualmente
castidad absoluta. Mas el prototipo de todas estas sectas se dio ya entre los
antiguos judíos, en la de los esenios, de que habla Plinio (Historia Natural,
v. 15). Tenían mucho parecido con los shakers, tanto en el celibato como
en otros puntos, entre ellos la danza durante el Oficio divino, lo cual nos hace
creer que la fundadora de esta secta tomó por modelo la de los esenios. Después
de estos hechos, ¿qué queda de la aserción de Lutero: Ubi natura,
quemadmodem a Deo nobis insita est, festur ac rapitur, fieri nullo modo potest
ut extra matrimonium caste vivatur (Cat. maj.)?
No obstante no aportar el cristianismo en sus
conceptos esenciales nada que Asia no supiera ya, y quizá mejor, desde hacía
mucho tiempo, fue para Europa una revelación nueva e importante que transformó
totalmente la tendencia de los espíritus en las poblaciones europeas, al
descubrirles la significación metafísica de la existencia, enseñándoles a
mirar más allá de la vida terrestre, estrecha, miserable y pasajera; a no
considerar esta vida como el fin del hombre, sino como un estado de dolor, de
culpabilidad, de prueba de lucha y de purificación, que sirve para llevarnos,
mediante las virtudes morales, la renuncia más penosa de sí mismo y la
abnegación, a una existencia mejor, incomprensible para nuestro espíritu. El
cristianismo enseña, ciertamente, la gran verdad de la afirmación y la negación
de la voluntad de vivir, bajo el velo de la alegoría, al decirnos que la caída
de Adán nos ha arrastrado a todos en su maldición, caída por la cual vino el
Pecado al mundo para sernos transmitido en la herencia y que, en cambio, por el
sacrificio que hizo Jesús de su vida, fueron redimidos todos los hombres,
salvado el mundo, borrado el pecado y la justicia satisfecha. Pero la verdad que
se oculta bajo este mito sólo se comprenderá si se considera a los hombres en
el tiempo, no como seres independientes unos de otros; hay que concebir la idea
platónica del hombre, que es para la serie humana lo que la eternidad absoluta
para la eternidad extendida en el tiempo; por eso, esta idea eterna del hombre,
desarrollada en el tiempo en serie de seres sucesivos aparece de nuevo en el
tiempo como una unidad mantenida por el vínculo de la generación. Considerada
así la idea humana, veremos representada en la caída de Adán, la naturaleza
limitada, pecadora del hombre, aquélla por virtud de la cual es un ser
pasajero, condenado al pecado, al dolor y a la muerte. Por el contrario, la
vida, las enseñanzas y la muerte de Jesucristo representan el aspecto
sobrehumano, la libertad, la redención del hombre.
Desde este punto de vista, toda criatura humana
es al mismo tiempo y virtualmente Adán y Jesús, según se comprenda a sí
misma y según se determine su voluntad; de esto depende que el hombre esté
maldito y destinado a la muerte, o esté salvado y participe de la vida eterna.
Estas verdades contenidas tanto en el sentido alegórico como en el directo,
eran cosa nueva para los griegos y los romanos que se engolfaban enteramente en
la vida y no miraban más allá. Demostración elocuentísima de ello la dan
Cicerón (en Pro Cluentio, capitulo LXI) y Salustio (Catil., cap.
XLVII) al exponer sus ideas sobre nuestra condición después de la muerte. Los
antiguos, aunque hay que reconocer el gran adelanto que alcanzaron en todas las
materias del pensamiento, no eran más que niños en este punto capital; estaban
más atrasados que los mismos druidas, los cuales enseñaban la metempsicosis; y
aunque uno o dos filósofos, como Pitágoras y Platón, tuviesen ideas más
elevadas, estas excepciones no alteran la regla.
Por lo tanto, la verdad suprema, la más
importante que puede existir, la encontramos en el cristianismo como en el
brahamanismo y el budismo, enseñándonos la necesidad de ser redimidos de una
existencia condenada al dolor y a la muerte, señalándonos como medio de
conseguirlo la negación de la voluntad, es decir, una victoria decisiva sobre
la naturaleza. Lo que ocurre es que esta verdad es contraria a las inclinaciones
naturales de la especie humana y difícil de comprender con arreglo a sus
verdaderos principios, pues todo aquello que sólo puede presentarse al
pensamiento de una manera general y abstracta, es completamente incomprensible
para la inmensa mayoría de los hombres. Por eso, a fin de poner a su alcance prácticamente
esta gran verdad, ha sido necesario valerse de un vehículo alegórico, o por
decirlo así, de un recipiente sin el cual se habría evaporado y perdido. Ha
tenido la verdad que encubrirse con el velo de la fábula y referirse, además,
en cada ocasión a algún dato histórico ya conocido y reverenciado. Lo que sensu
propio sería incomprensible para las masas de todos los tiempos y todos los
países, por sus sentimiento vulgares, su inteligencia limitada y su grosería
general, tiene que serles presentado sensu allegorico, a fin de que
puedan comprenderlo y guiarse por ello.
