Si
tu en corazón
el deseo te hace aspirar a la riqueza, actúa así y obra trabajo tras
trabajo.
Al surgir las Pléyades descendientes de Atlas, empieza la siega; y la
labranza, cuando se oculten. Desde ese momento están escondidas durante cuarenta
noches y cuarenta días y de nuevo al completarse el año empiezan a aparecer
cuando se afila la hoz. Esta es la ley de
los campos para quienes viven cerca del mar y para quienes, en frondosos
valles, lejos del ondulado ponto, habitan ricos lugares.
Siembra desnudo, ara desnudo y siega desnudo si quieres atender a su tiempo
todas las labores de Deméter, para que cada fruto crezca en su época y
nunca luego necesitado mendigues en casas ajenas sin recibir nada.
Selección realizada de: Los trabajos y los días (s. VII ac)
RELEVANCIA
Organización trabajo agrícola en Grecia
s. VII ac
Así también ahora a mí viniste; y por supuesto, yo no te daré ni te
prestaré más. Trabaja, ¡necio Perses!, en las faenas que para los
hombres determinaron los dioses, a fin de que nunca en compañía de tus
hijos y tu mujer en el corazón angustiado busques sustento entre los
vecinos y éstos no te hagan caso; pues de momento percibirás dos hasta
tres veces; pero si todavía sigues molestando, no lograrás nada sino que
hablarás mucho en vano e inútil será un campo de palabras. Por el
contrario, te recomiendo que pienses en pagar tus deudas y defenderte del
hambre.
En primer lugar procúrate casa, mujer y buey de labor -la mujer comprada,
no desposada, para que también vaya detrás de los bueyes-. Fabrícate en
casa todos los utensilios necesarios, no sea que os pidas a otro, aquél te
los niegue, y tú te encuentres sin medios en tanto que se pasa la estación
y se pierde la labor. No lo dejes para mañana ni pasado mañana;
pues el negligente no llena su granero ni tampoco el moros. El cuidado
favorece la labor; y el holgazán siempre esta luchando con la ruina.
Trabajos de otoño
Cuando ya la fuerza
del sol picante extinga su sudorosa quemazón, al tiempo que el prepotente
Zeus hace caer las últimas lluvias de otoño
y el cuerpo humano se vuelve mucho más ágil -en ese momento el lucero
Sirio remonta un poco de día sobre las cabezas de los hombres criados para
la muerte, y se toma la mayor parte de la noche-, entonces el bosque al ser
talado con el hacha tiene menos carcoma y esparce las hojas por el suelo y
deja de echar brotes.
Justamente entonces,
corta madera recordando las faenas correspondientes a la estación.
Corta un mortero de tres pies, una maja de tres codos y un eje de siete
pies; pues con esas medidas se ajustará muy bien; y si es de ocho pies,
puedes cortar de él también un mazo. Corta una pina de tres palmos para
un carro de diez manos, y muchos maderos curvos.
Llévate a casa un dental, cuando lo encuentres buscándolo en la montaña
o en el campo, de carrasca; es el más resistente para arar con bueyes una
vez que algún servidor de Atenea lo acople al timón fijándolo con clavos
a la reja.
Construye trabajando en casa dos arados distintos, uno de una sola pieza y
otro articulado; pues así será mucho mejor, y si tú te llevas uno,
puedes enganchar el otro a los bueyes. Los timones de laurel o de olmo son
más seguros; la reja de encina y el dental de carrasca.
Compra dos bueyes
machos de nueve años;
su brío no es pequeño por estar en la plenitud de su juventud y son los
mejores para el trabajo: no tirarán por alto el arado peleándose en medio
del surco ni dejarán allí, sin terminar, la faena. Que los siga un hombre
fuerte de unos cuarenta años después de desayunar un pan cuarteado de
ocho trozos, para que atento al trabajo abra recto el surco sin distraerse
con los dos de su misma edad, sino con el alma puesta en el trabajo. Otro
no más joven que éste es el mejor para volear las semillas y evitar su
acumulación; pues un hombre más joven se queda embobado tras los de su
misma edad.
Estáte al tanto cuando oigas la voz de la grulla que desde lo alto de las
nubes lanza cada año su llamada; ella trae la señal de la labranza y
marca la estación del invierno lluvioso. Su chillido muerde el corazón
del hombre que no tiene bueyes.
A la sazón, ceba ya los bueyes de retorcidos cuernos que tienes en casa;
pues es fácil decir: "Dame dos bueyes y un carro", pero es más
fácil responder: "Hay faena para mis bueyes".
El hombre rico en imaginación habla de construirse un carro. ¡Necio!, no
sabe que cien son las piezas de un carro que hay que procurarse antes de
hacer en casa.
Cuando ya se muestren
a los mortales los primeros días de la labranza, poned entonces manos a la
obra, juntos los criados y tú, arando la tierra seca y húmeda en la época
de la labranza y ganando tiempo muy de mañana, para que se llenen de
frutos tus campos. En primavera remueve la tierra; y si en verano le das
una segunda reja; no te defraudará.
Siembra el barbecho
cuando la tierra esté aún ligera; el barbecho aleja los males de los niños
y calma sus llantos.