Con que las
partes de la administración doméstica eran tres: una, la del
dominio del amo, sobre la cual ya se ha hablado antes; otra, la paterna, y
en tercer lugar, la conyugal. Pues también hay que gobernar a la mujer y
a los hijos, como a los libres en uno y otro caso, pero no con el mismo
tipo de gobierno, sino que manda sobre la esposa políticamente y sobre
los hijos monárquicamente. En efecto, el macho es por naturaleza más
apto para la dirección que la hembra, siempre que no se establezca una
situación antinatural; como el más viejo y maduro más que el más joven
e inmaduro. En la mayoría de regímenes de ciudadanos alternan los
gobernantes y los gobernados (ya que se pretende que estén en pie de
igualdad por naturaleza y no se diferencian en nada); a pesar de que,
cuando unos mandan y otros obedecen, se busca establecer una diferencia en
los atuendos, en los tratamientos
y honores, como ya dijo
Amasis en la anécdota sobre su lavapiés.
Selección realizada de: La
política, XII, XIII. (s. IV ac)
RELEVANCIA
Cómo debe ser la familia según Aristóteles
XIII.
Así, pues, parece claro que el cuidado de la administración familiar
debe dar preferencia a las personas sobre la adquisición de objetos
inanimados, y más a la excelencia de los humanos que a la propiedad de la
llamada riqueza, y más importancia a la de los libres que a la de los
esclavos. En primer lugar, entonces, podría uno preguntar si el esclavo
puede poseer alguna virtud, aparte de las propias de su instrumentalidad y
servicio, otra más valiosa que ésas, como la prudencia, el valor, la
justicia y las demás disposiciones de esta clase, o si no tiene ninguna más
de sus habilidades corporales. Pues con cualquiera de las dos respuestas
se plantea un dilema. Ya que, si las tienen, ¿en qué van a diferenciarse
de los hombres libres?, y que no las tengan, siendo hombres y participando
de la razón, resulta inexplicable. Aproximadamente lo mismo se plantea a
propósito de la mujer y del niño. ¿Tienen también ellos sus virtudes?
¿Y ha de ser la mujer prudente, valerosa y justa? ¿Y el niño, es
vicioso y también prudente?.
Además, ésa es una cuestión que hay que examinar en general respecto
del sometido por naturaleza y del dominante, si su virtud es una misma o
diferente. Porque si los dos deben participar del
bien, ¿por qué el uno ha de mandar y el otro obedecer en todo?. Y
no es posible que la diferencia sea en el más y el menos. Porque el
obedecer y el mandar se diferencian específicamente, mientras que eso de
más y menos no. Por otra parte, que uno deba participar y el otro no, sería
extraño. Si el que manda no es prudente y justo, ¿cómo ha de mandar
bien? Si no lo es el gobernado, ¿cómo ha de obedecer bien? Porque quien
es intemperante, parece claro que necesariamente están sometidos a otro.
También esto se aplica inmediatamente al caso del
alma. Existen, pues, en ella por naturaleza lo gobernante y lo gobernado.
De una y otra parte afirmamos que poseen una virtud diferente, es decir,
de lo dotado de razón y de la irracional. Así pues, es evidente que lo
mismo vale también para los otros casos. De modo que por naturaleza la
mayoría de las cosas se compone de gobernantes y gobernados. De distinta
forma manda el libre al esclavo que el macho a la hembra y que el hombre a
su hijo. Y en todos ellos existen las partes del alma; pero existen de
manera diferente. Porque el esclavo carece completamente de facultad
deliberativa; la mujer la tiene, pero falta de seguridad; y el niño la
tiene, pero imperfecta. Por tanto, hay que postular necesariamente que
pasa algo similar con las virtudes morales: que todos han de participar de
ellas, pero no del mismo modo, sino sólo en la medida que conviene a la
función de cada uno. Por eso el que manda ha de
poseer perfecta la virtud ética (ya que su función propia es la de jefe
de la acción, y el director de la acción es la razón), ycada
uno de los demás en el grado en que convenga. De
modo que está claro que la virtud es del hombre que la de la mujer, ni la
valentía ni la justicia, como creía Sócrates. Sino que hay una
valentía propia del gobernante y otra del subordinado, y del mismo modo
sucede también con las demás virtudes.
Esto es aún más claro si examinamos el tema por parte. Los que hablan en
general se engañan a sí mismos al decir que la virtud es la buena
disposición del alma, o la conducta correcta, o algo por el estilo. Mucho
mejor hablan los que enumeran las virtudes, como Gorgias, que los que las
definen así, en general. Así que hay que pensar que lo que el poeta ha
dicho sobre la mujer podría aplicarse a todas: A una mujer le
sirve de joya el silencio. Pero eso no va con el hombre. Ya que el niño es un ser imperfecto, es
evidente que su virtud no está en relación con su ser actual, sino que
está en dependencia de su madurez y de su guía. Del mismo modo que la
del esclavo está en relación a su señor.
Hemos advertido que el esclavo era útil para los servicios necesarios, de
modo que está claro que necesita de una virtud escasa, tan sólo la justa
para no dejar de cumplir sus trabajos por intemperancia o por cobardía.
Puede preguntar alguno que, si lo dicho ahora es verdad, entonces será
preciso que también los artesanos posean la virtud; ya que muchas veces
por su intemperancia dejan de cumplir sus faenas. ¿O es este caso muy
diferente? Sí, porque el esclavo está asociado a la vida de uno, y el
otro se halla más distante, y así la virtud le afecta en la misma medida
que la servidumbre. Porque el artesano especializado cumple una cierta
esclavitud limitada. El uno es esclavo por naturaleza, pero no así el
zapatero ni ninguno de los demás artesanos. Así pues , es claro que el
dueño ha de ser motivo de semejante virtud del esclavo. Pero no porque la
enseñanza de las faenas sea un arte propio del dueño. Por eso no hablan
con razón los que rehúsan razonar con los esclavos y dicen que sólo hay
que usar órdenes con ellos. Porque hay que amonestar a los esclavos más
que a los niños.
Bien sobre estas cosas queda definido según lo expuesto. En
cuanto al marido y la esposa, a los hijos y al padre, y sobre la virtud de
cada uno de ellos y del mutuo trato, qué es lo que está bien y lo que
no, y cómo hay que perseguir el bien y cortar el mal, es necesario
tratarlo al hablar de las formas de gobierno. Ya que toda familia es una
parte de la ciudad, y éstos son asunto de la familia, y como hay
que observar la virtud de la pare en relación a la virtud del conjunto,
es necesario educar tanto a los hijos como a las mujeres en relación con
el régimen de gobierno, si es que importa que los hijos sean decentes
para una ciudad decente.