Las religiones antes citadas son los vasos
sagrados en los cuales se conservó en forma apropiada a la inteligencia de las
masas, y propia también para su transmisión al través de los tiempos, la
verdad conocida y enunciada desde hace millares de años, acaso desde el origen
de la humanidad, pero que eternamente será para la multitud una doctrina esotérica,
un misterio. Mas todo lo que está compuesto exclusivamente de los elementos
incorruptibles de la verdad pura corre constante peligro de destrucción; por
esta razón, siempre que el vaso, al ponerse en contacto con una época heterogénea
que no le es propicia, amenazara quebrarse, es indispensable para salvar su
contenido sagrado y conservárselo a la humanidad, recurrir a un nuevo
recipiente. Ese contenido es la verdad sin mezcla; la filosofía es quien tiene
la misión de presentarlo puro, claro, bajo la forma de nociones abstractas únicamente
y, por lo tanto sin vehículo de ninguna clase, para uso de una minoría muy
exigua de personas capaces de reflexionar. La filosofía es una línea recta, y,
comparándola con las religiones, vemos que éstas son como líneas curvas, pero
todas convergen en el mismo punto, porque la filosofía hace declaraciones y
trata directamente de cuanto las religiones alcanzan por medio de rodeos, mostrándolo
disfrazado. Si, para concretar con un ejemplo lo que acabo de decir, siguiendo
al mismo tiempo una moda filosófica de los actuales tiempos, quisiera yo
interpretar, con arreglo a los principios de mi filosofía, el misterio más
elevado del cristianismo, el de la Trinidad, podría, usando de las licencias
admitidas en semejantes comentarios, salir del paso de la manera siguiente: El
Espíritu Santo es la negación decidida de la voluntad de vivir; el hombre, en
quien se manifiesta in concreto, es el Hijo, el cual es idéntico con la
voluntad que afirma la vida y produce el fenómeno del mundo visible, es decir,
con el Padre, en el sentido de que la afirmación y la negación, aunque
contradictorias, emanan de una misma voluntad, igualmente apta para negar o para
afirmar, lo cual constituye el único libre albedrío verdadero. Pero entiéndase
bien que no digo esto más que como un lusus ingenii.
No terminaré este capítulo sin insistir todavía
sobre lo que en el § 68 del primer volumen designé con la denominación
DeuteroV plouV, es decir, esa segunda vía que conduce al hombre a la negación
del querer, después de haber experimentado algún gran dolor, y no por haberse
apropiado solamente el dolor universal y haber visto en él la inanidad y el
desconsuelo de la existencia. Podemos darnos cuenta del efecto que produce en el
corazón humano esta exaltación purificadora, comparándole con el que
experimenta todo hombre impresionable cuando asiste a la representación de una
tragedia; ambos sentimientos tienen cierto parentesco. En el tercero y cuarto
acto, el espectador de la tragedia se siente amargamente afectado y agitado,
viendo al héroe cada vez más en peligro de perder su dicha, y cuando, al
llegar el desenlace esa dicha naufraga y se deshace enteramente, aquél
experimenta, sin embargo, una especie de exaltación interior que le suministra
un contento de naturaleza infinitamente más elevado que el que hubiera podido
darle el ver al mismo personaje triunfante y feliz. Lo que en este caso se
produce bajo la forma de una compasión atenuada por la conciencia que tenemos
de que es una ilusión lo que la ha dado origen, ocurre de modo parecido, pero
con toda la energía de la realidad con que cada ser siente su suerte, cuando
algún gran infortunio impele al hombre a buscar refugio en la resignación
absoluta. De ahí proceden esas conversaciones que transforman al hombre, y que
dejo descritas en el primer volumen. Ya me ocupé de la de Raimundo Lulio. La
del abate de Rancé es digna de ser mencionada, a causa de los resultados
duraderos que produjo: por lo demás, se parece de un modo sorprendente a la
anterior. Véase en dos palabras lo sucedido. Rancé pasó su juventud entregado
a los placeres y la voluptuosidad; después se enamoró perdidamente de la
duquesa de Montbazon. Al entrar una noche en la habitación de su amada, encontró
el recinto desierto, en desorden y a oscuras. Al ir a dar un paso tropezó su
pie con un objeto que había en el suelo. Era la cabeza de la duquesa, que había
muerto de repente, y a quien habían separado la cabeza del cuerpo, por ser éste
demasiado largo para el féretro de plomo en que iba a ser colocado. Rehecho de
su impresión y sobrepuesto a su inmenso dolor, Rancé entró en 1663 en la
Trapa, llegando a ser reformador de la Orden, que había dado al olvido el rigor
de su regla, y la redujo a ese extremado renunciamiento que hoy es su base.
Hasta tal punto es rígida esta disciplina, que cuando se visita la Trapa se
siente uno dominado por un santo terror, al ver semejante negación de la
voluntad llevada a la práctica con el mayor método y mediante las más duras
privaciones en una existencia completamente austera y penosa. Desde el momento
en que el visitante pone su pie en el monasterio, se siente conmovido por la
humilde acogida de estos verdaderos monjes, que, agotados por el ayuno, por el
frío, las vigilias, las oraciones y el trabajo, se arrodillan ante él, hijo
del mundo y del pecado, para pedirle su bendición. Esta fue la única Orden monástica
que pudo sostenerse y se sostiene en Francia en medio de los grandes trastornos
que la combatieron, lo cual tiene su explicación en lo serio de este instituto
que nadie puede dejar de comprender y que no permite atribuirle segunda intención,
hasta el extremo de que ni la misma decadencia de la religión ha podido
quebrantarla, porque sus raíces ahondan más en la naturaleza humana que las de
cualquiera otra religión positiva.
Esta repentina y completa transformación de la
naturaleza íntima del hombre, totalmente desatendida hasta ahora por la filosofía,
según dejo dicho en el texto, se produce en la mayoría de los casos ante la
perspectiva segura y cierta de una muerte violenta, es decir, en los condenados
a pena capital. Para aclarar mejor la cuestión, creo que no padece la dignidad
de la filosofía si doy cuenta de los testimonios de algunos criminales antes de
su ejecución, aunque arrostre el peligro de que alguien se burle de mí,
diciendo que me refiero a discursos patibularios. Más no debo parar mi atención
en esto, pues soy de opinión que el patíbulo es realmente un lugar propio para
revelaciones singulares, un sitio de observación desde donde el hombre, si no
pierde el conocimiento, puede ver abrírsele hacia la eternidad horizontes más
amplios y más claros que los que tienen la mayor parte de los filósofos en sus
psicologías y teologías racionalistas.
He aquí las palabras que pronunció al pie de
la horca, en Glocester, el 15 de abril de 1837, un tal Bartlett, que había
asesinado a su suegra: «¡Ingleses, conciudadanos! Tengo que deciros pocas
palabras, pero os suplico que las dejéis penetrar todas y cada una de ellas en
vuestros corazones y las grabéis en vuestra memoria, no sólo en los breves
instantes durante los cuales vais a asistir al triste espectáculo presente,
sino para llevarlas fijas en la mente y repetirlas a vuestros hijos y a vuestros
amigos. Esto es lo que os suplica un hombre que va a morir dentro de un
instante. Lo que tengo que decir es esto: arrancad de vuestros corazones el amor
a este mundo perecedero y a sus vanos placeres; pensad menos en ellos, pensad más
en Dios. ¡Hacedlo! ¡Convertíos, convertíos! Pues en verdad os digo que sin
una conversión profunda y sincera, sin el retorno a nuestro Padre celestial, no
podréis esperar alcanzar nunca las regiones de la felicidad y las esferas de
paz hacia las cuales tengo convicción de caminar en este momento con pasos
acelerados» (The Times del 18 de abril de 1837.)
Todavía fueron más notables las últimas
palabras de un asesino famoso, llamado Greenacre, ajusticiado en Londres el 1 de
mayo de 1837. El diario inglés The Post publicó el relato siguiente,
que reprodujo el Galignani's Messenger del 6 de mayo del mismo año: «La
mañana de su ejecución, una persona le exhortaba a poner su confianza en Dios
y rezar para que le fueran remitidos sus pecados por la intercesión de
Jesucristo. Greenacre respondió que pedir perdón por mediación del Cristo era
cuestión de opinión: que él, por su parte, creía que a los ojos del Ser
Supremo, un musulmán valía tanto como un cristiano y tenía iguales derechos a
la beatitud eterna. Dijo que en su prisión había reflexionado sobre las
cuestiones teológicas, adquiriendo la convicción de que el patíbulo es un
pasaporte para ir al cielo». Precisamente la indiferencia que revelan estas
palabras respecto de toda religión positiva es lo que más peso da a este
testimonio, pues demuestra que no estaba dictado por una creencia fanática,
sino por una convicción propia e instructiva.
Veáse otro hecho que refiere el Galignani's
Messenger del 15 de agosto de 1837 y que reprodujo la Limerik Chronicle:
«El lunes último fue ajusticiada María Cooney, a consecuencia del espantoso
asesinato de mistress Anderson. La desgraciada reo estaba tan penetrada de la
enormidad de su crimen, que besaba la cuerda que tenía en el cuello, invocando
humildemente la misericordia divina». Por último, el Times del 29 de
abril de 1845 publica varias cartas escritas la víspera de su ejecución por
Haeker, el asesino de Delarne. En una dice: «Estoy convencido de que si el
corazón natural no es quebrantado y renovado por la gracia divina, el hombre,
por bueno y noble que sea a los ojos del mundo, no puede pensar en la eternidad
sin un estremecimiento interior».
Estas son las perspectivas que se abren hacia
la eternidad desde lo alto de ese observatorio a que antes me referí, y no
siento escrúpulos al referirlas, pues el mismo Shakespeare ha dicho: «Hay
mucho que escuchar y que aprender de labios de esos convertidos».
El dolor por sí mismo, según la doctrina
cristiana, posee la virtud purificadora que acabo de mostrar, y con arreglo a la
misma doctrina, las grandes riquezas producen el efecto contrario: Strauss
demostró en su Vida de Jesús (v. 1, 2ª parte, Cap. VI, 72 y 73) que
las bienaventuranzas o macarismos del Sermón de la Montaña tienen
diferente sentido en San Lucas (VI, 21) que en San Mateo (V, 3) pues este último
añade a las palabras makarioi oi ptwcoi, ty pneumati, y a peinwonteV el thn
dikaiosunhn; por consiguiente, sólo él entiende que se trata de los sencillos
y los humildes, mientras que San Lucas habla de verdaderos pobres; en el
Evangelio de este último el contraste está entre el dolor actual y la
felicidad futura.
Los ebionitas tenían como máxima fundamental
que quien había gozado de su parte de dicha en este mundo, no alcanzaría nada
en la vida futura, y viceversa. Así en San Lucas las bienaventuranzas o macarismos
van seguidas de otros tantos ouai que dirige a los plousiois a los
empeplhsmenoiV y a los gelwsi, de igual modo que lo entendían los ebionitas. En
el mismo espíritu, dice Strauss (p. 64), está inspirada la parábola (San
Lucas, XVI, 19) del epicúreo y de Lázaro, que no se basa en ninguna falta del
primero, ni en ningún mérito del segundo, y que para guardar la recompensa y
el castigo futuros no atiende al bien o al mal realizado en esta vida, sino al
dolor o a la dicha que se ha padecido o disfrutado con el mundo, exactamente
como lo entendía la secta ebionita. Strauss añade: « Los otros sinópticos (Matt.
XIV, 15, Marcos X, 17, Lucas XVIII, 18) atribuyen a Jesús el criterio de dar el
mismo valor a la pobreza exterior, en el relato del mancebo rico y en la imagen
del camello y el ojo de la aguja».
Bien meditados, veremos que los pasajes más
famosos del Sermón de la Montaña enseñan la pobreza voluntaria y, por
consiguiente, la negación de la voluntad. El precepto (S. Matt, V 40 y
siguientes) de dar todo aquello que se nos reclama, de ofrecer nuestra capa al
que quiere pleitear con nosotros, pidiéndonos nuestra túnica, etc., y aquel
otro precepto (idem, VI, 25-34) de no inquietarse por lo porvenir, ni
siquiera por el día siguiente, y de vivir al día, son reglas de conducta cuya
observancia conducen infaliblemente a la pobreza absoluta y que dicen
indirectamente lo que Buda dice directamente a sus discípulos y predica con el
ejemplo, a saber: «Despojaos de todo y haceos bikchus»; es decir,
mendigos. Con más claridad todavía se desprende esto del pasaje de San Mateo
(X, 9-15), en el que se ordena a los Apóstoles no poseer nada, ni siquiera
sandalias, ni un bastón, y vivir de limosnas. Estos preceptos fueron después
la base de la Orden mendicante de San Francisco. (Bonaventurae: Vita S.
Francisci, c. III). Por eso sostengo que el espíritu de la moral cristiana
es idéntico al del brahamanismo y el budismo. De acuerdo con todo lo que acabo
de exponer, Meister Eckhard dice: (Obras, v.. 1, pág. 492): «La
cabalgadura más rápida para llevarnos a la perfección, es el dolor».